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el mundo fragmentado

Cajón de sastre

El tercer paisaje

JUAN CUETO
EL PAIS SEMANAL - 14-05-2006

Hubo un tiempo en el que las mejores páginas literarias de un novelista eran las que el lector siempre se saltaba: sus descripciones del paisaje. Dado que nuestra novela tardó tanto en llegar a la ciudad, hasta La Regenta y Galdós, no es extraño que durante buena parte del siglo XX los narradores españoles hayan sido los últimos maestros occidentales en el difícil arte de describir el primer paisaje, el de la naturaleza. La fotografía, el cine, la televisión, los vuelos charter e Internet le han quitado a la pintura y la novela aquella exclusiva que tenían hasta principios del siglo. El actual problema de los comparatistas e hispanistas es: ¿Son mejores nuestras actuales descripciones del paisaje urbano que las de los paisajes españoles de aquella naturaleza hoy reconvertida en parque natural protegido o en agricultura euro-subvencionada?

Hay varias teorías. La más pesimista dice que las descripciones españolas del segundo paisaje, el metropolitano, son bastante peores que las del primero y que se nota demasiado nuestra muy tardía incursión en la narrativa urbana porque, concluyen, aunque ya todo está urbanizado, la mayor parte de los literatos mayores de cincuenta han llegado tarde o de mala gana al segundo paisaje y cuando lo describen se limitan a reproducir las viejas figuras líricas sin que se les haya puesto la mirada pop. La novela metropolitana española existe y empieza a ser muy buena, pero parece ser exclusiva de los autores menores de treinta y pico, sobre todo en la descripción de los paisajes suburbanos o del extrarradio.

 

La segunda teoría dice que los paisajes españoles han cambiado y que en lugar de dos (el de la naturaleza y el del asfalto) habría otro más que describir. Aunque eso ya no sea un problema típicamente español porque nadie, ni aquí ni en Nueva York, le presta la menor atención narrativa a lo que ya se llama “el tercer paisaje”, como lo bautizó en su reciente manifiesto Gilles Clément, el ingeniero, botánico, escritor e inventor del célebre Jardín Planetario.

 

¿Qué hacer con ese tercer paisaje que no es urbano ni rural, que está más allá de los centros comerciales y del último cinturón de los adosados, pero tampoco es parque natural protegido ni paisaje agrícola subvencionado por la PAC (Política Agrícola Común)? Es cierto que en su día algo parecido al tercer paisaje simbolizó el arte de vanguardia del siglo XX: cuando el land art, las excursiones gasolineras de la beat generación y las road movies. Pero las novelerías y la peliculerías españolas nunca le han prestado demasiada atención al tercer paisaje; excepto algunos pintores abstractos castellanos y a pesar del caballo y la mula del Quijote, aquel 2CV que inauguró el on the road.

 

El otro día, en un vuelo nocturno que atravesaba la Península, descubrí dos cosas. Que a vista de pájaro (o de Dios) las poblaciones agrícolas de la meseta y alrededores, cuando parpadean sus luces, son figuras idénticas a la geometría de las neuronas aisladas tal y como las pintó Cajal por vez primera. Y que hay una inmensa tierra de nadie que nunca se menciona ni se describe entre esas desconectadas neuronas noctívagas mesetarias y las también nocturnas luces metropolitanas cuando te acercas a Barajas o El Prat, que desde arriba sus potentes luces semejan con igual precisión a las microgeometrías de un cáncer o cualquier tumor maligno, tal y como en House podemos comprobar.

 

A bordo de Iberia en mi transversal vuelo nocturno sobre la Península, con la frente pegada a la ventanilla, descubrí que somos muy ricos en materia de tercer paisaje desértico, mucho más que cualquier otro país de la UE, y sólo comparables en pequeña escala a ese inmenso tercer paisaje USA que en el siglo pasado generó tan magníficas vanguardias. Porque eso tan largo que hay entre nuestras desconectadas neuronas agrícolas y nuestros tumores metropolitanos on-line, ese espectacular e incomparable no mans land español, es exactamente lo que Clément llama el tercer paisaje y nadie sabe qué hacer con él.

 

No es un paisaje urbano ni rural, no es PAC ni pop, carece de explotación agrícola, de explotación turística y de especulación inmobiliaria, y es una inmensa frontera entre las desconectadas neuronas mesetarias y los tumores metropolitanos on-line. Ni siquiera es un territorio protegido, como esos parques naturales en los que está terminantemente prohibido tirar basuras y adjetivar como si no hubiera pasado un siglo.

 

¿Qué hacer con nuestro impresionante tercer paisaje, único en Eurolandia? Lo primero que habría que hacer es describirlo, luego ya veremos. Pero no olvidemos que un día del siglo pasado los jóvenes norteamericanos inventaron una épica de esa tierra de nadie y la describieron con moderna lírica contagiosa. Eso sí, tuvieron que salir de casa, subirse a la Harley o al Ford 49, abandonar la ciudad, el trabajo y la familia, mirar hacia Oriente y consumir mucha gasolina. Ya sé que las ideologías, el canon literario, las distancias y el precio del barril de Brent han cambiado mucho desde entonces, pero ahí abajo está, espléndidamente inédito, ese muy dominante tercer paisaje español que hace varios centenarios recorrió Cervantes a bordo de su Citroën 2CV.

 


 

Ernesto Giménez Caballero, o el imperio en una zapatería

Ernesto Giménez Caballero, o el imperio en una zapatería
MANUEL VICENT
EL PAÍS  -  Sociedad - 15-08-1981

Allí, en su estudio, Ernesto Giménez Caballero ha comenzado a hablar moviendo las aspas. Y a los cinco minutos uno ya se ha hecho su composición de lugar. Una de tres: este hombre es un sacamuelas imperial o un visionario con las meninges en carne viva o un humorista que se saca de la manga dioses, mitos, caudillos de pilas, héroes de trapo y otros sueños brutales de inmortalidad, es decir, este ciudadano es un loco que se ha echado al monte, no como un guerrero, sino como una cabra. O tal vez uno está equivocado y Ernesto Giménez Caballero sólo es un poeta que sueña con un universo lleno de gloria y escombros sin ánimo de molestar a nadie. Ahora el aspa de los brazos vuela sobre su cráneo mientras su lengua va triturando la historia.

-Fue durante aquella cena, dos días antes de la Nochebuena de 194 1, invitado a casa de Goebbels, allí, en Berlín, cuando expuse a Magda, su mujer, mi grandísima visión, la posibilidad de reanudar la Casa de Austria que se había interrumpido con Carlos II el Hechizado. Antes de cenar yo le había regalado a Goebbels un capote de luces para que toreara a Churchill, y en eso Gocebels tuvo que salir porque lo llamó Hitler. Quedé solo con Magda en un salón privado donde ardí una chimenea de leños. Se sentó frente a mí en un sofá de raso verde y oro. Pero luego hizo que me acercara a ella para ofrecerme una copa de licor que calentó con las manos y humedeció levemente los bordes con los labios. En aquel ambiente de ascua y pasión, en una noche alerta de patrullas y alarmas de bombardeo sentí que iba a jugarme la carta de un gran destino, no sólo mío, sino de mi patria y del mundo entero. Entonces le propuse la fórmula para llegar al armisticio de Europa reanudando al mismo tiempo la estirpe hispano- austríaca. Se trataba de casar a Hitler con una princesa española de nuevo cuño, como Ingunda, Brunequilda, Gelesvinta y Eugenia. Sólo había una candidata posible por su limpieza de sangre, su fe católica y sobre todo por su fuerza para arrastrar a las juventudes españolas: ¡Pilar Primo de Rivera! Había que casar a Hitler con la hermana de José Antonio. Al oír esto los ojos de Magda se humedecieron de emoción. Tomó mis manos y las estrechó con las suyas. Y acercando su boca a mi oído musitó el gran secreto: «Su visión es extraordinaria y yo la haría llegar con gusto al führer, pero resulta que HitIer tiene un balazo en un genital y es impotente desde sus tiempos de sargento. No hay posibilidad de continuar la estirpe. Lo de Eva Braum no es más que un tapadillo para disimular».

No tiene fronteras ni se para en barras. Giménez Caballero limita por detrás con el propio Zeus, por delante con el Apocalipsis total y a derecha e izquierda con los respectivos cajeros de Abc y Diario 16, que le paga 1.800 pesetas, menos descuento, por cada artículo donde este poeta abrasado junta las estrellas con los testículos, a Carlo Magno con el turrón de coco, a Rusia con la gimnasia y a Norteamérica con la magnesia. me contarás si se puede vivir con est miseria. Estoy pasando por una situación muy precaria. La imprenta Giménez está llena de problemas laborales por culpa del comité obrero dominado por los comunistas y nuestra papelera de Cegama ha caído prácticamente en manos de ETA, así que estoy pensando en largarme a Paraguay, donde mi amigo el presidente Stroessner es posible que me eche una mano. ¿Puedes creer que a mis 82 años todavía hago el amor como un chaval?

 

-Ya será menos.

 

-Lo que yo te diga. Aunque depende mucho de lo que me echen.

 

En el ático de un hotel de tres plantas en la colonia de El Viso ha hecho nido la última águila imperial, que aún sube y baja los peldaños de tres en tres, canturreando y abierto de zancos. Giménez Caballero tiene una osamenta muy profética en la cara, esa quijada que le recoge la boca como una pala y le aproa el mentón dándole un aire de voluntad desmedida. En plena empanada ideológica del final de los años veinte, el socialista Giménez Caballero abandonó a la sobrina del cura de El Escorial y se casó con una florentina rubia y de Ojos azules. Viajó a Roma y las pompas fascistas le deslumbraron el cerebro reblandecido por la luna de miel. Las calles de Roma estaban llenas de desfiles con tambores, correajes, pendones. camisas negras y saludos varoniles, todo rebozado con una visualidad revolucionaria. Ernesto se convirtió al fascismo en la acera. como un turista al ver pasar la procesión, y en su noble pecho se juntaron el hambre con las ganas de comer. Desde ese momento el sueño de este iluminado consistió en rastrillar garitos, tertulias, redacciones, despachos buscando un héroe que se prestara a hacer el papel de Mussolini en España.

 

-Podía ser Azaña. Le conocí en el Ateneo y le escuché algunas veces en sus corrillos del Regina y de la Granja del Henar. Nunca intimé con él, ni creo que nadie, ni siquiera su mujer. Una vez le llamé tirano cuando quiso romper con el mango del cuchillo el gollete de una botella de vino porque el camarero tardaba en hacerlo con el sacacorchos. Yo le propuse a Azaña que fuera nuestro Mussolini, pero Azaña no era un hombre para la revolución trascendente, era demasiado burgués, oficista y feo. Después soñé con Indalecio Prieto, pero le faltó genio y heroísmo, nos resultó demasiado bilbaíno con sus gustos por la buena vida. La noche en que le dije que fuera nuestro conductor nacional socialista, allí en su despacho de Obras Públicas, me contestó: «No se meta usted en política, Giménez Caballero, porque en política le abren a uno el vientre y hay que volverse a meter el bandullo con las manos». Luego estaba Ledesma Ramos, que era de raigambre humilde, como Mussolini, tenía talento y coraje, pero era muy enteco y esmirriado y encima pronunciaba las erres a la francesa, decía egue, egue, ¿y dónde iba un condottiero hablando con la egue? Ledesma se dejó tupé y bigote de mosca como Hitler y luego una perilla a lo Italo Balbo. El dibujante Bagaría le llamó Balbo raquídeo. No había nada que hacer. En seguida apareció José Antonio. Ese ya era otra cosa, lo que se dice un caballero, aunque le faltaba tener un origen proletario. Dio lo máximo que podía dar un señorito: su vida. Se lo dije el primer día que le conocí: tú eres el cordero de Dios que quitas los pecados de España.

 

El profeta Ernesto también pensó en Largo Caballero, que tenía los ojos claros y la figura noble; en Fernando de los Ríos, por su barba levítica de seda negra; en Ramón Franco, que usaba una cara de moro palestino; en Madariaga, a quien Lequerica llamaba Madariagalímatías porque sabía muchos idiomas; en Marañón, que, por fin, podría curarle la pleura a España, Así andaba Giménez Caballero como un poseso por el desierto buscando un héroe de paisano cuando, en un descuido, le salió delante un militar con el toque de zafarrancho.

 

Franco o el rey David

 -Fue el 7 de noviembre de 1936 cuando pude ver a Franco en persona, en el Cuartel General de Salamanca. Antes de entrar en su despacho, en aquel segundo piso del palacio del obispo, me crucé con doña Carmen, que llevaba en el brazo una guerrera militar y un cesto de costura. Al abrirse la puerta, Franco estaba de espaldas, leyendo unos informes, de pie ante su mesa, llena de mapas, libros y papeles, vestido de caqui, pantalón largo y el fajín flojo, que le pendía como un tahalí por el costado. Alzó la cabeza para mirarme. Y, aunque yo le había visto en Marruecos y luego en fotografías, mi impresión fue insospechada e imborrable. Creí encontrarme con una figura legendaria y bíblica: ¡un rey David! Breve de estatura, pero con una cabeza entre el guerrero y el artista, con ojos de inspirado, como de músico. Y en vez de los papeles que tenía en la mano, me pareció adivinar un arpa. ¡Franco era David, David en persona, tocando el arpa! Con el doble talento del gallego y del judío. El rey David me desilusionó cuando decidió no entrar en la guerra mundial con Hitler. Al abandonar el andén de la estación de Hendaya comenzó el consenso en España, que todavía dura.

 

La calle donde vive Giménez Caballero es silenciosa y está en pendiente, como su famosa revolución. Por encima de las tapias de los chalés se asoman copas de acacia, yedras, madreselvas y agujas de haya. Las paredes están llenas de pintadas agresivas en favor de Tejero, de la Guardia Civil de Almería y del horno crematorio para rojos. Vas caminando entre insultos de alquitrán por la revolución abajo, hasta que llegas a una tapia donde la misma mano ha escrito con brocha gorda: «Poesía que promete E. G. C.». Enfrente mismo de este enigma vive el propietario de las siglas, Ernesto Giménez Caballero.

 

-Eso lo escriben los chavales. Se ve que saben que vivo aquí y lo ponen ahí como homenaje. Durante la guerra saquearon nuestra casa de la calle de Canarias, donde todavía tenemos los talleres de la imprenta. Al entrar en Madrid me fui a vivir con mi madre, en la calle de Velázquez, y luego nos trasladamos a este hotel de El Viso. Mi mujer acomodó una planta para cada hija, la tercera para nosotros, y yo instalé el estudio en este ático, que es donde me ves. Pero resulta que a una hija nos la mató un coche en la avenida del Doctor Arce y la otra se casó con el embajador belga, así que alquilamos los dos pisos, uno al cónsul de Francia y otro al marqués de Torrelaguna, y de eso vivo. Aparte de las colaboraciones, que suponen una miseria, y de la jubilación de embajador y catedrático, que vienen a ser unas 60.000.

 

Los sueños imperiales quedaron en agua de borrajas, pero nunca por falta de empeño. Giménez Caballero es un personaje que lleva aplastado en el cráneo el sol de Dios, un profeta sobrado de facultades, con la imaginación a toda mecha, aunque hoy, sobre sus viejos ideales, hayan montado un negocio de zapatería.

 

-De pequeño, mi abuelo me llevaba muchas tardes al Antiguo Café de Levante, donde cantaba la Zarzamora, en plena Puerta del Sol. Cuarenta años más tarde, cuando los alemanes perdieron la guerra y ya vi que era imposible restaurar la Casa de Austria con el enlace de Pilar y Adolfo, enterré los sueños del imperio en los sótanos de este café. Allí fundé la Cripta de Don Quijote para poder pactar con los enemigos que habían vencido, con los que urgía reconciliarse. Por otra parte, en este café había estado Rubén Darío, por aquí había pasado Simón Bolívar camino de casa de su novia, en la calle de Fuencarral; en sus peluches corridos se habían sentado el cubano Martí, Rizal de Filipinas y el general San Martín, todos los libertadores de América. Me puse en contacto con las embajadas de cada país hermano para fundir un bronce de su libertador correspondiente y dar una fiesta con chocolate y churros madrileños y productos típicos de su tierra con la única obligación de invitar a cualquiera que entrara en el café hasta la madrugada, a chulos, borrachos, noctámbulos, serenos, bohemios. Otro día llené el café de ciegos en honor a Buero Vallejo, y los ciegos, en su ardiente oscuridad, tocaron el piano, recitaron versos y nos hicieron pasar una velada inolvidable. Franco no quiso apoyarme en está empresa y se equivocó. De todo aquello hoy sólo quedan unas chapas de bronce de cada libertador, que yo rescaté antes de que nos echaran a patadas de allí para montar una tienda de zapatos. Aquello pudo haber sido como el café Greco, de Roma: un centro de peregrinación para estudiantes hispanoamericanos.

 

Ha varios Giménez Caballero. Aquel de y la Gaceta Literaria, vestido con mono azul eléctrico de tipógrafo vanguardista o de gris humo con cremalleras de plata, como inspector de alcantarillas. La Gaceta Literaria inició su publicación el 1 de enero de 1927 y. se extinguió en mayo de 1932. Durante cinco años aglutinó a todos los escritores de la época en pleno barullo ideológico.

 

-Algunos llegaron allí saludando con el brazo en alto y la mano abierta, como Alberti y César Arconada, y salieron con el puño cerrado. De los poetas, a Alberti le tomé mucho cariño. Bajaba a los talleres de la Gaceta y sobre una pila de resmas corregía poemas sobre Harold Lloyd y Los ángeles en ruinas. Creo que se hizo comunista por lo mismo que yo me hice fascista: por una mujer. María Teresa León se llevó a Alberti a las estepas rusas. Al principio todos teníamos una gran confusión ideológica, pero estábamos de acuerdo a la hora de aborrecer la vieja política liberalona del tipo de Romanones. Y llegó un momento en que hubo que definirse. La politización de la literatura comenzó en el año 1930, y un caso célebre en este sentido fue el banquete con más de cien comensales que Ramón Gómez de la Serna me dio en Pombo, donde se armó una trifulca espantosa. Mientras Alberti repartía entre las mesas un panfleto contra la Revista de Occidente, el escritor Antonio Espina se levantó para protestar por la presencia del comediógrafo fascista Bragaglia y aprovechó la ocasión para atacar la dictadura de Primo de Rivera. En seguida se alzó Ramiro Ledesma, no para defender al dictador, sino para pedir un clima de heroísmo entre las juventudes. Antonio Espina había sacado una pistola simbólica, la de Larra, pero Ledesma empuñó una de verdad, con lo cual se armó un jaleo terrible en el café y Ramon tuvo que utilizar su voz estentórea para sofocar aquel fuego. La guerra civil había comenzado en España, y una vez más los poetas precedían a los políticos. Yo había publicado, en febrero de 1929, en la Gaceta, el manifiesto Carta a un compañero de la joven España, que fue el gimenazo donde se iniciaban los gérmenes de un sindicalismo nacional y heroico, tenido como la primera proclama del sambenito llamado fascismo. Lo curioso es que quienes recogieron este ideal, desde Ledesma Ramos hasta los falangistas actuales, ninguno ha querido que se le llamara fascista, olvidando que mi ideario lo traje de Roma en mi viaje de novios, en el año 1926. Después mis amigos y colaboradores de Gaceta Literaria me fueron abandonando.

 

Y luego está el otro Giménez Caballero, ese que se ve en las fotos de la guerra con el triple arreo del militar, del falangista y del requeté, toda la pañería puesta encima, como un hombre-anuncio de la Revolución Nacional Sindicalista Tradicionalista y de las Jons, una guerrera cuadrada, correas y cinchos de mando por doquier, camisa azul, boina roja, gafas de intelectual, bigotito imperial, mandíbula salida en busca de la verdad absoluta, la lengua de fuego y la polaina hasta la altura de la genuflexión. Más que un niño con una tiza disfrutó Giménez Caballero bajo los cañones y los símbolos, el estertor de los cimientos de la historia y las bragas de Isabel la Católica puestas otra vez a remojo. Nuestro héroe insufló con su retórica el nacimiento del Nuevo Estado, recorrió los frentes de batalla pregonando la ira del vengador, subió al púlpito de la catedral de Salamanca vestido mitad de monje y mitad de soldado y lanzó unas letanías surrealistas sobre aquel lejano Madrid, la breva que se resistía a caer.

 

Propagandista de Franco

 

 

-En a quella primera entrevista, Franco me pidió que me hiciera cargo de la propaganda a las órdenes de Millán Astray. Y allí sellamos quizá el mismo pacto que Ockam con el emperador bávaro en el siglo XIV: «Tú me defenderás con la espada para que yo te defienda con la pluma». Todo lo que he conseguido de Franco en esta vida ha sido lo siguiente: que viera en mí un peso pluma, o sea, un mensajero dictador, que me confiara la propaganda, que me protegiera de los que querían asesinarme en Salamanca por apoyar la unificación, que me llamara a formar parte de su primer Gobierno, que me nombrara consejero nacional, procurador en Cortes y embajador en Paraguay, que me invitara a almorzar a solas con él y con su familia más de una vez, pero, sobre todo, que me dijera un día, en El Pardo: «Qué inteligente es usted, Giménez Caballero». Y ante el presidente Salazar, que me llamara la primera pluma de España. Y delante de los ministros de Justicia, Trabajo españoles y, del embajador de Paraguay, que repitiera que, además de ser la primera pluma de España, yo tenía... corazón. Lo que en boca de un militar como Franco significaba una laureada, o sea, tener cojones.

 

El aspa de sus rbazos sigue rodando sobre su cogote visionario. Giménez Caballero habla de Europa, que huye de Asia a lomos de un toro que la deposita precisamente en Mahón habla de judíos, moros y visigodos, lances del esgrima, desafíos, del Imperio Romano; del Ateneo Libertario, que estaba cerca des u casa. Tiene una extrema cordialidad este caballero seco y alambrado con huesos puntiagudos. Me regala libros y artículos como un ilusionado principiante. De pronto, se arroja en paracaídas desde lo alto del imperio carolingio, me mira bien la cara y me pregunta:

 

-¿Tú eres valenciano?

 

-Más o menos.

 

-Entonces tú eres más fascista que yo.

 

¡Oh, el Meditertáneo, César Borgia, Luis Vives de Europa! Lo que yo te diga: un fascista eres tú. Y a mí aquí me ves: hecho un toro a mis 82 años. Nunca me han puesto una inyección. Todos los días hago gimnasia como un instructor alemán. Y soy capaz de hacer el amor cada noche.

 

-Ya será menos.

 

-Lo que yo te diga. Claro que depende mucho de lo que me echen.

 



 

Del blog de Orsay

Yo creía que esto me pasaba solamente a mí
El día que Jürgen Bernd toco el timbre de la casa de Armin Meiwes, la vida social de la humanidad cambió para siempre. Hasta entonces el mundo era una extensión enorme de tierra, llena de gente sola y perdida en sus fobias y deseos, trastornada y única en su soledad. Gente callada, esquiva, chorreando traumas inconfesables. Desde chiquito Armin quería ser caníbal; Jürgen sólo fantaseaba con ser devorado vivo. Jamás hubieran llegado a conocerse en otra época, pero vivían en ésta. El 6 de marzo de 2001 se encontraron en un foro de Internet, y programaron una cita el fin de semana. Para comer(se).

Dramatización Nº1

FORO > Mis deseos secretos > Quiero masticarte

6 de marzo de 2001

Armin Meiwes
(registrado)
6/3/01 06:53 AM
¿Alguien quiere ser devorado vivo?

Busco señor alto, buenmozo, con conversación culta, bien formado, rico en fósforo y calcio. Para comérmelo con ensalada o papafritas mientras él mira y eventualmente se hace la paja o algo. 
Jürgen Bernd
(invitado)
6/3/01 07:34 AM
RE: ¿Alguien quiere ser devorado vivo?

No soy lo que se dice alto, pero lo demás sí. Además tengo coche y el colesterol en orden... 
Armin Meiwes
(registrado)
6/3/01 11:11 AM
RE: ¿Alguien quiere ser devorado vivo?

¿Qué significa "no soy lo que se dice alto"? Porque para comerme un enano prefiero juntar una docena y hacérmelos en brochette con huevo y queso.
Jürgen Bernd
(invitado)
6/3/01 03:50 PM
RE: ¿Alguien quiere ser devorado vivo?

1,68 mts. 
Armin Meiwes
(registrado)
6/3/01 04:01 PM
RE: ¿Alguien quiere ser devorado vivo?

1,68 me parece bien. Yo soy 1,74... Si querés, te venís un día de estos a casa y te arranco la piel a mordiscones hasta que te mueras desangrado... 
Jürgen Bernd
(invitado)
6/3/01 06:21 PM
RE: ¿Alguien quiere ser devorado vivo?

Mmmmmm.... ¡Me estás excitando!
Me encanta la idea, pero me da miedo que en realidad no seas un asesino y seas un tipo normal que lo único que quiere es conversar o hacer amigos. 
Armin Meiwes
(registrado)
6/3/01 08:30 PM
RE: ¿Alguien quiere ser devorado vivo?

Te juro por mi vieja que soy un desquiciado. Dale, ¿venís?
Jürgen Bernd
(invitado)
6/3/01 10:57 PM
RE: ¿Alguien quiere ser devorado vivo?

Ok, te creo. Pasame tu dirección por correo privado y nos vemos el sábado 9. Yo llevo el vino.

A nuestros hijos pequeños, que han nacido con un puerto USB integrado en el culo, les será imposible entender el mundo que nosotros conocimos en el siglo veinte. La absoluta desconexión, la apatía brutal, la soledad incomprensible de nuestras obsesiones. En nuestros tiempos, si por ejemplo desarrollábamos el deseo de comernos vivos a alguien, lo más probable es que jamás hubiéramos logrado conversar con otro al que le pasara lo mismo, y mucho menos encontrar a uno que nos hiciera el favor de dejarse, por placer.

Hace unas semanas, durante una sobremesa, me informaron que existe una clase de gente que anhela ser amputada. Sí, señora, como lo oye. Se reúnen en unos foros macabros, en donde conversan sobre sus deseos de que les corten una pierna, o un dedo, o un brazo, o los dos. Se conectan desde todas partes: desde Londres, desde México, desde Nueva Zelanda, desde Zaragoza. Al llegar por primera vez al foro, todos se sorprenden de ver a tantos con la misma tara. “Yo creía que esto me pasaba solamente a mí”, es la frase más recurrente de los nuevos integrantes registrados.

Dramatización Nº2

FORO > Dame una mano, dame la otra > Me gustaría estar amputad@

12 de agosto de 2005

SELENNA
(registrado)
12/8/05 06:11 PM
Trucos de Photoshop
Ayer escanié mi foto de casamiento, una que estoy con mi vestido blanco, y con el Potochop me saqué entero el brazo derecho... ¡Ay qué emoción! No saben lo linda que quedaba con ese vestido blanco y con un brazo solo..... :-) 
JOSE RAMON
(invitado)
12/8/05 06:50 PM
RE: Trucos de...
Hola, soy nuevo. Vivo en Sevilla y tengo 37 años. Siempre, desde chico, pensé que esto me pasaba solamente a mí.
Espero hacer buenos amigos, y que alguien me pueda ayudar. 
LECTER
(registrado)
12/8/05 07:51 PM
RE: Trucos de...
¡¡¡ME ARRANCQUÉ UNA UÑAAA CON EL APARADOR!!!! 
(Fue sin querer, pero me siento genial!!) 
Moderador
(super-usuario)
12/8/05 08:07 PM
RE: Trucos de...
¡Enhorabuena Lecter! Pero recuerda que si te amputas alguna extremidad realmente, deberás pasarte al foro de discapacitados. Este es solamente para los que tienen la fantasía latente.
El Moderador.
SELENNA
(registrado)
12/8/05 08:38 PM
RE: Trucos de...
Hip, hip, hurra para Lecter!!!! 
FRANCIS
(invitado)
12/8/05 09:29 PM
RE: Trucos de...
¿Alguien de Córdoba, Argentina, que le gustaría vivir en silla de ruedas? 
LUPE
(registrado)
12/8/05 09:45 PM
RE: Trucos de...
Yo soy de Córdoba, España. Y me gustaría que se me vaya carcomiendo la pierna derecha hasta la rodilla. 
ANGEL GRIS
(invitado)
12/8/05 11:53 PM
RE: Trucos de...
¿Alguien de Mendoza?

A la ciencia le ocurría lo mismo. Ningún sociólogo, ningún siquiatra, ningún doctor de bigotito y bata, nadie con dos diplomas en la pared sabía de la existencia de este trauma colectivo, hasta el arribo masivo de Internet a la casa de todo el mundo.

En 2001, Armin Meiwes era un técnico informático callado y poco sociable, de 43 años, que vivía en la ciudad alemana de Rotemburgo. Hijo único de padres más o menos normales, desde chico había desarrollado la fantasía de comerse a sus compañeritos del colegio. Pasó la adolescencia entera sin hablar de esto con nadie, sin morder a ninguno, y sin hacerse mayormente el loco. ¿Cómo hubiera podido conversar sobre su drama? ¿Con quién? ¿Por qué? Creció y llegó a la adultez con el secreto atragantado en la garganta, y con los dientes afilados pero vírgenes.

En la otra punta de Alemania vivía Jürgen Bernd, un militar ya retirado, de 42 años, que fantaseaba locamente con que alguien se lo masticara con cuchillo y tenedor. De a poquito, de a rebanadas, con él mismo mirándolo todo. Pasó cuatro décadas enteras creyéndose loco, y sabiendo (esto es lo peor) que nunca encontraría a su media naranja, ni a nadie con quien poder hablar del asunto.

Dramatización Nº3

FORO > Mis deseos secretos > Quiero masticarte

8 de marzo de 2001

Armin Meiwes
(registrado)
8/3/01 06:53 AM
¡No aguanto más la espera!

Jamás había podido hablar de esto con nadie. Desde antiyer que estoy como un adolescente: me río solo, canto canciones de Nina Hagen, saludo a los vecinos... 
Jürgen Bernd
(invitado)
8/3/01 07:34 AM
RE: ¡No aguanto más la espera!

A mí me pasa lo mismo. Ya soñé con vos tres veces. En el sueño te vas comiendo de a poquito mi oreja derecha, mientras me susurrás cosas. 
Armin Meiwes
(registrado)
8/3/01 11:11 AM
RE: ¡No aguanto más la espera!

Nunca había estado tan enamorado de nadie.
Jürgen Bernd
(invitado)
8/3/01 03:50 PM
RE: ¡No aguanto más la espera!

Yo tampoco. Espero no caerte mal al hígado.
Armin Meiwes
(registrado)
8/3/01 04:01 PM
RE: ¡No aguanto más la espera!

Siempre tengo Alka Seltzer a mano.

Antes, a toda esta gente le quedaba únicamente la opción de matarse. Era imposible para ellos pensar que encontrarían, en su barrio, en su ciudad, a otros con las mismas aficiones descarriadas. La gente, cara a cara, no es muy dada a hablar sobre sus patologías. Lo que propicia Internet no es sólo una comunicación global en donde todos los locos pueden encontrarse buscándose en Google, sino también la oportunidad de hablar sin los velos que existen en el mundo real.

De todos modos, ya quedan también muy lejos los tiempos (y parece mentira) en donde la última opción del hombre era el suicidio triste, solitario y final. La juventud japonesa, que de todas las juventudes del mundo es la que está más adelantada, ha creado la maravillosa opción de los suicidios en grupo.

Si algo tenía el suicidio de malo, era justamente la falta de conversación durante los trámites y los preparativos. Limpiar el caño de la escopeta, o prender el gas y esperar, o colgar la soga en los barrotes del sótano, habían sido siempre tareas aburridísimas, solitarias, hasta penosas. Antes era imposible conversar con alguien sobre tu propia muerte programada, sin que el otro quisiera disuadirte o mandarte a un sicólogo.

Ahora, con una conexión adsl y un poco de suerte, podemos encontrarnos con un grupito de nuevos amigos de messenger, y quedar para matarnos, mañana a las 21 horas, de una manera idéntica y compleja, hasta artística.

Dramatización Nº4

FORO JAPONES > Agenda de Septiemebre > Reuniones Varias

24 de septembre de 2003

AKITO
(registrado)
24/9/03 09:19 AM
PROPONGO KDADA MORTAL PARA EL DIA 30
Hola, me llamo Akito y tengo 17. 
Necesito juntar seis o siete chicos (ambos sexos) para suicidio en masa. Que vivan cerca de Kiotto y preferentemente hinchas del Yokosamma Juniors. Podemos usar cianuro, pero se aceptan ofertas...
KOIJO
(invitado)
24/9/03 09:32 AM
RE: PROPONGO KDADA...
Hola Akito. Me encantaría unirme pero el 30 no puedo porque doy tres parciales. Otra vez será.
YU-YU-MA
(registrado)
24/9/03 09:19 AM
RE: PROPONGO KDADA...
A mí me viene perfecto, porque justo esta semana estaba un poco depre. Apuntáme. Llevo el porro. 
LAI-Ki-OJI
(registrado)
24/9/03 09:51 AM
RE: PROPONGO KDADA...
¿El día 30, a qué hora sería?
AKITO
(registrado)
24/9/03 10:34 AM
RE: PROPONGO KDADA...
A las 17:35 de Tokio. Es una hora perfecta porque es justo cuando hacen publicidad en KikamaTV, y yo nunca soporto el segundo bloque. 
ANGEL GLIS
(invitado)
24/9/03 10:53 AM
RE: PROPONGO KDADA...
¿Alguien de Mendoza? 
XIA-MEIN
(registrado)
24/9/03 11:04 AM
RE: PROPONGO KDADA...
Yo soy china pero me prendo. Apuntáme. Pero lo del cianuro no lo recomiendo. Hace unos meses hicimos uno que falló porque terminás vomitando. Propongo un tiro en la boca, o meter la cabeza adentro del horno. 
TAI-CHIN
(invitado)
24/9/03 11:40 AM
RE: PROPONGO KDADA...
Yo voy. ¡¡Ya somos cinco!! Podríamos quedar un rato antes para matar palomas en la plaza Kin-Jo.

El día que Jürgen Bernd toco el timbre de la casa de Armin Meiwes, el anfitrión estaba en la cocina, preparando una ensalada de rabanitos, lechuga, cebolla y nueces. Armin se había vestido con un traje que le quedaba perfecto; Jürgen llegó con una camisa salmón y vaqueros negros. “Traje el vino” dijo el recién llegado cuando el otro le abrió la puerta, y señalándose a sí mismo agregó: “Y también el postre”.

Horas más tarde, para el mundo tradicional, se cometería un asesinato del que ahora comienza el juicio, en la ciudad de Kesser. A Armin Meiwes se lo acusa de grabar durante cuatro horas la mutilación, asesinato y posterior manduque de Jürgen Bernd, que vio con sus propios ojos el principio del festín, pero ya no le llegaba la sangre a la cabeza cuando su amigo se comió los veinte kilos restantes de su cuerpo en una semana.

Ambos querían aquello —ésa es la defensa del abogado de Armin—, los dos estaban compinchados con los detalles de la cena y, sobre todo, estaban de acuerdo en lo que habría para comer.

No es el principio de la locura lo que ocurrió aquella noche entre dos hombres alemanes de mediana edad, sino el final de la desesperación solitaria y el inicio de una nueva forma de patología: la grupal, la que antes sólo se daba en ciertas sectas caribeñas, cada cierto tiempo, y que ahora empieza a ser cada vez más frecuente en la casa del vecino, y hasta en la nuestra.

Era marzo de 2001, era el nacimiento de este siglo. Meses más tarde unos aviones de pasajeros contra unos edificios neoyorquinos cambiarían para siempre nuestra visión del mundo, haciéndonos ver nuestra locura global, obligándonos a decir por primera vez la frase “yo pensé que esto nunca podía pasarnos”. Pero fue un poco antes, en Alemania, cuando comenzó a torcerse sin remedio el sentido de la locura solitaria del hombre. La indivisible, la secreta y oscura. Fue entonces que empezamos a escuchar esa otra frase que ahora oímos cada vez con más frecuencia:

—Yo creía que esto me pasaba solamente a mí.

Arturo Pérez-Reverte

María José, la telefonista del hotel Colón, me va a echar una bronca, como suele, en plan: esta vez se ha pasado varios pueblos, don Arturo, de Dos Hermanas a Lebrija, o más lejos, a ver quién le manda a usted meterse con la Sevilla de mi alma. Pero uno debe ser consecuente; y la semana pasada, al socaire de Matanza cofrade y la parafernalia blasfemo-judicial que arrastra cual bata de cola, se me calentó la tecla y prometí hablar hoy de cultura sevillana. De manera que cumplo, arriesgándome a que me quiten los premios que en esa ciudad me dieron por la cara, a que el director de ABC -allí y en Madrid El Semanal sale con ese diario- se acuerde de mis muertos, a que los amigos dejen de mandarme aceite, y a que Enrique Becerra diga que el cordero con miel o la carrillada de ibérico me los va a poner la madre que me parió. Pero uno tiene derecho a hablar de lo que ama. Y el caso, como dije que diría, es que con la palabra cultura ocurre algo extraño. Cuando la pronuncian, cinco de cada diez sevillanos piensan en la Semana Santa o la Feria de Abril. A lo más que llegan algunos es al barroco de las iglesias. Mi compadre Juan Eslava cuenta lo del turista que va en carruaje por la Alameda, y cuando pasa ante una estatua y pregunta si se trata de un pintor, un escritor, un músico o un poeta, el orgulloso cochero responde: «Qué va, hombre. Es Manolo Caracol».

Pese a los esfuerzos, casi suicidas, de heroicos paladines locales por romper la burbuja en que esa ciudad vive ensimismada, el grueso de los esfuerzos culturales sevillanos pasa por el embudo de las cofradías locales, estructura social en torno a la que se ordena la vida pública. El resto es secundario, no interesa. Los museos languidecen, las exposiciones llegan con cuentagotas -y sólo si está Sevilla de por medio-, las librerías cierran, las bibliotecas no existen o se ignoran. Si se tratara de una ciudad donde imperase la modestia, uno creería que ésta se avergüenza de cuanto la hizo hermosa e inmortal. Pero no es modestia sino egoísmo autocomplaciente, indiferencia a cuanto no sea arreglarse el Jueves Santo para salir con la medalla de la cofradía al cuello, a pintarla en la Feria, a tomarse una manzanilla en Las Teresas o en Casa Román, mirando alrededor mientras se piensa, o se dice, que Sevilla es lo más grande del mundo, y qué desgracia la de quienes no nacieron sevillanos.

Siempre que viajo allí me pregunto lo que podría ser esa ciudad si dejara de mirarse en su espejo autista y se abriera al mundo con la cultura como reclamo y bandera. Hablo de la cultura de verdad, no de la caduca soplapollez de diseño que pretenden vendernos políticos y mangantes en busca de la foto y el telediario del día siguiente, o del folklore demagógico y sentimental con el que quienes manejan el cotarro pretenden -y lo consiguen desde hace siglos- llevarse al huerto a la ciudadanía. Hablo de la Sevilla que va más allá de los retablos barrocos en misa de doce, de los bares de tapas, de los pasos de Semana Santa, de la Feria de Abril y los carnets del Betis o del otro, de los apresurados rebaños de chusma guiri que el sevillano necesita tanto como desprecia. ¿Imaginan ustedes parte de la pasta invertida en cofradías y casetas de feria, empleada en hacer de esa ciudad un verdadero polo de atracción, no sólo del turismo, sino de la cultura internacional? ¿Calculan lo que supondría aprovechar el clima, el fascinante escenario, la abrumadora riqueza de palacios, atarazanas, lonjas e iglesias, para proyectar la ciudad hacia el exterior, celebrar conciertos de renombre internacional, organizar ferias y exposiciones que atrajeran a artistas, críticos y público culto de todo el mundo? ¿Imaginan una gestión cosmopolita, lúcida y eficaz, de tanto arte, arquitectura y belleza, con la extraordinaria marca registrada de Sevilla como argumento? Es desolador que una ciudad así no se haya convertido -la ocasión perdida de la Expo se esfumó con los mediocres y los catetos que la gestionaron- en sede anual, bianual, quinquenal o lo que sea, de acontecimientos culturales que pongan su nombre, a la manera de Venecia, Salzburgo, París o Florencia, en la vanguardia de la cultura internacional. En lugar de eso, Sevilla sigue resignada a ser una pequeña ciudad onanista y a veces analfabeta, que no llora por las cenizas perdidas de Murillo, pero sí cuando pasa la Virgen; y que emplea el resto del año en discutir sobre si los arreglos florales de la Esperanza Macarena eran mejores o peores que los de la Esperanza de Triana.

Le Corbusier, el alquimista

Le Corbusier, el alquimista Fue la figura más importante de la arquitectura moderna, aunque su sueño era lograr pasar a la historia como pintor. Durante siete años trabajó en un libro que sería su testamento vital y artístico, el ‘Poema del ángulo recto’, una serie de 19 litografías llenas de signos y señales esotéricas que se expone por primera vez fuera de Francia.

JULIA LUZÁN

EL PAIS SEMANAL

Ha pasado a la historia como el arquitecto que descubrió las virtudes del hormigón armado para la construcción de edificios, pero Charles Edouard Jeanneret-Gris, conocido universalmente como Le Corbusier, fue fundamentalmente un artista, una figura clave de la cultura contemporánea, un hombre ultrasensible que murió con la amargura de no ser considerado pintor al mismo nivel que arquitecto. Su testamento vital y artístico, el Poema del ángulo recto –una serie de 19 litografías realizadas en secuencias de siete partes a lo largo de siete años (de 1947 a 1953), y publicada en forma de libro, la parcela menos estudiada de su obra y, paradójicamente, la que revela más detalles de su biografía–, se muestra por primera vez en España. “Esta exposición presenta a un Le Corbusier que hasta ahora sólo han conocido los especialistas, y que le acerca a un público que en él ve únicamente al arquitecto de edificios como cajas de zapatos”, señala Juan Calatrava, director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Granada y comisario de la muestra que podrá verse en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, y matiza: “Aunque más que el descubrimiento del libro, se trata del descubrimiento de la importancia que tiene el libro”.

Collages, pinturas, dibujos y poemas de puño y letra del arquitecto suizo dan forma al Poema del ángulo recto, una experiencia insólita en la obra de Le Corbusier. El libro “condensa su filosofía como pintor y arquitecto”, afirma Calatrava, quien añade: “Siempre se ha dicho que Le Corbusier era un racionalista que deseaba construir edificios como máquinas, y es verdad, pero no toda, y este libro es la otra parte de la verdad. Es el aspecto poético que había detrás de toda aquella arquitectura mecanicista. Me gusta mucho comparar el Poema del ángulo recto con la obra de Baudelaire porque representa la obra poética que permanece oculta siempre detrás de la obra de arte”.

 

Corbu, como firmaba muchos de sus trabajos, vivió siempre con la doble personalidad del pintor y el arquitecto. Charles Edouard Jeanneret-Gris nació el 6 de octubre de 1887 en La Chaux-de-Fonds, una próspera ciudad relojera suiza de 27.000 habitantes. Su padre era relojero, según algunos, o grabador, según otros, y su madre, una sensible profesora de piano. Sus inclinaciones artísticas le llevaron a la escuela de arte de su villa natal, y fue allí donde decidió cambiar de rumbo y dedicarse a la arquitectura siguiendo el consejo de su profesor Charles L’Eplattenier, un pintor y escultor del montón que logró inocularle la pasión por las formas.

 

En 1907, el joven Charles Edouard, acabada su formación, se traslada a París y adopta el nombre con el que se le conocería desde entonces, tomado de un antepasado francés, Le Corbesier, que transformó en Le Corbusier, un ave rapaz. Él mismo se representó como ese tipo de pájaro en una caricatura que envió a sus padres en 1909. Kenneth Frampton, uno de sus biógrafos, traza un paralelismo entre estos gestos y el simbolismo del águila en la tradición mitológica y el del cuervo en la cultura egipcia. El espíritu, el sol y el origen de la vida están en la explicación de esa identidad, acompañados del fuerte sentimiento de orgullo que sentía Le Corbusier de su ascendencia aristocrática, una familia de la nobleza de la región del Languedoc francés del siglo XVII: “Las fronteras de mi tierra natal pertenecen a los márgenes topográficos y geográficos de los grandes éxodos de antaño”, escribió. “Soy originario del sur de Francia, somos albigenses”.

 

Esa afirmación, un tanto romántica, de pertenencia a una religión herética puede explicar la dualidad en la vida y en la obra del arquitecto suizo. Los cátaros, los herejes albigenses, a los que Le Corbusier aseguraba pertenecer por linaje, no aceptaban que Dios hubiese creado un mundo tan lleno de sufrimiento. Rechazaban, por tanto, la cruz y los sacramentos, y asociaban el bien con lo espiritual y el mal con el cuerpo. Tales creencias llevaban inevitablemente a un modo de vida muy puritano, basado en el vegetarianismo, la meditación y la abstinencia sexual. Le Corbusier, con sus rasgos de sabio despistado, elegante y alto como un huso, se ajustaba al prototipo por él perseguido: un hombre inconformista, hereje, en constante búsqueda.

 

“La arquitectura es el juego sabio y magnífico de los volúmenes frente a la luz del sol”, afirmaba, para mostrar el combate permanente entre lo racional y lo telúrico, entre el Sol y la Tierra, el agua y el fuego. El tema mítico de los cuatro elementos, presente siempre en su ideario, inspiró su libro Poema del ángulo recto. El título hace referencia a la obsesión del arquitecto por encontrar la geometría oculta en la naturaleza, a la que, según él, sólo se llega a través de un proceso lento, laborioso, intelectual. “Categórico / ángulo recto del carácter, / del espíritu, del corazón. / Me he mirado en ese carácter / y me he encontrado”. La portada del libro revela este dualismo. En ella aparecen el Sol y la Luna, y los tonos azul y rojo. Son lo masculino y lo femenino. Según Calatrava, el poema ha estado años en el limbo. Los estudiosos de Le Corbusier han pasado por él de puntillas y siempre intentando encontrar la alquimia en el libro. Sobre la figura de Le Corbusier hay infinidad de bibliografía, pero sobre el Poema, la documentación existente puede contarse con los dedos de la mano, posiblemente porque con su libro, misterioso, colorista, Le Corbusier contradice su imagen racionalista. Según Juan Calatrava, las pinturas del libro están en perfecta sintonía “con lo que hace Matisse en aquella misma época y con lo que pintaba Picasso”.

 

“Soy un constructor / de casas y pala-cios. / Vivo entre los hombres. / En medio de su madeja. / Embrollada. / Hacer una arquitectura es / hacer una criatura”. Le Corbusier da rienda suelta a su imaginación. Pinta con brochazos largos, fuertes, a la Medusa y a Apolo, a Pasifae y al toro solar cuya unión dará lugar al nacimiento del Minotauro de Creta. Desarrolla una figura femenina alada, la mujer Capricornio, claramente opuesta al Unicornio. En una página dibuja, enfrentadas, una concha marina, el símbolo femenino, y la piña, el símbolo masculino. La simbología en el Poema es abrumadora. Es leer en colores el pensamiento del hombre que revolucionó la arquitectura del siglo XX. Es un libro que recoge muchos de los temas que aparecen una y otra vez en su trabajo: las manos, el guijarro y la piedra, el barco como la obra humana capaz de trazar un puente entre la solidez de la tierra y el agua. Entre el puño y la mano abierta. Una mano que simboliza la postura del artista como mediador entre el universo y la humanidad: “La mano abierta / está abierta porque / todo está disponible. / Abierta para recibir, / abierta también para que cualquiera pueda cogerla”.

 

La estructura del libro, en forma de cruz, se inspira en la del iconostasio ortodoxo ruso (un retablo con imágenes pintadas que consta de una puerta grande y, a su lado, dos más pequeñas que aíslan el altar del resto de la iglesia), como si fuera un velo entre los fieles y el sacerdote. Le Corbusier dividió el Poema en siete filas de iconos, identificadas con las siete primeras letras del alfabeto. En cada línea aparece dibujado un número diferente de imágenes: cinco, tres, cinco, una, tres, una, una. Los siete estratos de este poema tienen sus propios atributos, caracterizados por letras y colores. La letra A, el punto medio, es de tono verde; la B, el espíritu, es azul; la C, la carne, violeta; la D, la fusión, rojo; la E representa el carácter y es de color blanco; la F, ofrenda, es amarillo, y la G, lo útil, púrpura. Las sucesivas litografías marcan los ritmos dentro de la obra. Es un poema profundamente religioso. El valor místico atribuido a los números es una constante en la obra del arquitecto. Habló de cinco puntos para conseguir una arquitectura nueva, tres asentamientos humanos, cuatro rutas, siete vías… Todos los escritos y dibujos de Le Corbusier son una fuente de metáforas que explican el valor que el pintor daba a la alquimia, y buscó en los mitos su motivación espiritual.

 

Cuando Corbu viajó en 1911 a Grecia y Turquía, la impresión que le provocó la Acropólis de Atenas fue tan fuerte que perduró a lo largo de toda su vida. La mitología griega le permitió explorar mundos que influyeron en sus obras. Otro viaje posterior a África en los años treinta le descubrió la visión de las ciudades desde las alturas: “El avión no procura placer, incita a una larga y sombría meditación”. Fue esta experiencia mística sobre las fuerzas cósmicas y sus ciclos de destrucción y regeneración la que le hizo tomar conciencia de la fragilidad de la especie humana frente a las máquinas. Y cuando viajó después a India, el terreno para realizar unas obras de vuelta a los orígenes del hombre ya estaba abonado. En aquella enorme nación, Le Corbusier edificó una serie de obras con elementos revolucionarios para la arquitectura: bóvedas catalanas, tejados cubiertos de césped, piscinas en los tejados de las casas.

 

La aparición del Poema del ángulo recto en Francia fue todo un acontecimiento. El griego Efstratios Eleftheriades, Teriade, un agitador cultural de la época, fue el editor de la obra. Teriade, promotor de exposiciones, galerista y creador de la editorial y revista Verve, donde publicaron algunos de sus trabajos Picasso y Matisse, fue la mano amiga del arquitecto y quien aguantó el tirón de sus manías. Le Corbusier participó activamente en la edición del libro (en la exposición del Círculo de Bellas Artes podrán verse también los dibujos previos). Fue aquél un trabajo obsesivo, un proceso de una tensión intelectual increíble. El libro tuvo una tirada muy limitada (200 ejemplares) y cara.

 

Si Le Corbusier no hubiera sido arquitecto, el mundo le reconocería como pintor. Juan Calatrava lo afirma sin lugar a dudas: “Hubiera tenido un lugar entre los grandes pintores del siglo XX, pero primó su faceta de arquitecto”.

 

En pintura, Le Corbusier pasó por dos etapas. La primera, en los años veinte, la que él llamaba “el purismo”, como derivación del cubismo. El purismo era para él un cubismo intelectualizado porque creía firmemente que el estilo cubista se había dejado llevar por una cierta metafísica. De hecho, el manifiesto con el que Le Corbusier inaugura su fase pictórica lo titula Après le cubisme. A partir de los años treinta, su pintura se aleja de lo geométrico y se llena de formas orgánicas, siguiendo en cierto modo una evolución paralela a la de Picasso. Le Corbusier, como otros muchos intelectuales y artistas, pierde la fe en la industrialización tras la debacle de la II Guerra Mundial, cuando deducen que la tecnología no es algo intrínsecamente bueno, sino que ha producido horrores como Auschwitz y la bomba atómica.

 

Le Corbusier se refugia en el arte, en la espiritualidad como rechazo a la decepción sufrida tras darse cuenta de que los grandes patronos de las empresas francesas no asumirían la responsabilidad del bienestar de la sociedad gracias a su capacidad de producir viviendas.

 

Le Corbusier mantuvo una cierta relación con Picasso. El pintor malagueño le respetaba y seguía sus proyectos a distancia. Pero con quien tuvo un contacto más estrecho fue con Fernand Léger. Juntos proyectaron algo que nunca se llevó a cabo: una basílica subterránea. Ambos idearon horadar una montaña en Sainte Baume, en el sur de Francia, y construir bajo tierra un santuario decorado con murales de Léger. Solicitaron permisos y buscaron patrocinadores, pero, finalmente, las autoridades eclesiásticas no concedieron el permiso para un proyecto religioso que veían con mucha prevención.

 

Su incursión en la escultura fue también consecuencia de la amistad: la que tuvo con el escultor bretón J. Savina, con el que realizó varias tallas de madera. Siempre estuvo relacionado con los círculos artísticos de la época. Junto a Matisse presidió una asociación para la síntesis de las artes.

 

Nunca le llamaron la atención, al contrario que a otros arquitectos de la época, las religiones orientales. A Le Corbusier le fascinaba el cristianismo primitivo. Le interesaban mucho los temas olvidados por la Iglesia, como el de los cátaros y la vuelta a los orígenes de la religión, fruto de su formación en la Suiza protestante. De hecho, él siempre llevó una vida austera, como un ermitaño, sin lujos ni dispendios.

 

Se fabricó para su uso particular una especie de religión en la que entraba el ascetismo protestante y el cristianismo primitivo. Y aunque parezca paradójico, Le Corbusier conectó muy bien con el espíritu de renovación de la Iglesia católica que desembocaría en el Concilio Vaticano II. Entabló una relación privilegiada con el padre dominico Alain Couturier, quien le encargó la capilla de Ronchamp y el convento de La Tourette, dos obras religiosas decisivas en la renovación de la arquitectura católica.

 

Las viviendas que Le Corbusier proyectó para obreros fueron, en realidad, un cierto fracaso personal. Los trabajos que le encargaban eran siempre casas unifamiliares, lejos de la obra de arte única que él quería construir. No obstante, las ideaba como un prototipo, el germen de lo que sería la vivienda moderna del siglo XX. Cuando quiso ponerlas en práctica, en un barrio de viviendas en Burdeos, sus casas ultramodernas fueron un desastre. A los pocos días de estar instalados en ellas, los inquilinos levantaron tabiques y abrieron ventanas donde no estaban proyectadas, todo de manera distinta a como él lo había decidido. Aquello abrió una brecha en sus convicciones. Había ideado la casa modelo del siglo XX, pero al hombre del siglo XX le gustaba vivir como al hombre del XIX.

 

En los últimos años de su vida se volcó más en la pintura. Su jornada estaba claramente partida. En su ático de las afueras de París, hoy propiedad de la Fundación Le Corbusier, en Auteuil, muy cerca de las pistas de tenis de Rolland Garros, estaba su casa, en un lado, y su taller de pintor, en el otro. Por la mañana se dedicaba a pintar, y por la tarde se acercaba al estudio de arquitectura, en la Rue de Sèvres. “No lo veía como actividades separadas, sino como dos modos creativos que se alimentaban mutuamente. Trabajaba en su arquitectura porque por la mañana meditaba sobre pintura. Las dos cosas eran para él arte”. Una síntesis de cómo la arquitectura y la pintura debían vivir no sólo del ojo, sino también del oído. Cuenta Juan Calatrava que Le Corbusier se planteaba incluso escuchar las resonancias del paisaje. “En la misma época en que trabaja en este libro está inmerso en un conflicto que él llamaba la acústica plástica. La plástica que surge no sólo del ojo del artista, sino del artista que sabe escuchar los ruidos del universo. Por eso en muchas de sus pinturas aparece la imagen del pabellón auditivo. El artista escuchando”.

 

El Poema del ángulo recto, hasta ahora jamás expuesto, se editará en español. Los originales de la obra nunca habían salido en conjunto de la sede de la Fundación Le Corbusier en París, y ésta será una ocasión única para adentrarse en el trabajo de un artista clave del siglo XX. El arquitecto que traspasó fronteras, y al que el escritor André Malraux –ministro de Cultura con el general De Gaulle– rindió un emotivo homenaje en el Louvre en 1965, había muerto el 27 de agosto nadando hacia el sol en Cap-Martin.

 


 

La guerra de todos

La guerra de todos Durante 10 años, la fotógrafa Sofía Moro ha buscado y retratado a los últimos protagonistas de la Guerra Civil. La generación del 36 que combatió por sus ideales. Brigadistas internacionales, fascistas italianos, jóvenes falangistas y leales republicanos. A punto de cumplirse 70 años del comienzo de la guerra, éste es su testimonio, también reunido en el libro titulado ‘Ellos y nosotros’ y en una exposición.

JESÚS RODRÍGUEZ
EL PAIS SEMANAL - 07-05-2006

No es lo mismo conocer la Guerra Civil por un libro de historia que te la cuente una mujer a la que, embarazada, asesinan al marido delante de sus ojos. Un soldado que te describe el trágico éxodo republicano hacia la frontera francesa con la nieve sembrada de cascos y armas inservibles. Otro que aún llora al evocar los cadáveres de un bebé y su madre muertos tras un bombardeo. O el falangista que recuerda aquella machacona musiquilla de un tiovivo que envolvía los fusilamientos de sus compañeros”. Ésa ha sido la intención de la fotógrafa Sofía Moro (Madrid, 1966). Retratar nuestra contienda a través de los recuerdos de sus protagonistas. De sus testimonios y sus viejas imágenes. Sin filtros. La historia de hombres y mujeres muy jóvenes; españoles y miles más llegados de todos los rincones del planeta. Con la vista puesta más allá de nuestras fronteras: en el futuro de una Europa que se debatía entre el fascismo y el comunismo, que vivía el preludio de la II Guerra Mundial. Ideales de un mundo mejor. La maravillosa generación del 36. Frente a frente en los campos de batalla durante tres años.

Hoy son ancianos que recitan de un tirón sus recuerdos: Brunete, Gernika, Guadalajara, Teruel, Belchite, el Ebro, Valencia. Escenarios bélicos que conocen como la palma de su mano. Allí, nacionales y republicanos sufrieron el mismo miedo, hambre y frío. Coincidieron en el tiempo y el espacio. Pero cuentan los acontecimientos desde un punto de vista muy distinto. Todos hablan sin odio. Algunos no perdonan. Como la enfermera comunista Trinidad Gallego (Madrid, 1913): 16 cárceles franquistas, y décadas de tortura y vejaciones. Para Trini, contar su historia es la única forma que le queda de hacer justicia. “Siempre seré comunista”. Otros, como Teodomiro Hidalgo y Leandro Pérez, del bando nacional, reconocen después de 70 años que aquello fue un error. “Esta estúpida guerra. ¡Tanto sufrimiento!”.

 

La guerra es la foto ajada que aún preside su cartera. Marcó su biografía. Cambió sus destinos. Se rompieron familias y sueños. Fernando Macarro (Salamanca, 1920) vio morir a su madre en una zanja a las puertas de la cárcel franquista donde estaba encerrado; el hermano del capitán legionario Juan José Orozco (Las Palmas, 1911) expiró en sus brazos en el frente del Ebro. Mercedes Sanz Bachiller (Madrid, 1911) perdió a su marido –Onésimo Redondo, cofundador de Falange, asesinado a los seis días de comenzar la guerra– y al hijo que esperaban. La guerra ha estado siempre presente en sus vidas. “Lo único que me llevé a mi casa desde España en 1938 fue un duro de plata. Cuando me casé, mandé hacer con él mis alianzas. Son éstas”, confiesa Vicenzo Tonelli (Italia, 1916), soldado de la XII Brigada Internacional.

 

También son los bellos recuerdos de juventud. De aventura y romanticismo. Fernando Macarro, el republicano español que más años estuvo en prisión, aún es capaz de proferir: “Miro aquello casi con nostalgia. ¡Joder, aquélla fue una de las épocas más hermosas de mi vida!”. Una afirmación que, al otro lado de la trinchera, al final de sus días, el teniente general Orozco Massieu, el franquista más condecorado, también compartía: “Repaso mi vida, miro mis viejos álbumes de fotos y me doy cuenta de que mi historia es la guerra”.

 

“En el primer momento, lo que más me sorprendió era cómo se podían contar las mismas cosas desde puntos de vista tan diferentes”, explica la autora. “Y llegué a la conclusión de que un relato sobre la Guerra Civil no es real si no cuentas con el relato del bando opuesto. Yo creo que lo que da valor a mi trabajo es que hablen los dos bandos, que estén juntos por primera vez. Es una especie de reconciliación. Ha habido personajes a los que les ha costado entrar en este libro con gente del otro lado. Al final han transigido. Porque no he buscado buenos ni malos. No he querido retratar dirigentes, sino gente corriente, como si te lo contara tu abuelo, para que, a través de su testimonio, todo el mundo se sienta representado. Yo quería saber. Entender. Soy de izquierdas, pero también soy capaz de aguantar un discurso duro de derechas. Mis dos abuelos eran franquistas. Y eso me daba ventaja. Quería saber qué pasó. Y ellos querían que se conociera su historia, que no se olvidara. No por venganza, sino por justicia histórica. Una guerra civil es una gran tragedia, y yo quería saber de dónde salió ese odio que les dividió. Y ellos me lo dijeron”, explica Sofía Moro.

 

De ahí el título, Ellos y nosotros (editorial Blume), que la autora ha rescatado de una vieja foto que tomó Teodomiro Hidalgo (un médico gallego que luchó con las tropas franquistas) en el frente de la Casa de Campo. Está fechada el 20 de febrero de 1938. En ella se contempla la trinchera de los republicanos –“el enemigo”–, en la que sobresalen borrosas las cabezas de los milicianos. Están a sólo unos pocos metros de la trinchera de Teo. En el horizonte, Madrid. Hidalgo escribió en el margen: “Ellos. Nosotros”. Hoy, esa imagen es un documento. Pero aquel 20 de febrero, tras hacer la foto, Teo volvió a disparar su fusil contra esas sombras sin rostro. Tan lejos y tan cerca.

 

Y quizá la expresión más clara de esa visión divergente de los mismos acontecimientos está en el relato que hacen de los últimos días de la guerra. “La espléndida primavera del 39”, en la retórica de los vencedores. Entre ellos, el testimonio del alférez falangista Juan Manuel Cárdenas (León, 1919): “La máxima emoción fue recibir la noticia de la entrada de las fuerzas nacionales en Madrid. Nos invadió una alegría enorme. Y al día siguiente… la resaca. Nos mandaron a Valencia. Allí estábamos de señoritos y de vencedores. ¡Qué felicidad! La guerra había terminado”. En ese mismo instante, en ese mismo escenario, los derrotados vivían “el fin de un sueño”. Y el anticipo de lo que se les venía encima. Lo recuerda Theo Francos (Valladolid, 1914), comisario político de la XI Brigada: “Nos retiramos hacia Alicante, donde los dos últimos barcos debían partir. Nos juntamos millares de vencidos. Habíamos caído en una trampa. Los aviones italianos empezaron a bombardearnos. La desesperación llevó a algunos a suicidarse tirándose del puerto a las rocas. Desmoralizado y vencido, fui hecho prisionero”.

 

En aquel abril de 1939 se abría un nuevo capítulo para Ellos y nosotros. Para los leales a la República empezaba un tiempo de cárcel y exilio. Y de nuevas batallas. Cinco meses más tarde, en septiembre de 1939, estallaba la II Guerra Mundial. Muchos lucharían junto a los aliados en sus ejércitos regulares o capitaneando la resistencia a los fascistas en Italia y Francia. Otros acabarían en campos de concentración nazis. O purgados por Stalin. O en la División Azul. La guerra duraría para ellos en total 10 años. Incluso más. Los brigadistas suizos aún tuvieron que pasar duros procesos de depuración en su país. Y los miembros de la Brigada Lincoln fueron objetivo de la caza de brujas del senador McCarthy en los años cincuenta. La lucha política de los brigadistas nunca concluyó. Su derrota en España contra el fascismo fue la tragedia de su vida. Nunca se rindieron. Hasta hoy. El brigadista norteamericano Harry Fisher (Nueva York, 1911) falleció el 22 de marzo de 2003 tras participar en una manifestación contra la guerra de Irak. Era su última batalla.

 

Para Sofía Moro han sido 10 años de trabajo. En solitario. Arrastrando por España, Francia, Alemania, Marruecos y Estados Unidos sus luces y una grabadora prestada. Una labor de antropología social con el fin de rescatar las voces de la guerra. Los últimos del 36. Una carrera contrarreloj para no perder la memoria de una generación que pronto se extinguirá.

 

Sofía Moro estudió biología, pero siempre quiso ser fotógrafa, como su abuelo materno, que luchó junto a la Falange. Tras dos años rumiando el oficio en el californiano Brooks Institute of Photography, regresó en 1993 a España y comenzó a trabajar en la agencia Cover. “El problema de trabajar en una agencia, con toda la presión del día a día, es que al final no tienes nada tuyo. Me planteé hacer cada año un trabajo fotográfico personal, que no me diera dinero, pero me llenara. En 1994 hice el primero: una semana en la vieja cárcel de mujeres de Carabanchel”.

 

En noviembre de 1996, Sofía Moro cubre para su agencia el homenaje en Albacete a las Brigadas Internacionales, 60 años después de su llegada a nuestro país para luchar contra el fascismo. El acto, al que acudieron 400 brigadistas de aquellos 35.000 de más de 50 nacionalidades que pasaron por España, estaba organizado por la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales. Su presidenta, Ana Pérez, ha sido un soporte básico en todo el trabajo de la fotógrafa. En estos momentos, esta profesora universitaria ya prepara el 70º aniversario de la llegada de los brigadistas. Será el último. No sobreviven más de 200. “Allí mismo, en Albacete, instalé mi chiringuito, mis luces, mi fondo y empecé a retratarles. Todos estaban orgullosos de posar, de contar su vida y mostrar sus cicatrices. Hice 20 retratos. Cuando los revelé esa noche comencé a darle vueltas; me propuse ir más lejos. Buscar a los supervivientes españoles. Y no ceñirme a los republicanos, sino reflejar lo que era vivir la guerra en ambos bandos. El problema es que no sabía cómo moverme, no tenía información, no conocía gente. La guerra nunca me había interesado. Me parecía como del siglo XIX. Nunca relacioné la guerra con mi realidad. Era como un rollo de abuelos. Tenía que empezar desde abajo”.

 

El golpe de suerte le llega en forma de una beca de fotografía de La Caixa. Un millón de pesetas de 1998 que le permiten comprarse una vieja Hasselblad; una cámara manual, ruidosa, con la que se dispara desde el vientre. Con ella realizará 150 retratos en blanco y negro. Sin más aditamentos que un fondo negro. “Cuando se ofrecían a ponerse un uniforme o un distintivo, aceptaba; pero en cuanto vi las primeras fotos decidí que lo importante eran ellos: sus rostros, sus arrugas, sus miradas, sus manos. Ahí estaba la guerra”.

 

Con el magro dinero de su beca, en 1998, Sofía Moro comienza a armar el rompecabezas de la Guerra Civil. Despacio. Armada de paciencia. Con intervalos de desánimo. Unos contactos le llevan a otros. Tras los brigadistas de Albacete comienza a trabajar con el bando nacional; fotografía al antiguo galán del régimen franquista, Ramón Serrano Suñer, que la recibe, casi centenario, elegantemente ataviado de blanco. Después les toca el turno a los anarquistas afincados en el sur de Francia. Irreductibles. Como en su lucha contra Hitler. Más tarde, los brigadistas americanos en Nueva York. Y los olvidados miembros de las Fuerzas Regulares, en Marruecos. Y los cenetistas catalanes. Y los falangistas de primera hora. Hasta llegar a los fascistas italianos de la División Littorio y los comunistas italianos de la Brigada Garibaldi. El punto final es un piloto de la Legión Cóndor, enviada por Hitler a Franco, al que fotografía en Düsseldorf. Diez años de trabajo, 170 retratos, 170 historias. Y cientos de fotografías históricas de aquellos jóvenes de 1936. Muchos han muerto durante el proceso. Nos quedan sus testimonios.

 

Diego Camacho: militante anarquista

 

(Almería, 1921). Sofía Moro no olvidará nunca la noche de 1998 en que conoció a Diego Camacho. El silbido de La Internacional en el rellano de la escalera de un desvencijado inmueble barcelonés. El encuentro con el viejo anarquista. La botella de tinto y el pitillo en los labios. Las eternas ganas de luchar. “¿Qué quieres que te cuente? Aquello no fue una guerra civil, sino una guerra entre ricos y pobres. Una guerra social y una revolución”. Diego conserva intactos sus ideales anarquistas. Con sólo 14 años se afilió a la CNT; con 15, ya era un líder sindical. Participó en la defensa de Barcelona y en las primeras colectividades anarquistas. Tras la derrota escapó de España y fue internado en un campo de concentración francés. En 1942 volvió a España para combatir con el maquis. Detenido, pasó nueve años en prisión y fue desterrado. Volvió a huir de España, donde no volvería hasta 1975. La foto de la derecha fue tomada en Barcelona en 1937.

 

Juan José Orozco: Capitán de la Legión

 

(Las Palmas, 1911-Madrid, 2002). Un mito para el ejército franquista: el único oficial que consiguió las dos máximas condecoraciones al valor en la contienda: la Medalla

 

Militar y la Cruz Laureada. Sofía Moro le recuerda en su elegante piso madrileño rodeado de trofeos de caza. Y profiriendo sentencias que él consideraba históricas: “Los socialistas y los comunistas son todos unos cobardes…, y eso no es que yo lo diga, eso lo sabe todo el mundo”. Conspirador activo contra la República, afiliado a grupos tradicionalistas, Orozco ingresó en las filas rebeldes como soldado en 1936. Alférez provisional, legionario, herido siete veces, participó en todas las batallas de la guerra. Después marchó a Rusia como miembro de la División Azul, donde Hitler le concedió la Cruz de Hierro. “Impedimos el triunfo del comunismo en España. Si el comunismo gana aquí, ¿qué hubiera sido de Europa”. La foto de la derecha fue tomada en Segovia en 1936.

 

Hans Landauer: brigadista internacional

 

(Austria, 1921). En la foto de la izquierda tenía 17 años. Fue captada durante la despedida a las Brigadas Internacionales, en Barcelona, en 1938. Sin embargo, Hans se resistió a abandonar España. “Me quedé con un grupo de compatriotas hasta el final. El 9 de febrero de 1939 devolví mi fusil en el paso fronterizo de Portbou”.

 

Landauer había llegado a España en el verano de 1937. Tenía 16 años. Mintió sobre su edad para luchar. “El triunfo del Frente Popular nos había llenado de entusiasmo. Por eso nos afectó mucho el golpe de Estado. Y decidí que quería ir a España”. Hans combatió en Brunete, Belchite y Teruel. Tras la guerra fue deportado al campo de Dachau, donde permaneció hasta 1945.

 

Renzo Lódoli: alférez fascista

 

(Italia, 1913). “Soy católico y no me gustaba ver que mataban a tantos curas y las iglesias destruidas. Y soy fascista, y esperaba que el franquismo fuera fascista”. Renzo

 

Lódoli, alférez de la División Littorio, enviada por Mussolini en auxilio de Franco, conserva los ideales que le trajeron a España a comienzos de 1937. Hoy preside la Associazione Nazionale Combattenti Italiani in Spagna, que visita cada año nuestro país y honra a sus caídos en los cementerios de Extremadura, Cantabria y Zaragoza. Lódoli, un voluntario más de aquellos 50.000 soldados y camisas negras que pasaron por España, recuerda su llegada en un barco sin nombre y con un uniforme sin insignias; la batalla de Guadalajara, donde se enfrentó a los brigadistas italianos, y a sus compañeros españoles, “que eran de paredón fácil”. A partir de 1939 lucharía en la II Guerra Mundial contra los aliados. Su foto de la derecha, con gafas, fue tomada en Guadalajara en 1937.

 

Heinrich Neumman: piloto nazi

 

(Alemania, 1908-2003). Contar con un piloto de la Legión Cóndor era la pieza que le faltaba a la autora para armar su rompecabezas. Al final, en 2002, un pollero del barrio aficionado al coleccionismo militar le proporcionó un contacto. La cita fue en Düsseldorf. Neumman estaba casi ciego. Y fue ambiguo al hablar de los bombardeos sobre civiles. Por ejemplo, en Gernika, en abril de 1937. “Soltábamos las bombas intentando dar a objetivos militares, pero a 4.000 metros no podías afinar”. Confesaba que su motivo para venir a España fue la aventura, “aunque también quería luchar contra el comunismo”. Posteriormente fue paracaidista en la II Guerra Mundial. Su foto de la izquierda, vestido de piloto, es de 1940.

 

Trinidad Gallego: enfermera comunista

 

(Madrid, 1913). Trini es de las que no perdonan. Hija de una portera, las desigualdades de la época influyeron en su toma de conciencia social. “Con la República empecé a enterarme de cosas. Conocí la casa del pueblo y vi las primeras manifestaciones anarquistas”. Ahí surgió su militancia comunista y la creación del Comité de Enfermeras Laicas. “Cuando estalla la guerra me fui a la casa del partido. ‘¿Qué hago?’, pregunté. Me contestaron que me fuera al hospital de San Carlos y empezara a funcionar. Allí pasé la guerra sin librar ni un solo día”. En 1939 fue detenida junto a su madre y su abuela, de 87 años. Pasó cuatro años en prisión. Fue violada. Hoy sigue siendo comunista. La foto antigua es de 1936.

 

José Lacunza: oficial y maestro republicano

 

(Huesca, 1916). Uno de los rostros más doloridos y de las historias menos épicas. Lacunza era maestro en un pueblecito del Pirineo. “No militaba, pero tenía ideas progresistas. Aunque del comunismo se decía que les quitaban los niños a las madres y el Estado los educaba”. “Cuando estalló la guerra me fui a alistar. Tenía la mentalidad de un niño: ¡me veía de oficial y con un caballo!”. El sueño duró días. En el frente de Teruel comprendió el terror que le inspiraba la guerra. Que se confirmó durante la retirada del ejército republicano. “Era como lo que hemos visto de Bosnia: carreteras llenas de mujeres, ancianos y niños. Pasé la frontera el 9 de febrero. Fui a un campo de concentración. Luego estuve preso dos años y medio”. La foto de arriba fue tomada en el campo de Rivesaltes en 1939.

 

Mercedes Sanz: bachiller Falangista y fundadora de auxilio social

 

(Valladolid, 1911). El 24 de julio de 1936, Onésimo Redondo, cofundador de Falange, era asesinado. Y su mujer perdía el hijo que esperaban. La guerra había comenzado seis días antes. “Me quedé viuda con 25 años. ¡Una niña! Y con tres hijos. En esos días pensábamos que la guerra iba a durar una semana. Por eso, cuando creamos el Auxilio Social, para ayudar a los huérfanos de la guerra, lo llamamos Auxilio de Invierno”. Ésa fue su particular batalla. Una labor que la enfrentaría con la otra dama del régimen, Pilar Primo de Rivera. “Tenía un poco de calva, la pobrecilla”. Sin embargo, sus ideas nunca cambiaron: “La guerra fue inevitable. La hicimos para que España no fuese Albania. Pero Franco debió marcharse antes”. La foto superior fue tomada en Valladolid en 1936.

 

Fernando AristizÁbal: Soldado vasco

 

(Irún, 1917-Bilbao, 2005). “La guerra es la plaga más horrorosa que puede caerle a un pueblo”. A Aristizábal le sorprendió un domingo volviendo de misa. Era militante del PNV. Ese mismo día se alistó en sus milicias. “Y el 20 de julio, ya estábamos en la frontera de Navarra formando nuestras unidades. El que tenía una escopeta de caza la llevaba. No había uniforme. Las botas de monte y así. La principal diferencia con el ejército nacional era que ellos traían mandos con preparación militar”. Aristizábal, que durante la transición llegaría a ser diputado del PNV, combatió en los frentes de Bilbao y Santander. “Recuerdo Gernika tras el bombardeo, estaba todo destruido. Era desolador”. Hecho prisionero por los italianos, escapó por los pelos de ser fusilado por los carlistas. Estuvo en prisión hasta 1943, y después, en la clandestinidad. En la fotografía, con los gudaris condenados a muerte en la cárcel de Burgos, en 1942.

 

Moisés Broggi: Capitán médico de la República

 

(Barcelona, 1908). “Muchas veces, a mitad de una intervención quirúrgica sonaban las sirenas, se apagaban las luces y teníamos que acabar con la luz de una linterna. En poco tiempo adquirimos una gran experiencia en cirugía de guerra”. Moisés Broggi tenía el grado de capitán. Pero fue, sobre todo, un médico.

 

Se dedicó a salvar vidas. Primero, librando del paredón a prisioneros rebeldes heridos. Después, perfeccionando las técnicas quirúrgicas. En los tres años de contienda trabajó en los frentes de Madrid, Brunete, Belchite, Teruel, el Ebro y Cataluña. Participó en la creación de los primeros hospitales de campaña y las primitivas uvi móviles. Tras la guerra fue juzgado e inhabilitado para trabajar en la sanidad pública. En la imagen, operando en el frente de Aragón, en 1937.

 

Manuel Valdés: Fundador de Falange

 

(Bilbao, 1909-Madrid, 2001). “La guerra fue inevitable. Franco no sólo salvó a España, sino que la transformó socialmente”, explicaba poco antes de fallecer este arquitecto vasco. Era el prototipo del vencedor de la contienda. Defensor a ultranza de un régimen que le premió con la vicesecretaría del Movimiento y una embajada. Su carrera política se inició al lado de José Antonio Primo de Rivera, a los 22 años. Detenido antes de la guerra junto a su jefe de filas, colaborador de los conjurados, días antes del alzamiento ya sabía lo que se avecinaba. Condenado a muerte, escapó de milagro y organizó el espionaje nacional en Madrid.

 

Fernando Macarro: comisario político comunista.

 

(Salamanca, 1920). “Mis padres eran campesinos sin tierra; tan sumisos que cuando pasaba el amo hacían la señal de la cruz, como si fuera un representante de Dios en la tierra”. Pero a los 15 años, Macarro decidió romper con su destino y se afilió a las Juventudes Socialistas. Con 16 marchó al frente, pero fue devuelto por menor de edad. En 1938 volvió a luchar y alcanzó el grado de comisario político. Tras la guerra fue detenido en Alicante, torturado y condenado a muerte. Pasaría 23 años en las prisiones de Franco. “La cárcel fui mi universidad. Coincidí con Miguel Hernández, Buero Vallejo y muchos más”. Allí comenzó a escribir poemas bajo el seudónimo de Marcos Ana. Y comenzó una gran amistad epistolar con Alberti. La imagen superior es en la cárcel de Porlier, en 1939.

 

Leandro Pérez: zapador del ejército franquista

 

(La Coruña, 1916). El 18 de julio de 1936 le pilló en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Quería ser ingeniero. Allí coincidió con Lorca, Buñuel y Dalí. Cuando estalló la contienda no regresó a su pueblo. “Mi idea era aguantar. Pensaba que en unos días todo estaría arreglado, pero no fue así”. Fue alistado en una compañía de zapadores minadores. Su misión era volar puentes, abrir trincheras, minar. Ir por delante. “Estuve en todas las batallas. De 183 hombres que éramos, quedamos 23. Vi de todo. El horror. Imágenes que no te puedes quitar de la cabeza. Yo no me acuerdo mucho de la guerra; si no, me volvería loco. Las guerras hay que evitarlas a toda costa. Yo fui del Movimiento, pero si yo llego a saber que la democracia era esto…”. En la foto, Leandro, a la izquierda, en 1937.

 

José Ramón Calparsoro: piloto de la aviación franquista

 

(Guipúzcoa, 1908). “Nunca pienso en la guerra. Tengo más de 90 años, así que la guerra no ha sido más que un tres por ciento de mi vida”. Es curioso que este ingeniero vasco haya borrado de su memoria la Guerra Civil. Él, que fue el piloto de bombardero más condecorado del ejército nacional. Y el primer español destinado en la Legión Cóndor. Para ingresar en la aviación mintió sobre sus escasos conocimientos aeronáuticos. Sólo tenía ocho horas de vuelo. “¡La madre santificada! ¡Estábamos haciendo la guerra! ¡Nosotros! Pero con el ánimo que teníamos nos comíamos el mundo”. Pilotó un Heinkel 46 en los principales frentes. Y recibió la Medalla Militar. Tras la guerra volvió a dirigir la empresa de su familia. En la foto superior, a la izquierda, en el aeródromo de Sanjurjo, en 1938.

 

Vicenzo Tonelli: soldado de la brigada Garibaldi

 

(Italia, 1916). “Cómo no voy a llevar a España en el corazón. Cuando llegamos los brigadistas, los españoles nos recibían con flores y naranjas”. Vicenzo era miembro de las Juventudes Comunistas italianas desde 1934. En 1936 se vino junto a su mejor amigo, Armelino Zuliani, a defender la República. “Cuando me dieron por primera vez un arma se me puso la piel de gallina. ¡Yo, el antimilitarista, aprendiendo a hacer la guerra!”. Y aprendió. “Aunque al horror y el miedo no te acostumbras nunca”. Luchó cuerpo a cuerpo contra los moros de Franco en la Ciudad Universitaria de Madrid; en Brunete, con un calor terrible, y en Guadalajara, contra los italianos fascistas. En 1938 abandonó España y luchó en la resistencia contra Hitler y Mussolini. La imagen superior fue tomada en 1937.

 

Theo Francos: comisario de la XI Brigada Internacional

 

(Valladolid, 1914). Theo Francos se despidió de Sofía Moro con esta frase: “Cuando quieras presentar tu libro me llamas, que doy un golpe de mano y me presento en Madrid”. Theo es el ejemplo vivo de una vida dedicada a luchar contra el fascismo. Francés de origen español, comunista desde los 16 años, “cuando en España se produjo el alzamiento me indigné. Me asustó que el fascismo estuviera ganando posiciones cerca de nuestras fronteras”. Participó en la defensa de Madrid, donde fue herido. Después, Brunete, Belchite, el Ebro. En 1939 fue detenido en Alicante y torturado. Huyó y se unió al ejército británico como paracaidista, participando en la liberación de Europa. La foto es de 1937.

 


 

Tres 'warhol' por un 'velázquez'

SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ
EL PAÍS  -  España - 05-05-2006

¿A quién va usted a creer? ¿A mí o a sus propios ojos? La ocurrencia es de Groucho Marx pero se puede aplicar ahora al Ayuntamiento de Madrid: ¿a quién creer? ¿Al alcalde o a nuestros propios ojos? Porque los ojos de la mayoría de la gente que vive en Madrid ven un Paseo del Prado muy hermoso que va a ser sometido a una intervención desproporcionada, innecesaria e injustificada. Es posible que el proyecto de Álvaro Siza y del equipo de arquitectos españoles que le acompaña sea un proyecto estrella. Nadie discute que el Ayuntamiento ha buscado expertos, e incluso artistas, de reconocida fama y solvencia, pero, simplemente, el Paseo del Prado no necesita que lo cambien por algo, quizás hermoso, pero distinto. No hace falta. A la mayoría de la gente que vive en Madrid o que visita la ciudad le gusta, y mucho, como es.

Las ciudades tienen zonas que las identifican y que se supone que dan raíces a la añoranza. Quien viva en Barcelona tendrá su imagen de las Ramblas, como la tienen los vecinos de cualquier ciudad del mundo de su calle o plaza más hermosa. Seguro que Picadilly Circus, en Londres, podría ser mejor, pero a nadie se le ocurre remodelarlo ahora para que se parezca a la plaza que fue en el siglo XVII. Es posible que la plaza del Comercio, en Lisboa, pueda ser todavía más bella, pero ¿quién lo necesita? La mayoría de sus vecinos y visitantes queremos verla como es. Eso es exactamente lo que pasa en Madrid. La ciudad ha experimentado cambios brutales en pocos años, quizás es la capital europea que más se ha transformado en la última década. Transformación tras transformación, Madrid ha ido perdiendo casi todas sus posibles referencias. Una de las pocas que continúa en pie es precisamente el emblemático Paseo del Prado con sus hermosos árboles, el lugar en el que han jugado miles, decenas de miles de madrileños de nacimiento y de adopción.

 

Los defensores del cambio aseguran que el paseo recuperará una imagen parecida a la que tuvo a finales del siglo XIX, cuando se pavoneaban por allí caballos y carruajes. Es posible, pero nuestros bisabuelos ya no están aquí para reconocerlo. Y los bisnietos queremos que nos dejen un poco en paz y reconocer la belleza que vieron nuestros ojos infantiles ¿Alguien niega que el Prado es ahora hermoso? Nadie, ni, por supuesto, el Ayuntamiento. Simplemente quieren cambiarlo. Hacerlo todavía mejor. Pues no hace falta. Como dice el arquitecto Eduardo Mangada (responsable de la mejor política urbanística que ha tenido Madrid en mucho tiempo), "cuando no hace falta cambiar algo, lo que hace falta es no cambiarlo". En eso consiste la elegancia de un urbanista: en no acometer cosas innecesarias.

 

Claro que el Paseo del Prado necesita que lo limpien y arreglen. Seguro que hace falta quitar la gasolinera que afea la vista del Museo, seguro que se puede mejorar su mobiliario urbano y seguro que se puede quitar un carril de tráfico para ampliar la acera del Banco de España y del Museo Thyssen. Muy probablemente el ornato y decoro de todo el paseo (como se decía antes) necesita un buen repaso. Dicen que los árboles no son de la época de Carlos III, sino que tienen 70 ó 50 años. ¿Y que más da? Lo que importa es que son una belleza. Dicen que arrancarán sólo unos pocos y que los sustituirán, tres por uno. Pero no se cambia un velázquez por tres warhol.

 

El recién fallecido John K. Galbraith se reía de sus colegas los economistas y de los políticos porque, decía, siempre quieren convencernos de que las cosas desagradables terminan por tener efectos benéficos. No es verdad. A veces las cosas desagradables son simplemente desagradables e innecesarias. Madrid, mejor dicho, las varias generaciones que conviven hoy en ella, está ya sometida a los males de una ciudad permanentemente inacabada. Es suficiente. Seguro que los vecinos de otras ciudades y parajes comprenden muy bien de qué estamos hablando. De eso que hizo que las últimas palabras de Antonio Machado fueran: "Esos días azules y este sol de la infancia".

Vicente Verdú

De madre naturaleza a naturaleza amante


VICENTE VERDÚ
EL PAÍS  -  Sociedad - 04-05-2006

No pocas mentes sensatas auguran, de vez en cuando, que el barril de petróleo alcanzará los 100 dólares. O más. Pero ¿por qué no los 500 o los 1.000 dólares? En este punto, el hombre se habrá emancipado obligadamente del crudo. O dicho de otro modo: cuando se registrara esta imaginada tesitura el ser humano sería radicalmente inducido a prescindir del producto. En ese mismo día y contra las tradicionales voces melancólicas nacerá una inesperada liberación de la especie humana y de la misma Naturaleza.

Así como el Movimiento de Liberación de la Mujer (MLM) ha venido creando, entre costes y sufrimientos, entre avances y retrocesos, la liberación sexual general -incluida la liberación masculina-, el fin del sometimiento al petróleo supondrá el fin de una subordinación secular, anclada en la oscuridad de la Tierra y unida a terribles periodos de catástrofes y deforestaciones.

 

La liberación respecto al petróleo, una vez descargados de otras graves servidumbres, representa el corte de otro importante cordón umbilical con la Naturaleza. Efectivamente, no podemos vivir sin La Naturaleza, como no es fácil tampoco vivir sin amor, pero sería grave ignorancia confundir la interrelación con la subordinación y la complicidad con la mansedumbre.

 

Los ecologistas piden respeto a la Naturaleza mimetizando las maneras de respeto a la Madre. El futuro, no obstante, fomentará el amor a la Naturaleza no en cuanto progenitora sino en cuanto amante. No se planteará entonces si abusamos o explotamos, si talamos o succionamos de ese cuerpo materno sin medida. El cuerpo reproducirá al de una amante liberada de la que vamos poco a poco liberándonos, según las pautas del MLM.

 

Las lubinas de que disponemos sin necesidad del mar, los tomates que rebosan en el mercado sin haber rozado jamás la tierra, los niños que nacen sin cumplir procedimientos carnales, los bovinos generados al margen de la copulación, los materiales de todo orden que no han sido paridos en las entrañas del monte o las medicinas que desde hace tiempo proceden no de las plantas (o sólo vienen de ellas a la manera sexy del amante), componen una nueva realidad al margen de lo natural, un nuevo paradigma civilizatorio que si el petróleo llegara a los 1.000 dólares se redondearía todavía más.

 

Tarde o temprano, en cualquier caso, estallará este particular apocalipsis mediante el cual la Madre Naturaleza será un viejo monumento y la naturaleza, en cuanto amante, será el movimiento moderno.

 

El proyecto Gran Simio y todos aquellos de igual inspiración forman parte de la misma tendencia que avanza hacia la liberación de la maternalidad natural. Un simio tiende a ser legalizado como sujeto de derechos humanos. De esta paradoja surge no sólo la humanización del animal sino también, simultáneamente, la disipación de lo salvaje y la consecuente sustitución de la Madre sagrada por la igualación laica. De este modo la interacción se facilita y se allana el escalón natural.

 

El miedo al petróleo caro o carísimo, como la veneración del oro y la devoción al mar, exponen clases equivalentes de atavismo. Igualmente, en la decadencia de la actual civilización, la mitología del agujero de ozono, el pavor al deshielo de los polos o el terror al recalentamiento del planeta reproducen, a través de su común componente térmico, el pánico sufrido en el medievo ante las fiebres devastadoras de las epidemias.

 

Ahora el petróleo es como el falo. La probable conclusión de su dominio hace posible imaginar el establecimiento gradual de una escena donde, como en los diseños más benéficos del paraíso, naturaleza y seres humanos retozan y duermen juntos, se aman y se enlazan sin dolor ni temor. Más bien la próxima liberación del ser humano respecto a la Naturaleza coincide con la transformación del hombre en una suerte de mujer, todavía inédita. Una figura en formación, donde, por otra parte, la mayoría de las fantasías más dulces de la historia creían ver culminada la síntesis felicísima del mundo. El amante sin término.

 


 

Una nueva datación dobla la edad de los fósiles de la sima de los Huesos

Una nueva datación dobla la edad de los fósiles de la sima de los Huesos El yacimiento de Atapuerca tendría al menos 500.000 años, según el especialista Jim Bischoff

MALEN RUIZ DE ELVIRA  -  Madrid
EL PAÍS  -  Sociedad - 02-05-2006

La treintena de individuos humanos cuyos restos están siendo hallados desde los años ochenta en la sima de los Huesos, en la sierra de Atapuerca, plantean continuamente nuevos desafíos. Una nueva datación técnica indica que estos antepasados (H. heidelbergensis) son casi el doble de antiguos de lo que se creía. La datación inicial estableció que vivieron hace unos 300.000 años y la actual, que no ha sido aún aceptada por la comunidad científica, señala una antigüedad máxima de 600.000 años. Mientras tanto, los paleontólogos, basándose en los rasgos morfológicos, se decantan por los 400.000 años. La nueva datación, cuyos resultados no se han publicado todavía debido a que se han solicitado nuevas pruebas, plantea problemas a los paleontólogos para explicar las etapas de la evolución humana en Europa en el último millón de años. Por eso, y porque la técnica utilizada es más refinada que la anterior y todavía se considera experimental, la nueva datación no puede ser tenida como definitiva, pero ya está suscitando el debate. Su autor, Jim Bischoff, un especialista estadounidense de gran prestigio, ya dató los fósiles de la sima de los Huesos, un pozo de muy difícil acceso, en los años noventa con la técnica de isótopos radiactivos uranio/torio y la edad que dio fue de unos 300.000 años.

Ahora Bischoff está utilizando una versión más refinada, que se basa en la espectrometría de masas y maneja una cantidad reducida de átomos. Con ella ha estudiado una colada recientemente descubierta. "Una colada es una clase de estalagmita sobre el suelo de la cueva que se forma por el goteo de aguas ricas en calcio que caen del techo de la cueva", según explica el propio Bischoff.

 

La colada tiene un grosor de unos 14 centímetros y en una capa inmediatamente inferior se encontraron más de 55 fósiles humanos, por lo que concluye Bischoff: "Evidentemente, la colada se formó después de la deposición de los huesos" y sirve para datarlos.

 

El director del yacimiento, Juan Luis Arsuaga, cree que, morfológicamente, los fósiles de la sima corresponden a unos 400.000 años de antigüedad, pero no puede ni quiere obviar los métodos técnicos de datación, aunque "al primero que tiene que convencer Bischoff es a mí", comentó con humor a este periódico. Ambos son autores de un artículo con la nueva datación (de 500.000 a 600.000 años de antigüedad) que han presentado a la revista especializada Journal of Archaeological Science y que no ha sido aceptado, a la espera de que el geocronólogo aporte nuevas pruebas. En el artículo se plantea que el modelo de evolución humana haya sido más complejo de lo que se suponía hasta ahora. Según esta hipótesis, unas poblaciones estarían más evolucionadas que otras en una misma época.

 

Las primeras dataciones por series de uranio daban unos 300.000 años, pero es que esa antigüedad "corresponde al límite del rango de la técnica", explica Arsuaga. Ahora, a Bischoff le salen unos 500.000 años, con un máximo de 600.000, por lo que la datación a Arsuaga y su equipo les resulta "un poco antigua". "Me parecen más arcaicos fósiles de esa época, como la mandíbula de Mauer o los de L’Arago", comenta el paleontólogo español.

 

Además de la comparación con estos fósiles históricos, la nueva datación aproximaría demasiado la edad de los fósiles de la sima de los Huesos a los correspondientes a una especie humana considerada nueva, el Homo antecessor, hallados en otro yacimiento de Atapuerca.

 

El Homo antecessor ha sido datado con mucha seguridad, ya que se encuentra inmediatamente debajo de un nivel en el cual se ha comprobado una inversión del campo magnético terrestre que tuvo lugar hace 780.000 años, por lo que, al menos, tienen esa antigüedad. Demasiado cerca en el tiempo de los de la sima de los Huesos para que los científicos se sientan cómodos.

ha sido datado con mucha seguridad, ya que se encuentra inmediatamente debajo de un nivel en el cual se ha comprobado una inversión del campo magnético terrestre que tuvo lugar hace 780.000 años, por lo que, al menos, tienen esa antigüedad. Demasiado cerca en el tiempo de los de la sima de los Huesos para que los científicos se sientan cómodos.

Félix De Azúa

 LEY DE LA SELVA, PERO LEY


El destino ha querido que en los últimos meses viva yo paredaño con la residencia del primer ministro de Francia, Dominique de Villepin. Me lo cruzo casi cada día por la calle y a punto estoy de decirle algo así como: "¡Déjalo, tío, no tienes nada que hacer, te faltan tablas!", o cosa semejante, y si no se lo digo es porque el ministro habla español mejor que yo.
Viéndole tan ufano, caminando a grandes zancadas por la rue de Babylone (nada menos), protegido tan sólo por dos gorilillas de tamaño medio, nadie diría que ese individuo está bailando sobre terreno minado y que a cada paso puede saltar hecho pedazos, pero así es. La guerra contra Nicolas Sarkozy, el ministro de Interior y su rival en las próximas elecciones presidenciales, es despiadada y parecida a la de los chacales en celo.
Todos saben que Sarkozy está detrás del fracaso del juvenil contrato del primer empleo (CPE) que De Villepin ha tenido que tragarse mojado en alcohol sindical. Y todos saben que De Villepin está detrás de la acusación de corrupción contra Sarkozy, implicado en sucias maniobras financieras en una sociedad luxemburguesa. Hasta el momento, ni lo uno ni lo otro se ha podido probar. Así que no existe. Es la ley de la selva, pero es la ley.
En Francia, como en toda Europa, la democracia es una farsa actuada por grandes figuras de la escena. La política no es otra cosa que la lucha por el control de la mayor cantidad de dinero posible, legal o ilegal, con el aplauso de los votantes. Ciertamente, las leyes no están para proteger al ciudadano, sino para mortificar al contrincante político, pero se deben respetar. Si no se respetan, la farsa democrática se convierte en tragedia totalitaria, como en Rusia.
La ley de la selva democrática europea tiene su representación más primitiva en Italia. En Francia actúan con mayor decoro que en Italia, son más profesionales. Los ingleses superan a los franceses. El premio se lo llevan los nórdicos: la suya es una imitación de democracia muy convincente.
La palabra democracia exige que incluso los animales más fieros respeten sus propias leyes. De lo contrario, la democracia pone de manifiesto su carácter mafioso. Es lo que sucede en lugares como Kazajstán, Bielorrusia o similares. Allí ni siquiera se respeta la ley de la selva y en consecuencia deducimos que se trata de fincas explotadas por gánsteres.
Se entiende entonces que cause desolación la falta de respeto del Gobierno catalán por la ley de la selva. Cuando leí la noticia del nombramiento de Xavier Vendrell en la prensa, escribí a un amigo que mantiene muy estrechas relaciones con la gente de Esquerra para preguntarle por las razones de semejante disparate. Me contestó que, en efecto, Vendrell es uno de los elementos más fanáticos del grupo, pero que no era un hipócrita. Los que le critican, añadía, se llevan la financiación del partido en maletines llenos de billetes de 500 euros. Vendrell, por lo menos, lo hacía a las claras, sin hipocresía.

SEGURAMENTE es cierto, pero mi amigo reaccionaba a la defensiva porque no es una cuestión de hipocresía sino de acatamiento de la ley: incluso los responsables políticos del latrocinio deben respetar la ley de la selva y actuar verosímilmente, como si fueran demócratas, cuando se les descubre. El profesor pillado in fraganti cobrando a la puerta del colegio no puede ser nombrado director del centro.
En estos casos hay que ser valientes y decirle al interfecto: mala suerte, te han descubierto, ya sabías lo que te jugabas, te haremos embajador en el Vall d’Aran. Ascenderle a un ministerio tan poderoso como peligroso, en cambio, deja en cueros a la totalidad del Gobierno. Es el tripartito en pleno el que admite no estar en condiciones de respetar ni siquiera la ley de la selva.
Que todos los presidentes, consejeros primeros y segundos, que todos los altos cargos y dirigentes de partido tengan hermanos, cónyuges y otros selectos parientes trabajando a sueldo del contribuyente, que jamás se dijera una palabra sobre el 3%, que la Administración catalana esté infectada de nepotismo, que el capo del raketing republicano sea ascendido, toda esta acumulación de dislates acaba dando una imagen desastrosa de la presidencia de la Generalitat.

MUCHOS ciudadanos catalanes convencidos (¡todavía!) de que viven en la región más europea de España, van tragando uno tras otro los actos de endogamia, clientelismo, corrupción y enchufismo del Gobierno. Poco a poco, sin embargo, se percatan de que asisten a una representación teatral de muy baja calidad, peligrosamente próxima a la marbellí. Todos esperábamos un John Gielgud y nos están dando Martínez Soria. Y la causa de este fracaso es la incapacidad profunda de las élites catalanas, ¡tan caciquiles!, para respetar la ley de la selva.
Reconozcámoslo: el president no cuenta con buenos actores de plantilla, sólo con aficionados y caricatos de aldea. En el último cambio y tras una patética entrevista en El País donde parecía un político turco ("¡tenemos el mejor Estatuto de Europa!", decía), Pasqual Maragall ha situado en lugares estratégicos y junto al temible Vendrell a las escasas figuras de la compañía que aún no se han desprestigiado. Son divos que llevan gateando por el escenario desde la infancia. Uno les desea la mejor acogida por parte de este público que tanto les quiere, pero, atención, estamos quemando lo que nos queda de arte escénico democrático. Después de ellos, el diluvio.

Venecia, escaparate del arte contemporáneo

Venecia, escaparate del arte contemporáneo Venecia, escaparate del arte contemporáneo
El Palazzo Grassi exhibe la colección Pinault

El museo veneciano acoge 200 obras del impresionante fondo perteneciente al magnate francés

OCTAVI MARTÍ  -  París
EL PAÍS  -  Cultura - 28-04-2006

François Pinault, el propietario de la FNAC, de Printemps, de Gucci, Yves Saint-Laurent, de los viñedos de Château-Latour, de la casa de subastas Christie’s, del semanario Le Point, del equipo de fútbol de Rennes, del teatro Marigny en París, ha decidido hacer pública su pasión secreta: el coleccionismo de arte contemporáneo. Y lo hace en el veneciano Palazzo Grassi, del que es propietario de un 80% desde mayo de 2005. El edificio, que entre 1983 y 2005 perteneció a la Fiat, fue el escaparate del mecenazgo del industrial Gianni Agnelli. A éste le sucede, signo de los tiempos, el financiero Pinault, que, como los Grassi, que en el año 1748 ordenaron la construcción del palacio, hizo fortuna en el comercio de madera. Son muy pocas las personas que han visto la colección particular de arte contemporáneo de Pinault que, según parece, consta de más de 2.500 obras, todas ellas realizadas entre 1945 y hoy mismo. El punto de partida fue una tela de un nabi, Paul Sérusier, "un posimpresionista japonizante que compré porque era de la misma región que yo", la Bretaña, "pero también porque me pareció una obra muy bella. La guardo para mostrar de dónde partí y cómo mi mirada ha evolucionado", dice Pinault.

Entre el 30 de abril y el 1 de octubre, podrán verse en el Palazzo Grassi casi 200 obras de la colección, pertenecientes a 49 artistas. La muestra lleva como título Where are we going? (¿Adónde vamos?), un interrogante al que parece responder una composición de Piotr Uklanski que no es otra cosa que la calavera termografiada del propio Pinault subrayada por dos tibias cruzadas, como una bandera pirata. "Es una buena respuesta a la pregunta de la exposición", afirma un sonriente Pinault, satisfecho de ser el protagonista de esta vanitas contemporánea.

 

La tradición quiere que los millonarios ennoblezcan su dinero devolviendo parte de lo ganado a la sociedad en forma de mecenazgo social o artístico. Pinault se embarcó en la aventura del arte contemporáneo en 1990, cuando un mondrian de 1925 le hizo perder la cabeza y desembolsar 6,5 millones de euros. Luego ha reorientado sus preferencias, compaginando la atracción por el minimalismo con la exuberancia pop. "Sin duda hay que relacionar mi entusiasmo por el minimalismo de Donald Judd o Carl André con una búsqueda espiritual. Rothko creó una pintura de recogimiento interior, de meditación. La idea es que deberíamos guardar sólo lo esencial. Pero la vida es también otra cosa y yo soy demasiado curioso para encerrarme en una sola escuela". Y ahí están los warhol, rauschenberg o koons para abrir juego.

 

Nadie sabe lo que valen -monetaria y artísticamente hablando- las obras acumuladas por Pinault. Él, como propietario de la casa de subastas Christie’s, debería saber algo sobre la cuestión pero prefiere dejar caer: "No sé nada de cuál puede ser el valor de esas obras dentro de un tiempo y soy indiferente al tema". Es difícil creer que gente como Koons o Haring puedan mantener una cota que aparece artificialmente hinchada pero eso no impide reconocer el gran nivel de exigencia del conjunto reunido por un hombre que establece un puente entre la compra de arte y la de empresas: "Hay que saber estar al acecho".

 

De entre los 49 artistas presentes, un solo español, el catalán Antoni Tàpies, de quien se exponen dos obras, de 1957 y 1962, junto a las de los italianos Manzini y Fontana o el francés Soulages. "La nacionalidad no es un criterio en arte", dice Pinault, que sólo presenta a tres compatriotas: el ya citado Pierre Soulages, Bernard Frize y Pierre Huyghe. Su colección incluye otros grandes nombres francófonos, de Martial Raysse a Christian Boltanski pero ésos esperan su turno para ser presentados a la vera del Gran Canal, lejos, muy lejos, de la isla Séguin, en la francesa localidad de Billancourt, que debería haber sido el primer destino de la colección si la burocracia gala no hubiese fatigado a Pinault. La burocracia o el fisco, avanzan las malas lenguas. En cualquier caso, para calmar las críticas que le pueden llegar desde su país, Pinault se dispone a abrir en Lille un local dedicado permanentemente a la creación videográfica.

 

La programación del Palazzo Grassi, rehabilitado por Tadeo Ando, no se limitará a satisfacer la vanitas de su propietario sino que también atenderá a otros intereses. En noviembre de este año se presentará Picasso, la alegría de vivir 1945-48, y para la primavera de 2007, una revisión de las utopías enterradas por la triunfante economía de mercado: Europa 1967 o el arte contra la división en bloques enfrentados, el capitalista contra el comunista. Luego vendrán Arte povera -Pinault posee una muy buena colección de dicho movimiento- y Roma y los bárbaros para la primavera de 2008. Esta última, que pondrá en relación el arte del bajo imperio romano con los flujos migratorios, conectará de manera clara con parte de la actividad seguida durante la época Fiat, cuando etruscos, mayas o celtas compartieron protagonismo con movimientos como el futurismo o personalidades como Salvador Dalí.De entre los 49 artistas presentes, sólo hay un español, Antoni Tàpies, de quien se exponen dos obras de 1957 y 1962

Antonio Muñoz Molina

EL PAÍS, 24 de abril de 2006

Notas escépticas de un republicano

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

En España, país desmemoriado, se ha puesto de moda la memoria. Es una memoria singularmente selectiva: borra o desfigura la parte del pasado más cercana al presente y se remonta a una lejanía hasta hace poco no muy frecuentada, salvo por los aficionados a la historia y los historiadores profesionales, y por algunos novelistas que educamos nuestra imaginación en los relatos cautelosos sobre la República y la guerra que escuchamos de nuestros mayores en la infancia. La historia es un saber difícil que requiere largas investigaciones, ofrece muchas incertidumbres y da a veces amargas noticias. La memoria no se investiga, sólo se recupera, sin exigir mucha disciplina, incluso, muchas veces, con un propósito de afirmación personal o colectiva que nadie está autorizado a discutir, ya que la memoria, por definición, le pertenece al que la posee. La memoria, si no es vigilada por la razón, tiende a ser consoladora y terapéutica. Modificar los recuerdos personales para que se ajusten a los deseos del presente es una tarea legítima, aunque con frecuencia tóxica, a la que casi todos nosotros somos proclives.

Cuando la memoria se convierte en un simulacro colectivo su efecto empieza a ser más alarmante. Su primacía desaloja a la historia del debate público, porque la historia es mucho menos maleable, y con frecuencia puede desmentir las buenas noticias sobre el pasado que a todos nos gusta regalarnos. Al filtrarse a través del recuerdo, y también del olvido, el pasado se convierte en ficción y en materia novelesca. Pero a la novela no le exigimos fidelidad a los hechos privados o públicos que puedan haberla inspirado. La responsabilidad de la novela es estética y moral: la de los discursos públicos, casi como la de la ciencia, debería estar sujeta a las exigencias más severas del conocimiento.

Como novelista y como ciudadano, la negligencia o el silencio que durante muchos años envolvieron el recuerdo de la Segunda República, de la Guerra Civil y de la resistencia antifranquista me parecieron desoladores. La falta de conexión entre el presente iniciado en la transición y las tradiciones progresistas españolas que fueron interrumpidas por la guerra y sepultadas por el franquismo ha sido una de las debilidades mayores de nuestro sistema democrático: ha alimentado nuestro raquitismo cívico y nuestra profunda penuria cultural, así como una contumaz injusticia hacia quienes lucharon contra la dictadura o fueron víctimas de lo que Paul Preston ha llamado la "política de la venganza". Quienes ya éramos adultos a principios de los años ochenta sabemos que la razón de tanto olvido público no era el chantaje de una derecha franquista que siguiera vigilando desde la sombra. Desde 1982 el Partido Socialista gobernaba con mayoría absoluta, y sus dirigentes, empeñados en la tarea necesaria de modernizar plenamente el país, optaron por ocuparse más del futuro que del pasado, con un entusiasmo en el que había una parte de arrojo verdadero y otra de frivolidad y cosmética. De pronto la épica de la resistencia se había quedado antigua, tan obsoleta como las barbas y como las chaquetas de pana. Cambios verdaderos y profundos sucedían mientras tanto, pero muchos nos sentimos agraviados en aquellos años por la amnesia atolondrada de los que mandaban, por la falta de escrúpulos y una propensión al favoritismo y al descuido de la moral pública que habrían de acabar en los escándalos de corrupción de los primeros años noventa.

La historia proscrita por el franquismo fue una historia simplemente abandonada por la democracia. Abandonada por el Estado central y sustituida por mitologías más o menos lunáticas en los sistemas educativos de los gobiernos autónomos, consagrado cada uno a la tarea de inventar pasados gloriosos que fatalmente acabarían malogrados por una pérfida invasión española. La mezcla de la pedagogía posmoderna y del nacionalismo identitario pueden conducir a resultados pintorescos o alarmantes, a una confusa aleación de ignorancia y adoctrinamiento muy peligrosa para la vida civil pero muy útil para la demagogia política.

A algunos nos parecía que el estudio atento de la República y de la Guerra Civil era a la vez una reparación parcial de las injusticias del olvido y una búsqueda de esos valores sustantivos cuya debilidad resultaba tan dañina para nuestro sistema democrático. Al leer obsesivamente libros sobre entonces -los diarios de Azaña, las memorias de Barea, las novelas de Max Aub, los estudios de Hugh Thomas o de Jackson, la sobrecogedora historia oral de Ronald Fraser- revivíamos una y otra vez un drama que no nos apasionaba ni nos hacía sufrir menos porque conociéramos de sobra su triste final. Nos indignaba el escándalo de la indiferencia de las democracias hacia la suerte de la República española, el modo en que aceptaron sacrificarla queriendo apaciguar a Hitler. Pero también nos producía un íntimo dolor, semejante a una derrota personal, la incapacidad de las fuerzas políticas del bando leal para unirse eficazmente contra el enemigo común. Al cobrar conciencia política en los últimos años de la dictadura, sentíamos una nostalgia doble del porvenir y del pasado, del mañana en el que podríamos respirar y vivir en libertad y del lejano ayer en el que la libertad existió brevemente. Igual que saltábamos sobre la cultura del pasado inmediato para vincularnos a una tradición de heroica modernidad literaria y estética que interrumpió la guerra y dispersó el exilio, queríamos buscar nuestra legitimidad política en aquella República que era el reverso exacto del régimen siniestro en el que habíamos

crecido. Por eso había un fondo de desconsuelo al ver que la democracia restaurada no se esforzaba demasiado en honrar a los perseguidos, a los silenciados, a los encarcelados y asesinados por el franquismo, a los que salieron de España al final de la guerra y continuaron combatiendo al nazismo en Europa, a los cautivos y supervivientes de los campos alemanes. Hubiéramos querido que se les hiciera justicia mientras estaban vivos, y también que los valores que ellos defendieron tuviesen más presencia en la política española: un sentido de la austeridad y la decencia, de la ciudadanía solidaria y responsable, una vocación franca de justicia social, un amor exigente por la instrucción pública, un verdadero laicismo, un respeto a la ley entendida como expresión de la soberanía popular.

No es eso lo que hemos visto tanto como habría sido necesario, y si no lo hemos visto no ha sido por la presión de una derecha torva y de vocación autoritaria o por la existencia de un rey. Pero a pesar de esas deficiencias -de las cuales los únicos responsables son la clase política y la ciudadanía, cada uno en su escala de acción- en 30 años España ha cambiado tan prodigiosamente que ni siquiera los que hemos vivido este tránsito somos capaces de comprender su magnitud y su calado. Nos hace falta el testimonio deslumbrado de quienes nos han visto desde fuera, y no hemos sido capaces de hacer conscientes a nuestros hijos de la novedad y la fragilidad de lo que nosotros no tuvimos y ellos dan casi desganada o despectivamente por supuesto. Hemos pasado de la dictadura a la democracia, del centralismo al federalismo, del tercer mundo al primer mundo, del aislamiento internacional a la plena ciudadanía europea. Nos hemos dado un sistema educativo y sanitario públicos que con todas sus deficiencias sólo puede valorar quien ha viajado algo por el mundo y sabe lo que significa que la salud y la escuela sólo sean accesibles a quien puede pagarlas. Y sin embargo nadie o casi nadie siente lealtad hacia el sistema constitucional que ha hecho posibles tales cambios, y en lugar de compartir una concordia basada en la evidencia de lo que hemos podido construir entre todos nos entregamos a una furia política en la que cada cuál parece guiado por un propósito de máxima confrontación.

En una pelea de baja ley cualquier objeto puede convertirse en un arma arrojadiza: la más reciente, en España, es la memoria, la República olvidada que de pronto regresa a las primeras páginas, la Guerra Civil que se usurpa a los historiadores y al recuerdo doloroso de quienes la sufrieron para desfigurarla a la medida de los intereses políticos de unos y otros y a la voluntad de cizaña de los enemigos más descarados de la democracia. Para quienes hemos pasado muchos años no queriendo aceptar la obligación del olvido es alentadora la idea de que de pronto tantas personas coincidan en el recuerdo de un tiempo decisivo de la historia de España: pero no deja de ser llamativo que el recuerdo llegue tan tarde, y que coincida tan oportunamente con una nueva amnesia -ahora, sobre la transición- y con diversos proyectos de desmantelar el sistema político fundado por la Constitución de 1978.

Cada uno tiene sus lealtades íntimas y sus nostalgias personales, y para muchos de nosotros el 14 de abril y la bandera tricolor, el coraje republicano de Antonio Machado, el patriotismo cívico y sereno de los diarios de Manuel Azaña, mantienen un resplandor indeleble, vinculado a nuestros sueños juveniles de libertad y a nuestros más firmes ideales del presente. Pero la lealtad sentimental no debería cegarnos, precisamente porque entre los valores republicanos más altos está la primacía de la racionalidad sobre el delirio romántico. Y hace falta mucho cinismo intelectual, mucha malevolencia, para empujar al campo de los añorantes del franquismo a quienes no se dejan llevar por esta oleada entre dulzona e interesada de memoria nostálgica y prefieren no olvidar lo que han aprendido en los libros de Historia y en los testimonios de quienes vivieron de cerca aquel tiempo. En los diarios del tiempo de la guerra, en esa desolada obra maestra de la literatura en español que es La velada en Benicarló, Manuel Azaña cuenta su amargura ante el sectarismo, la incompetencia y la deslealtad a la República de muchos de los que deberían haberla defendido. En el desmoronamiento del Estado que sobrevino tras la intentona militar del 18 de julio, cada fuerza política o sindical, cada gobierno autónomo se entregó con ceguera suicida a la persecución de sus propios intereses, como si la guerra, más que una crisis terrible que los amenazara a todos por igual, fuese una oportunidad de oro para alcanzar fines -la independencia, la revolución, el comunismo libertario, etcétera- que nada tenían que ver con la legalidad republicana. Leyendo a los historiadores y a los memorialistas más eminentes, uno tiene la sensación de que la República, en un cierto momento de la guerra, no tenía más defensores sinceros que Manuel Azaña, Juan Negrín, el general Vicente Rojo y Max Aub.

No creo que sea de ese sectarismo insensato del que se tiene nostalgia, ni que en aquella tentativa breve y maltratada de democracia hubiese algo de lo que no disfrutemos ahora. Ni una sola de las libertades que afirmaba la Constitución de 1931 está ausente de la de 1978, del mismo modo que las valerosas iniciativas de justicia social, educación e igualdad de aquel régimen no pueden compararse, por la enorme diferencia de los tiempos históricos, con los progresos del Estado de bienestar que disfrutamos ahora. ¿Fueron entonces más iguales las mujeres y los hombres? ¿Hubo mejor protección para los parados, recibieron mejor atención pública los enfermos? ¿Estuvieron más respetadas las minorías? ¿Fue más autónoma Cataluña con el estatuto de 1932 que con el de 1980? ¿Podemos excluir de nuestra genealogía democrática a Adolfo Suárez o al general Gutiérrez Mellado, que tan gallardamente se mantuvieron en pie frente a la zafia agresión de los golpistas del 23 de febrero de 1981?

Parecen preguntas idiotas, pero es necesario formularlas, al menos para deslindar el reconocimiento histórico de las mejores iniciativas de entonces de esa nostalgia gaseosa que se va volviendo más densa cada día y no nos deja ver los secos perfiles de lo que ocurre ahora mismo, las señales de alarma que deberían empezar a inquietarnos. Algo distingue -o distinguía al menos hasta hace poco- a la mayor parte de los discursos políticos surgidos del 78 sobre los del 31: la idea de que el adversario no es necesariamente el enemigo, y de que por encima de las discrepancias más radicales está la fidelidad a unos cuantos principios comunes que son el entramado básico de la democracia. En 1931 España era un país de terribles diferencias sociales, en una Europa desgarrada por la crisis económica y los fanatismos políticos. En una época en la que tan rara era la templanza, puede ser comprensible -aunque no deje de ser lamentable- que con tanta frecuencia los discursos políticos derivaran hacia un pavoroso extremismo. Pero si estos tiempos son tan visiblemente otros, ¿de dónde nace la furia verbal que uno observa ahora en España, y que lo golpea a uno como un puñetazo al conectar la radio o mirar los titulares de un periódico, la voluntad desatada y al parecer casi unánime de eliminar cada uno de los espacios de concordia en los que se han basado estos treinta años de democracia y progreso? ¿Tenemos que seguir eligiendo entre lamentar el asesinato del teniente Castillo o el de José Calvo Sotelo, entre callar la matanza de la plaza de toros de Badajoz o la de la Cárcel Modelo de Madrid?

Manuel Azaña imaginó un patriotismo basado "en las zonas templadas del espíritu". Una manera de conmemorar ese deseo es vindicar los modestos ideales que lo hacen posible: defender la instrucción pública y no la ignorancia, el respeto a la ley frente a los mangoneos de los sinvergüenzas y los abusos de los criminales, el acuerdo cívico y el pluralismo democrático por encima de los lazos de la sangre o la tribu, la soberanía y la responsabilidad personal y no la sumisión al grupo o la impunidad de los que se fortifican en él. Estos son mis ideales republicanos: espero que se me permita no incluir entre ellos la insensata voluntad de expulsar al adversario de la comunidad democrática ni el viejo y renovado hábito de repetir consignas en vez de manejar razones y acusar de traición a quien se atreve a disentir de la ortodoxia establecida, o a no seguir la moda ideológica del momento.

Félix de Azúa

Sobre la inconveniencia de pensar

El pensamiento es inseparable de una indestructible y profunda melancolía. Eso decía Schelling, y a su sombra, el patriarca George Steiner propone diez razones para justificar tan temible tristeza del entendimiento en uno de sus últimos trabajos.

1. Nuestro pensamiento (thought) es tan ilimitado como incompleto. La tierra fue científicamente plana durante miles de años. Nada puede asegurarnos de que no persistimos en similares chifladuras.

2. Nuestro pensamiento es necesariamente disperso ya que un exceso de concentración inutiliza la esfera neurológica e impide la vida. Se aguanta en punto muerto.

3. No puede haber novedad en los contenidos del pensamiento. Todo ha sido pensado millones de veces por millones de humanos, la esfera del pensamiento es limitada. Sólo las formas cambian.

4. El lenguaje natural es soberano y no se somete a la matematización. Todo él es metafórico. Cualquier constructo del pensamiento es lingüístico y metafórico. No podemos escapar de la metáfora.

5. El pensamiento se desperdicia en todo momento, no es “economizable”. Einstein confesaba haber tenido dos ideas en toda su vida. Heidegger, una. Los demás, ninguna o media.

6. Entre el pensamiento y el acto hay tantas interposiciones que ningún pensamiento puede coincidir con ningún acto. La inversa también es cierta y aún más triste.

7. No hay “realidad” ninguna accesible al pensamiento, sólo reflejos (reflections) del propio pensamiento. Aunque el pensamiento no fuera un espejo y fuera una ventana, los cristales estarían igualmente sucios.

8. Aquellas personas a las que más amamos son absolutamente opacas para nuestro pensamiento, el cual sólo conoce la soledad.

9. No hay pedagogía capaz de formar un pensamiento con garantías de no estar creando un idiota. Sobre todo, en nuestro modelo social.

10. Nuestro pensamiento nos hace extraños a nosotros mismos. Asunto muy bien visto por Sófocles.

Algunos dirán que, como Schelling, también Steiner al final de su vida confiesa no haberse enterado de nada y la rabia que le provoca irse como llegó, como un tonto. La tristeza de los viejos, etcétera, etcétera.

Yo opino que estos diez motivos de tristeza mental demuestran que Steiner, como casi todos los viejos, conserva un perfecto sentido del humor.

El gran Kapuscinski

El gran Kapuscinski ENTREVISTA
"El sentido de la vida es cruzar fronteras"


RAMÓN LOBO
DOMINGO - 23-04-2006

Ryszard Kapuscinski tiene casi 74 años, una cadera dañada y unas inmensas ganas de viajar y de contar historias. Por las mañanas sube las escaleras que van de su casa del primer piso del número 11 de la calle Prokuratorska -en el apacible barrio de Sródmiescie

de Varsovia donde vive con su mujer Alicja- al ático del piso superior en el que escribe y recibe a sus visitantes rodeado de miles de libros, papeles, libretas de notas y recuerdos. Se trata de un espacio amplio y luminoso decorado desde un elegante desorden: cientos de ejemplares en varios idiomas apilados en el suelo y decenas de post it y otros recordatorios pegados en las vigas de madera que sostienen un techo altísimo, casi catedralicio, (entre ellos el esquema a mano y en media cuartilla de Viajes con Heródoto, su última obra, que en España publicará en breve la editorial Anagrama). En este lugar, en el que todo parece guardar un equilibrio mágico, uno se siente conectado a un cable de alta tensión, que no es otro que la pasión por la vida a través de la mirada lúcida de Kapuscinski.

 

La entrevista con el autor de El emperador -su primer éxito literario: una detallada descripción de la desmesura del poder absoluto en la corte de Haile Selassie en Etiopía- arranca con un accidente menor: la grabadora de última generación del entrevistador no funciona. Kapuscinski aprovecha la comicidad del desconcierto de su interlocutor para airear su aversión a los móviles, a Internet y al correo electrónico. "Me robarían mi tiempo", exclama. Después, tras preparar café, añade: "Un amigo americano tuvo el mismo problema en una entrevista con Gorbachov cuando era quien mandaba en la Unión Soviética. Desde entonces lleva tres aparatos y los utiliza simultáneamente".

 

A Kapuscinski le desagradan los magnetófonos porque, a su juicio, alteran el discurso, sea el del político, el del escritor o el de una persona cualquiera en África. "Mi experiencia es que en cuanto sacas la grabadora, el lenguaje se burocratiza, se transforma y surge el idioma oficial. Es como si el cerebro del entrevistado buscara la frase adecuada para ser inmortalizada en la cinta".

 

Uno de los grandes viajeros del último medio siglo, comenzó su carrera con ambiciones más bien modestas: sólo quería cruzar una frontera; cruzar y regresar en seguida; cruzar para saber qué se sentía al hacerlo. Nacido polaco en Pinsk (hoy Bielorrusia), Ryszard es un producto, una víctima más, del diabólico juego de fronteras del final de la Segunda Guerra Mundial. Al poco tiempo de emplearse como reportero en el diario polaco Sztandar Mlodych, en 1955, le dijo a Irena Tarlowska, su redactora jefa: "Quiero cruzar la frontera". Se refería a la de Checoslovaquia, pero un año después ella le envió a India regalándole para ese viaje el libro Historia de Heródoto. Desde entonces, Kapuscinski se mueve por el mundo acompañado del griego de Halicarnaso, con un ejemplar manoseado, subrayado y repleto de anotaciones, en busca del Otro, su gran obsesión, el motor de su vida y de su trabajo.

 

"Nunca ha sido sencillo cruzar una frontera", asegura sentado en una silla, donde su cadera se queja menos que hundida en el sofá. "A menudo cruzarla resulta peligroso, es algo que puede costar la vida; es la barrera entre la vida y la muerte. En Berlín hay un cementerio con la gente que no lo logró. Las fronteras se guardan con armas y en ellas se exigen documentos para pasar al otro lado. En la guerra fría, a las nuestras las llamaban telón de acero y más que países separaban mundos opuestos. El Mediterráneo es ahora una gran frontera en la que muchos mueren ahogados al intentar pasar de África a Europa. También sucede con los latinoamericanos entre México y EE UU. Personas que están dispuestas a morir en el mar o en el desierto porque buscan algo".

 

Kapuscinski sostiene que éstas no son las únicas fronteras (o murallas, como apunta en Viajes con Heródoto al describir China). Hay otras barreras que también es necesario saltar: la de la cultura, la de la familia, la del idioma, la del amor... "Mi vida ha sido un cruzar constante de fronteras, tanto físicas como metafísicas. Ése es para mí el verdadero sentido de la vida". Defiende el abandono del cubículo de la seguridad, del terruño, del árbol que da sombra, para ir en busca de las respuestas, del Quién, como hizo Heródoto hace 2.500 años. Hay que aventurarse en lo desconocido, dejarse guiar por "la magia de viajar" que "actúa como una droga" y en la que el "camino es el tesoro", escribe el reportero polaco en Viajes.

 

La primera vez
En su caso, la primera vez que cruzó una frontera lo hizo del Este al Oeste, la más brutal, en la que el mero hecho de pasar de un lado a otro representaba una gran emoción, un desafío. En este libro escrito de la mano de Heródoto, Ryszard cuenta que al llegar a Roma en los años cincuenta, de camino a India, unos amigos le ayudaron a comprar un traje italiano para que pudiera desembarazarse de su anticuada indumentaria del telón de acero. Pese a la nueva máscara, Kapuscinski notó que nada había cambiado: todos le miraban como a un extraño porque su otredad estaba en su forma de caminar, de mover las manos, de mirar. "Recuerdo que en 1994, más de cuatro años después de la caída del muro de Berlín, vi a unos alemanes del Este pasear por las calles del Oeste. Se sabía de dónde venían por su inseguridad. Parecían turistas en su propia ciudad".

 

Permanente búsqueda
La obra periodística y literaria de Kapuscinski, su vida, son la permanente búsqueda del Otro para la mejor divulgación entre los suyos, entre sus lectores, de sus costumbres y pensamientos, porque es en el desconocimiento donde se cultivan los virus del odio y de la guerra. El gran descubrimiento del hombre, asegura a menudo Kapuscinski, no fue la rueda si no ese Otro, cuando la primera tribu-familia de 150 miembros que vivía entre los dos ríos en Mesopotamia se topó con otra tribu-familia y ambos se dieron cuenta de que no estaban solos. ¿Qué hacer ante ese hallazgo?, se pregunta. Tres reacciones son la constante en la historia: ignorarlo, entablar contacto (comercio) o guerrear.

 

"El problema no es el miedo", dice, "sino la creación de ese miedo a lo desconocido, que es anterior. Cuando un niño se cruza con un desconocido puede reaccionar con temor, si ha sido inducido a ello, y correr a esconderse detrás de la falda de su madre. Pero también puede acercarse despreocupado al desconocido porque ve en él una oportunidad de juego. Se trata de la respuesta natural. Es la educación y la cultura las que nos van separando".

 

En Viajes, Kapuscinski explica el origen de la hospitalidad, una de las improntas de la civilización griega -acoger al desconocido, darle cobijo y alimento-. Una tradición que se conserva en muchos lugares de África en los que el que nada tiene comparte todo con el extranjero. "Esta costumbre se basa en la creencia griega de que el visitante podía ser un hombre o un dios disfrazado. Esa acogida llevaba pareja una responsabilidad: la seguridad del invitado. Ya nadie conoce de dónde procede esta costumbre ancestral que entiende el encuentro con otra persona como un acontecimiento, como una oportunidad y una fiesta. Nunca como un problema".

 

Esto no se da en la cultura occidental del siglo XXI, que no padece la escasez, las pandemias y enfermedades, ni el hambre del Tercer Mundo. En esta cultura opulenta todo está basado en el individualismo, en un egocentrismo radical en el que el yo es más importante que el grupo. Es una sociedad en la que el Otro ha dejado de interesar: sólo existo Yo y mis problemas. "Cuando había pocos seres humanos en el planeta, los peligros eran numerosos y las herramientas escasas para hacer frente a los animales salvajes y a la naturaleza, primaba la tribu, el grupo, porque fuera de él era imposible la supervivencia", dice Kapuscinski. "Al desarrollarse la tecnología para luchar contra esos peligros, con la llegada del progreso, surge el individuo. Ya no es necesaria la pertenencia al grupo para sobrevivir, para garantizar la continuidad de la especie. La noción del individuo que está por encima de la tribu es muy reciente".

 

Kapuscinski se levanta de nuevo. Esta vez para abrir las ventanas. Dentro hace un calor asfixiante; afuera, la temperatura es agradable: 10 grados centígrados tras cinco meses de duro invierno y grandes nevadas.

 

El maestro, como lo llamó Gabriel García Márquez, se queja de que los medios de comunicación actuales estén inundados de noticias aisladas, casi suspendidas, sin explicación alguna, y que el reportaje esté siendo expulsado de los principales periódicos. "Heródoto era un hombre curioso que se hacía muchas preguntas, y por eso viajó por el mundo de su época en busca de respuestas. Siempre creí que los reporteros éramos los buscadores de contextos, de las causas que explican lo que sucede. Quizá por eso los periódicos son ahora más aburridos y están perdiendo ventas en todo el mundo. Ninguno de los 20 finalistas de la última edición del Lettre-Ulysses del arte del reportaje [premio que se otorga en Berlín], y del que soy miembro del jurado, trabaja en medios de comunicación. Todos tuvieron que dejar sus empleos para dedicarse al gran reportaje. Este género se está trasladando a los libros porque ya no cabe en los periódicos, tan interesados en las pequeñas noticias sin contexto".

 

"Cuando vemos imágenes de las pateras, con 20 o 40 personas en su interior, empezamos a hablar de inmigración, y los políticos proponen medidas para combatirla o regularla. Un día leemos una noticia sobre la llegada a Italia de un barco con kurdos; otro, el hallazgo de asiáticos encerrados en un camión en Inglaterra; otro, de africanos saltando la valla de Melilla... Pero se trata de pequeñas noticias separadas que no explican nada. Se nos presentan fuera de contexto porque el verdadero contexto es la miseria".

 

"Cuando existía el telón de acero estábamos aislados. Apenas conocíamos algo del otro lado. Todo nos llegaba distorsionado. No sabíamos siquiera si vivíamos bien o mal porque no había nada distinto con lo que nos pudiéramos comparar. La diferencia hoy es que la televisión por satélite ha llevado las imágenes de nuestra vida a los rincones de África, y esas imágenes son las que han permitido a los africanos tomar conciencia de su verdadera situación, de su pobreza extrema. Cuando se declararon las independencias de India y Pakistán -y después las de la mayoría de los países africanos-, se produjo una gran euforia, una esperanza de que la misma independencia era la solución a los problemas. Se creó el Movimiento de los No Alineados para confrontar a Occidente, pero 20 años después, en 1972, tuvieron que admitir su fracaso, que el mundo desarrollado no estaba dispuesto a atender sus aspiraciones. Ahora, la táctica es otra. Ya no se trata de buscar la confrontación, esta vez el objetivo es intentar la penetración. No es una acción organizada, sólo el débil que busca la igualdad cruzando el mar y los desiertos, jugándose la existencia, para saltar la nueva frontera que separa la muerte segura de la posibilidad de vida. Y los periodistas no estamos informando del contexto, de que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Occidente ha creado unas condiciones de desigualdad tales que la única salida de los pobres es jugarse todo para alcanzar ese mundo donde están acumulados los bienes y el bienestar, y es muy hipócrita decirles que ahora ya no pueden cruzar. Es un problema que tiene una solución muy difícil".

 

En Viajes con Heródoto, Kapuscinski describe cómo hace 2.500 años ya existía una lucha entre Occidente y Oriente, los dos grandes modelos de la época, la democrática Grecia frente a la dictadura persa, y que la primacía de la primera, de Europa, durante los siglos siguientes se libró en las Termópilas y en las aguas de Salamina, con la derrota de Jerjes, el rey de reyes persa. El reportero polaco, el maestro para García Márquez, se niega a aceptar que exista hoy una reedición de esa vieja confrontación con la guerra contra el terrorismo internacional que libra el presidente de EE UU, Bush. "Oriente no es sólo el mundo islámico. Oriente es, sobre todo, China y es India también.

 

Oriente es el confucionismo, el budismo, el taoísmo... El islam sería el tercer elemento. Centrar toda la atención en ese mundo islámico, intentar crear un problema con él, es un grave error y una manipulación". En el libro, Kapuscinski cuenta que cuando estuvo en Argelia, en la época del golpe de Estado contra Ahmed Ben Bella, le explicaron que había dos islam, el del río, como denominaban al costero -más permeable a las influencias como toda frontera y, por lo tanto, moderado y afable con el Otro-, y el del desierto: severo e impenetrable. "No se puede hablar de una religión monolítica, de un todo homogéneo, pues nada tienen que ver, por ejemplo, el islam bantú africano, en el que no existe el concepto del terrorismo, con el que se profesa en Oriente Próximo. El islam se ha ido enriqueciendo, y de alguna manera modificando, durante su expansión al entrar en contacto con una gran variedad de culturas autóctonas". A mano y a máquina
Kapuscinski se incorpora lentamente de la silla, estira las piernas, cierra la ventana y busca el ejemplar de Historia que le acompañó en sus viajes durante más de 50 años ("Tengo más de otras ediciones", confiesa). Tras mostrarlo a su interlocutor se sienta detrás de la gran mesa de su despacho. Allí, en el lugar donde escribe sus historias, siempre a mano aunque después las pasa a máquina (nunca al ordenador), vuelve a hablar del trabajo de toda su vida y asegura que el gran periodismo es capaz de salvar vidas y de modificar el curso de los acontecimientos, y recuerda para ello lo ocurrido en Somalia antes de la retirada estadounidense. Unas imágenes de televisión de varios soldados norteamericanos muertos y arrastrados por las calles de Mogadiscio crearon en EE UU una opinión pública instantánea en favor de la salida. Kapuscinski juguetea con varios de sus bolígrafos. "Los colecciono. Tengo de la mayoría de los lugares en los que he estado. Son más de 700", asegura desde una sonrisa, "pero muchos no funcionan". Preguntado sobre si conocía algún periodista a quien su primer jefe le hubiera regalado un libro como Historia, responde que la cuestión nos obligaría a sostener otra entrevista de dos horas, a la que parece muy dispuesto.

 

¿Recomendaría que se estudie a Heródoto, el primer reportero, el primer gran buscador de contextos, en las facultades de periodismo?, pregunta el visitante. Kapuscinski vuelve sonreír: "¿Para qué? Si nadie me va a hacer caso".

 





Heródoto como guía

 

 

EL LIBRO que ahora publica Ryszard Kapuscinski en España es un juego con la historia de la mano de su fundador, Heródoto de Halicarnaso. Se mueve con él por el mundo antiguo y por el moderno. Por India y China, sus primeros viajes como reportero en los años cincuenta. Y por África. En ellos, el joven periodista polaco que era entonces Kapuscinski descubre las limitaciones del idioma hablado y las extraordinarias posibilidades del corporal, de ese conjunto de signos, gestos y olores que los británicos llaman química. En Etiopía recorrió miles de kilómetros junto a su chófer, un hombre prudente que sólo conocía dos palabras en inglés, problem y no problem, sin que esa limitación generara incomunicación alguna entre ellos.

El hallazgo de este vocabulario paralelo y mudo, a menudo invisible para el que no sabe mirar o carece de tiempo para ver, es uno de los elementos fundamentales que determinan su estilo como reportero.

Fue en la agencia de noticias polaca, gracias a la estrechez de sus presupuestos, donde Kapuscinski se topó con el segundo pilar de su forma especialísima de trabajar y de contar historias. Explica en Viajes con Heródoto que sus colegas de las agencias occidentales disponían de dinero abundante para contratar intérpretes y adquirir las potentes radios Zenith Trans-Oceanic, con las que sintonizaban cualquier emisora del mundo. Al no disponer de tales herramientas, Kapuscinski tuvo que pisar las calles y mancharse los zapatos del polvo. "No queda más remedio que andar, preguntar, escuchar, acopiar, atesorar y enhebrar las informaciones, las opiniones y las historias", escribe en Viajes. "No me quejo, porque gracias a esto conozco a muchas personas y me entero de cosas que no aparecen en la prensa y en la radio".

La curiosidad periodística, la necesidad de interrogar al Otro, de interesarse por él, se ha convertido en una parte inseparable de su carácter. De su forma de ser. Terminada la entrevista, sentados en un taxi en dirección al restaurante Quianti, uno de sus favoritos en Varsovia, Kapuscinski se acomoda en el asiento delantero y desde él pregunta al conductor, provocándole una conversación. Agnieszka Flisek, una de sus ayudantes que lleva cuatro años con él, asegura que siempre es así: "Cuando me conoció se interesó por mi vida. Pensé que era sólo un gesto de educación del gran hombre, pero después comprendí que no era una excepción. Es su forma de estar en la vida".

Rafael Sánchez Ferlosio

Rafael Sánchez Ferlosio Juan Pablo II


RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

 

EL PAÍS  -  Opinión - 22-04-2006

El certero y hoy ya casi olvidado hallazgo de Mac Luhan de que "El mensaje es el medio" se ha venido cumpliendo en un grado y hasta en unas formas que nadie, tal vez ni el propio autor, se habría atrevido en su tiempo a imaginar. La generalidad y la extensión mundial del uso, sin comparación posible con las de otro medio alguno, han hecho de la televisión el lugar máximo del experimento y de las transformaciones. Parto, pues, de este medio, al que hemos visto en plena actividad y hemos podido observar cómo ha venido -y casi no es hipérbole- "comiéndose el mundo"; el mundo, con su papa.

La transformación principal del medio televisivo ha sido, por así decirlo, apropiarse de sí mismo, ensimismarse, aunque parezca paradójico, frente a toda exterioridad hacia la que pudiese estar abierto y orientado, porque por muchas y diversas cosas que se le confíen, o más bien se le echen, su boca viene a ser como la tolva de una hormigonera, que ya está girando aún en vacío, y engulle sin dar muestra, sin detenerse un instante a diversificar los alimentos, pasando directamente a digerirlos y metabolizarlos. Como una ameba, el medio tiene ya fagocitado anticipadamente todo contenido, para encarnar él mismo su propio mensaje.

 

Josep María Terricabras, en El Periódico (de Catalunya) del 4-IV-05, decía lo siguiente: "En estos días, los medios de comunicación de todo el mundo no se cansan de decir y repetir que nunca un Papa había tenido tanto eco mediático. En realidad, son ellos los que se lo dan [...] Al fin y al cabo, son los medios de comunicación los que han experimentado una expansión enorme, tanto tecnológica como económica, desde 1978 hasta hoy". Los viajes, en tanto que "argumentos especiales", reclamaban un "seguimiento" más continuo y aumentaban enormemente la "cobertura" de los medios, sobre todo de la televisión. Se emprendían y organizaban como campañas de lanzamiento multitudinario de lo que hoy suele designarse como "mensaje de la Fe"; visitaba cada vez una nación, pero, con el inmenso poder amplificador y difusor del medio, el efecto no podía ser sino el de que en cada país que visitaba estaba virtualmente visitando el mundo (mejor dicho: si "virtualmente" o "realmente" lo dejo a los sentimientos del lector). Sin el medio televisivo habrían podido ser 1.000, 5.000, 10.000 las personas que le hubiesen visto besar la tierra, no decenas o cientos de millones. Jamás ha habido, ciertamente, hombre público en el mundo tan mostrado, tan multiplicado, tan publicitado, pero con una diferencia que importa mucho subrayar: la de que ello haya sido, de una manera totalmente predominante, en su aspecto de mera presencia visual.

 

Pero la cualidad y el poder de lo que hoy llamamos "medios" (cualidad de "mensaje" y poder sobre el "mensaje", por supuesto) estaban ya prefigurados, aunque no fuese más que a escala urbana, en las grandes invenciones edilicias. No creo que haya ninguna comparable, a los efectos que aquí nos interesan, como la que, en el primer siglo de la Edad Moderna, a partir de los primeros sillares de Bramante hasta la elipse porticada de Bernini, se levantó en San Pedro Vaticano, aunque fue Miguelángel el que con más consciente deliberación le cargó el ademán autoritario. Ningún papa, ningún santo, ha hecho tanto por mantener a flote la nave de la Iglesia -y a través de aquellos trances procelosos de la Reforma y la Contrarreforma- como aquella aplastante montaña autoritaria, auténtica "mole mediática", en la medida en que la autoridad del "mensaje" la aportaba el "medio". Luego vendrían los estadios y las megafonías.

 

Pero aún antes de San Pedro, ya en el siglo XIV -en el que no imaginamos grandes aglomeraciones como las de hoy en día-, se reconocía cómo el efecto de contagio y de sinergia de las muchedumbres propiciaba la unanimidad y la sumisión ante el sonido de una única voz: "Cuando los hombres son muchos ayuntados, ligeramente son de engañar". No trato aquí de insinuar, con respecto a Juan Pablo II, ninguna clase de "engaño" en un sentido lógico, ni cosa intencionada por su parte -aunque el abuso del medio acabase por infiltrar en sus decires algún sesgo torticero-; el fraude se perpetraba en el orden afectivo: sus apariciones, más que sus palabras, fueron incoando y aceptando cada vez más poder sugestivo para despertar en las masas, en la comunidad cristiana, un sentimiento de protección que no era más que un placebo, una nana, una canción de cuna. Afuera, mientras tanto,la tempestad no iba a amainar un punto; ni un árbol, ni una rama, ni una hoja, dejaría de azotar el horizonte como un látigo del viento.

 

Ejerció un protagonismo exclusivo y omnímodo, concentrando sobre su figura -más que sobre su persona- toda la participación empatética de los creyentes. Por eso fueron especialmente los viajes, en los que se le abrían de par en par las grandes explanadas, los estadios, las megafonías, lo que parecía preferir. De su corte, los fue apartando a todos con los brazos, a una y otra parte, como quien se abre sitio, hasta quedarse él solo con la escena, con el espacio todo para sí, al igual que un novillero enrabietado, que manda a toda la cuadrilla al callejón (una cuadrilla que por cierto, en este caso, se componía de cardenales y arzobispos). Traía ya dotes de vanidad y de histrionismo, para dejarse arrebatar por la espectacularidad y la megafonía. De ahí tal vez que a despecho de la incuestionable sinceridad de su afán por dinfundir la Fe, no quiso detenerse a ponderar la confianza que pudiera merecerle la desmesurada potencia de los "medios", y no se resistió a la tentación de reencarnarse en su representación mediática, para acabar transfigurándose en su propia alegoría publicitaria.

 

Pero no todo fue deformación funcional debida al medio; alguna vez también reacomodó los contenidos según la condición del auditorio. Así fue en el estadio deportivo de la ciudad de Puebla -que pude ver por la pantalla "en vivo y en directo" y comenté en su día-, ante un público de obreros expresamente convocado por él mismo. Allí levantó de pronto una gran voz y dijo: "El trabajo ¡no es una maldisióoon!", y aquí tras una breve pausa enfáticamente suspensiva, elevó todavía una octava más el diapasón: "¡Es una béeendisióoon!". Huelga decir que el clamor del auditorio, dada la predisposición incondicional de un pueblo tan católico como el mejicano, fue atronador. Y, sin embargo, Juan Pablo II, pensando solamente en el halago -un paradójico y aun fraudulento halago, tal como se verá-, había arrojado su renovación de la maldición genesíaca sin consideración alguna hacia la condición del auditorio al que se dirigía: un auditorio para el que la idea de "trabajo" no se opone al "ocio", sino al "paro". Dejando aparte la tradición de los Estados cristianos por reprimir "la ociosidad" -con leyes nunca severas y sólo raras veces efímeramente eficaces-, la apología positiva del "tabajo" en sí mismo y por sí mismo surgió con el capitalismo y su necesidad de mano de obra, y fue enseguida recogida sin rechistar por el marxismo; la exaltación del trabajo -sin determinación de contenido- como virtud moral se desarrolló como la más perversa pedagogía para obreros. Y así Juan Pablo II se sumaba a la indecente ideología laboralista -y al fin productivista- del capitalismo y el marxismo, de tal suerte que mientras los obreros de Puebla lo aclamaban estruendosamente con su inocente gratitud hacia un papa que les había hecho el honor de recibirlos, los que con más conocimiento y más de corazón se lo debían de estar agradeciendo, desde el silencio de sus grandes despachos, eran los empresarios mejicanos, que veían cómo el papa se tomaba el cuidado de mantenerles bien domesticado el ejército de reserva, ya fuese en situación de empleo, ya fuese en la de paro.

 

En su visita a Santiago de Chile, en tiempos, tadavía, de Pinochet -según cuenta Ariel Dorfman-, también hizo una gran convocatoria para un auditorio específico; esta vez fueron los jóvenes y adolescentes. En un momento de la alocución, el papa, elevando el nivel de decibelios, les hizo tres preguntas. La primera: "¿Renunciais a los demonios de la avaricia?", era perfectamente vana, porque él tenía que saber sobradamente que aquellos jóvenes y adolescentes estaban todavía tan alejados, por la edad, de la tentación y aun de la mera posibilidad de enriquecerse, que la avaricia les era cosa totalmente ajena e indiferente. Algo más clamoroso fue el a la segunda pregunta: "¿Renunciais a los demonios de la violencia?", porque con ser, respecto de ellos, casi igualmente ociosa y prescindible, tenía un sentido más cercano y más pregnante. Pero Juan Pablo II, anticipando esas dos preguntas tan gratuitas, sin interés para él ni para el auditorio, por la obligada y previsible obviedad de la respuesta, se había estado preparando mediante la secuencia de dos síes garantizados, una especie de pendiente o tobogán que hiciese precipitar, como un automatismo, el que realmente le importaba: "¿Renunciais a los demonios del sexo?", preguntó, pero he aquí que de pronto la escopeta le hizo chapi; sorprendentemente, los muchachos tuvieron la rapidez de reflejos suficiente para no dejarse coger desprevenidos por la innoble trampa que les había tendido el papa, y en lugar del tercer sí, que venía ya rondando cuesta abajo acelerado por la inercia de los dos primeros, contestaron, "sin la menor vacilación" -dice Ariel Dorfman-, "¡Nooo!". Esto fue en abril de 1987, en el Estadio Nacional de Santiago, donde había juntado un auditorio de cien mil muchachos.

 

En los ultimos años de su vida, las apariciones públicas de Juan Pablo II se fueron pareciendo cada vez a la práctica litúrgica que conocemos como "exposición del Santísimo": una forma consagrada se metía en un expositor, detrás de un cristalito, para que quedase a la vista de los fieles, en el altar mayor, en donde recibía su adoración. El expositor, o sea "la custodia", era una mayor o menor aureola circular, elaborada con labores de fina orfebrería y más o menos valiosas gemas engastadas, que remataba en rayos de oro como imitando el sol, de tal modo que un ignorante del asunto no habría sabido decir si lo que hacían los fieles que allí permanecía arrobados, de rodillas, merecía llamarse "adoración del Santísimo" o contemplación de la custodia. Las custodias, que son seguramente las piezas más valisosas de la joyería litúrgica -algunas especialmente famosas por su lujo, su arte y su tamaño, como la de Toledo-, podrían también incluirse entre los "medios", por su capacidad de subsumir el "mensaje" -en este caso, la hostia consagrada- y erigirse ellas mismas en el mensaje principal. Las apariciones de Juan Pablo II, tanto por su actitud como por la de los fieles, se fueron concentrando en el carácter de pura "exposición" (en el sentido especial arriba dicho); la presencia del emisor prevalecía sobre lo emitido, lo anulaba, lo hacía indiferente. La emisión consistía ya toda ella en la sola aparición del emisor: él, su presencia visible -en la que era esencial su incofundible y excluyente vestidura blanca- se hizo objeto de culto.

 

Las muchedumbres cristianas -y algunas no cristianas- que acudían a Roma no iban ya en busca de Dios, de Jesucristo o de la Fe; iban tan sólo a rendir culto a Juan Pablo II. Sin conexión alguna, por puro azar, su pontificado ha venido a coincidir con la importación y mercantilización en Europa del último subproducto del anti-intelectualismo populista norteamericano: esa especie de canon para la licuefacción cerebral metódica llamado "inteligencia emocional". Ya digo que la coincidencia con el pontificado es sin duda totalmente fortuita, pero, aun así, podría haber coadyuvado a la creciente labilidad y ductilidad emocional de las masas que se dejaban seducir y conmover, sin prevención ni resistencia alguna, ante el obscenso exhibicionismo del pontífice, que, cayéndose a pedazos, seguía paseando coram populo, hasta los últimos días, su sufrimiento.

 

Acaso lo más sórdido y más inmoral del cristianismo sea el culto y el cultivo del dolor por el dolor como valioso en sí mismo y por sí mismo, tan vinculado a la impura noción de "capital moral". El 2 de marzo de este año, en este mismo diario, apareció el que hasta hoy ha sido tal vez el mejor chiste de El Roto (y pido excusas por la ausencia del dibujo, que también importaba): Había uno que decía: "Entonces, ¿el sufrimiento también es una inversión?"; y el otro contestaba: "¡Pues claro!".

 


El reino de los efectos secundarios

El reino de los efectos secundarios

VICENTE VERDÚ

EL PAÍS  -  Sociedad - 20-04-2006

Primero llega el placer y después la oscura penitencia. En esta ecuación se sintetiza el nuevo sentido de la cultura contemporánea. Obrar apropiadamente, actuar con eficacia y moralidad durante la fase del capitalismo burgués implicaba sacrificarse primero y disfrutar más tarde, ahorrar ahora y acceder a la propiedad ulteriormente, reprimirse en el presente para complacerse en el porvenir. La victoria de la cultura de consumo sobre la cultura del ahorro ha colocado, sin embargo, cabeza abajo esta regla del esfuerzo y la espera.

Que la droga haya pasado en medio siglo de ser un fenómeno marginal a un consumo popularizado -adulto o juvenil, interclasista, internacional, múltiple, global- prueba hasta qué punto se concentra en ella el significado de la época. La droga proporciona satisfacción al instante, y el sacrificio, en forma de efectos secundarios, llegará acaso e indefinidamente después. Incluso la LOE, como no podía ser de otro modo, sigue esta pauta del psicótropo. Con la LOE puede disfrutarse el beneficio de pasar el curso sin haber invertido el tiempo y el trabajo necesarios para aprobarlo en su integridad. El nivel superior llega como un premio sin necesidad de haber entregado el rendimiento completo.

 

Los sacrificios, los dolores en general, cuentan ahora menos socialmente y, cuando aparecen, se toman a menudo como efectos secundarios, ya sean figuradamente en la incompetencia profesional o en cualquiera de las deficiencias sin fecha. Lo importante es el nuevo orden que sitúa al placer en primer lugar y el quehacer después: primero el deleite, después el pago.

 

Lo decisivo no es tanto el sudor previo con vistas a una anhelada redención como la capacidad de resistencia posterior. Los pisos, los electrodomésticos, los automóviles se poseen de inmediato. El precio se entregará después. La cultura del consumo ha introducido así en cincuenta años el absoluto reverso de la figura tradicional del intercambio y hasta la guerra preventiva o la medicina preventiva se contagian de su inspiración. La guerra de Irak realizó anticipadamente la guerra y las causas se retuercen a continuación. La medicina preventiva trata de sanar antes de que la enfermedad nos invada y la enfermedad llega después mediante sutiles efectos de iatrogenia, efectos secundarios, efectos especiales. El deseo de hoy no acepta, de hecho, ninguna etapa anterior indeseable, por instrumental que fuera.

 

Todo gran medicamento proporciona la curación incondicional para generar después, como las hipotecas, un secreto e indefinido periodo de extraños efectos secundarios. El bien se confunde con el bien neto y patente, mientras que el incómodo se toma acaso por un residuo. El valor no hunde sus raíces en el mérito del escrúpulo laboral, en la acumulación de la espera y de las renuncias. El consumo ha puesto delante el placer del gasto y el gusto del gasto mientras ha empujado el sacrificio hacia atrás, como una escoria, efecto de segunda fila y efecto secundario.

 

El denuedo que antes brillaba como patrimonio cierto para ganar el cielo, el silencioso fulgor que desprendían los sangrantes padecimientos de los mártires, el tesoro sexual reunido gracias a la hermética represión de las vírgenes han dejado de imperar con su indiscutible rango.

 

El dolor ha perdido su potencia en cuanto valor de cambio y ahora se resiente de su baja categoría moral. Valen los resultados absolutos, la ganancia en sí, el logro sin la ponderación de su historia penosa. Cuenta, en suma, el éxito exento y sin la detenida enumeración del coste.

 

La cultura de consumo se distingue por su carácter desnudo y veloz, incompatible con la morosidad del ahorro y las vestiduras de cualquier elaboración espesa. La cultura de consumo aplicada a la educación, a la política, a la sexualidad, al amor, se manifiesta afín a la compulsión y al universo de la orgía. ¿Orgía perpetua? Claro que no, pero todo cuanto sobrevenga después en el inevitable desarrollo de los días se vivirá como consecuencias oscuras, impertinentes efectos secundarios.

 


Para escribir una necrológica

 

 

1. Tenga en cuenta que usted sigue vivo.
2. Evite ponerse (por si acaso), en el lugar del muerto, tipo al él le habría gustado así.
3. Evite las cartas a tumba abierta, tipo allá donde estés amigo quiero que sepas.
4. Evite convertir una muerte natural en un suicidio, tipo se fue tan discretamente como había vivido.
5. No espere una mejora en su conducta, tipo aquel necrologista que riñó a su muerto.
6. Sobre todo no hable de su sonrisa, tipo nos acompañará siempre.
7. Si siempre ocultó lo que pensaba realmente sobre él haga ahora un pequeño y postrero esfuerzo.
8. Examine si supone un acto de respeto haber esperado a su muerte, tipo ahora ya se puede desvelar cómo.
9. No olvide jamás que la necrológica que está escribiendo puede acabar resultando lo único vivo que quedé de él.
10. Y dado que en algún caso, aunque escaso, el muerto se ha levantado y ha leído escriba usted siempre con las precauciones propias del que espera réplica.

7 de abril de 2006

7 de abril de 2006 El porvenir será de los artistas


VICENTE VERDÚ
EL PAÍS  -  Sociedad - 06-04-2006

El crecimiento se apoya actualmente en tres pilares: Tecnología, Talento y Tolerancia. Estas tres Tes que enunció Richard Florida en The Flight of the Creative Class (HarperCollins, 2005) han cuajado, aquí y allá, como fórmula contemporánea para el progreso. Ni la amenaza de la deslocalización industrial, ni el outsourcing de numerosos servicios son comparables al pavor que está sembrando en Estados Unidos la emergencia de nuevos centros creativos más allá de sus lindes.

Efectivamente, Estados Unidos llegó al primer puesto mundial por la reunión de factores geopolíticos y religiosos, ideológicos y materiales pero un motor central de su desarrollo y de su influencia cultural procede del apretado grupo de creadores e innovadores, tanto autóctonos como de importación europea.

 

La alarma pues más viva en el universo productivo norteamericano radica hoy en la emergencia de "ciudades inteligentes" o "comunidades creativas" desde Noruega a Singapur, desde Bombay a Dubai, que atraen la potencia de profesionales-artistas antes casi exclusivamente orientados hacia su territorio. Son éstas gentes relacionadas con la tecnología y las comunicaciones, con las estrategias de marketing y el mundo del espectáculo pero todos imbuidos de una capacidad creadora.

 

Además de los varios millones de puestos de trabajo industrial que han emigrado desde Occidente a zonas de Asia o Latinoamérica en estos años, hasta veinte millones de empleos más pueden desaparecer en una década, según las previsiones realizadas en Estados Unidos. ¿Cierre a la producción exterior? ¿Proteccionismo ante las mercancías y los servicios provenientes de Brasil, China o India? La única forma de contrarrestar este movimiento consistiría en favorecer tanto el talante creador como la cohesión y conectividad social a través de las prestaciones que brindan las nuevas tecnologías.

 

España acaba de descender dos puestos en el ranking tecnológico internacional y no se trata tan sólo de un descenso en medios técnicos. También significa un grado de ignorancia más sobre el futuro social y político del mundo. Singapur desarrolla desde hace años su Intelligent Island Plan, Japón invierte sin cesar en su programa interurbano llamado Teletopía. California extiende, desde 1996, su proyecto de Comunidades Inteligentes (Smart Communities). En España -como en Francia o Italia- se han ensayado con timidez procesos que todavía son rarezas. El Talento es un factor de primera necesidad pero se malbarata sin la Tecnología apropiada.

 

Es necesario, además, el concurso de la tercera T, la Tolerancia, que viene a ser lo más sugestivo del triángulo. Gracias a la tolerancia, sobre usos, credos o fantasías divergentes, se favorecen síntesis insólitas, conocimientos que florecen sobre el contraste puesto que la diferencia es el filón de la información y la materia prima del conocimiento. Más allá de una categoría moral, la Tolerancia es un factor productivo y reproductivo, de modo que si el cruce de saberes creó el salto renacentista, esta época de mestizaje podría recobrar los provechos artísticos de las mixturas.

 

Significativamente, entre los países que han prosperado mejor en los últimos 15 años destacan aquellos que mantuvieron o introdujeron programas educativos con contenidos artísticos. El énfasis en las enseñanzas técnicas sin el acompañamiento de una formación en humanidades se ha revelado un malísimo negocio para todos. Aprendida esta lección, el Sithx College de la Universidad de California en San Diego, referencia en la formación vanguardista para el siglo XXI, ha apuntalado las horas destinadas a asignaturas de cultura universal tanto como las dedicadas a las nuevas tecnologías. La tozuda idea de que la economía y las humanidades, el arte y la técnica, son antagonistas se colapsa en la actual sociedad del conocimiento y de la innovación sin fin. ¿Artistas todos? Cualquiera puede aspirar a ser ciudadano-artista. Sólo los artistas -y no los funcionarios, no los fanáticos- encontrarán garantizado el porvenir.

 


 

La industria de las vanidades

OCTAVI MARTÍ
 
BABELIA - 25-03-2006

Plinio el joven atribuye a los fenicios la invención fortuita del vidrio. Los romanos fueron los primeros que se sirvieron de él para cerrar edificios públicos al tiempo que dejaba entrar la luz, tal y como ocurría con las termas, en las que era importante poder mantener una temperatura elevada en ciertas salas. Los cristales eran pequeños y frágiles.

Durante siglos, la fabricación de cristal dependió de los pulmones de los artesanos y de la composición de la pasta, un secreto al que no era fácil acceder. En 1663, Colbert, ministro de Louis XIV, se inquieta ante el coste que representa la importación de espejos de Venecia. La Serenísima, en sus talleres de Murano, fabrica todos los espejos de gran tamaño que entonces pueden comprarse en Europa. En 1665, Colbert funda la Manufacture des Glaces de Miroirs y hace venir a París, en secreto y a cambio de una remuneración extravagante, a un grupo de artesanos venecianos: ellos han de llenar de espejos los salones de la aristocracia francesa, satisfacer al fin la vanidad de quienes dominan el mundo y quieren verse como reyes de sus casas.

 

Tras un episodio rocambolesco -la República de Venecia logra envenenar a dos de los operarios tránsfugas, los supervivientes se niegan a confiar su secreto industrial a los socios franceses y piden más y más dinero-, Colbert descubre que en Lorena y en Normandía había artesanos capaces de hacer lo mismo que los venecianos. Pero el recurso al Estado, al privilegio y la falta de capital impide que, hasta 1720, aquello se convierta en un negocio sólido, en manos de banqueros ginebrinos y de familias como los Geoffrin.

 

Es en el bosque de Saint-Gobain donde se fabrican los mejores espejos del mundo gracias a una innovación técnica que se pone a punto entre 1688 y 1700 y que permite pasar de la fase llamada "soplar el vidrio" pues éste, cuando aún es una pasta líquida, es vertido sobre una mesa metálica, una superficie lisa y sin poros, para convertirse, una vez enfriado, en un cristal de grandes dimensiones. En 1711 casi todos los fabricantes de espejos de Venecia han cesado sus actividades, incapaces de competir con los franceses. En España, en San Ildefonso de la Granja, Felipe V también pone en marcha una manufactura de espejos, pero sólo el Estado le pasa encargos.

 

Saint-Gobain conoce una gran expansión a partir de 1752, bajo la dirección de Pierre Delaunay-Deslandes, que adapta las instalaciones para satisfacer una demanda que explota. La Revolución, en 1789, supone un parón, pero la empresa se adapta a los nuevos tiempos. A lo largo del XIX se lanza a una agresiva política de fusiones con otras empresas o de inversiones en Alemania, Italia, Bélgica, Holanda o España. El auge de las ciudades lleva a crear grandes cristaleras para satisfacer la necesidad que tienen los comercios de exponer su mercancía a los paseantes. Los grandes almacenes y los bancos, la arquitectura metálica, reclaman la invención del ladrillo de cristal, resistente pero traslúcido, que permite idear sótanos luminosos.

 

Desde la segunda mitad del XIX y hasta ahora los espejos proliferan más y más al tiempo que se reduce su coste. La industria del vidrio diversifica sus productos y aplicaciones: como aislante eléctrico, como cristal de coches y aviones, como elemento de mobiliario, pieza de arquitectura, etcétera. Es la época de las grandes exposiciones, de los "palacios de cristal", de cristales irrompibles como los que, en 1919, protegen al primer ministro Clemanceau de los disparos de quien quería asesinarle. Entre 1927 y 1932, el arquitecto Pierre Chéreau levanta la primera "casa de cristal", toda ella en ladrillo de vidrio Nevada y aún hoy ejemplo de racionalidad. En 1937, la marca Saint-Gobain tiene un pabellón propio en la Exposición Internacional de París íntegramente realizado con distintos productos de la industria del vidrio.

 

La exposición Saint-Gobain: une enterprise devant l’Histoire puede verse en el parisiense Museo d’Orsay hasta el próximo 4 de junio. En total reúne 251 objetos -pinturas, grabados, dibujos, maquetas, documentos, espejos, útiles de trabajo, etcétera- que relacionan una historia industrial y la historia del arte. El progreso tecnológico y la reducción de costes acaba desembocando en la arquitectura de acero y cristal, pero antes había llenado de espejos casas y palacios, ideado aislamientos térmicos y sonoros, y favorecido la construcción de grandes bóvedas industriales. Toda una estética nace al socaire de una marca. No es pues extraño que aún hoy algunos de los sectores más competitivos de la industria francesa vayan asociados a la noción de "lujo" como Saint-Gobain lo estuvo durante todo el siglo XVIII.

Arcadi Espada

Ciutadans de Catalunya
Tívoli/4 de marzo del 2006

 

 

Queridos amigos, muy buen día tengan.
Es un honor hablarles.

La mayoría de ustedes conocerán la historia de nuestro proyecto y habrán participado en él. Así sabrán perfectamente con qué alegría general, mayúscula yo diría, fuimos recibidos por el establishment político y mediático, hace ahora unos nueve meses. Y sabrán, perfectamente, qué suerte de embarazo nos desearon y qué suerte de pronósticos se cernieron sobre la criatura que íbamos a alumbrar. Pues aquí está la criatura. Parece matinal, alegre. Ya sólo por eso se distingue a la perfección del aire mortecino y cabizbajo que tiene todo lo que ellos, tristes víctimas de sí mismos, han sido capaces de alumbrar en veinticinco años.

Recordarán que entre los insultos preferentes que se nos dirigieron figuraba el de intelectual. Cataluña debe de ser el único lugar del mundo donde se intenta descalificar a alguien llamándole intelectual. Porque sin duda, en boca de nuestros críticos, se trataba de un insulto, y no de la descripción objetiva del trabajo de algunos de los integrantes de Ciutadans de Catalunya. Un insulto por un doble motivo.

En primer lugar porque no podía caberles en la cabeza que un intelectual, uno solo, una cabeza de alfiler de intelectual, pudiera declararse, y orgullosamente, antinacionalista. Tenían sus motivos empíricos, naturalmente; porque en veinticinco años la abrumadora mayoría de los intelectuales catalanes (a diferencia del ejemplo vasco, representado hoy aquí por el querido Fernando Savater) han imaginado, suscrito y defendido las mentiras nacionalistas.

De ahí el vigor tan distinto que a día de hoy presentan en Cataluña el intelecto y las mentiras. Las mentiras son chuponas, como ese tipo de vegetales estériles que crecen en los parterres. Así pues nos llamaban intelectuales en un tono irónico muy vulgar. Llamarnos intelectuales era decirnos: ¿Intelectuales?... Ji, Ji, saltironejaven.

Quienes más destacaron en el uso y abuso del término fueron los políticos. A la ironía, al intento de ironía, añadieron la imposibilidad, por razones de naturaleza, de que los intelectuales pudieran dedicarse a la política. Venían a decirnos, citando al pensador Francisco Franco: “Haga como yo, no se meta en política”. Las advertencias menudeaban. De todo orden: económicas, morales… Algún político se mostraba particularmente ofensivo en su concepción de la tarea intelectual: “Uf, no es para vosotros, la política da mucho trabajo”. Y algún otro mostraba un realismo caníbal: “La política es sucia”. La coincidencia era general: la política es un trabajo innoble, que hay que dejar en manos de profesionales. Decían profesionales pero querían decir tahúres.

Pues bien: entre las tareas principales de este retoño que despunta va a tener que estar, forzosamente, el ennoblecimiento de la política. Y para eso es necesario que la sociedad vuelva a tener la política como una de sus tareas. La experiencia de Ciutadans prueba que esto es posible.

Tenemos otra tarea. La sutura. Creo, gravemente, que los dos últimos años marcan el período más irritado de las relaciones entre españoles (quiero decir entre catalanes, vascos, gallegos, extremeños, andaluces) que hayamos visto. Que hayamos visto en lo que nuestra vista alcanza. Pienso, en este sentido, que hay que hacer una distinción importante decisiva, no totalmente retórica. Está basada en la necesidad de asumir el conflicto, e incluso un cierto grado de desencuentro entre Cataluña y España, o entre otras regiones españolas. La rivalidad entre las regiones españolas es un dato de la realidad, como los 15 grados bajo cero en que suelen desarrollar su vida los finlandeses. La famosa y resignada conllevancia orteguiana siempre me ha parecido un agudo y lúcido ejercicio antirromántico, una deseable aplicación del principio de la realidad, equivalente a la de aquellos que han renunciado a la utopía en la tierra.

Pretender que la descomunal acción combinada de la geografía y la historia pueda desaparecer como por ensalmo me parece una hermosa insensatez, especialmente cuando a esa acción se le añade la obra de Dios, que vigila y que, como se sabe, es nacionalista. Pero hay un límite. Y podría decirse sin forzar demasiado la metáfora, que el límite se sobrepasa cuando en lugar de las entidades más o menos míticas, o más o menos burocráticas el sujeto de enfrentamiento son los ciudadanos. Es decir, no Cataluña y España, esos conceptos, incluso esas instituciones, sino los catalanes y los madrileños, o los murcianos, o los extremeños.

Tengo la suerte de viajar bastante por España. Permítanme la impresión subjetiva, de viajero. Nunca había visto un rechazo semejante a lo catalán y a los catalanes. Yo había sido ya testigo del paso de la admiración a la indiferencia. Es decir del paso de las primeras horas de la transición, cuando todo lo catalán parecía modélico, atractivo y seductor, a los plomizos años pujolistas, cuando la mediocre cantinela catalana sumía en el más profundo sopor a las multitudes y a los individuos.

Pero el rechazo es nuevo. Y han empezado ya a hacérnoslo saber. Bastaría para cuantificarlo, más allá de lo subjetivo, con que la Caixa se aviniera a dar las cifras reales de la retirada de depósitos en España, cifras mucho más importantes y significativas que la bajada de ventas en el cava. Bastaría con que la Cámara de Comercio emprendiera un estudio serio y desacomplejado sobre el impacto de la reciente política autonómica en el vaivén de los mercados.

Los empresarios y algunos políticos catalanes parecen estar empezando a comprender, algo lentamente, que un mercado es una trama de afectos. Y que uno elige, desde luego, por la calidad, el precio, por la relación entre ambos, pero también por las relaciones de cordialidad que compradores y vendedores son capaces de establecer. La trama de afectos vale igualmente para explicar otro singular olvido. Cuando desde Cataluña se dice con esta delicadeza que nos ha hecho legendarios (y dicho, además, por un político de izquierdas), que a la solidaridad se le ha de poner límites; y cuando eso se traduce al lenguaje gangsteril y se vocifera que los extremeños comen de nuestra mano, no sólo se está insultando a los extremeños.

En relación a lo que nos afecta se está insultando, sobre todo, a catalanes. Es decir a alguien que es hijo, nieto, hermano o sobrino de extremeños. Porque España, y por lo tanto también Cataluña, es una trama de afectos donde al igual que en esas abigarradas madejas de lana de mi niñez, es muy complicado distinguir el color de los hilos, y aún más complicado separarlos. Es desde esta perspectiva que cabe enfocar asuntos como el de las balanzas fiscales, y su inutilidad ética y técnica. Ética y técnica, no étnica. Étnicamente, no cabe duda de que son muy útiles.

La sutura, decía. A mi juicio, restablecer la confianza y la complicidad entre españoles debería ser una tarea prioritaria en estos momentos para cualquier partido político. También aquí Ciutadans tiene mucho que hacer. En primer lugar, por la extrema e irresponsable pasividad de los otros. Los dos partidos mayoritarios cifran precisamente toda su esperanza electoral en el arrinconamiento del otro, y en su humillación. La alienación de la clase política española es tan grande y grave que, sinceramente, yo creo que ha olvidado que detrás o debajo de unas siglas hay electores, que incluso pueden ser calificados, con buena voluntad, de personas. Personas a las que se ha renunciado a seducir o convencer y a las que sólo se pretende destruir como si fueran, precisamente, siglas. En este campo Ciutadans tiene mucho que hacer, modesta pero firmemente. Nuestro proyecto ha sido recibido con gran cordialidad. Una cordialidad transversal. En Nou Barris y Girona, desde luego, pero también en Bilbao, Zaragoza, Sevilla o Valencia. Es decir en cualquier lugar de nuestra nación de ciudadanos.

Nación de ciudadanos. Tomemos aire. Entre las muchas discusiones patéticas del Estatuto ha sobresalido la discusión sobre la nación. Debo decirles que, dado mi carácer, he participado activamente. Mi momento favorito solía producirse cuando les preguntaba a los nacionalistas: ¿Bien, sí, una nación? ¿Pero que queréis decir exactamente? Un pequeño número de interrogados respondía con coherencia: “Pues un Estado. Libre e independiente como cualquier Estado”. Les alababa el gusto, porque yo también adoro el Estado, y marchaba a mis quehaceres.

Lamentablemente no era la respuesta mayoritaria. Era una respuesta insignificante, como insignificantes son en Cataluña los que plantean una vía radical y democrática, nítida, a la independencia. Insignificantes, naturalmente, porque han hecho números y saben que la política de la claridad, para decirlo en los términos de Stéphnae Dion, no les moverá de la insignificancia. Un caso bien distinto es el del independentismo maula, dicho sea en castellano, en catalán y en porteño. En Cataluña todo se juega entre maulas y maulets. El independentismo maula, practicante de la política del disimulo, que ya es la política oficial de la mayor parte de partidos catalanes. Los maulas respondían con cautela y hasta con dulzura: “No, nosotros somos una nación cultural… cultural”. Lo decían suavemente, fiados del cariz balsámico, vacuo y balsámico, que tiene la palabra cultura. Pero, ¿qué es realmente una nación cultural? Digámoslo pronto: nada que exista hoy en ningún lugar donde merezca la pena vivir. La nación cultural, pétreo anacronismo del romanticismo alemán, supone una lengua, una cultura, unas tradiciones. Pues bien, si algo no es Cataluña es una nación cultural. De cada uno de esos animalitos (lengua, cultura, tradiciones…) nosotros tenemos al menos dos. Muy al menos, digo, porque la nación cultural extiende su ofensa segregacionista a todos aquellos magrebíes, cubanos, ecuatorianos, colombianos, ingleses, rumanos, argelinos, búlgaros, rusos, coreanos, chinos, japoneses, australianos, senegaleses, americanos, franceses, portugueses, valones y flamencos, bretones y bávaros, quebecoises y canadienses que viven entre nosotros y que, por cierto, y cuanto antes, y ya que pagan, y ya que pagan, han de votar entre nosotros.

Desde hace ya algún tiempo, y para evitar las molestias e incomodidades de la nación cultural, hemos inventado un artefacto. A veces catastrófico, desde luego. Pero que hoy, después de mucha sangre y muchos azares, vive el período seguramente más libre y justo de su historia. El artefacto es una nación a la que llamamos España. Desde luego, no una nación cultural. Nunca lo ha sido. Sólo, y nada menos, que una nación de ciudadanos.


Quiero plantearles, por último, la que, a mi juicio, ha de ser, una actitud central de los ciudadanos que apoyen este proyecto que nosotros hemos llamado posnacionalista. Esta actitud es la desobediencia. Seguramente habrán reparado ustedes, más de una vez en esa curiosa forma de denominar a algunos partidos, y muy particularmente a los partidos nacionalistas, que consiste en llamarles “partidos de obediencia nacionalista”. Es muy apropiado. Para estos últimos es realmente apropiado. Porque el nacionalismo es, en efecto, y por encima de cualquier otra cosa, una obediencia. Una obediencia debida. Una obediencia debida a un ser superior.

Dado que el nacionalismo es una obediencia ha sido posible que en el impresionante Estatuto catalán del 30 de septiembre, ya un auténtico fósil de la nación catalana, el Muñidor, de hinojos, haya podido escribir: “Catalunya ha modelado un paisaje”. El nacionalismo exige obediencia a las ideas, exactamente igual que las exige la religión cuando ocupa el espacio público. A las ideas que encarnan, respectivamente, Dios y la Patria. Es fácil de entender: el nacionalismo es indiscutible. Sobre todo, porque no se puede discutir, técnicamente. En cuanto se discute se deshace. Así, por la fragilidad de su naturaleza, es por lo que se ha convertido en una idea que no se debe discutir, que sólo puede obedecerse.

De acuerdo, no la discutamos más. Ya ha pasado demasiado tiempo. Si seguimos así corremos el puro riesgo de caer en la cretinez irrevocable, que no es somero riesgo. El nacionalismo sólo puede obedecerse…

O desobedecerse.

Yo les llamo a ello. De hecho éste debiera ser el principio fundador del posnacionalismo. La desobediencia. Por supuesto, esto nada tiene que ver con la ley. El nacionalismo se obedece (o no). La ley se cumple. De hecho lo que hace el nacionalismo (y discúlpenme la paradoja) es incumplirla obedientemente. Les pondré un ejemplo que conocen muy bien. La ley establece que los niños sean escolarizados en la lengua que los padres quieran. A mí eso me parece muy bien y sólo lamento que las opciones disponibles en la enseñanza pública no me permitan escolarizar a mis pequeñas gemelas en inglés. Al nacionalismo esta ley no le parece correcta, desde luego, pero transige. ¿Por qué transige?

Ah, bien: porque confía en la obediencia. En la intimidación. Por la intimidación sabe que muy pocos padres ejercerán el derecho que prevé la ley y reclamarán para sus hijos la enseñanza en castellano. Por cierto: he de decir que en este caso obedecen por igual los poderosos y los humildes. Es decir, tanto los que aceptan contra sus intereses y sus legítimos caprichos de ciudadanos que su hijo se escolarice en catalán, como los que creen obviar la intimidación llevando a sus hijos a un colegio privado y español. Que sepan, estos últimos, que no la obvian, la intimidación. Pagan, sólo pagan. Y no es cierto que todo pueda comprarse con dinero.

Otro caso flagrante de obediencia ha sido el de la redacción del Estatuto. El nacionalismo sabía que ni los intereses ciudadanos ni el interés del sentido común justificaban esa lamentable operación política. ¿Por qué se ha arriesgado entonces? Porque confía en la obediencia. Porque confía que por más que el proceso haya sido absolutamente irracional, y por más que sus resultados sean, en el mejor de los casos, intrascendentes, y no justifiquen en modo alguno este desgarrador proceso de desencuentros, confían digo, que los ciudadanos acabarán obedeciendo y refrendarán este absurdo despropósito.

Pues bien, amigos, tendremos próximamente una oportunidad única: sea cual sea la forma que acabe adoptando nuestro rechazo hemos de conseguir que el Estatuto salga absoluta y completamente deslegitimado de las urnas. Inservible. Hemos de alzar un muro de indiferencia y de rechazo ante los planes grotescos de esta lamentable generación de políticos catalanes. Y la campaña del referéndum, que Pasqual Maragall tiene una prisa muy comprensible en poner en marcha, dado lo rápido que nosotros vamos, es el primer reto que tiene planteado nuestro movimiento por la desobediencia.

El primer reto de un objetivo mucho más ambicioso. El objetivo es la reconquista del espacio público y la expulsión del nacionalismo del espacio público. El nacionalismo debe retornar a la alcoba, junto al crucifijo, allá de donde no debió salir, sopena de incurrir en lo que ha acabado incurriendo. Es decir en esta singular Teocracia cuyo muecín asardanado no ha dejado de sonar en estos veinte años.


Acabo de verdad. Entre las principales cláusulas de la obediencia nacionalista estaba la imposibilidad de Ciutadans. Estábamos nosotros, todos nosotros, y esta alegre mañana que nos reúne. No, un nuevo partido político no es posible, habían dictaminado. Lerrú, lerrú, lerrú, iban diciendo en perfecto lemosín. Lerrú: hoy envían a los chicos a las ruedas de prensa a que nos pregunten por el lerrouxismo. Y cuando les devuelves la pregunta, y eso qué quiere decir, ¿noi?, se quedan traspuestos, porque en el cole, a Leerroux, lo estudiaron sólo como un adjetivo, y como cualquier adjetivo, sin vuelta de hoja. No y no: no puede haber un nuevo partido, sancionaban. Durante mucho tiempo, demasiado tiempo, los obedecimos.

Ahora, roto el velo, la intimidación va a consistir en decir que somos pocos. En convencernos de que somos pocos.

Yo no lo creo.
Yo creo que somos muchos.
Yo creo.

Pero hemos hecho esto para dejar de creer.
Para saber, para comprobar, que somos muchos.
Aquí dentro. En la calle. En Cataluña entera. Un lugar como cualquier otro. Donde la vida no merece estar a cargo de los muertos.

O sea, amigos, que…

¡Vivan los ciudadanos!