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el mundo fragmentado

Cajón de sastre

Un sueño

Un sueño

En medio del silencio de la noche escuché el sonido de mi móvil, que parecía provenir del armario. Primero pensé que se trataba de un sueño; luego, que me lo había dejado encendido en el bolsillo de la chaqueta. Abrí los ojos, prendí la luz y sorprendí, en medio de la habitación, a un individuo que buscaba su teléfono por todos los bolsillos con una mano mientras me apuntaba con una pistola que llevaba en la otra. Imposible decir quién estaba más desconcertado, si el ladrón o yo. Por fin, dio con el aparato y lo atendió de mala gana: ¿Qué pasa?", pregunto irritado por aquella inoportuna llamada. Luego, al escuchar lo que decían, se dejó caer sobre una esquina de la cama como si le huberan abandonado las fuerzas. "Ha muerto mi madre", me dijo en un aparte. "Lo siento", añadí yo ridículamente desde mi pijama de rayas.

Comprendí que tenía que aprovechar aquellos instantes de abatimiento del delincuente para hacer algo, pero no sabía qué. Miré a mi alrededor en busca de algún objeto contundente y no vi más que un par de novelas policiacas y un inhalador nasal que había sobre la mesilla. Aunque, de haber dispuesto de algo más duro, tampoco habría sabido cómo usarlo. Creo que conviene golpear en la nuca, pero se trata de un conocimiento teórico. Jamás he golpeado a un semejante. Además, el semejante del que hablo había comenzado a sorberse los mocos como un niño para contener las lágrimas. Colgó el teléfono, se incorporó y comprendi que se encontraba desorientado, sin saber a dónde dirigir sus pasos ni qué hacer con su cuerpo. Recorió unos metros en dirección al armario y luego se volvió haci mí para averiguar por dónde se salía.

Salté de la cama y lo guié por el pasillo. Una vez en la puerta, me preguntó si conocía el modo de ir al Doce de octubre. "Espera un momento", respondí. Volví al dormitorio, me puse encima del pijama unos pantalones y una camisa y lo llevé en mi coche. Cuando llegamos al hospital, aún sostenía la pistola en la mano y el móvil en la otra. Le metí la pistola en un bolsillo, le abrí la puerta del coche y lo vi alejarse en dirección a las instalaciones. Yo regresé a la cama y al día siguiente fingí que todo había sido un sueño.

Julián Marías y la Sra. Muir.

Julián Marías y la Sra. Muir.

En "El fantasma y la Sra. Muir", esa maravillosa película de Mankiewicz que Javier Marías nos enseñó a mirar tan bien, ocurre algo inédito en la historia del cine: el espectador *desea* que se muera la protagonista, porque sólo ese puede ser el final feliz (final feliz asegurado, por otra parte: como dice Jünger, "a un ser humano pueden hurtársele todas las citas importantes que pudiera tener a lo largo de su vida, menos la esencial, que es la cita con la muerte"). La Sra. Muir se ha enamorado del fantasma del capitán, pero éste se ha desvanecido definitivamente y la Sra. Muir sólo podrá reunirse con él cuando muera.

Con el padre de Javier Marías, don Julián, ha pasado lo mismo. Desde que murió su mujer en 1977 se limitó a ser (como dice hoy Eduardo Jordá en un precioso artículo) "un superviviente". Recuerdo un programa del Loco de la Colina de principios de los ochenta: Julián Marías se puso a llorar mientras recordaba a su esposa. Durante unos interminables segundos sólo pudimos escuchar los gemidos de dolor de ese hombre. Fue algo intenso, verdadero: lo contrario de los lloriqueos fraudulentos que vendrían después con la televisión basura. No sé por qué, pero aquella noche se me quedó grabada. Luego he venido contemplando a Julián Marías, respetando su limpio cristianismo desde mi estrépito nietzscheano. Un hombre digno que no se vendió nunca, y que por eso proponía la reconciliación en medio de la abyección guerracivilista de los ex-grapo fascistas, por un lado, y los ex-falangistas pseudosocialdemócratas, por el otro. Frente a ambos, la limpieza moral. Y por debajo de todo, su duelo amoroso que sólo ha terminado con la muerte. No sé por qué, pero siempre me acordé, pensando en Julián Marías, de estas hermosas palabras que le dedicó Camus a Breton en "El hombre rebelde": "En su perro tiempo, y no se puede olvidar esto, es el único que ha hablado profundamente del amor. El amor es la moral angustiada que ha servido como patria a este exiliado."

Pero alegrémonos: la Sra. Muir ya está otra vez junto al fantasma.

(Escrito por Atleta Sexual en el blog de Arcadi Espada)