Blogia

el mundo fragmentado

4 de Abril de 2006

4 de Abril de 2006

Negra y criminal

 

 

 

 

El Puñal de Jorge Luis Borges

 

En un cajón hay un puñal.
Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.
Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.
Otra cosa quiere el puñal.
Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.
En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.
A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.

♥♥♥♥♥♥

 

La relación con mi peluquero avanza. Si bien, en un primer momento, adopté el silencio como mejor forma de combate a su insistencia en conocer partes de la historia de mi vida, he de admitir que cambié de estrategia pronto, justo en el momento  que pude comprobar que cualquier respuesta, aun las más absurdas, calmaban su ansiedad de conocimiento con más celeridad que la negativa a proporcionarle algún dato cierto sobre mi real experiencia.

Estamos en el sexto año de nuestra relación y resumo parte de la ficción y el relato que nos une: soy una especie de ingeniero con grandes conocimientos sobre la problemática del agua en España, donde, desde hace tiempo, me dedico a elaborar un proyecto que pueda unir la zona húmeda con la seca de nuestra península, incluida Portugal, y terminar con el terrible problema de la sequía. Por su parte, mi peluquero tiene *tierras*, sin que se pueda especificar hasta la fecha su cuantía y lugar, aunque todo hace indicar que se encuentran por la zona de Castilla la Vieja. Esas tierras tienen vides y posibilitan el suministro anual de vino para una familia, la de mi peluquero, compuesta por un número indeterminado de personas, aunque a lo largo de estos años han sido censadas : esposa, cuñado, *mi otro cuñado* y suegra, además de Andrés , a quien no situaremos en la trama familiar pues no existe constancia del parentesco.

Hoy he ido a pelarme: mi peluquero quiere construirse un pozo y solicita mi consejo. Yo le digo que me pele muy corto y que espere hasta el verano, pues la primavera dicen que viene cargada de agua. Cuando se disponía a cuadrar las patillas, ha comenzado a llover. Poco, pero lo suficiente como para que mi peluquero, sonriente, me dijera: lo que hace el saber.

Seguirá.

 

2 de Abril de 2006

2 de Abril de 2006

MI ALTO EL FUEGO PERMANENTE

He decretado un "alto el fuego permanente" desde las cero horas del uno de abril de 2006. Mi comunicado, que ahora publico, escueto y claro, también es la consecuencia de un proceso firmemente madurado durante más de treinta años desde que me decidiera a cruzar la frontera de la militancia diaria y su férrea disciplina. Más de diez mil días de tensiones, placeres, éxitos y fracasos me han llevado a tomar una decisión que, salvo los muy fanáticos, la humanidad podrá comprender y, mis antiguos compañeros de fatiga, aceptar. Espero que sirva para aumentar la solidaridad entre las diferentes tribus que habitan la ciudad, ampare a los más desfavorecidos, sean quienes sean, y premie a los laboriosos y librepensadores en el reparto, siempre caprichoso, de la salud.  

Queridos camaradas y asimilados : he dejado de fumar.

(No se garantiza éxito pero es mi propósito persistir)

Anuncio en breves días un nuevo comunicado ampliando detalles y método para general conocimiento de historiadores, teólogos y bomberos municipalizados.

En Madrid a 2 de Abril de 2006 (a  35 horas, 23 minutos, quince segundos, del alto el fuego permanente que he decretado en mis pulmones)

Sea.

La farsa de la desolación

La farsa de la desolación

Hay escritores horribles, malos, pasables, buenos y excelentes. Los hay incluso, geniales. Pero también hay otros en los que su calidad es un asunto secundario, aunque sin duda se les reconozca. Son los escritores que crean adicción, o dicho de otra forma, con los que el lector establece una relación más parecida a la del hincha de fútbol con su equipo o a la de la quinceañera con su ídolo musical. De esos autores se lee todo y se quiere siempre más; se atiende y hasta se recorta cuanto se publica sobre ellos, se guardan las entrevistas y las reseñas de sus obras; se compran grabaciones o vídeos si los hay: fácilmente se convierte uno en coleccionista. Estos escritores son rarísimos, más infrecuentes incluso que los geniales, y ya es decir. Y la falta de textos suyos se vive como una privación. Así, cuando mueren -si estaban vivos-, el lector adicto puede sentir algo muy próximo a la desgracia personal, aunque jamás haya visto en persona al difunto. Para mi, como para mucha otra gente de toda Europa, Thomas Bernhard ha sido el penúltimo escritor de esta índole, muy peligrosa, por cierto, para el lector que a su vez es escritor, pues puede verse irremisiblemente contagiado en su escritura por un influjo tan poderoso como buscado. Más aún en el caso de Bernhard, cuyo estilo es enormemente pegadizo, como una inoculación. Buena prueba de ello es la extraña y lamentable escuela que ha creado en nuestro país, donde desde hace algún tiempo abundan las novelas contaminadas por Bernhard y los novelistas que creen que basta con despotricar de todo y mostrarse coléricos, resentidos y negativistas para hacer buena literatura. Como sucede con Kafka, Joyce o Beckett, lo peor de ellos son los kafkianos, los joyceanos y los beckettianos, su verdadero azote. Sólo señalaré un rasgo de Bernhard que cada vez he visto más en sus escritos y que precisamente parece pasar inadvertido para la mayoría de los bernhardianos, quienes se lo toman con una solemnidad de espanto y una literalidad propia de párvulos: su sentido del humor. Es más, hoy lo veo como un escritor esencialmente cómico, y que por eso, con ser desolador, no resulta casi nunca deprimente ni sórdido, cosas bien distintas. Basta con saber que gran parte de su autobiografía era falsa -y por tanto dickensiana-, o con leer Trastorno o Maestros antiguos o El malogrado, para sospechar que el ceño de Bernhard no se diferenciaba mucho del que solía fruncir aquel "malo" alto y grandón de las películas de Charlot, aprovechándose de sus disparatadas cejas. Lo que hay en él es sobre todo la desolación de la farsa, o si se prefiere, la farsa de la desolación. Y como buen adicto, y para no saberme definitivamente privado de Bernhard, aún tengo sin leer su última novela, Extinción, para cuando se me haga en verdad insoportable la necesidad de una generosa dosis.

© Javier Marías
El País/Babelia, 1996

31 de Marzo de 2006

La corrupción es el cáncer de la democracia. Hasta ahora se nos hablaba de la financiación de los partidos políticos como la quimera que respondía a todas nuestras preguntas y espantos. Mucho hay en este tema, pero convendría saber que cualquier corrupción, por mínima o grande que sea, se inicia porque existe un corrupto que encuentra a otro corrupto y llegan a un acuerdo de corruptos. Las responsabilidades penales y sociales de esta enfermedad tienen nombres y apellidos. Dicen que la sombra del ladrillo es alargada y ensombrece a parte de nuestra sociedad. Detrás de un concejal corrompido está un empresario dispuesto a corromper para conseguir sus fines. Las costas de Valencia, Murcia, Andalucía, Galicia, Cataluña, etc, no engañan. Y de Madrid ni hablamos, una región cuyo mapa de corrupción llegó a cambiar a un gobierno elegido democráticamente sin que estallaran los cielos. Y es un tema donde están implicados todos. Todos los partidos. Que existan diferencias en el volumen de esa corrupción no es más que una cuestión de cuotas de poder. Y lo más grave: admitimos en nuestra vida diaria esa corruptela como parte natural de nuestra existencia. Marbella es sólo un ejemplo más.

Me pregunto cuántas corrupciones tapará este *Marbella*. La corrupción, como la contaminación, ni se destruye ni desaparece, sólo cambia de sitio. También la corrupción como arquitectura del sistema: Italia. Por aquellas tierras anda nuestro líder cósmico haciendo campaña a favor de Silvio. Italia, se sabe, es un país que no necesita gobiernos pero sí gerentes que administren el reparto de la tarta. Y allí tenemos al padrino de boda sorteando todo tipo de procedimientos judiciales mientras la cuenta de resultados aumenta. Razón tenía Craxi (otro que tal) cuando afirmaba que el poder desgastaba, pero la oposición mucho más. El poder, la tarta, y su reparto forman parte de su teología empresarial.

Corrupción en Marbella
Ya sólo falta que no se roben los sumarios


SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ
 
EL PAÍS  -  España - 31-03-2006

Ahora que la Junta de Andalucía se ha decidido a intervenir en el escándalo de la construcción y el blanqueo de dinero en Málaga y que la policía ha sido capaz de desenredar las increíbles madejas de sociedades interpuestas que se han ido tejiendo desde hace años, sólo hace falta que la justicia consiga que no se roben los sumarios, que no desaparezcan las pruebas o que no se inunden los archivos. Y sobre todo, que no deje prescribir los delitos, como ya ha ocurrido en otras ocasiones cuando se trata de grandes cantidades de dinero y de escándalos inmobiliarios. (Todavía deben quedar algunos jueces sonrojados a propósito de la prescripción de los delitos cometidos en Madrid en el llamado caso de los Albertos).

Por una vez, no estaría mal que la Justicia fuera capaz de dar ejemplo de diligencia y que los encargados de llevar adelante esta investigación judicial cuenten con los medios y, sobre todo, con los conocimientos necesarios para desarrollar su labor con dignidad y para atajar las maniobras de los importantes bufetes de abogados que se lanzarán a partir de ahora a embrollar aún más la situación, en justa defensa de los intereses de sus clientes.

 

El ánimo que suscitan operaciones como la llevada a cabo esta semana en Marbella, no debería ocultar otra realidad: los negocios inmobiliarios en toda Málaga han ido bajando su volumen desde hace ya dos años. Y casi en el mismo porcentaje, ha ido aumentado el número de nueva vivienda visada en Murcia y en otras zonas del Levante, como Valencia o Alicante.

 

El dinero que ya no se encontraba tan cómodo en Málaga ha viajado a toda velocidad a otras regiones de España, pero exactamente con los mismos métodos y en los mismos negocios. De hecho, a uno de los detenidos en Marbella, Juan Antonio Roca, le han incautado dos urbanizaciones completas en Murcia. ¿Se reproducirá lo ocurrido en la Costa el Sol, no solo en Marbella, sino en otros muchos municipios, desde 1986, con la llegada de Gil? ¿o esta vez alguien será capaz de atajar el problema antes de que la presión que ejerce en los ayuntamientos la posibilidad de un enriquecimiento repentino de vecinos y concejales de toda condición e ideología, termine por destruir lo poco que queda de costa mediterránea?

 

Si algún día fuéramos capaces de establecer un orden de prioridades en los problemas que afectan a la sociedad española, el primer lugar sería, sin duda, para la inmigración: hemos asimilado sin pestañear la noticia de que entre 1.200 y 1.700 africanos han muerto ya ahogados en su intento de llegar a las Islas Canarias y sabemos, aunque no hablamos de ello, que este verano otros muchos correrán la misma suerte. Sabemos también que la integración de los inmigrantes correrá en España un serio riesgo, como ha ocurrido en Europa, el día en el que el crecimiento económico se pare y aumente el paro, pero no somos capaces de coordinar políticas de consenso que sienten algunas bases razonables para el futuro.

 

Para muchos, la segunda prioridad es la educación y los grandes niveles de fracaso escolar que seguimos experimentando año tras año, sin que tampoco exista consenso en las soluciones. Y en el tercer puesto, la gran mayoría de los especialistas colocaría, precisamente, a la especulación urbanística, con su secuela de corrupción municipal y mafias. El 1% de toda la inversión extranjera que recibe España procede de paraísos fiscales, pero en el caso de Andalucía ronda el 10% y si se examinara únicamente la inversión en la costa mediterránea, probablemente superaría esa cifra.

 

No hay ningún estudio que permita mantener que hay una relación de causalidad entre el volumen de decomiso de droga en Costa del Sol, la desproporcionada creación de empresas y sociedades y, por último, su volumen de construcción de vivienda. Pero una cosa es que no se pueda decir que existe relación de causa-efecto y otra que seamos tan tontos como para creernos que es pura casualidad. solg@elpais.es

30 de Marzo de 2006

Algunas consideraciones en el cuarto día de tratamiento medicamental.

1

Le ruego, educadamente, al juez Grande-Marlaska me desarrolle los fundamentos jurídicos de esa "inducción" al delito por el que fue citado ayer el ciudadano español Otegi en la Audiencia Nacional. Hasta tener noticias, tal figura jurídica la seguiré considerando una de las referencias más reaccionarias y aberrantes de las existentes en Derecho. Mientras, respetuosamente, espero noticias.

2

De todos los flecos que quedarán por comentar cuando llegue *ese* día, no será el menor hacer el inventario de las barbaridades jurídicas que en nombre de EL ESTADO DE DERECHO se han cometido bajo el epígrafe simbólico *luchacontraelterrorismo", palabro que se habrá de pronunciar conjunta e inseparablemente del análisis como condición única para su entendimiento y espanto.

3

La cotización oficial ayer entre la razón de Estado y el estado de la razón cerraba en 250.000 euros.

4

Sorprende uno de los gritos del grupito de extrema derecha que ayer recibió a Otegi en la Audiencia Nacional : ¡ABC comunista!. Uno de los mejores coleccionables que conservo fue aquel del diario ABC, hace bastantes años, donde comparaba su edición sevillana (bando de Franco) con su edición madrileña (bando republicano) durante la guerra civil española. Jamás el ABC mostró más verdad en sus páginas ,aunque estuvieran llenas de mentiras, pero lo leímos sabiendo que la verdad es la primera víctima de cualquier guerra. Acusar a ABC de comunista es una forma original de comenzar un nuevo coleccionable de rarezas.

5

Convendría recordar que el antecedente jurisdiccional de la Audiencia Nacional fueron los Tribunales de Orden Público (TOP), tan añorados por conversos y apocalípticos.

6

Seguiré sin entender las razones por las que no se ponen más frecuentemente declaraciones en televisión del glorioso mundo nacionalista. Oirlos razonar, seguir sus frases subordinadas, conseguir aislar algún tipo de signo parecido a un pensamiento, es un ejercicio de paleontología que agota más al observado que al observante. Su vacío es el mensaje. Silenciarlos mediáticamente es darle una ventaja que no se merecen.

7

La fianza ante tribunales es considerada por la banca un aval técnico (no financiero). Si la banca, conocedora del mercado de impagados como nadie, ha llegado a esa clasificación es porque sabe que estadísticamente no existe fianza ante tribunales que termine ejecutándose ( o son muy pocas). Llegado el caso, será el banco el primer interesado en encontrar al moroso. A Dios rogando y con el mazo dando. En este juego también hacen su aparición las metáforas y los juegos de magia: convertir lo intangible en cifras es una forma de interpretación de la realidad que se nos escapa. Y creer que la atrapamos.

8

Me pregunto qué hubiera dicho mi abuela ANA de este "alto el fuego permanente". Lo que hubiera opinado su marido, mi abuelo Dámaso, lo intuyo. Una nacionalista y un socialista. Casados. Y bien casados. En casa ya teníamos una aproximación bastante real al bucle melancólico que se avecinaba. Y sin vencedores ni vencidos.

9

Querida Rosa Díez, el primer mandamiento conocido por quien es nombrado a dedo es saber que puede ser quitado a dedo. Esta santa laica se ha empeñado en contradecir últimamente sus propios milagros.

10

Sr. Alcaraz, presidente de la AVT, un poquito de por favor. Más que nada por usted. Hágase ese regalo. Y no insista en que le mandemos al carajo como reclama a diario. No lo haremos. No.

29 de Marzo de 2006

29 de Marzo de 2006

Sigo con atención la lucha de los jóvenes franceses contra el "primer contrato" de Villepin. Ayer, según parece, la huelga general fue un éxito y la manifestación de París congregó entre uno y tres millones de personas, según las fuentes. Las crónicas hablan de la debilidad de la derecha francesa y la posibilidad de la caída del actual gobierno.

 

Mientras en España seguimos discutiendo sobre el sexo de los ángeles, Francia nos avisa de la realidad económica que sostiene el cada día más maltrecho estado de bienestar. Las empresas multinacionales han encontrado en la globalización de su cuenta de resultados el remedio a sus males: salarios tercermundistas, leyes laborales inexistentes, corrupción política y sindical, explotación infantil y juvenil...es el mercado, avisan, y no existe otra alternativa, proclaman, que reducir los salarios nacionales, flexibilizar los contratos laborales o llegará, tarde o temprano, la quiebra o el traslado de las empresas a esos paraísos orientales. 

 

Las diferencias de rentas entre el mundo rico y el pobre son cada día mayores. La falta de derechos humanos en los países que recepcionan a las empresas nómadas en busca de un mayor beneficio no es una casualidad sino la condición básica para poder mantener los costes y el beneficio esperado. La explotación del ser humano se constituye en el escenario necesario donde desarrollar sus nuevas inversiones y la concentración empresarial en el nuevo gobierno que dicta leyes propias e impide el desarrollo de estos pueblos. Las contradicciones del sistema ya fueron anunciadas : esas mismas empresas deslocalizadas necesitan vender sus productos a los mismos trabajadores que dejaron en paro con su traslado cuyo único poder adquisitivo viene determinado por un Estado cada día más débil e incapaz de dar respuesta a sus problemas. La pescadilla que se muerde la cola.

 

O se pone remedio desde ya a esta situación que llevará al desastre o veremos nacer, como ya ocurrió en el pasado, todo tipo de iluminados que proclamarán sus recetas salvadoras. No es raro que la extrema derecha francesa, o la alemana, tenga sus mejores resultados en núcleos de población cada día más deprimidos o que los partidos comunistas en la antigua Alemania del este consigan actualmente mejores resultados. A los padres y abuelos de esos mismos trabajadores, hace setenta años, la burguesía, y parte de la intelectualidad europea, les animó a creer en sus mentiras salvadoras llevándolos al mayor de los desastres.

 

Aunque no lo parezca, esos jóvenes franceses que se manifiestan hacen más por la libertad de Europa que todos los funcionarios y políticos de la Unión que se muestran sordos y ciegos ante la realidad que nos contempla. Habrá que estar atentos al resultado de la revuelta en Francia.

 

 

 

GIROUD,Francoise. Lou. Historia de una mujer libre.

GIROUD,Francoise. Lou. Historia de una mujer libre.
 
Con una gran belleza y una inteligencia superior, Lou Andrea Salomé, nacida en San Petersburgo en 1861, fue una de las grandes seductoras de su época.Nietzsche y Rainer María Rilke se enamoraron profundamente de ella, y también Freud sucumbió ante sus encantos. Lo sorprendente es que, si bien le gustaban los hombres y su compañía, no consintió que se acercaran a ella físicamente antes de los treinta y cinco años.

Curiosamente, aunque se hayan dedicado miles de páginas a Lou en todos los idiomas, este aspecto siempre se ha tratado de forma superficial y nunca ha llegado a dilucidarse del todo, como si se tratara de "un agujero negro”. A este respecto Francoise Giroud avanza una hipótesis que aclararía el misterio de esta castidad obsesiva.Lou se resarció con creces más tarde, aunque siempre con hombres bastante más jóvenes que ella.

Novelista muy apreciada en Alemania, donde vivió, fue una de las primeras mujeres libres de Europa, ya que su pluma siempre le aseguró la independencia material y una buena posición social. Su obra maestra sin duda fue ella misma.

Lou escribió en El Erotismo “La pasión sexual es una divina locura................ El amor físico toca el núcleo del ser y debe tratarse como algo precioso y sagrado”. Escribe a Rilke “Para el artista, la obra de arte constituye el camino hacia la salvación, y no el psicoanálisis que, en alguna parte, puede liberar de los demonios, pero también expulsar a los ángeles que ayudan a crear”.
“Una mujer libre es la que tiene posibilidad de decidir su vida”.”Desde los quince hasta los sesenta y cinco años. Fecha límite del deseo sexual en las mujeres, según Lou, hay tiempo para ejercer una o dos profesiones, ver mundo, amar y desamar a algunos hombres, reír y llorar, incluso dedicarse durante cincuenta años a un compañero voluble adorado, que siempre vuelve a casa tan tranquilo, después de cada escapada, y un día, por fin, se le retiene viejo e impedido......Siempre que sea un destino elegido y no sufrido, no tolerado bajo presión familiar, social, la del entorno profesional, o del círculo de amistades-todos los que creen saber mejor que tú mismo lo que es bueno para ti- en definitiva si uno no deja que los demás actúen por él se es libre. Algo que posiblemente no impide hacer tonterías, pero las habrán hecho con libertad”.

27 de Marzo de 2006

27 de Marzo de 2006

 

A) TESIS

CAPITULO XX : FIEBRE

 

B) ANTÍTESIS

REMEDIOS VARIOS

 

C) SÍNTESIS

FORMULARIO DE PETICION 

 

Yasunari Kawabata

Yasunari Kawabata

La casa de las bellas durmientes

 

No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido.
Había esta habitación, de unos cuatro metros cuadrados, y la habitación contigua, pero al parecer no habían más habitaciones en el piso superior; y como la planta baja resultaba demasiado reducida par alojar huéspedes, el lugar apenas podía llamarse una posada. Probablemente por que su secreto no lo permitía, el portal no ostentaba ningún letrero. Todo era silencio. Tras serle franqueado el portal cerrado con llave, el viejo Eguchi sólo había visto a la mujer con quien ahora estaba hablando. Era su primera visita. Ignoraba si se trataba de la propietaria o de una criada. Era mejor no hacer preguntas.
La mujer, baja y de unos cuarenta y cinco años, tenía una voz juvenil , y daba la impresión de haber cultivado especialmente una actitud seria y formal. Los labios delgados apenas se abrían cuando hablaba. No miraba a Eguchi con frecuencia. Algo en sus ojos oscuros minaba las defensas de éste, y parecía muy segura de sí misma. Preparó el té con una tetera de hierro sobre el brasero de bronce. Las hojas de té y la calidad de la infusión eran asombrosamente buenas para el lugar y la ocasión –con objeto de tranquilizar al viejo Eguchi. En la alcoba pendía un cuadro de Kawai Gyokudö, probablemente una reproducción, de una aldea de montaña al calor de las hojas otoñales. Nada sugería que la habitación albergara secretos insólitos.

-Y le ruego que no intente despertarla, aunque no podría, hiciera lo que hiciese. Está profundamente dormida y no se da cuenta de nada –la mujer lo repitió-: Continuará dormida y no se daría cuenta de nada, desde el principio hasta el fin. Ni siquiera de quién ha estado con ella. No debe usted preocuparse.

Eguchi no mencionó las dudas que empezaban a acometerle.

-Es una joven muy bonita. Sólo admito huéspedes en quienes pueda confiar.

Cuando Eguchi desvió la vista, la fijó en su reloj de pulsera.

-¿Qué hora es?
-Las once menos cuarto.
-No me sorprende. Los caballeros ancianos gustan de acostarse pronto y levantarse temprano. Así pues, cuando quiera.

La mujer se puso de pie y abrió la cerradura de la habitación contigua. Utilizó la mano izquierda. No había nada notable en este acto, pero Eguchi retuvo el aliento mientras la miraba. Ella echó una mirada a la otra habitación. Sin duda estaba acostumbrada a mirar por las puertas, y no había nada extraño en la espalda que daba a Eguchi. No obstante, parecía extraña. Había un pájaro grande y raro en el nudo de su obi. Ignoraba de qué especie podía tratarse. ¿Por qué habrían puesto ojos y pies tan realistas en un pájaro estilizado? No era que el ave fuese inquietante por sí misma, sólo que el diseño era malo; pero si había que atribuir algo inquietante a la espalda de la mujer, se encontraba allí, en el pájaro. El fondo era amarillo pálido, casi blanco.

La habitación contigua parecía débilmente iluminada. La mujer cerró la puerta sin dar la vuelta a la llave, y colocó ésta sobre la mesa, frente a Eguchi. Nada en su actitud, ni en el tono de su voz, sugería que había inspeccionado una habitación secreta.

-Aquí esta la llave. Espero que duerma bien. Si le cuesta conciliar el sueño, encontrará un sedante junto a la almohada.
-¿Tiene algo de beber?
-No dispongo de alcohol.
-¿Ni siquiera puedo tomar un trago para dormirme?
-No.
-¿Ella está en la habitación contigua?
-Sí, dormida y esperándole.
-¡Oh!

Eguchi estaba un poco sorprendido. ¿Cuándo había entrado la muchacha en la habitación contigua? ¿Desde cuándo estaría dormida? ¿Acaso la mujer había abierto la puerta para asegurarse de que estaba dormida? Eguchi sabía por un viejo conocido que frecuentaba el lugar que había una muchacha esperando, dormida, y que no se despertaría; pero ahora que se encontraba aquí parecía incapaz de creerlo.

-¿Dónde quieres desnudarse? –la mujer parecía dispuesta a ayudarle. Él guardó silencio-. Escuche las olas. Y el viento.

-¡Olas?
-Buenas noches –la mujer le dejó.

Una vez solo, Eguchi contempló la habitación, desnuda y sin artilugios. Su mirada se posó en la puerta de la habitación contigua. Era de cedro, de un metro de anchura. Parecía haber sido añadida después de la construcción de la casa. También la pared, si se examinaba bien, parecía un antiguo tabique corredizo, ahora tapado para formar la cámara secreta de las bellas durmientes.

El color era igual que el de las otras paredes, pero parecía más reciente.

Eguchi cogió la llave, después de hacerlo, debería haberse dirigido a la otra habitación; pero permaneció sentado. Lo que había dicho la mujer era cierto: las olas sonaban con violencia. Era como si rompieran contra un alto cantilado, y como si la pequeña casa estuviera en el mismo borde. El viento traía el sonido del invierno inminente, tal vez debido a la casa misma, tal vez debido a algo que había en el viejo Eguchi. No obstante, el calor del único brasero resultaba suficiente. El distrito era cálido. El viento no parecía barrer las hojas. Al haber llegado tarde, Eguchi no había visto en qué clase de paisaje se asentaba la casa; pero se notaba el olor del mar. El jardín era grande en relación con el tamaño de la casa, y contenía un número considerable de grandes pinos y arces. Las agujas de los pinos se perfilaban con fuerza contra el cielo. Probablemente la casa había sido una villa campestre.

Con la llave todavía en la mano, Eguchi encendió un cigarrillo. Dio una o dos chupadas y lo apagó; pero fumó otro hasta el final. No era tanto porque se estuviera ridiculizando a sí mismo por su ligera aprensión como por el hecho de sentir un vacío desagradable. Solía tomar un poco de whisky antes de acostarse. Tenía un sueño precario, con tendencia a las pesadillas. Una poetisa muerta de cáncer en su juventud había dicho en uno de sus poemas que para ella, en las noches de insomnio, “la noche ofrece sapos, perros negros y cadáveres de ahogados”. Era un verso que Eguchi no podía olvidar. Al recordarlo ahora se preguntó si la muchacha dormida –no, narcotizada- de la habitación contigua podría ser como el cadáver de un ahogado; y vaciló un poco en acudir a su lado. No le habían dicho cómo la sumían en el sueño. En cualquier caso, estaría en un letargo anormal, sin conciencia de cuanto ocurriera a su alrededor, y por ellos podría tener la piel opaca y plomiza de una persona atiborrada de drogas. Podría tener ojeras oscuras y marcarse sus costillas bajo una piel reseca y marchita. O podría estar fría, hinchada, tumefacta. Podría roncar ligeramente, con los labios abiertos, dejando entrever unas encías violáceas. Durante sus sesenta y siete años el viejo Eguchi había pasado noches ingratas con mujeres. De hecho, las noches ingratas eran las más difíciles de olvidar. Lo desagradable no tenía nada que ver con el aspecto de las mujeres, sino con sus tragedias, sus vidas frustradas. A su edad, no quería añadir al historial otro episodio semejante. De este modo discurrían sus pensamientos, al borde de la aventura. Pero, ¿podía haber algo más desagradable que un viejo acostado durante toda la noche junto a una muchacha narcotizada, inconsciente? ¿No habría venido a esta casa buscando lo sumo en la fealdad de la vejez?

La mujer había hablado de huéspedes en quienes podía confiar. Al parecer todos cuanto venían a esta casa eran dignos de confianza. El hombre que le habló a Eguchi de la casa era tan viejo que ya había dejado de ser hombre. Parecía pensar que Eguchi había alcanzado el mismo grado de senilidad. La mujer de la casa, probablemente porque estaba acostumbrada a hacer tratos sólo con hombres tan ancianos, no había mirado a Eguchi con piedad ni indiscreción. Puesto que era capaz todavía de sentir goce, aún no era un huésped digno de confianza; pero podía llegar a serlo, debido a sus sentimientos en aquel momento, al lugar y a su compañera. La fealdad de la vejez le estaba acosando. También para él, pensó, estaban próximas las tristes circunstancias de los otros huéspedes. El hecho de que estuviera aquí ya lo indicaba. Y por ello no tenía intención de violar las desagradables y tristes restricciones impuestas a los viejos. No tenía intención de violarlas, y no lo haría. Aunque podía llamarse un club secreto, el número de sus ancianos miembros parecía reducido. Eguchi no había venido a descubrir sus pecados ni a husmear en sus prácticas secretas. Su curiosidad distaba de ser fuerte, porque ya la tristeza de la vejez se cernía también sobre él.

-Algunos caballeros dicen que tienen sueño felices cuando vienen aquí –había dicho la mujer-. Otros dicen que recuerdan lo que sentían cuando eran jóvenes.

Ni siquiera entonces apareció en el rostro de Eguchi una leve sonrisa. Puso las manos sobre la mesa y se levantó. Se encamino hacia la puerta de cedro.

-¡Ah!

Eran las cortinas de terciopelo carmesí. El carmesí era aún más profundo bajo la luz tenue. Parecía como si una delgada capa de luz flotara ante las cortinas, y él se estuviera introduciendo en un fantasma. Había cortinas en las cuatro paredes y también en la puerta, pero aquí estaban recogidas hacia un lado. Cerró la puerta con llave, dejó caer la cortina y miró a la muchacha. Ésta no fingía. Su respiración era la de un sueño profundo. Eguchi contuvo el aliento; era más hermosa de lo que había esperado. Y su belleza no constituía la única sorpresa. También era joven. Estaba acostada sobre el lado izquierdo, con el rostro vuelto hacia él. No podía ver su cuerpo, pero no debía de tener ni veinte años. Era como si otro corazón batiese sus alas en el pecho del anciano Eguchi.

Su mano derecha y la muñeca estaban al borde de la colcha. El brazo izquierdo parecía extendido diagonalmente sobre la colcha. El pulgar derecho se ocultaba a medias bajo la mejilla. Los dedos, sobre la almohada y junto a su rostro, estaban ligeramente curvados en la suavidad del sueño, aunque no lo suficiente para esconder los delicados huecos donde se unían a la mano. La cálida rojez se intensificaba de modo gradual desde la palma a las yemas de los dedos. Era una mano suave, de una blancura resplandeciente.

-¿Estás dormida? ¿Vas a despertarte?

Era como si lo preguntara con objeto de poder tocarle la mano. La tomó en la suya y la sacudió. Sabía que ella no abriría los ojos. Con su mano todavía en la suya, contempló su rostro. ¿Qué clase de muchacha sería? Las dejas estaban libres de cosméticos, las pestañas bajadas eran regulares. Olió la fragancia del cabello femenino. Al cabo de unos momentos el sonido de las olas se incrementó, porque el corazón de Eguchi había sido cautivado. Se desnudó con decisión. Al observar que la luz venía de arriba, levantó la vista. La luz eléctrica procedía de dos claraboyas cubiertas con papel japonés. Como si tuviera más compostura de la que era capaz, se preguntó si era una luz que acentuaba el carmesí del terciopelo y si la luz del terciopelo daba a la piel de la muchacha el aspecto de un bello fantasma; pero el color no era lo bastante fuerte para reflejarse en su piel. Ya se había acostumbrado a la luz. Era demasiado intensa para él, habituado a dormir en la oscuridad, pero al parecer no podía apagarse. Vio que la colcha era de buena calidad.

Se deslizó quedamente bajo ella, temeroso de que la muchacha, aunque sabía que seguiría durmiendo, se despertara. Parecía estar totalmente desnuda. No hubo reacción, ningún encogimiento de hombros ni torsión de las caderas como sugerencia de que ella notaba su presencia. Era un muchacha joven, y por muy profundo que fuera su sueño, debería haber una especie de reacción rápida. Pero él sabía que éste no era un sueño normal. Este pensamiento le impidió tocarla cuando estiró las piernas. Ella tenía la rodilla algo adelantada, obligando a las piernas de Eguchi a una posición difícil. No necesitó inspeccionar para saber que ella no estaba ala defensiva, que no tenía la rodilla derecha apoyada sobre la izquierda. La rodilla derecha se encontraba hacia atrás y la pierna estirada. En esta posición sobre el lado izquierdo, el ángulo de los hombres y el de las caderas parecían en desacuerdo, debido a la inclinación del torso. No daba la impresión de ser muy alta.

Los dedos de la mano que el viejo Eguchi sacudió suavemente también estaban sumidos en profundo sueño. La mano descansaba tal como él la dejara. Cuando tiró la almohada hacia atrás, la mano cayó. Contempló el codo que estaba sobre la almohada. “Como si estuviera vivo”, murmuró para sus adentros. Por supuesto que estaba vivo, y su única intención era observar su belleza; pero una vez pronunciadas, las palabras adquirieron un tono siniestro. Aunque esta muchacha sumida en el sueño no había puesto fin a las horas de su vida, ¿acaso no las había perdido, abandonándolas a profundidades insondables? No era una muñeca viviente, pues no podía haber muñecas vivientes; pero , para que no se avergonzara de un viejo que ya no era hombre, había sido convertida en juguete viviente. No, un juguete, no: para los viejos podía ser la vida misma. Semejante vida era, tal vez, una vida que podía tocarse con confianza. Para los ojos cansados y présbitas de Eguchi, la mano vista de cerca era aún más suave y hermosa. Era suave al tacto, pero no podía ver la textura.

Los ojos cansados advirtieron que en los lóbulos de las orejas había el mismo matiz rojo, cálido y sanguíneo, que se intensifica hacia las yemas de los dedos. Podía ver las orejas indicaba la frescura de la muchacha con una súplica que le llegó al alma. Eguchi se había encaminado hacia esta casa secreta inducido por la curiosidad, pero sospechaba que hombres más seniles que él podían acudir aquí con una felicidades y una tristeza todavía mayores. El cabello de la muchacha era largo, probablemente para los ancianos jugaran con él. Apoyándose de nuevo sobre la almohada, Eguchi lo apartó para descubrir la oreja. El cabello de detrás de la oreja tenía un resplandor blanco. El cuello y el hombre eran también jóvenes y frescos; aún no mostraban la plenitud de la mujer. Echó una mirada a la habitación. En la caja sólo había sus propias ropas; no se veía rastro alguno de las de la muchacha. Tal vez la mujer se las había llevado, pero Eguchi tuvo un sobresalto al pensar que la muchacha podía haber entrado desnuda en la habitación. Estaba aquí para ser contemplada. Él sabía que la habían adormecido para este fin, y que esta nueva sorpresa era inmotivada; pero cubrió su hombro y cerró los ojos. Percibió el olor a leche de un lactante, y más fuerte que el de la muchacha. Era imposible que la chica hubiera tenido un hijo, que sus pechos estuvieran hinchados, que los pezones rezumaran leche. Contempló de nuevo su frente y sus mejillas, y la línea infantil de la mandíbula y el cuello. Aunque ya estaba seguro, levantó ligeramente la colcha que cubría el hombro. El pecho no era un pecho que hubiese amamantado. Lo tocó suavemente con el dedo; no estaba húmedo. La muchacha tenía apenas veinte años. Aunque la expresión infantil no fuese por completo inadecuada, la muchacha no podía tener el olor de mujer, y sin embargo, era muy cierto que el viejo Eguchi había olido a lactante hacía un momento. ¿Habría pasado un espectro? Por mucho que se preguntara el porqué de su sensación, no conocería la respuesta; pero era probable que procediera de una hendidura dejada por un vacío repentino en su corazón. Sintió una oleada de soledad teñida de tristeza.
Más que tristeza o soledad, lo que le atenazaba era la desolación del a vejez. Y ahora se transformó en piedad y ternura hacia la muchacha que despedía la fragancia del calor juvenil. Quizás únicamente con objeto de rechazar una fría sensación de culpa, el anciano creyó sentir música en el cuerpo de la muchacha. Era la música del amor. Como si quisiera escapar, miró las cuatro paredes, tan cubiertas de terciopelo carmesí que podría no haber existido una salida. El terciopelo carmesí, que absorbía la luz del techo, era suave y estaba totalmente inmóvil. Encerraba a una muchacha que había sido adormecida, y a un anciano.
-Despierta, despierta –Eguchi sacudió el hombro de la muchacha. Luego le levantó la cabeza.

Un sentimiento hacia la muchacha, que surgía en su interior, le impulsó a obrar así. Había llegado un momento en que el anciano no podía soportar el hecho de que la muchacha durmiera, no hablara, no conociera su rostro y su voz, de que no supiera nada de lo que estaba ocurriendo ni conociera a Eguchi, el hombre que estaba con ella. Ni una mínima parte de su existencia podía alcanzarla. La muchacha no se despertaría, era el peso de una cabeza dormida en su mano; y sin embargo, podía admitir el hecho de que ella parecía fruncir ligeramente el ceño como una respuesta viva y rotunda. Eguchi mantuvo su mano inmóvil. Si ella se despertaba debido a tan pequeño movimiento, el misterio del lugar, descrito por el viejo Kiga, el hombre que se lo había indicado, como “dormir con un Buda secreto”, se desvanecería. Para los ancianos clientes en quien la mujer podía “confiar”, dormir con una belleza que no se despertaría era una tentación, una aventura, un goce en el que, a su vez, podían confiar. El viejo Kiga había dicho a Eguchi que sólo podía sentirse vivo cuando se hallaba junto a una muchacha narcotizada.
Cuando Kiga visitó a Eguchi, su mirada se posó en el jardín. Había algo rojo sobre el musgo marrón del otoño.
-¿Qué puede ser?

Salió para verlo. Las bolas eras frutas rojas del oaki. Había un gran número de ellas en el suelo. Kiga recogió una y, jugando con ella, habló a Eguchi de la casa secreta. Dijo que acudía allí cuando la desesperación de la vejez le resultaba insoportable.

-Parece haber pasado mucho tiempo desde que perdí la esperanza en cualquier mujer. Hay una casa donde duermen a las mujeres para que no se despierten.

¿Sería que una muchacha profundamente dormida, que no dijera nada ni oyera nada, lo oía todo y lo decía todo a un anciano que, para una mujer, había dejado de ser hombre? Pero ésta era la primera experiencia de Eguchi con una mujer así. Sin duda, la muchacha había tenido muchas veces esta experiencia con hombres viejos. Entregada totalmente a él, sin conciencia de nada, en una especie de profunda muerte aparente, respiraba con suavidad, mostrando un lado de su inocente rostro. Ciertos ancianos tal vez acariciarían todas las partes de su cuerpo, otros sollozarían. La muchacha no se enteraría en ninguno de ambos casos. Pero ni siquiera este pensamiento indujo a Eguchi a la acción. Al retirar la mano de su cuello tuvo tanto cuidado como si manejara un objeto frágil; pero el impulso de despertarla con violencia aún no le había abandonado.
Cuando retiró la mano, la cabeza de ella dio una suave media vuelta, y también el hombro, por lo que la muchacha quedó boca arriba. Eguchi se apartó, preguntándose si abriría los ojos. La nariz y los labios brillaban de juventud bajo la luz del techo. La mano izquierda se movió hacia la boca; parecía a punto de meter el índice entre los dientes, y él se preguntó si sería un hábito de la muchacha cuando dormía, pero sólo la acercó dulcemente a los labios y nada más. Los labios se abrieron un poco, mostrando los dientes. Hasta ahora había respirado por la nariz, y ahora lo hacía por la boca. Su respiración parecía un poco más rápida. Él se preguntó si sentiría algún dolo, y decidió que no. Debido a la separación de los labios, una tenue sonrisa parecía flotar entre las mejillas. El sonido de las olas rompiendo contra el alto acantilado se aproximó. El sonido de las olas al retroceder sugería grandes rocas al pie del acantilado; el agua retenida entre ellas parecía seguir algo más tarde. La fragancia del aliento de la muchacha era más intensa en la boca que en la nariz. Sin embargo, no olía a leche. Se preguntó de nuevo por qué había pensado en el olor a leche. Tal vez era un olor que le hacía ver a la mujer en la muchacha.
El viejo Eguchi tenía ahora un nieto que olía a leche. Podía verlo aquí, frente a él. Sus tres hijas estaban casadas y tenían hijos; y no había olvidado cuando ellas olían a leche y las sostenía en sus brazos a la edad de la lactancia. ¿Acaso el olor a leche de sus retoños había vuelto a él para amonestarle? No, debía ser el olor del propio corazón de Eguchi, atraído por la muchacha. También él se colocó boca arriba, y, tumbado de manera que no hubiese ningún contacto con la muchacha, cerró los ojos. Haría bien en tomar el sedante que había junto a la almohada. No sería tan fuerte como la droga que habían dado a la muchacha; se despertaría antes que ella. De otro modo, el secreto y la fascinación del lugar se desvanecerían. Abrió el paquete. Dentro había dos píldoras blancas. Si tomaba una, caería en un sueño ligero; con dos se sumiría en un sueño profundo como la muerte. Esto aún sería mejor, penso, mirando las píldoras; y la leche le trajo un recuerdo desagradable e insensato.
-Leche. Huele a leche. Huele como un niño de pecho. –Cuando empezaba a doblar la chaqueta que él se había quitado, la mujer le dirigió una mirada feroz, con las facciones tensas-. Ha sido tu niña. La cogiste en brazos al salir de casa ¿verdad? ¿Verdad que sí? ¡La odio! ¡La odio!
Con un temblor violento en la voz, la mujer se levantó y tiró la chaqueta al suelo.
-La odio. ¿A quién se le ocurre venir aquí después de tener a una criatura en los brazos?
Su voz era dura, pero la mirada de sus ojos era aún peor. Se trataba de una geisha con la que intimaba desde hacía algún tiempo. Sabía desde el principio que él tenía esposa e hijos, pero el olor de la niña lactante provocó una repulsión y unos celos violentos. Eguchi y la geisha no volvieron a estar en buenas relaciones.
El olor que tanto desagradó a la geisha era el de su hija pequeña. Eguchi había tenido una amante antes de casarse. Los padres de ella concibieron sospechas, y los encuentros ocasionales fueron turbulentos. Una vez, cuando él apartó la cara, advirtió que el pecho de la mujer esta ligeramente manchado de sangre. Se asustó, pero, como si nada hubiera sucedido, volvió a acercar la cara y lamió la sangre con suavidad. La muchacha, en trance, no se dio cuenta de los ocurrido. El delirio había pasado. Ella no pareció sentir ningún dolo, ni siquiera cuando se lo dijo.
¿Por qué habían vuelto a él estos dos recuerdos, tan alejados en el tiempo? No parecía probable que hubiese olido a leche en esta muchacha sólo porque había evocado aquellos dos recuerdos. Procedían de muchos años atrás, aunque en cierto modo no creía que pudieran distinguirse los recuerdos recientes de los distantes, los nuevos de los viejos era posible que guardase un recuerdo más fresco e inmediato de su infancia que del día anterior. ¿Acaso esta tendencia no se iba haciendo más clara a medida que uno envejecía? ¿Acaso los días juveniles de una persona no la hacían tal como era, conduciéndola a través de toda la vida? Era una trivialidad, pero la muchacha, cuyo pecho se había manchado de sangre, le había enseñado que los labios de un hombre podían hacer sangrar casi cualquier parte del cuerpo de una mujer; y aunque posteriormente Eguchi evitó llegar hasta este extremo, el recuerdo, el don de una mujer para comunicar fuerza a toda la vida de un hombre seguía vivo en él, a pesar de sus sesenta y siete años.
Una cosa todavía más trivial.
-Antes de dormirme cierro los ojos y cuentos los hombres por quienes n me importaría ser besada. Los cuento con los dedos. Es muy agradable. Pero me entristece no poder pensar en más de diez.
Estas observaciones fueron hechas al joven Eguchi por la esposa de un ejecutivo comercial, una mujer de mediana edad, una mujer de sociedad y, según se rumoreaba, una mujer de sociedad y, según se rumoreaba, una mujer inteligente. En aquel momento estaban bailando un vals. Tomando esta súbita confesión como una sugerencia de que no le importaría ser besada por él, Eguchi aflojó la presión de su mano.
-No hago más que contarlos –dijo ella en todo superficial-. Usted es joven, y supongo que no le agobia tratar de dormirse. Y, aunque así fuera, tiene a su esposa. Pero inténtelo de vez en cuando. Yo lo considero una medicina excelente.
La voz era definitivamente seca, y Eguchi no contestó. Ella había dicho que se limitaba a contarlo; pero resultaba fácil imaginar que evocaba en su mente tanto sus rostros como sus cuerpos. Conjurar a diez debía exigir un tiempo y una imaginación considerables. Al pensar en esto, el perfume de algo parecido a una poción amorosa por parte de esta mujer ya madura asaltó a Eguchi con más fuerza. Ella era libre de evocar a su antojo la figura de Eguchi entre los hombre por quienes no le importaba ser besada. El asunto no era de su incumbencia, y no podía resistirse ni lamentarse; y, no obstante, el hecho de ser utilizado a sus espaldas por la mente de una mujer de edad mediana resultaba bochornoso. Pero no había olvidado las palabras de ella. Después empezó a sospechar que la mujer podía haberse burlado de él o inventado la historia para divertirse a su costa; pero, al final, las palabras permanecieron. La mujer había muerto hacía tiempo y Eguchi ya había desechado todas estas dudas. Y, mujer inteligente, ¿antes de morir, cuántos centenares de hombres imaginó que había besado?

A medida que la vejez se aproximaba, y en las noches en que le costaba conciliar el sueño, Eguchi recordaba de vez en cuando las palabras de aquella mujer y contaba muchas mujeres con los dedos; pero no se limitaba a algo tan sencillo como imaginarse solamente a las que le hubiera gustado besar. Solía evocar recuerdo de las mujeres con quienes había mantenido relaciones amorosas. Esta noche había resucitado un viejo amor porque la bella durmiente le había comunicado la ilusión de que olía a leche. Tal vez la sangre del pecho de aquella muchacha lejana le había hecho percibir en la muchacha de esta noche un olor que no existía. Quizá fuera un consuelo melancólico para un anciano sumirse en recuerdos de mujeres de un pasado remoto que ya no volverían, ni siquiera mientras acariciaba a una belleza a la que no lograría despertar. Eguchi se sintió invadido de un cálido reposo que tenía algo de soledad. Sólo la había tocado ligeramente para saber si su pecho esta húmedo, y no se le había ocurrido la complicada idea de que ella se asustara, al despertarse después de él, ante la sangre que manara de su pecho. Sus senos parecían bellamente redondeados. Un extraño pensamiento le asaltó: ¿por qué, entre todos los animales, en el largo del curso del mundo, sólo los pechos de la hembra humana habían llegado a ser hermosos? ¿No era para gloria de la raza humana que los pechos femeninos hubiesen adquirido semejante belleza?
Los mismo podía ser cierto de los labios. El viejo Eguchi pensó en las mujeres que se preparaban par acostarse, en las mujeres que se desmaquillaban antes de irse a la cama. Había mujeres cuyo labios eran pálidos cuando se quitaban la pintura, y otras cuyos labios revelaban el deterioro de la edad. Bajo la suave luz del techo y el reflejo del terciopelo de las cuatro paredes, no se veía con claridad si la muchacha estaba o no ligeramente maquillada, pero no había llegado al extremo de afeitarse las cejas. Los labios y los dientes tenían un brillo natural. Como era improbable que hubiese perfumado su boca, lo que se percibía era la fragancia de una boca juvenil. A Eguchi no le gustaban los pezones grandes y oscuros. A juzgar por lo que viera cuando levantó la colcha, los de la muchacha eran todavía pequeños y rosados. Dormía boca arriba, así pues, podía besarle los pechos. No era ciertamente una muchacha cuyos pechos le desagradara besar. Si esto ocurría con un hombre de su edad, pensó Eguchi, entonces los hombres realmente ancianos que venían a esta casa debían perderse por completo en el placer, estar dispuestos a cualquier eventualidad, a pagar cualquier precio. Seguramente había habido lascivos entre ellos, y sus imágenes no estaban totalmente ausentes de la mente de Eguchi. La muchacha dormía y no se daba cuenta de nada. ¿Se mantendrían intactos el rostro y la forma, tal como estaban ahora? Como dormida aparecía tan hermosa, Eguchi se abstuvo del acto indecoroso al que le conducían estos pensamientos. ¿Acaso la diferencia entre él y los demás ancianos residía en que aún había en él algo que le hacia funcionar como hombre? Para los demás, la muchacha pasaría la noche en un sueño insondable. Él, aunque suavemente, había intentado despertarla dos veces. Ignoraba qué habría hecho s por casualidad la muchacha hubiera abierto los ojos, pero lo más probable era que la tentativa hubiera sido dictada por el afecto. Aunque no, seguramente se debió a su propio vacío e inquietud.
“¿No sería mejor que durmiera?”, se oyó murmurar fútilmente así mismo, y añadió-: “No es para siempre. No es para siempre ni en su caso ni en el mío”.

Cerró los ojos. De esta noche extraña, como de todas las otras noches, se despertaría con vida por la mañana. El codo de la muchacha, que yacía con el índice apoyado en los labios, le estorbaba. Le cogió la muñeca con el índice y el dedo mediano. Era tranquilo y regular. Su serena respiración era algo más lenta que la de Eguchi. De vez en cuando el viento inminente. El bramido de las olas contra el acantilado se suavizaba al aproximarse. Su eco parecía llegar del océano como música que sonara en el cuerpo de la muchacha, y los latidos de su pecho y el pulso de la muchacha le servían de acompañamiento. Al ritmo de la música, una mariposa pura y blanca de la muñeca de ella. No la tocaba en ninguna parte. Ni la fragancia de su aliento, ni de su cuerpo, ni de sus cabellos era fuerte.
Eguchi pensó en los escasos días en que se escapó de Kyoto, tomando la ruta interior, con la muchacha cuyo pecho había estado húmedo desangre. Quizás el recuerdo era vivo porque el calor del cuerpo joven y fresco tendido a su lado se lo comunicaba débilmente.

Había numerosos túneles cortos en la vía férrea que unía a las provincias occidentales con Kyoto. Cada vez que entraban en un túnel la muchacha, como si estuviera asustada, juntaba su rodilla con la Eguchi y le cogía la mano. Y cada vez que salían de uno de ellos había una colina o un pequeño barranco coronado por un arco iris.

“¡Qué bonito!”, decía ella cada vez, o “¡Qué gracioso!” Tenía una palabra de alabanza para cada pequeño arco iris, y no sería exagerado decir que, buscando a derecha e izquierda, encontraba uno cada vez que salían de un túnel. A veces era tan tenue que apenas se vislumbraba. Ella acabó sintiendo algo ominoso en estos arco iris extrañadamente abundantes.
-¿No supones que nos persiguen? Tengo la sensación de que nos atraparán cuando lleguemos a Kyoto. Cuando me hayan devuelto ya no me dejarán volver a salir de casa.
Eguchi, que acababa de graduarse en la universidad y había empezado a trabajar, no tenía posibilidad de ganarse la vida en Kyoto y sabía que, a menos que él y la chica se suicidaran juntos, algún día tendrían que volver a Tokio; pero, desde los pequeños arco iris, la pulcritud de las partes secretas de la muchacha le fue revelada y ya no le abandonó. La vio en una posada junto al río en Kanazawa. Había sido una noche de nevisca. La pulcritud le impresionó tanto que contuvo el aliento y sintió el escozor de las lágrimas. No había visto tal pulcritud en las mujeres de todas las décadas pasadas; y había llegado a creer que comprendía todas las clases de pulcritud y que la pulcritud en los lugares secretos era propiedad exclusiva de la muchacha. Trató de reírse de esta idea, pero el caudal de la nostalgia la convirtió en un hecho y ahora continuaba siendo un recuero poderoso que el viejo Eguchi no podía desechar. Una persona enviada por la familia de la muchacha se la llevó consigo a Tokio, y poco después se casó.
Cuando se encontraron por casualidad junto al estanque de Shinobazu, la muchacha llevaba un niño sujeto a la espalda. El niño iba tocado con una gorra de lana blanca. Era otoño y los lotos del estanque empezaban a marchitarse. Tal vez la mariposa blanca que esta noche danzaba frente a sus párpados cerrados hubiera sido evocada por aquella gorra blanca.
Al encontrar junto al estanque, lo único que se le ocurrió a Eguchi fue preguntarle si era feliz.
-Sí –repuso ella inmediatamente-, soy feliz.
Probablemente no existía otra respuesta.
-¿Y por qué estás paseando por aquí sola con un niño en la espalda?
Era un pregunta extraña. La muchacha se quedó mirándole a la cara.
-¿Es un niño o una niña?
-Es una niña. ¡Vaya! ¿No lo has visto al mirarla?
-¿Es mía?
-No –la muchacha meneó la cabeza, encolerizada-. No es tuya.
-¿Ah, no? Bueno , si lo es, no necesitas decirlo ahora. Puedes decirlo cuando quieras. Dentro de muchos, muchos años.
-No es tuya. De verdad que no. No he olvidado que te amé, pero tú no debes imaginar cosas. Sólo conseguirías causarle problemas.
-¿Ah, sí?

Eguchi no hizo ningún intento especial de mirar la cara de la niña, pero siguió mucho rato a la joven con la mirada. Ella se volvió a mirarle cuando estuvo a cierta distancia. Al ver que él continuaba contemplándola, aceleró el paso. No la vio nunca más. Hacía más de diez años que se había enterado de su muerte. Eguchi, a sus sesenta y siete año, había perdido a muchos amigos y parientes, pero el recuerdo de la muchacha seguía siendo joven. Reducido ahora a tres detalles, la gorra blanca de la niña, la pulcritud del lugar secreto y la sangre en el pecho, era todavía claro y fresco. Probablemente no había nadie en el mundo parte de Eguchi que conociera aquella pulcritud incomparable, y con su muerte, ahora no muy distante, desaparecería del mundo por completo. Aunque con timidez, ella le había permitido mirar cuanto quisiera. Tal vez fuese una actitud propia de las jóvenes; pero no podía caber la menor duda de que ella misma no conocía su pulcritud. No podía verla.
Temprano por la mañana, después de llegar a Kyoto, Eguchi y la muchacha pasearon por un bosquecillo de bambúes, que lanzaban reflejos plateados a la luz de la mañana. En el recuerdo de Eguchi las hojas eran fina y suaves, de plata pura, y los tallos también eran de plata. En el sendero que bordeaba el bosquecillo, cardos y zarzas estaban en flor. Así era el sendero que flotaba en su memoria. Parecía algo confundido respecto a la estación. Una vez pasado el sendero remontaron una corriente azulada, donde una cascada caía con estrépito, y el rocío reflejaba la luz del sol. La muchacha se puso desnuda bajo el rocío. Los hechos eran diferentes, pero en el transcurso del tiempo la mente de Eguchi los había transformado así. A medida que envejecía, las colinas de Kyoto y los troncos de los pinos rojos en grupos apacibles recordaban con frecuencia a Eguchi la figura de la mucha; pero recuerdos vivos como los de esta noche eran muy raros. ¿Los provocaría acaso la juventud de la muchacha dormida?
El viejo Eguchi estaba completamente desvelado y no parecía probable que se durmiera. No quería recordar a ninguna mujer que no fuera la joven que había contemplado los pequeños arco iris. Tampoco quería tocar a la muchacha dormida, ni mirar su desnudez. Poniéndose boca abajo, volvió a abrir el paquete que había junto a la almohada. La mujer de la posada había dicho que era una medicina sedante, pero Eguchi vacilaba. Ignoraba qué sería y si se trataba de la misma medicina que le habían dado a la muchacha. Se metió una píldora en la boa y la tragó con una buena cantidad de agua. Quizá porque estaba acostumbrado a beber un trago al acostarse, pero no a tomar un sedante, se durmió rápidamente. Tuvo un sueño. Estaba en los brazos de una mujer, pero ésta tenía cuatro piernas. Las cuatro piernas enlazaban su cuerpo. También tenía brazos. Pese a estar medio en vela, consideró las cuatro piernas extrañas, pero no repulsivas. Estas cuatro piernas, mucho más provocativas que dos, permanecían en su mente. Era una medicina para provocar sueños semejantes, pensó vagamente. La muchacha se había vuelto del otro lado, con las caderas hacia él. Se le antojó algo conmovedor el hecho de que su cabeza estuviera más distante que las caderas. Dormido y despierto a medias, tomó en sus manos la larga cabellera extendida y jugó con ella como para peinarla; y así se quedó dormido.
Su siguiente sueño fue muy desagradable. Una de sus hijas había dado a luz un hijo deforme en un hospital. Al despertarse, el anciano no pudo recordar de qué clase de deformidad se tratada. Probablemente no quería recordarlo. En cualquier caso, era espantoso. El niño fue apartado inmediatamente de la madre. Se hallaba tras una cortina blanca en la sala de maternidad, y ella se dirigió allí y empezó a cortarlo en pedazos, disponiéndose a tirarlos en algún lugar. El médico, un amigo de Eguchi, estaba junto a ella, vestido de blanco. Eguchi también se encontraba a su lado. Ahora se despertó completamente, gimiendo ante aquel horror. El terciopelo carmesí de las cuatro paredes le sobresalto tanto que se cubrió el rostro con las manos y se frotó la frente. Había sido una pesadilla horrible. No podía haber un monstruo oculto en la medicina para dormir. ¿Sería que, habiendo venido en busca de un placer deforme, había tenido un sueño deforme? No sabía con cuál de sus tres hijas había soñado, y no trató de averiguarlo. Las tres habían dado a luz niños completamente normales.

Eguchi hubiera querido irse, de haber sido posible. Pero tomó la otra píldora para caer en un sueño más profundo. El agua fría pasó por su garganta. La muchacha seguía dándole la espalda. Pensado que podría –no era imposible- dar a luz niños feos y retrasados, colocó la mano en la parte redonda de su hombro.
-Mira hacia aquí.
Como respondiéndole, la muchacha dio media vuelta. Una de sus manos cayó sobre el pecho de Eguchi. Una pierna se acercó a él, como temblando de frío. Una muchacha cálida no podía tener frío. De su boca o de su nariz, no estaba seguro, brotó una voz débil.
-¿Tú también tienes una pesadilla? –preguntó.
Por el viejo Eguchi no tardó en sumirse en las profundidades del sueño.

25 de Marzo de 2006

25 de Marzo de 2006

Batas, peluqueras clandestinas, tintes  que todo lo manchan, vajillas, besos sonoros, calles vacías, manos recogidas, cocinas enormes que guardan toda una vida, historias que se saben pero no se cuentan, velorios que dibujan un paisaje profundo y tierno, vida y muerte, muerte y vida, fantasmas que llenan soledades, camas donde se nace y se muere en un instante, madres, hijas, nietas, tías, vecinas, universo de molinos femenino, cementarios pulcros, ciudad y pueblo, piso y casa, arrabal y río, luz y sombra, o sombra y luz, vida sin la muerte, muerte desde la vida...

"Volver", de Pedro Almodóvar, es un juego de manos narrativo de primera calidad. Por encima de todo, un guión magistral que desarrolla una historia bellísima, muy bien contada, que te atrapa en lo más profundo. 

 

La industria de las vanidades

OCTAVI MARTÍ

 
BABELIA - 25-03-2006

Plinio el joven atribuye a los fenicios la invención fortuita del vidrio. Los romanos fueron los primeros que se sirvieron de él para cerrar edificios públicos al tiempo que dejaba entrar la luz, tal y como ocurría con las termas, en las que era importante poder mantener una temperatura elevada en ciertas salas. Los cristales eran pequeños y frágiles.

Durante siglos, la fabricación de cristal dependió de los pulmones de los artesanos y de la composición de la pasta, un secreto al que no era fácil acceder. En 1663, Colbert, ministro de Louis XIV, se inquieta ante el coste que representa la importación de espejos de Venecia. La Serenísima, en sus talleres de Murano, fabrica todos los espejos de gran tamaño que entonces pueden comprarse en Europa. En 1665, Colbert funda la Manufacture des Glaces de Miroirs y hace venir a París, en secreto y a cambio de una remuneración extravagante, a un grupo de artesanos venecianos: ellos han de llenar de espejos los salones de la aristocracia francesa, satisfacer al fin la vanidad de quienes dominan el mundo y quieren verse como reyes de sus casas.

 

Tras un episodio rocambolesco -la República de Venecia logra envenenar a dos de los operarios tránsfugas, los supervivientes se niegan a confiar su secreto industrial a los socios franceses y piden más y más dinero-, Colbert descubre que en Lorena y en Normandía había artesanos capaces de hacer lo mismo que los venecianos. Pero el recurso al Estado, al privilegio y la falta de capital impide que, hasta 1720, aquello se convierta en un negocio sólido, en manos de banqueros ginebrinos y de familias como los Geoffrin.

 

Es en el bosque de Saint-Gobain donde se fabrican los mejores espejos del mundo gracias a una innovación técnica que se pone a punto entre 1688 y 1700 y que permite pasar de la fase llamada "soplar el vidrio" pues éste, cuando aún es una pasta líquida, es vertido sobre una mesa metálica, una superficie lisa y sin poros, para convertirse, una vez enfriado, en un cristal de grandes dimensiones. En 1711 casi todos los fabricantes de espejos de Venecia han cesado sus actividades, incapaces de competir con los franceses. En España, en San Ildefonso de la Granja, Felipe V también pone en marcha una manufactura de espejos, pero sólo el Estado le pasa encargos.

 

Saint-Gobain conoce una gran expansión a partir de 1752, bajo la dirección de Pierre Delaunay-Deslandes, que adapta las instalaciones para satisfacer una demanda que explota. La Revolución, en 1789, supone un parón, pero la empresa se adapta a los nuevos tiempos. A lo largo del XIX se lanza a una agresiva política de fusiones con otras empresas o de inversiones en Alemania, Italia, Bélgica, Holanda o España. El auge de las ciudades lleva a crear grandes cristaleras para satisfacer la necesidad que tienen los comercios de exponer su mercancía a los paseantes. Los grandes almacenes y los bancos, la arquitectura metálica, reclaman la invención del ladrillo de cristal, resistente pero traslúcido, que permite idear sótanos luminosos.

 

Desde la segunda mitad del XIX y hasta ahora los espejos proliferan más y más al tiempo que se reduce su coste. La industria del vidrio diversifica sus productos y aplicaciones: como aislante eléctrico, como cristal de coches y aviones, como elemento de mobiliario, pieza de arquitectura, etcétera. Es la época de las grandes exposiciones, de los "palacios de cristal", de cristales irrompibles como los que, en 1919, protegen al primer ministro Clemanceau de los disparos de quien quería asesinarle. Entre 1927 y 1932, el arquitecto Pierre Chéreau levanta la primera "casa de cristal", toda ella en ladrillo de vidrio Nevada y aún hoy ejemplo de racionalidad. En 1937, la marca Saint-Gobain tiene un pabellón propio en la Exposición Internacional de París íntegramente realizado con distintos productos de la industria del vidrio.

 

La exposición Saint-Gobain: une enterprise devant l’Histoire puede verse en el parisiense Museo d’Orsay hasta el próximo 4 de junio. En total reúne 251 objetos -pinturas, grabados, dibujos, maquetas, documentos, espejos, útiles de trabajo, etcétera- que relacionan una historia industrial y la historia del arte. El progreso tecnológico y la reducción de costes acaba desembocando en la arquitectura de acero y cristal, pero antes había llenado de espejos casas y palacios, ideado aislamientos térmicos y sonoros, y favorecido la construcción de grandes bóvedas industriales. Toda una estética nace al socaire de una marca. No es pues extraño que aún hoy algunos de los sectores más competitivos de la industria francesa vayan asociados a la noción de "lujo" como Saint-Gobain lo estuvo durante todo el siglo XVIII.

24 de Marzo de 2006

24 de Marzo de 2006

Lecturas actuales, sobre la mesa. 

1 Antología del humor negro (André Breton).-

2 El Asesinato de Julio César. Una historia del pueblo de la antigua Roma. (Michael Parenti). Editorial Hiru Hondarribia.

3 La velocidad de la cosas.-(Rodrigo Fresán). DeBolsillo.

4 El origen.- (Thomas Bernhard).- Anagrama

5 Ningún lugar sagrado.- (Rodrigo Rey Rosa).- Seix Barral. Biblioteca Breve.

6 El tercer policía.- (Flann O´Brien). Editorial Montesinos

7 Vida de Santos. (Rodrigo Fresán). Mondadori.

8 Diarios (1953-1969). Witold Gombrowicz.- Seix Barral.

9 La importancia de la verdad, para una cultura pública decente. (Michael P. Lynch). Paidós.

10 Historia de los dos Españas. (Santos Juliá). Taurus.

Nota: La poesía no entra en el precio del menú.

 

 

 

 

Gabriel García Márquez

Ojos de perro azul
(1950)


         Entonces me miró. Yo creía que me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez. Encendí un cigarrillo. Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equilibrándolo sobre una de las patas posteriores. Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada junto al velador, mirándome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirarnos. Yo mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul». Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca». Salió de la órbita suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes».
         La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: «Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas»; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentado antes de sentarse al espejo. Y dijo: «No sientes el frío». Y yo le dije: «A veces». Y ella me dijo: «Debes sentirlo ahora». Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. «Ahora lo siento ―dije―. Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana». Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a girar sobre el asiento para quedar de espaldas a ella. Sin verla sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar ―antes que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta― hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa, que era como otro espejo ciego, donde yo no la veía a ella ―sentada a mis espaldas―, pero imaginándola dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. «Te veo», le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su corpiño, sin hablar. Y yo volví a decirle: «Te veo». Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño. «Es imposible», dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpiño: «Porque tienes la cara vuelta hacia la pared». Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el cigarrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose, y con el rostro sombreado por sus propios dedos. «Creo que me voy a enfriar ―dijo―. Esta debe ser una ciudad helada». Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente triste. «Haz algo contra eso», dije. Y ella empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba; por el corpiño. Le dije: «Voy a voltearme contra la pared». Ella dijo: «No. De todos modos me verás, como me viste cuando estabas de espaldas». Y no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por completo, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. «Siempre había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran hecho a palos». Y antes que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador, y dijo: «A veces creo que soy metálica». Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama varió levemente. Yo dije: «A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de bronce en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío». Y ella dijo: «A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve huevo y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera así como tú dices: de metal laminado». Se acercó más al velador. «Me habría gustado oírte», dije. Y ella dijo: «Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez». La oí respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada a encontrarme en la realidad, al través de esa frase identificadora. «Ojos de perro azul». Y en la calle iba diciendo en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que habría podido entenderla:
         «Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul». Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: «Ojos de perro azul». Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: «Ojos de perro azul». Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul». Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. «Debe estar cerca», pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo «Siempre sueño con un hombre que me dice: “Ojos de perro azul”». Y dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: «En realidad, señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo». Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: «Ojos de perro azul». El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: «Señorita, usted ha manchado el embaldosado». Le entregó un trapo húmedo, diciendo: «Límpielo». Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo: «Ojos de perro azul», hasta cuando la gentes se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
         Ahora, cuando acabó de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla. «Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte ―dije― . Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo, siempre he olvidado al despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte». Y ella dijo: «Tú mismo las inventaste desde el primer día». Y yo le dije: «Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente . Y ella, con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: «Si por lo menos pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo».
         Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. «Me gustaría tocarte ahora», dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asándose también como ella, como sus manos: y yo sentí que me vio, en el rincón, donde seguía sentado, meciéndome en el asiento. «Nunca me habías dicho eso», dijo. «Ahora lo digo y es verdad», dije. Al otro lado del velador ella pidió un cigarrillo. La colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado que estaba fumando. Dijo: «No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito». Y yo le dije: «Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las palabras». Y ella dijo, triste: «No. Es que a veces creo que eso también lo he soñado». Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba un poco más allá, y yo seguía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que no pasaría el velador. Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar la llama, antes que yo tuviera tiempo de encender el fósforo. «En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: “Ojos de perro azul” dije―. Si mañana las recordara iría a buscarte». Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en los labios. «Ojos de perro azul», suspiró, recordando, con el cigarrillo caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: «Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor». Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: «Estoy entrando ―y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el índice, dándole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer ― ...en calor», antes que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza. «Así es mejor ―dije―. A veces me da miedo verte así. Temblando junto al velador».
         Nos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera una cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada.
         Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: «¿Quién es usted?». Y ella me dijo: «No lo recuerdo». Yo le dije: «Pero creo que nos hemos visto antes». Y ella dijo, indiferente: «Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y yo le dije: «Eso es. Ya empiezo a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños».
         Dio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable. «Me gustaría tocarte», volvía a decir. Y ella dijo: «Lo echarías todo a perder ―volvió a decir, antes que yo pudiera tocarla―. Tal vez, si das la vuelta por detrás del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo». Pero yo insistí: «No importa». Y ella dijo: «Si diéramos vuelta a la almohada, volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo habrás olvidado». Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a mis espaldas: «Cuando despierto a medianoche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: “Ojos de perro azul”».
         Entonces yo me quedé con la cara contra la pared. «Ya está amaneciendo ―dije sin mirarla―. Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato». Yo me dirigí hacia la puerta. Cuando tenía agarrada la manivela, oí otra vez su voz igual, invariable: «No abras esa puerta ―dijo―. El corredor está lleno de sueños difíciles». Y yo le dije: «Cómo lo sabes?». Y ella me dijo: «Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dormida sobre el corazón». Yo tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío y tenue me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella habló otra vez. Yo di la vuelta, moviendo todavía la hoja montada en goznes silenciosos, y le dije: «Creo que no hay ningún corredor aquí afuera. Siento el olor del campo». Y ella, un poco lejana ya, me dijo: «Conozco esto más que tú. Lo que pasa es que allá afuera está una mujer soñando con el campo». Se cruzó de brazos sobre la llama. Siguió hablando: «Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad». Yo recordaba haber visto la mujer en algún sueño anterior, pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y dije: «De todos modos, tengo que salir de aquí para despertar».
         Afuera el viento aleteó un instante, se quedó quieto después y se oyó la respiración de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendió. Ya no hubo más olores. «Mañana te reconoceré por eso ―dije―. Te reconoceré cuando vea en la calle una mujer que escriba en las paredes: “Ojos de perro azul”». Y ella, con una sonrisa triste ―que era ya una sonrisa de entrega a lo imposible, a lo inalcanzable―, dijo: «Sin embargo no recordarás nada durante el día». Y volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una niebla amarga: «Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado».

23 de Marzo de 2006

23 de Marzo de 2006

La explosión de un coche bomba de ETA en la avenida de Badajoz de Madrid acaba con la vida del magistrado del Tribunal Supremo, Francisco Querol Lombardero, y del conductor de su coche, Armando Medina, y su escolta, el policía Jesús Escudero. Otras 64 personas resultan heridas. Una de ellas, el conductor de autobús Jesús Sánchez, murió a consecuencia de las heridas.(30-10-2000)

 

¡ Qué tristeza tener que alegrarse por lo obvio ¡

 

Enganchado como estoy a la prensa desde joven, herencia paternal, hoy me he leído casi toda la opinión publicada del día después. Puro vicio. Algún día me pondré un parche para mejorar de esta adicción que me persigue. Muy bonitos todos los artículos. Unos, por bien escritos y pensados; otros, la mayoría, te permiten mandar a los autores a tomar viento fresco sin ningún cargo de conciencia. Bajada de adrenalina. Pero con los artículos interesantes me sigue ocurriendo un fenómeno curioso: tras terminar de leerlos me asalta un poderoso *¿y?*, casi como un grito,  que me deja a la luna de Valencia. *¿y?*.

Por ejemplo. Leo a mi admirado Savater. Perfecto razonamiento, escritura clara, grandes pensamientos, bonitos y floridos ideales. ¿Cómo no estar conforme con tanta belleza? Pero al final siempre me aparece un *¿y?*. Me imagino a Don Fernando con un cargo político de responsabilidad, con el comunicado de ETA sobre la mesa, recién llegado, y a sus subordinados preguntándole: ¿qué hacemos, Don Fernando?. Y a Don Fernando, lógicamente, como mucho, le sale un artículo para El País. Y es que una cosa es predicar y otra, muy distinta, dar trigo. Tras ese "¿Qué se debe?",en su artículo de hoy en El país, está mi aplauso a su teoría consistente y hermosa, y un suspenso monumental por la carencia de su puesta en práctica.

¿Qué hacemos, Don Fernando? le siguen preguntando sus subordinados.

De la imposibilidad que esas bellas palabras cuadren con la realidad sólo nos salva la responsabilidad profesional de algunos políticos. Comprendo que lo normal sería decir que "nuestra clase política es una calamidad", pero yo prefiero la calamidad tangible al fondo de comercio de los eternos profetas. Cuando me rompo una pierna acudo al médico y cuando me llega un comunicado de ETA por la pantalla líquida miro al Gobierno, ese grupo de profesionales al que podemos quitar cada cuatro años.

La vida es así de simple.

22 de Marzo de 2006 (anexo)

Texto íntegro del comunicado de ETA



ELPAIS.es  -  España - 22-03-2006

MENSAJE DE EUSKADI TA ASKATASUNA AL PUEBLO VASCO

Euskadi Ta Askatasuna ha decidido declarar un alto el fuego permanente a partir del 24 de marzo de 2006.

 

El objetivo de esta decisión es impulsar un proceso democrático en Euskal Herria para construir un nuevo marco en el que sean reconocidos los derechos que como Pueblo nos corresponden y asegurando de cara al futuro la posibilidad de desarrollo de todas las opciones políticas.

 

Al final de ese proceso los ciudadanos vascos deben tener la palabra y la decisión sobre su futuro.

 

Los Estados español y francés deben reconocer los resultados de dicho proceso democrático, sin ningún tipo de limitaciones. La decisión que los ciudadanos vascos adoptemos sobre nuestro futuro deberá ser respetada.

 

Hacemos un llamamiento a todos los agentes para que actúen con responsabilidad y sean consecuentes ante el paso dado por ETA.

 

ETA hace un llamamiento a las autoridades de España y Francia para que respondan de manera positiva a esta nueva situación, dejando a un lado la represión.

 

Finalmente, hacemos un llamamiento a los ciudadanos y ciudadanas vascas para que se impliquen en este proceso y luchen por los derechos que como Pueblo nos corresponden.

 

ETA muestra su deseo y voluntad de que el proceso abierto llegue hasta el final, y así conseguir una verdadera situación democrática para Euskal Herria, superando el conflicto de largos años y construyendo una paz basada en la justicia.

 

Nos reafirmamos en el compromiso de seguir dando pasos en el futuro acordes a esa voluntad.

 

La superación del conflicto, aquí y ahora, es posible. Ese es el deseo y la voluntad de ETA.

 

Euskal Herrian, 2006ko martxoan

 

Euskadi Ta Askatasuna

 

E.T.A.

22 de Marzo de 2006

22 de Marzo de 2006

Habla Ferlosio del recorrido del insulto hasta llegar al acto violento. Si miráramos el viaje a la inversa, es decir, si partíeramos de la violencia hacia atrás, el insulto sería un mal menor y no tan grave como se nos presenta. Algo así como una parada, lugar de descanso, más admisible que la pura agresión física, que podría actuar como freno y evitar el desastre. Le encantan a Ferlosio este tipo de juegos sobre el papel, aunque desconocemos, nada nos dice, si alguna vez ha realizado en carne propia o ajena el viaje propuesto, tan imposible como ridículo. ¿Alguien agredido físicamente consideraría un alivio un insulto verbal posterior? Es más, con frecuencia, el violento agrede e insulta de forma simultánea sin raparar en gastos ni medios.

Sí es verdad que el insulto se ha instalado en el discurso público con toda naturalidad perdiendo su eficacia. Hasta en el Congreso de los Diputados los insultos son leídos: el líder de la oposición suele llevarlos escritos en sus preguntas al Gobierno los miércoles en el Congreso. Atrás quedaron aquellas piruetas dialécticas de la II República entre los diputados cuando a la insinuación de que alguno llevara unos calzoncillos rosas se respondía sobre la indiscreción de la señora del diputado interpelante. El insulto sin ingenio suele cansar y agotar de forma rápida sus posibles efectos.

Algún comunicador radiofónico ha unido al insulto el discurso apocalíptico. Este último recurso tiene un inconveniente: si no se cumple la prefecía gritada, el apocalíptico queda desacreditado. Aplicando el método Ferlosio, una vez no cumplido el desastre, el comunicador comenzará a lanzar insultos sobre los supuestos culpables, no de que el mundo se termine, como anuncia, sino que su discurso haya quedado en ridículo y desacreditado, y el mundo siga su camino sin problemas. El predicador es quien mejor conoce el pecado y sus generosas virtudes para ir a su encuentro y no evitarlo, consiguiendo con el insulto un notable estímulo para seguir pecando. De esta manera, no tendrá el menor inconveniente en anunciarnos algún otro drama próximo cada mañana. No hay nada que enganche más que la tragedia que se puede evitar con un simple cambio de canal radiofónico.

Y aquellas crónicas taurinas, donde el cronista narraba que al salir el toro al ruedo el morlaco se quedó mirando al tendido, fíjamente, ya que entre el público había un conocido suyo, pariente cercano: el Cardenal de Toledo que asistía a la corrida.

El insulto como arte.

- - - - - - - -

 

 

Cuando insultar era un género literario

La editorial Ave del Paraíso reedita La linterna de Diógenes, los 39 retratos que el ácido poeta peruano Alberto Guillén hizo de crême de la crême de la cultura española. Publicado en 1921, el libro pasó de mano en mano con escándalo y, por qué no, regocijo. Es la narración de 39 encuentros, desde los hermanos Álvarez Quintero a Ortega y Gasset, donde Guillén adelanta el nuevo periodismo y sólo se propone sacar lo peor de los entrevistados. “Todos hablan mal de todos como alegres comadres —reconoció el autor—. Se despluman con grande habilidad y, sobre la ruina universal, ellos levantan su pendón”.

Besos de calavera. Odios. Enconos viscerales. Juicios tan francos que sólo caben en la intimidad de la tertulia de caté. La realidad literaria se refleja en un falso espejo, por dentro es escabrosa, mojigata, incendiada de batallas de celos, rencores, famas y requiebros. Alberto Guillén, peruano, poeta, orgulloso v despiadado llegó a España en 1917 dispuesto a conocer a los grandes: a los Quintero, a Azorín, a Baroja, a Camba, a Gómez de la Serna, a Juan Ramón, a Marquina, a Ortega... y lo que vio le espantó: suciedad y malas artes, grandes obras firmadas por gente miserable. Apenas se salvan Ramón y Cajal, Juan Ramón Jiménez, acaso Cansinos Assens.

«Es innegable la oportunidad del escarmiento», dijo Azaña en una crítica sobre el libro: «Que poetas y literatos se desuellen vivos no es nuevo». Guillén comienza visitando a Azorín, que tiene el «alma desnuda como una llanura manchega» —«la poesía de Azorín, ¿no tiene acaso la sencillez de una portera que sonríe remendando unos calzoncillos?», se pregunta—, luego prosigue con los Álvarez Quintero, que «no están mal en su papel de fabricantes de mermeladas». De ahí, no se salvan de su retrato inmisericorde ni Baroja ni Caro Raggio, su cuñado y editor: «Es medio rubio como Baroja, y medio sucio como Baroja, aunque quizá no huela a ratón como Don Pío, ni acostumbre a eructar ante la gente sus ajos y sus tonterías».

«España es negra, Solana tiene razón», se dice Guillén ante las visitas a Benavente —«que trata de ser amable en la incompetencia de sentirse superior» o al café del Pombo en donde le espera Gómez de la Serna, al que le describe como «unas cejas que miran y una cachimba que piensa». Los cruces de insultos son constantes. Gómez de la Serna describió a Azorín como a un hombre «lleno de miedo y pusilanimidad». Sobre Valle—Inclán: «Ese hombre opaco de lirismos tópicos, de artificios, hijo de una ira artística». De Baroja: «Que todo lo hace como una malicia de vaguedad. Toda su obra está llena de un enorme equivoco ». De Unamuno: «El hombre amarillo sin mundanidad y sin iniciativa, imitador y vulgarizador plomizo de locuras inimitables».

Juan Ramón parece un «caballero de El Greco», dice Guillén, siempre «ardiendo» y... quemando: «En España no hay nada. Yo sólo leo a los extranjeros». De Unamuno dice que es «un gran espíritu» pero que «hace cosas horribles». Y sigue: «Valle-Inclán es otro arcaico. Su obra es un alarde de estilo, retórica, estéril». El juicio de Ramiro de Maeztu satisface al osado Guillén, aunque el personaje le amodorra: «La literatura de ahora está en decadencia —dice don Ramiro sin inmutarse—. Hiede a sexo de mujer y a polvos de arroz». En defensa de Ortega y Gasset. De Maeztu llama a Ayala «roedorcillo», lo pone a caer de burro y «de burro» es Eduardo Marquina: «Es otro que quiere ser profundo a fuerza de ser oscuro». Guillén acude a Marquina, «que tiene un desprecio admirable por todos los retóricos», con la ansiedad de ver lleno el saco de los insultos. De Valle-Inclán, vilependiado como ninguno y por casi todos: «Es un señor que ha escrito cuatro o cinco libros, nada más, muy bonitos, muy engolados, muy sonoros, muy artificiales y muy huecos, y que ahora está en plena decadencia».

Juan Carlos Rodríguez, La Razón, 02.06.01

 

- - - - - - - - -

 

 

A FRANCISCO DE QUEVEDO (atribuido)

Anacreonte español, no hay quien os tope,
Que no diga con mucha cortesía,
Que ya que vuestros pies son de elegía,
Que vuestras suavidades son de arrope.

¿No imitaréis al terenciano Lope,
Que al de Belerofonte cada día
Sobre zuecos de cómica poesía
Se calza espuelas, y le da un galope?

Con cuidado especial vuestros antojos
Dicen que quieren traducir al griego,
No habiéndolo mirado vuestros ojos.

Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
Porque a luz saque ciertos versos flojos,
Y entenderéis cualquier gregüesco luego.



Luis de Góngora y Argote, 1609

 

- - - - - - - - -

 

 Francisco de Quevedo: Contra don Luis de Góngora y su poesía

Este cíclope, no siciliano,
del microcosmo sí, orbe postrero;
este antípoda faz, cuyo hemisfero
zona divide en término italiano;

este círculo vivo en todo plano;
éste que, siendo solamente cero,
le multiplicaba y parte por entero
todo buen abaquista veneciano;

el minoculo sí, mas ciego vulto;
el resquicio barbado de melenas;
esta cima del vicio y del insulto;

éste, en quien hoy los pedos son sirenas,
éste es el culo, en Góngora y en culto,
que un bujarrón le conociera apenas.

 

 

21 de Marzo de 2006

21 de Marzo de 2006

Rito de pasaje

Al museo se entrará por ascensores panorámicos que conducen al tercer piso. A esta entrada se la ha llamado rito de pasaje, ya que entre los dos ascensores se ha instalado el llamado árbol de la lengua. Es una creación del arquitecto y diseñador Rafic Farah, de 16 metros de altura y realizada en fibra de vidrio, cuyas raíces están formadas por diferentes palabras y en sus hojas se proyectan los contornos de diferentes objetos. A dicho escenario se une una pieza musical del compositor y poeta Arnaldo Antunes, que hace un juego con los vocablos lingua y palabra en varios idiomas, generando una especie de mantra.

 

 

Chomsky afirma que existe una gramática universal que forma parte del patrimonio genético de los seres humanos, los cuales al nacer, poseemos un patrón lingüístico básico determinante al cual se amoldan todas las lenguas. Esta capacidad singular es propia de la especie humana y el uso corriente del lenguaje evidencia las enormes posibilidades del potencial creativo de la humanidad.

 

En efecto, observará Chomsky que la habilidad con la que los niños aprenden la lengua aún poseyendo una escasa experiencia externa y careciendo aún de un marco de referencia en el cual basar su comprensión, puede deberse a que no solo la capacidad para el lenguaje sino también una gramática fundamental son innatas Es casi seguro, afirma, que las personas no nazcan ’programadas’ para un lenguaje en particuar (un bebé chino criado en USA hablará en inglés idénticamente a un norteamericano en tanto que un norteamericano rodeando de gente que hable chino hablará chino idénticamente a un chino), de moda tal que existe una gramática universal subyacente a la estructura de todas las lenguas. Chomsky empleará un sistema de símbolos comparables a las operaciones matemáticas con el objeto de formular las operaciones de tal gramática universal.

 

Innatismo

Chomsky postula que algunas reglas gramaticales son excesivamente complejas como para que los niños puedan "inventarlas", por lo tanto, estas hablidades no pueden ser ’adquiridas’ sino que son innatas. Un niño no ha incorporado aún la cantidad de información suficiente como para elaborar por sí mismo un sistema tan complicado como el de la gramática de su lengua materna ni tampoco, por lo tanto, la capacidad de improvisar fluidamente dentro de ese sistema sin "cometer errores".

 

En este sentido, es necesario diferenciar entre:

 

1. Adquisción del lenguaje: estapa evolutiva espontánea. La lengua materna se asimila con gran rapidez y con un estímulo mínimo y asistemático del mundo externo. Chomsky dirá que este proceso es innato puesto que sigue un a línea determinada como consecuencia de los estímulos exteriores.

 

2. Aprendizaje del lenguaje: más adelante se producirá de manera similar a cauqluier otro tipo de aprendizaje: a través de la ejercitación, la memorización, etc.

 

 

Luis de Góngora
Soledades (fragmento)

" Del siempre en la montaña opuesto pino
Al enemigo Noto
Piadoso miembro roto
Breve tabla- delfín no fue pequeño
Al inconsiderado peregrino
Que a una Libia de ondas su camino
Fió, y su vida a un leño.
Del Océano, pues, antes sorbido,
Y luego vomitado
No lejos de un escollo coronado
De secos juncos, de calientes plumas
-Alga todo y espumas-
Halló hospitalidad donde halló nido
De Júpiter el ave.

Pedro Páramo (fragmento del inicio).

Juan Rulfo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. "No dejes de ir a visitarlo -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dar gusto conocerte." Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.

 

Botella al mar para el dios de las palabras
 

       A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, ademas, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor, que tenían un dios especial para las palabras.
Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor.
      No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber como se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

      La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y cuatro significados, mientras en la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aun no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: ``Parece un faro''. Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazo un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que Don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejo escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso?
 

      Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempos no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa. 

      En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. Y que de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?
 

      Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que les lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis doce años. [ Declaraciones de García Márquez para La Jornada, México, 8 de abril de 1997]

 

 

20 de Marzo de 2006

20 de Marzo de 2006

De los 6.420 millones de habitantes del planeta el 21,8% no tiene agua potable y cerca de un tercio carece de servicios de saneamiento. Gran parte de la superficie de la Tierra es agua, pero sólo el 3% es apta para el consumo. El Banco Mundial vaticina que las guerras del siglo XXI se librarán por el control del agua. Naciones Unidas ha identificado 300 zonas en el mundo, con 3.000 millones de habitantes, que serán escenario de conflictos por el agua en años futuros

 

 

 

Los ecologistas ven un "peligro mortal" acechando al Baikal. El proyecto para construir un oleoducto que llevará el petróleo ruso a los mercados asiáticos -sobre todo China y Japón- ha sido aprobado esta semana por el Servicio Federal para la Inspección Ambiental, Tecnológica y Atómica. El lago, Patrimonio de la Humanidad, es una de las mayores reservas de agua dulce del planeta (más del 20% del total) y santuario natural con una fauna única.

 

 

 

La Agencia Europea del Medio Ambiente en un reciente informe hecho público, dice que el caudal de los ríos mediterráneos de la península Ibérica descenderá en un 50% en los próximos setenta años, debido al cambio climático

 

 

Existe un placer básico al que ninguna persona en edad adulta debiera renunciar. Consiste en llegar hasta un bar- indiferente el tipo de bar- solicitar al camarero un café solo, sin leche ni aditivos . En taza, por supuesto. El camarero deberá pertenecer al gremio de notables que son capaces de distinguir el eco de las voces y no preguntar si tomará algo más, pues esa pregunta devalúa el histórico instante y, sin más gestos que los propios de cualquier drama, hacer llegar al cliente un vaso de agua fría (tomen *fría* como sustantivo y nunca como adjetivo). El preciado líquido negro deberá haber manado de una máquina del tiempo con la misma temperatura que el centro de la tierra o una actriz de cine documental en periodo de formación, en su caso. Y nada más. Guardar silencio. Si el cliente pertenece a alguna tribu urbana podrá acompañar el momento con la lectura de su periódico preferido a salto de grandes titulares. Básico que se realice a primera hora de la mañana, es decir, en los segundos posteriores que van entre el despertar insolente y la primera mirada digna de reseñarse en la memoria. Una vez alcanzado el placer, permitir que la vida salga a su encuentro.

Repetir diariamente si es posible.

Coda: Uno de los mayores crímenes de la humanidad :café [norte]americano: El ligero, preparado con mucha agua. 

19 de Marzo de 2006

19 de Marzo de 2006

Los 19 de marzo siempre me acuerdo de Julio Cortázar.

Y también :

* del olor a cloro de aquella piscina.

* del picor insoportable de aquellos pantalones.

* de las meriendas ante una tele en blanco y negro.

* de los partidos de futbol con una naranja y los goles por el alcantarillado.

* de las mañanas de sábado.

* del olor irrecuperable de los grandes cines.

* de la imposibilidad de poner años a aquellos recuerdos.

* de los recuerdos olvidados.

**********

Conservación de los recuerdos

Julio Cortázar

Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: «Excursión a Quilmes», o: «Frank Sinatra».

Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: «No vayas a lastimarte», y también: «Cuidado con los escalones.» Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay una gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

***

Existen rostros que dibujan una época. Podría dibujar, si supiera, todos y cada uno de ellos, menos uno : el mío. A este rostro cercano lo veo cambiante, como una ráfaga, incapaz de apresarlo para que pose. Es como una estela que atraviesa por lugares imposibles. Y no deja ni el rastro de sus crímenes.

***

Marina Tsvetaeva
Yo te reconquisto

" Yo te reconquisto de toda tierra y celestial altura,
porque me es cuna el bosque, y el bosque sepultura,
porque en la tierra estoy, con un pie sólo, uno,
porque voy a cantarte como no canto a ninguno.

Yo te reconquisto de todo tiempo y de toda espada,
de toda noche y de toda bandera dorada,
arrojaré las llaves y los mastines del umbral,
pues perro fiel soy yo en la noche terrenal.

Te reconquisto de todos los demás, de la otra, de la una
no seré yo esposa de ninguno, ni serás tu esposo de ninguna,
y en la última lucha te sacaré, no reproches, calla!,
del que en la noche estuvo con Jacob en la batalla.

Pero hasta que en tu pecho los dedos cruzar pueda
- oh maldito seas tú!- en ti mismo te quedas,
tus dos alas dirigidas al espacio profundo,
pues el mundo es tu cuna y tu sepulcro el mundo. "

***

* también me acuerdo de todos ellos.

18 de Marzo de 2006

18 de Marzo de 2006

El Roto