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el mundo fragmentado

DISCURSO DE SERGIO PITOL

 

 

Majestades:

 

 

 

El primero de diciembre del año pasado, ese mágico día que pareciera haber transformado mi vida, la Ministra de Cultura de España me anunció que había sido otorgado el Premio Cervantes, eran las nueve de la mañana y una hora después mi casa estaba atestada de una muchedumbre: un equipo de televisión, la radio, los periodistas locales, mis familiares, mis amigos, mis colegas de la Universidad, mis vecinos y una cantidad de transeúntes desconocidos que entraron por curiosidad. Por la tarde fui a la ciudad de México para hacer una tregua; llegué a las doce de la noche a un hotel donde siempre me alojo. Al entrar en el vestíbulo me encontré con un equipo de televisión española, que había llegado a la Feria del Libro de Guadalajara y al saber la noticia del Premio volaron a la capital para entrevistarme. A las tres de la mañana subí a mi habitación como un sonámbulo destrozado.

 

 

En el viaje de Xalapa a la capital dormí profundamente, quizás una hora, pero en las cuatro siguientes, aletargado, entre el sueño y la vigilia, aparecían visiones de infancia, personas de un pueblo al que no he visto desde casi sesenta años, mi abuela con un libro, algunos festejos en casa o en el campo, la nana de mi abuela que llegaba a pasar temporadas con nosotros a los noventa años, jardines espléndidos, mi hermano jugando tenis y montando yeguas, trozos de conversaciones sobre el mal precio del café y de los cultivos que por sequías o inundaciones siempre dejaban pérdidas, familias sentadas alrededor del radio para saber la noticia de la guerra civil española, que siempre terminaban en estruendosas discusiones.

 

 

Desde ese primero de diciembre he recordado imprevisiblemente fases de mi vida, unas radiantes y otras atroces, pero siempre volvía a la infancia, un niño huérfano a los cuatro años, una casa grande en un pueblo de menos de tres mil habitantes. Un nombre, tan distante a la elegancia: Potrero. Era un ingenio de azúcar rodeado de cañaverales, palmas y gigantescos árboles de mangos, donde se acercaban animales salvajes. Potrero estaba dividido en dos secciones, una de unas quince o diecisiete casas, habitadas por ingleses, americanos y unos cuantos mexicanos. Había un restaurante chino, un club donde las damas jugaban a las cartas un día por semana, una biblioteca de libros ingleses y una cancha de tenis. Esa parte estaba rodeada por bardas altas y fuertes para impedir que a ese paraíso se introdujeran los obreros, artesanos, campesinos y comerciantes minúsculos del pueblo.

 

 

Aquella zona era tórrida e insalubre. Estuve enfermo de paludismo durante varios años, por lo cual salía poco de casa; en verano mi abuela, mi hermano y yo pasábamos un mes en un balneario a tomar aguas minerales, de donde regresábamos mi hermano sano, como lo fue casi en toda su vida, mi abuela con un reumatismo disminuido y yo sin ninguna mejoría. De vuelta pasábamos ciudades prósperas, con excelentes restaurantes, luces de neón, comercios bien surtidos y movimiento en las calles, pero cuando llegábamos al lugar donde vivíamos, me quedaba siempre deslumbrado. Mi abuela vivía para leer todo el día sus novelas. Su autor preferido era Tolstoi. La enfermedad me condujo a la lectura; comencé con Verne, Stevenson, Dickens y a los doce años ya había terminado La guerra y la paz. A los dieciséis o diecisiete años estaba familiarizado con Proust, Faulkner, Mann, la Wolf, Kafka, Neruda, Borges, los poetas del grupo Contemporáneos, mexicanos, los del 27 españoles, y los clásicos españoles. A esa edad, saliendo de la adolescencia encontré algunos maestros excepcionales. Estoy seguro que sin ellos no hubiera llegado a este día, elegantísimo como estoy, en el Paraninfo de la prestigiosísima Universidad de Alcalá ni poder dar las gracias a Sus Majestades, al Rector de esta Universidad, los jurados y a ustedes, señoras y señores.

 

 

 

 

 

Los maestros

 

 

Llegué a la ciudad de México a los dieciséis años para cursar estudios universitarios. Me inscribí en la Facultad de Derecho y frecuenté la de Filosofía y Letras. Pero la que definió mi destino, mi camino hacia la literatura, fue la Facultad de Derecho, y concretamente a un maestro, Don Manuel Martínez de Pedroso, catedrático de Teoría del Estado y Derecho Internacional. Los alumnos más comprometidos con la carrera, los más ordenados, los de óptimas calificaciones en todas las asignaturas, desorientados ante la ausencia de un programa previamente establecido, desertaron a las dos o tres semanas de haberse iniciado el curso. Don Manuel Pedroso fue una de las personas más sabias que he conocido, y, quizás por eso, nada en él había de libresco.

 

 

Cuando en el salón no quedó sino un puñado de fieles, el maestro sevillano inició realmente su paideia. La impartía del modo más heterodoxo que en aquella época pudiera concebirse la enseñanza del derecho. Pedroso solía hablarnos del dilema ético encarnado en El gran inquisidor, de Dostoievski; del antagonismo entre obediencia al poder y el libre albedrío en Sófocles y Eurípides; de las nociones de teoría política expresadas en los tantos Enriques y Ricardos de los dramas históricos de Shakespeare; de Balzac y su concepción dinámica de la historia; de los puntos de contacto entre los utopistas del Renacimiento con sus antagonistas los teóricos del pensamiento político, los primeros visionarios del Estado Moderno: Juan Bodino y Thomas Hobbes. A veces en la clase discurría ampliamente sobre la poesía de Góngora, poeta que prefería a cualquier otro del idioma, o de su juventud en Alemania, donde había realizado la traducción al español de poemas de Rilke, algunas obras de Goethe y también la de Despertar de primavera, de Franz Wedekind, uno de los primeros dramas expresionistas que circuló en el ámbito hispánico. Era un narrador espléndido, nos relataba sus actividades durante la guerra civil, de sus experiencias en el sobrecogedor Moscú de las grandes purgas, donde fue el último embajador de la República Española. A menudo nos vapuleaba con cáustico sarcasmo, pero igual celebraba nuestras primeras victorias. Pedroso nos incitaba a leer, a estudiar idiomas, pero también a vivir. Disfrutaba de los relatos que le hacíamos, inventándole algunos detalles y exagerando otros, de nuestros recorridos nocturnos por antros de los que parecía un milagro salir ilesos. Al terminar el curso uno sabía Teoría del Estado con más claridad que aquellos alumnos que desertaron para abrevar en fuentes más convencionales. Carlos Fuentes ha escrito sobre él páginas excelentes.

 

 

 

En el mismo periodo, frecuenté devotamente los cursos de Don Alfonso Reyes en el Colegio Nacional, sobre literatura y filosofía griega y leí gran parte de sus libros. Los leía, me imagino, por el puro amor a su idioma, por la insospechada música que encontraba en ellos, por la gracia con que, de repente, aligeraba la exposición de un tema necesariamente grave. Borges, en un poema en memoria del escritor mexicano, afirma:

 

 

En los trabajos lo asistió la humana esperanza y fue lumbre de su vida dar con el verso que ya no se olvida y renovar la prosa castellana.

 

 

Era tal su discreción, que muchos aun ahora no acaban de enterarse de esa hazaña portentosa: transformar, renovándola, nuestra lengua. Releo sus ensayos y más me asombra la juventud de esa prosa que no se parece a ninguna otra. Cardoza y Aragón sostiene que nadie que no hubiese releído a Reyes podría afirmar conocerlo.

 

 

Debo a nuestro gran escritor y a los varios años de tenaz lectura de su obra la pasión por el lenguaje; admiro su secreta y serena originalidad, su infinita capacidad combinatoria, su humor, su habilidad para insertar refranes y una radiante levedad reñida en apariencia con el lenguaje literario, en medio de alguna sesuda exposición sobre Góngora, Gracián, Virgilio o Mallarmé. Si la razón teórica en Reyes topó con mi sordera, le soy deudor en cambio del acercamiento a varios terrenos a los que de otra manera quizás habría tardado en llegar: el mundo helénico, la literatura española medieval y la de los Siglos de Oro, la novela del sertón y la poesía vanguardista de Brasil, Sterne, Borges, Francisco Delicado, Goethe sobre todo, la novela policial culta, ¡y tantas cosas más! Su gusto era ecuménico. Reyes se movía con ligera seguridad, con extremada cortesía, con curiosidad insaciable por muy variadas zonas literarias, algunas aún poco iluminadas y entonadas. Acompañaba el ejercicio hedónico de la escritura con otras responsabilidades. El maestro –porque también lo era- concebía como una especie de apostolado compartir con su grey todo aquello que lo deleitaba. Lo que mi generación le debe ha sido invaluable. En una época de ventanas cerradas, de nacionalismo estrecho, Reyes nos incitaba a emprender todos los viajes. Evocarlo, me hace pensar en uno de sus primeros cuentos: “La cena”, un relato de horror inmerso en una atmósfera cotidiana, donde a primera vista todo parecía normal, anodino, hasta podría decirse un poco dulzón, mientras entre líneas el lector va poco a poco presintiendo que se interna en un mundo demencial, quizás en el del crimen.

 

 

 

Esa “cena” debe haberme herido en el flanco preciso. Años después comencé a escribir. Y sólo hace poco advertí que una de las raíces de mi narrativa se hunde en aquel cuento. Buena parte de lo que más tarde he hecho no es sino un mero juego de variaciones sobre aquel relato. Mencioné a Don Manuel Pedroso y a Don Alfonso Reyes como mis maestros. Ambos eran figuras imponentes en el mundo mexicano académico y cultural. Toda la vida tuvieron condiciones óptimas para desarrollarse, venían de familias opulentas, habían viajado y conocido a las mayores figuras de la cultura por donde pasaban. Mi tercer maestro, Aurelio Garzón del Camino, era en cambio modestísimo, baldado físicamente, pobre, oscuro, pero como los otros dos vivía plenamente en la literatura.

 

 

En 1956, a los veintitrés, comencé a trabajar como corrector de estilo en la Campaña General de Ediciones. En esa editorial hice amistad con Garzón del Camino, un traductor infatigable que vertió al español la entera Comedia Humana de Balzac, más todas las novelas de Zola y muchos otros libros franceses. Era director de correctores en la editorial. Al poco tiempo habíamos descubierto que coincidíamos en curiosidades literarias y que teníamos amistades comunes. Tal vez lo que fundamentalmente nos unía era nuestra devoción al humor y a la parodia, en la que él era maestro. Aquel modesto gramático español, salvado por la Embajada mexicana de un campo de concentración y transportado a México después de la hecatombe en España, me transmitió su pasión por el idioma, que él convertía casi en una religión.

 

 

Con frecuencia salíamos a comer en los varios paraísos gastronómicos, no de lujo, que había detectado cerca de la editorial, y en cada una de esas ocasiones asistí a una lectura de literatura y gramática, enunciada con gracia y sin pedantería. De él aprendí que el mejor estímulo para une escritor se lograba acercándose a las épocas de mayor esplendor del idioma. Por eso habría de tener a la mano a los clásicos mayores. Me explicaba, libro en mano, que el estilo era una destilación de los mejores segmentos de la lengua, desde el Cantar del Mío Cid, hasta el lenguaje de nuestros días, pero en el tránsito se paseaba por los fastos del Siglo de Oro, las cadencias del modernismo, las audacias vanguardistas de los años veinte y treinta del siglo pasado, hasta llegar a Borges. Escribir –decía Garzón del Camino- no significaba copiar mecánicamente a los maestros, ni utilizar términos obsoletos como lo habían hecho algunos neocolonialistas mexicanos. El objetivo fundamental de la escritura era descubrir o intuir el “genio de la lengua”, la posibilidad de modularla a discreción, de convertir en nueva una palabra mil veces repetida con sólo acomodarla en la posición adecuada en una frase.

 

 

Tal vez el mayor deslumbramiento en mi adolescencia fue el idioma de Borges; su lectura me permitió darle la espalda tanto a lo telúrico como a mucha mala prosa de la época. Lo leí por primera vez en un suplemento cultural. El cuento de Borges aparecía como un ejemplo en un ensayo sobre literatura fantástica hispanoamericana del peruano José Durand. Era “La casa de Asterión”; lo leí con estupor, con gratitud, con infinito asombro. Al llegar a la frase final tuve la sensación de que una corriente eléctrica recorría mi sistema nervioso. Aquellas palabras: “¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo-, el Minotauro apenas se defendió”, dichas de paso, como por casualidad, revelaban el misterio oculto del relato: la identidad del extraño protagonista y su resignada inmolación.

 

 

 

Jamás había llegado a imaginar que el lenguaje pudiera alcanzar grados semejantes de intensidad, levedad y extrañeza. Salí de inmediato a buscar sus libros; encontré unos pocos, empolvados en los anaqueles de una librería: en aquellos años los lectores mexicanos de Borges se podían contar con los dedos, como en todas partes, hasta en la misma Argentina. En el tiempo que descubrí a Borges comenzó a interesarme la narrativa hispanoamericana. Leí a Alejo Carpentier. Del escritor cubano lo que me atrajo fue el ritmo, la austera melodía de su fraseo, una intensa música verbal con resonancias clásicas y modulaciones procedentes de otras lenguas y otras literaturas. A la calidad de su idioma, Carpentier añadía los atractivos del Caribe, su intrincada geografía, la apasionante historia, el cruce de mitos y de lenguas, la reflexión política; todo ello integrado en tramas perfectas. El Siglo de las Luces es una de las más excepcionales novelas de nuestra lengua, un relato sobre la influencia iluminista tanto en las islas del Caribe como en tierra firme, y una amarga y profunda reflexión sobre los ideales políticos: la revolución, su triunfo, su transformación en razón de Estado; ideales mantenidos en proclamas públicas pero negados y combatidos en la práctica.

 

 

En nada de lo que Carpentier escribió después encontré la misma tensión. El exilio español enriqueció de una manera notable a la cultura mexicana. Las universidades, las editoriales, las revistas, los suplementos culturales, el teatro, el cine, la ciencia, la arquitectura se renovaron. Aquellos peregrinos, heridos por una guerra atroz y derrotados, crearon una atmósfera intelectual mejor, nos enseñaron a entender y amar a la España que ellos representaban y ampliar nuestros horizontes. En la filosofía, María Zambrano y José Gaos, en la teoría de la música, Adolfo Salazar y Jesús Bal y Gay, en la historia de las artes plásticas Juan de la Encina, en el cine Luis Buñuel, y en la literatura, Luis Cernuda, José Moreno Villa, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Mar Ar, José Bergamín, al principio del exilio, el latinista Millares Carlo, y muchísimos más.

 

 

Nosotros estudiamos con pasión a los clásicos españoles desde siempre, por ser también nuestros clásicos. Leíamos al Quijote, las Novelas ejemplares, la Celestina, El buscón y gran tacaño, la literatura medieval y la de los Siglos de Oro con el mismo interés que lo hacíamos con las literaturas contemporáneas. Fuera de los clásicos, sólo me interesaba Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, Antonio Machado y los poetas del 27. La literatura del XIX no la toqué en la adolescencia, tenía fama de mojigata y de un costumbrismo regionalista. De golpe, los españoles exiliados me descubrieron la grandeza de Galdós. María Zambrano, Luis Cernuda, José Bergamín escribieron ensayos extraordinarios en aquel tiempo sobre ese novelista. Después de Cervantes estaba sólo Galdós. Para ellos no había una novela española que hubiera podido superar a las cuatro de Torquemada, o a dos Episodios Nacionales: Bodas reales o los duendes de la camarilla. Buñuel filmó tres de sus novelas: Nazarín, Tristana y Halma, a la que tituló Viridiana. El discurso que leyó Octavio Paz en este lugar en 1981 fue dedicado a Galdós, al último de la segunda serie de los Episodios Nacionales: Un faccioso más y algunos frailes menos. El ensayo de Paz es magistral. Trata de la semejanza de la historia del siglo XIX en España y en México: la permanente guerra entre liberales y conservadores en los dos países, entre fanatismo contra tolerancia, Inquisición contra libertad, legionarios celestiales contra la vida pública laica.

 

 

La libertad en El Quijote

 

 

Uno de los ejes fundamentales de El Quijote consiste en la tensión entre demencia y cordura. En la primera parte de la novela sus andanzas terminan en desastres, se extravían a cada momento, en cada aventura el cuerpo de don Quijote yace descalabrado, apaleado, pateado, con huesos y dientes rotos, o sumido en charcos de sangre. Esos acontecimientos hacían reír a sus contemporáneos, quienes leían el libro para divertirse. Lo cómico allí es aparente, pero en el subsuelo del lenguaje se esconde el espejo de una época inclemente, un anhelo de libertad, de justicia, de saber, de armonía. Cervantes fue desde joven un lector y admirador de Erasmo, por lo que logra intuir la superioridad de una vida interior que vencerá al fin de vacuidad de los cultos exteriores. Convierte la locura en una variante de la libertad. La libertad que define en El Quijote:

 

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre, por la libertad así como por la honra se puede y se debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venirle a los hombres”. El autor se permite algunas libertades que pocos se atreverían. En un discurso, uno de los más soberbios del libro, pronunciado a un grupo de cabreros totalmente ignaros, compara los tiempos pasados con los detestables en los que ellos vivían, donde el mundo se ha pervertido, manchado y corrompido. Es un discurso de aliento humanista, renacentista, libertario. Todos ustedes lo conocen porque se ha citado muchas veces. Comienza: “- Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras tuyo y mío.” Y en el cuerpo del monólogo se encuentra:

 

 

“Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia... Entonces se declaraban los conceptos amorosos del alma simple y sencillamente, del mismo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había el fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había que juzgar ni quién fuese juzgado... Y ahora, en estos nuestros detestables siglos, no está seguro ninguno. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el agasajo y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra”. Salvo las nueve últimas disparatadas y regocijantes líneas que descienden a celebrar la orden de los caballeros andantes, la lección de don Quijote sería casi un fragmento de La ciudad del sol, la utopía de Campanella, a quien, por escribirla, recluyeron varios años atormentándolo hasta ejecutarlo en las cárceles de la Inquisición.

 

 

El capítulo donde Sancho Panza encuentra a Ricote, el morisco, quien relata todos los sufrimientos de él y su familia en el extranjero debido al edicto del rey de desterrar a cientos de miles de su raza es el más atrevido de toda la obra. Thomas Mann se asombró de la valentía de Cervantes para tocar aquel asunto, entonces muy reciente, y de que en la novela llegara a permitirse hablar de “libertad de conciencia”. Cervantes ejerce también una libertad absoluta en la estructura de El Quijote. La demencia le ofrece un marco propicio y la imaginación se la potencia. Hay espléndidas novelas cortas esparcidas en el viaje de don Quijote y Sancho, algunas sin relación con la trama, por ejemplo, una oscura historia de amor y muerte, “El curioso impertinente”, que sucede en la lejana Florencia, encontrada por un sacerdote en una venta y leída a los viajeros y los mozos de servicio; de pronto surgen monólogos filosóficos, discusiones sobre literatura y teatro en términos académicos. Es muy difícil a un autor armonizar una trama donde la tragedia o la crueldad estén integradas al carnaval, a la parodia y la caricatura. Y aún más arduo, que esas infinitas imbricaciones logren un resultado de esplendor, de veracidad y de grandeza. Cervantes es un adelantado de su época. No hay ninguna ulterior corriente literaria importante que no le deba algo a El Quijote: las varias ramas del realismo, el romanticismo, el simbolismo, el expresionismo, el surrealismo, la literatura del absurdo, la nueva novela francesa, y muchísimas más encuentran sus raíces en el libro de Cervantes. Víctor Sklovski, en 1922, descubrió que la novela no sólo fue la más nueva en la época de Cervantes, sino que en el siglo XX, en la época de las vanguardias, seguía siendo la más contemporánea de todas.

 

 

21 de abril de 2006

21 de abril de 2006

* Hoy se cumplen tres semanas sin fumar. 21 días que cambiaron mi vida, su ritmo, el paisaje que la envuelve en una nube perdida. El mayor placer de dejar de fumar es saber que algún día podré volver a fumar.

* Pitol en Alcalá de Henares. Recibe su Cervantes. Gran escritor, está entre mis preferidos. El discurso de Pitol será todo un acontecimiento : por contenido y continente. Su problema neuronal le hace aumentar el sabor de su escritura cuando se decide a vocearla. Grande Pitol.

* Ayer, en TV2, "La Pelota Vasca", de Julio Meden. Volví a verla y nuevamente no me volvió a gustar, aunque ahora el paisaje sea otro. La primavera vez, en su estreno , estábamos tres en el cine, casi clandestinos, temiendo lo peor de esa gente que todo lo sabe y que nada permite. Me quedo con ese Otegi diciendo que internet acabará con la patria cuando los jóvenes vascos lo prefieran a ver el verde  paisaje que les envuelve. Que la Patria pueda ser derrotada por una pantalla líquida me parece fantástico y que Otegi piense que ese día podría llegar, como una amenaza, mucho más fantástico. Al final la melancolía se detiene con el ADSL.  

* Luis Eduardo Aute tiene algunas buenas canciones. Entrevistado en Telemadrid por Sánchez Dragó resistí la entrevista tres minutos. Mejor cantando. O dibujando.

* El espectáculo de los políticos catalanes, con Pascual a la cabeza, comienza a ser único y difícilmente superable. Donde creíamos que Cataluña era diferente, el oasis, resulta que no sólo es igual, sino que es peor. Mucho peor. Ridículamente peor.

* El presidente de China está de viaje por EEUU. Dicen que quiere calmar los ánimos del imperio y, para que no lo dude nadie y como prueba de conformidad, ha contratado con empresas yanquis por 19.000 millones de euros. Amnistía Internacional ha vuelto a denunciar las situación de los derechos humanos en ese país, donde, de forma impúdica, se celebrarán los próximos juegos olímpicos para mayor gloria de todos los torturadores que en el mundo son.

* House, en TV Cuatro, merece la pena verse. Aunque nunca llegará a la altura de Los Soprano.

Sergio Pitol

Sergio Pitol

¿A qué mundo he llegado? Anoche no pude escribir nada sobre la visita a la casa de los escritores, mis paseos, el banquete al lado del río, y algo más que me es un poco difícil describir. Volví a disfrutar por la mañana la espléndida vista que me da el balcón. Antes de bañarme ya había pasado allí un rato. Es un clima perfecto, como el de Cuernavaca. Alrededor del hotel abundan casas de dos o tres pisos de ladrillo con tejados rojos, que contrastan con la arquitectura de hormigón o cemento armado que se estila ahora en el mundo y de la que se abusa en los países socialistas. A lo lejos, por todos lados, destacan torres con techos cónicos de metal. Sobresalen algunos edificios con elementos moriscos, posiblemente del siglo pasado, de aspecto más bien artificial. Las torres de las iglesias y monasterios ortodoxos tienen aquí algo de minaretes truncos a la mitad de su crecimiento. Ayer pasó por mí un intérprete, que será mi guía, para llevarme a la Casa de los Escritores. Entré a un salón donde había una docena de georgianos; luego se añadieron unos cuantos más. En las mesas hay unos grandes cuencos de cerámica colmados de frutas. Durante nuestro diálogo nos invitan a comer peras y manzanas gigantescas; las pelan con navajas con ademanes lentos y precisos, las cortan, elegante y ceremoniosamente se ofrecen unos a otros trozos de fruta como si cumplieran un rito antiguo, y luego también nos ofrecen a mí y a mi guía. Me entero de que el primer libro literario escrito en georgiano data del siglo v, una fecha remotísima, y que la literatura eclesiástica es aún más antigua. Les pido que me repitan la fecha, pues me parece casi imposible que los georgianos tuvieran ya libros en su idioma en la época final del imperio romano, cinco siglos antes de que las lenguas romances hubieran producido un texto literario. ¿No sería el siglo XV? Vuelvo a preguntar, y me dicen que no. El gran clásico de la nación, El caballero de la piel de tigre, de Shota Rushtavei, es del siglo XII, la época de oro de la literatura georgiana. Deduzco por la conversación que tanto la literatura como el cine y el teatro georgianos actuales se basan en tres elementos: un sentido estricto de la forma, un esfuerzo de imaginación que de ninguna manera desdeña lo mitológico, y un apego a la realidad y al mismo tiempo la crítica a esa misma realidad. Se quejan reiteradamente de que durante largo tiempo los georgianos no han sido considerados como seres pensantes sino sólo como un grupo nacional que manifiesta vacuamente su felicidad cantando, bailando y bebiendo vino a toda hora. “Para muchos ha sido un deslumbramiento saber que los escritores y cineastas georgianos pensamos y que somos severamente autocríticos. Pero no sólo somos una nación hedónica, hay que recalcarlo, sino también trágica”, dice el escritor que preside el encuentro. Otro, un hombre sesentón, de baja estatura, regordete, de boca sensual y piel cruelmente castigada por la viruela, o por un acné juvenil tan pernicioso que le destrozó la cara, protesta con voz sofocada, porque el bello sexo, las benditas damas, sobre todo las nórdicas y las alemanas consideran a los georgianos como meros objetos sexuales y no como sujetos capaces de emitir poesía, y eso para el prestigio de la nación ha sido ruinoso. “Pasternak fue un gran entusiasta de nuestros poetas, escribió sobre ellos y tradujo a los mejores. Los franceses se han basado en esas traducciones, las han publicado en Francia y en Suiza, y ha sido muy difícil sacarles de la cabeza que son buenos sólo debido a Pasternak y no a los autores mismos, a quienes consideran como pura materia prima. Pero qué podemos hacer, vienen sus mujeres, sus hijas, y al regresar a sus países de lo que quieren hablar es de la potencia muscular de nuestros muchachos, de lo que tienen entre las piernas, y no de que leyeron poemas por aquí y por allá. Vienen en el verano, no como langostas, ¡qué va!, vienen como jaurías de panteras, y se arrojan hambrientas y feroces sobre nuestros cuerpos indefensos; ni a los viejos siquiera nos perdonan. Las sufrimos durante tres meses, los del verano, y nos dejan convertidos en esqueletos. El cerebro se nos seca y nos lleva tiempo recuperar la savia y volver a recordar el idioma tal como es debido. Hay una falta de respeto en ese modo tan crudo de proceder, ¿no le parece? A un primo mío más viejo que yo, con las piernas amputadas desde la guerra...” Y allí le detienen todos el galope. Se queda como aturdido, se excusa, todos ríen entonces, hablan entre sí, dicen algo que el intérprete no quiere traducirme, pelan más manzanas y peras, las cortan en pedazos y vuelven a compartirlas. “Tal vez –dice un dramaturgo, Shadim Schamanadzé, el más joven del grupo– en ningún país del mundo se siente como en Georgia la insatisfacción por lo logrado. Lo que les asombra de nosotros lo califican como experimentos de vanguardia, que si somos hijos de Beckett, o si de los surrealistas, o de los minimalistas, pues sí, puede ser que alguno lo sea, pero me parece más bien que es el resultado de una tradición distinta, que viene de muy lejos en el tiempo.” Alguien explica que la nueva generación se nutre en la antigua literatura georgiana, y por eso resulta tan nueva. “Lo que hoy se escribe –insiste el dramaturgo– es una literatura trágica, caracterizada por su aceptación del dolor. El reconocimiento de un código moral que viene de la antigüedad. Lo que nos diferencia de Occidente –termina– es nuestro deseo de construir.” Antes de salir de la Unión de Escritores me mostraron una lista de libros mexicanos traducidos al georgiano en los últimos diez años: Vámonos con Pancho Villa, de Rafael Muñoz, Los de abajo, de Mariano Azuela, y La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, junto a algunos fantasmas del realismo socialista, que en México ya nadie lee. Menos que nadie la izquierda: Cipriano Campos Alatorre, José Mancisidor, y otros... Tuve luego unas cuantas horas para iniciar el recorrido por la ciudad y mi aprendizaje básico en las cosas de Georgia. En el año 337 (la fuente está en los textos informativos de los museos), el cristianismo fue aceptado oficialmente en Iberia (la Georgia oriental), es decir, sorprendentemente mucho antes que en Roma. El gran arte religioso se desarrolla del siglo VIII al XI. Me mostraron iconos maravillosos; en uno de ellos San Jorge mata con una lanza al emperador Constantino, evidentemente antes de su conversión al cristianismo. Se han encontrado relaciones lingüísticas entre el georgiano y el idioma vasco. Uno de los nombres antiguos de la comarca fue Iberia. Este primer día en Georgia equivalió en intensidad a un trimestre de mi vida habitual. ¡Qué radiante representación de vida! ¡Qué rostros, qué ojos, qué movimientos al caminar, qué voces! Ningún ditirambo es suficiente para describirlos, con seguridad resultaría parco. Lo que más impresiona es su naturalidad. Es gente que pisa fuerte y bien. La calle lo demuestra. Las mujeres y los hombres, los viejos y los niños, todos parecen ser dueños del espacio en que les tocó vivir, quizás del mundo entero. El grupo que se reunió en el restaurante al mediodía lo formaban los escritores conocidos en la mañana, más algunos otros y artistas plásticos. Había varias mujeres jóvenes muy bellas que nadie me supo aclarar quiénes eran, si esposas o hijas de los presentes, o escritoras o actrices; la verdad, todas parecían actrices en un único papel, el de Carmen la de Triana. Comparo ese encuentro con la comida de los “escritores” moscovitas y aquéllos me parecen momias sombrías, pomposas caricaturas frente a la gente de carne y hueso con quienes me encuentro. Hice antes de comer un pequeño discurso de agradecimiento. Hablé de la felicidad que había advertido en la ciudad, y concluí diciendo que sólo eso, un Estado que lograra hacer feliz a su población, que tuviera a la mano los recursos para responder a las necesidades físicas y espirituales de la sociedad, justificaba un sistema político y social. El mismo joven dramaturgo de la mañana me contestó que ese aspecto solar de país del Sur no debía engañarme, que los georgianos estaban lejos de ser el enjambre de paganos voluptuosos que el mundo se complacía en ver, sino gente pensante, crítica y severa con sus propias deficiencias. Me gustó la respuesta, pero ya para entonces todo lo que se decía en la mesa me regocijaba. Fue un banquete hiperpantagruélico, que duró cinco horas. Solemne a momentos y divertido siempre. El villano de todas las historias era el realismo socialista, su sola mención provocaba carcajadas estruendosas. Se contaron anécdotas malignas y jocosas de algunas figuras literarias del Asia Central soviética, glorias locales que en su juventud habían escrito algunos poemas o novelas, y que en las últimas décadas no escribían sino discursos en congresos como el que se estaba preparando. Las botellas de un vino casi negro circulaban sin cesar. Hubo un momento en que todo mundo hablaba sin saber con quién. Mi intérprete vertía al francés frases sueltas de aquí y allá, palabras que no se enlazaban con nada, o en lugar de traducirme cosas que me interesaban lo que hacía era describirme los gestos y movimientos de los personajes, lo que me hacía sentir en un escenario actuando en una pieza de Ionesco: “¿Qué es lo que dijo esa señora joven que hizo reír a todos?”, preguntaba yo, y él respondía: “Aquella mujer no es tan joven como usted podría creer, ya acabó por sentarse, mire, al fin se llevó la cuchara a la boca”, o, a la pregunta de sobre qué hablaba en su brindis el director de la Asociación, él respondió: “El tamadá levanta el cuerno de la abundancia con la mano derecha; a su vecino le sirvieron caviar y ahora se pasa la mano por la chaqueta para sacudir de la manga los residuos.” “Pero, ¿qué es lo que dice el tamadá en este momento?”, insistía yo. “Dice que la naturaleza se venga de nosotros, y que cada día que pasa su venganza será mayor. Mire usted a la señora de aquí enfrente de nosotros, es arquitecta, aunque no lo parece. Se ha vuelto a servir hojas de vid rellenas de carne molida. Habla con la boca abierta sobre una confusión de los sexos, porque una americana que estuvo hace poco aquí se peinaba como un cowboy y no permitía que le dijeran girl sino boy, y hablaba en masculino; decía, por ejemplo, ‘Nosotros los muchachos de Oklahoma...’” Me puse a hablar en un ruso pésimo con otro vecino de mesa. Me pareció entender que acababa de estar comiendo con ellos hacía muy poco en ese mismo restaurante Bob Dylan y otros amigos suyos, entre los cuales estaba la mujer que insistía en que era un boy, invitados por Evgueni Evtuchenko, con quien debían estar ahora en su villa, en alguna de esas playas famosas: Batumi o Sujumi, lugares que me gustaría conocer como mero turista. Volví la vista al otro lado de la mesa y vi que era ya un tumulto el que se había agregado al banquete. Han añadido mesas y sillas y el grupo se hacía inmenso, nos habíamos apoderado de la terraza entera, a ratos los músicos se nos acercaban, tocaban sus instrumentos junto a nosotros y todos cantaban hermosa e interminablemente. La risa era explosiva y contagiosa. Contra todas las advertencias del doctor Rody, mi médico de Praga, bebí como un descosido, sin sentir la menor molestia. A veces me irritaba el excesivo nacionalismo de algunos comensales puesto que a medida que el licor se imponía el sentimiento de raza crecía en ellos y me provocaba a hacer escenas, a citar a Thomas Mann, y mencionarles su concepto de ciudadano del mundo. Y a la pureza de la sangre de que se pavoneaban yo hacía elogios desmesurados al mestizaje, les recordaba que Pushkin era mulato y brindé por él. El protocolo, la concepción misma del banquete georgiano, no favorece la comunicación a dos. Sólo el tamadá puede conceder la palabra, y en esa ocasión era el director de la Unión de Escritores, hombre de muchísimas tablas y autoridad aceptada por los demás. Cada vez que yo intentaba discutir, él me permitía decir cuatro o cinco palabras, seis a lo máximo y jovialmente me arrebataba la palabra para dársela a otro que contaría una historia en la que todos alternativamente participarían con algún comentario. Claro, se podía siempre conversar con los vecinos de mesa privadamente, pero también por poco tiempo. El desarrollo de una comida puede ser apasionante. La mesa tiene que estar siempre servida, las copas llenas y el ambiente mantenerse vivo y cordial. Los anfitriones son príncipes... Comencé a sentirme fatigado, me urgía orinar y lavarme la cara, bañármela, empaparme la cabeza, y busqué el servicio para caballeros. Una empleada me dejó entender que durante ese día iba a estar clausurado, me mostró un letrero, y me dijo en ruso que debía yo bajar, al lado del río estaba la gran toilette. El escritor cacarizo cambió de asiento y se sentó a mi lado. En un italiano macarrónico me siguió contando las persecuciones de que había sido objeto en los veranos; dentro de poco se retiraría en la montaña, en una aldea de difícil acceso, allí estaría más tranquilo, se iría con otros viejos a descansar, aunque ya el año pasado tuvo que vivir encerrado en un granero donde sus nietos le llevaban clandestinamente los alimentos, “porque las alemanas y las finlandesas suben como cabras, se lo juro, estoy seguro de que treparían al Himalaya si supieran que allí había un georgiano extraviado, y aunque estuviera agonizando ellas se lo cepillarían, imagínese usted lo que harán aquí en nuestros lugares que no son tan inaccesibles, las guía el olfato, dicen que el semen de los georgianos es dorado, no, no es cierto, pero eso es lo que dicen, y también que es el más aromático del mundo, de manera que andan como los cerdos husmeando el suelo, en busca de trufas, sólo por el aroma, así son ellas”. Se ofreció a acompañarme y a devolverme después al restaurante. Me es imposible escribir más. La experiencia fue casi traumática, me perturbó más de la cuenta, los olores excrementicios me descomponen físicamente, y yo había bebido una bestialidad. Salí del mingitorio solo y llegué al restaurante como pude, a buscar mi guía para que me condujera al hotel; creo que ni siquiera me despedí de nadie. Tendré que disculparme. Una joven bellísima me detuvo para decirme que el hombre que salió conmigo a la calle era su padre, y que no había vuelto. Me preguntó si no me dijo que se iría directamente a la casa. Le dije que no sabía, sólo que sí, que ya se había marchado, lo vi salir a la calle. “¿Hacia la derecha o hacia la izquierda?”, quiso saber. Respondí que no me había fijado, que más bien me parecía que se había ido hacia el río. De haber sido veraz habría tenido que decirle que el último lugar donde lo dejé fue en el mingitorio, y que se estaba bajando los pantalones mientras hablaba con algunos muchachos que lo recibieron con regocijo.

El reino de los efectos secundarios

El reino de los efectos secundarios

VICENTE VERDÚ

EL PAÍS  -  Sociedad - 20-04-2006

Primero llega el placer y después la oscura penitencia. En esta ecuación se sintetiza el nuevo sentido de la cultura contemporánea. Obrar apropiadamente, actuar con eficacia y moralidad durante la fase del capitalismo burgués implicaba sacrificarse primero y disfrutar más tarde, ahorrar ahora y acceder a la propiedad ulteriormente, reprimirse en el presente para complacerse en el porvenir. La victoria de la cultura de consumo sobre la cultura del ahorro ha colocado, sin embargo, cabeza abajo esta regla del esfuerzo y la espera.

Que la droga haya pasado en medio siglo de ser un fenómeno marginal a un consumo popularizado -adulto o juvenil, interclasista, internacional, múltiple, global- prueba hasta qué punto se concentra en ella el significado de la época. La droga proporciona satisfacción al instante, y el sacrificio, en forma de efectos secundarios, llegará acaso e indefinidamente después. Incluso la LOE, como no podía ser de otro modo, sigue esta pauta del psicótropo. Con la LOE puede disfrutarse el beneficio de pasar el curso sin haber invertido el tiempo y el trabajo necesarios para aprobarlo en su integridad. El nivel superior llega como un premio sin necesidad de haber entregado el rendimiento completo.

 

Los sacrificios, los dolores en general, cuentan ahora menos socialmente y, cuando aparecen, se toman a menudo como efectos secundarios, ya sean figuradamente en la incompetencia profesional o en cualquiera de las deficiencias sin fecha. Lo importante es el nuevo orden que sitúa al placer en primer lugar y el quehacer después: primero el deleite, después el pago.

 

Lo decisivo no es tanto el sudor previo con vistas a una anhelada redención como la capacidad de resistencia posterior. Los pisos, los electrodomésticos, los automóviles se poseen de inmediato. El precio se entregará después. La cultura del consumo ha introducido así en cincuenta años el absoluto reverso de la figura tradicional del intercambio y hasta la guerra preventiva o la medicina preventiva se contagian de su inspiración. La guerra de Irak realizó anticipadamente la guerra y las causas se retuercen a continuación. La medicina preventiva trata de sanar antes de que la enfermedad nos invada y la enfermedad llega después mediante sutiles efectos de iatrogenia, efectos secundarios, efectos especiales. El deseo de hoy no acepta, de hecho, ninguna etapa anterior indeseable, por instrumental que fuera.

 

Todo gran medicamento proporciona la curación incondicional para generar después, como las hipotecas, un secreto e indefinido periodo de extraños efectos secundarios. El bien se confunde con el bien neto y patente, mientras que el incómodo se toma acaso por un residuo. El valor no hunde sus raíces en el mérito del escrúpulo laboral, en la acumulación de la espera y de las renuncias. El consumo ha puesto delante el placer del gasto y el gusto del gasto mientras ha empujado el sacrificio hacia atrás, como una escoria, efecto de segunda fila y efecto secundario.

 

El denuedo que antes brillaba como patrimonio cierto para ganar el cielo, el silencioso fulgor que desprendían los sangrantes padecimientos de los mártires, el tesoro sexual reunido gracias a la hermética represión de las vírgenes han dejado de imperar con su indiscutible rango.

 

El dolor ha perdido su potencia en cuanto valor de cambio y ahora se resiente de su baja categoría moral. Valen los resultados absolutos, la ganancia en sí, el logro sin la ponderación de su historia penosa. Cuenta, en suma, el éxito exento y sin la detenida enumeración del coste.

 

La cultura de consumo se distingue por su carácter desnudo y veloz, incompatible con la morosidad del ahorro y las vestiduras de cualquier elaboración espesa. La cultura de consumo aplicada a la educación, a la política, a la sexualidad, al amor, se manifiesta afín a la compulsión y al universo de la orgía. ¿Orgía perpetua? Claro que no, pero todo cuanto sobrevenga después en el inevitable desarrollo de los días se vivirá como consecuencias oscuras, impertinentes efectos secundarios.

 


20 de Abril de 2006

20 de Abril de 2006

El Pisuerga pasa por Valladolid

Dicen que las editoriales que publican a Muñoz Molina (fundamentalmente, Planeta y Alfaguara) le tienen prohibido aparecer por las TVs para que no disminuyan sus ventas de libros. La *sosez* del andaluz en las entrevistas filmadas, algo menos en las radiadas, lleva a sus editores a tomar algunas  medidas preventivas en este terreno. Mucho de verdad debe haber en ese rumor porque MM apenas aparece por los programas literarios de nuestras televisiones y casi todas sus promociones se limitan a la prensa escrita. También es notorio, y casi de notario,  que el actual director del Instituto Cervantes en N.Y no es la alegría de la huerta ni en las entrevistas ni en las conferencias, donde es capaz de dormir al más nervioso de los asistentes sin ayudas químicas. MM está casado  con la también escritora Elvira Lindo, bastante más alegre que su consorte. Curiosamente, Lindo comenzó como guionista de Tele 5 en la etapa de las Mama Chicho, donde era guionista. Debería ayudar a su consorte  a superar el trauma mediático.

Dicho lo cual, MM es uno de los mejores escritores vivos en lengua española. A la altura de Benet, en la estela de Martín Santos, con el brillo de Aldecoa (Ignacio) y la imaginación cervantina de Marsé.

(He escrito imaginación cervantina, porque Marsé es nuestro escritor más cervantino, aunque le joda a Trapiello, ese soberano coñazo que tanto gusta a los teólogos de la literatura y a los  predicadores de la salvación universal. Un curita aburrido y ñoño. Un plasta).

 

19 de abril de 2006

19 de abril de 2006

Está muy bien construir un Estado. Contemplar las señas de identidad que definirán la temporada primavera-verano de nuestras patrias pútridas. Tampoco es moco de pavo conseguir que quien te apunta con una pistola se lo piense dos veces antes de mandarte con Caronte a tomar viento fresco. Todo ello, y más, forma parte de las primeras páginas de la Historia, esa puta que suele acostarse con el primero que le muestra la cartera llena de billetes o de ideas raras. Vale, debe ser así. Lo admito.

Pero también,  que puedas conseguir darte de baja de un teléfono, móvil o fijo, con la misma facilidad con la que te dieron de alta. La relación del ciudadano con las compañías telefónicas comienza a ser  teológica. Apostatar de tu contrato telefónico es un trámite no previsto en las verdades eternas del capitalismo último y los santos evangelios. Y la Conferencia Episcopal sin definir su postura en esta hora tan complicada.

Lo más parecido al compromiso histórico es un contrato de teléfono actual. Hace falta ya una democracia-cristiana corrupta que nos permita cambiar de teléfono sin pecar y que administre legalmente a la compañía telefónica seguir robándonos sacramental y fervorosamente. Como Dios manda.

Macario.- Juan Rulfo (El llano en llamas)

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos... Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella e s la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero a todo esto, es mi madrina la que me manda a hacer las cosas... Yo quiero mas a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres. No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña p ara prender el fogón también a mí me toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a veces Felipa no tiene ganas d e comer y entonces son para mí los dos montoncitos. Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella. Aunque digan que uno se llena comiendo, yo sé bien que no me llen o por mas que coma todo lo que me den. Y Felipa también sabe eso... Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre. Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo no lo he oído. Mi madrina no me deja salir solo a la call e. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de su rebozo. Yo no sé por qué me amarra mis manos; pero dice que porque dizque l uego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más por nomás. Yo no me acuerdo. Pero, a todo esto, es mi madrina la que dice lo que yo hago y ella nunca anda con men tiras. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es muy buena conmigo. Por eso la quiero... La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco. Yo he bebido leche de chiva y también de puerca recién paridad; pero no, no es igual d e buena que la leche de Felipa... Ahora ya hace mucho tiempo que no me da a chupar de los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas, y de donde le sale, sabiendo sacarla, una leche mejor que la que nos da mi madrina en el almuerzo de los domingos... Felipa antes iba todas las noches al cuarto donde yo duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito. Luego se las ajuareaba para que yo pudiera chupar de aquella leche dulce y caliente que se dejab a venir en chorros por la lengua... Muchas veces he comido flores de obelisco para entretener el hambre. Y la leche de Felipa era de ese sabor, sólo que a mí me gustaba más, porque, al mismo tiempo que me pasaba los tragos, Felipa me hacia c osquillas por todas partes. Luego sucedía que casi siempre se quedaba dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me servía de mucho; porque yo no me apuraba del frío ni de ningun miedo a condenarme en el infierno si me moria yo solo allí, en alguna noche... A veces no le tengo tanto miedo al infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta darme mis buenos sustos con eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Me hace cosquillas con sus manos como ella sabe hacerlo y me ataja el miedo ese que tengo de morirme. Y por un ratito hasta se me olvida... Felipa dice, cuando tiene ganas de estar conmigo, que ella le cuenta al Señor todos mis pecados. Que iré al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dir á que me perdone, para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo confesandose por mí. Todo s los días. Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa. Por eso yo la quiero tanto... Sin embargo, lo de tener la cabeza así de dura es la gran cosa. Uno da de topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; primero despacito, después más recio y aquello suena como un tambor. Igual que el tambor que anda con la chirimía, cuando vien e la chirimía a la función del Señor. Y entonces uno está en la iglesia, amarrado a la madrina, oyendo afuera el tum tum del tambor... Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que yo quiero es oír el tambor. Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como cuando uno esta en la iglesia, esperando salir pronto a la cal le para ver cómo es que aquel tambor se oye de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por encima de las condenaciones del señor cura...: "El camino de las cosas buenas esta Ileno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro." Eso dice e l señor cura... Yo me levanto y salgo de mi cuarto cuando todavía esta a oscuras. Barro la calle y me meto otra vez en mi cuarto antes que me agarre la luz del día. En la calle suceden cosas. Sobra quien lo descalabre a pedradas apena s lo ven a uno. Llueven piedras grandes y filosas por todas partes. Y luego hay que remendar la camisa y esperar muchos días a que se remienden las rajaduras de la cara o de las rodillas. Y aguantar otra vez que le amarren a uno las manos, porque s i no ellas corren a arrancar la costra del remiendo y vuelve a salir el chorro de sangre. Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque, eso sí, no se parece al sabor de la leche de Felipa... Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo s iempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras. Y ni siquiera prendo el ocote para ver por dónde se me andan subiendo las cucarachas. Ahora me estoy quietecito. Me acuesto sobre mis costales, y en cuanto siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un manotazo y la aplasto. Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren des prevenido los pecados por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija... Las cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las destripa. Los grillos no sé si truenen. A los grillos nunca los mato . Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las animas que estan penando en el purgatorio. El día en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas sa ntas y todos echaremos a correr espantados por el susto. Además a mí me gusta mucho estarme con la oreja parada oyendo el ruido de los grillos. En mi cuarto hay muchos. Tal vez haya mas grillos que cucarachas aquí entre las arrugas de los co stales donde yo me acuesto. También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún brazo se mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente en seguida el ardor del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una nalga. Se puso a llorar y a gritarle con gritos queditos a la Virgen Santísima para que no se le echara a perder su nalga. Yo le unt&e acute; saliva. Toda la noche me la pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con mis ojos todo lo que pude... De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente. Aquí nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las flores de su obelisco, o sus arrayanes , o sus granadas. Ella sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque ande a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de comer. Ella sabe que me como el garbanzo remojado que le doy a los puercos gordos y el maíz seco que le doy a los puercos flacos. Así que ella ya sabe con cuánta hambre ando desde que me amanece hasta que me anochece. Y mientras encuentre de comer aquí e n esta casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infiemo. Y de allí ya no me sacara nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conm igo, ni el escapulario que me regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo... Ahora estoy junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, pue de suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no le llegará por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje. Y entonces le pedirá a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su cuarto, que ma nde a los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la condenación eterna, derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo no podré ver entonces ni a mi papá ni a mi mamá que es allí donde están... Mejor seguiré platicando... De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las flores del obelisco...

Para escribir una necrológica

 

 

1. Tenga en cuenta que usted sigue vivo.
2. Evite ponerse (por si acaso), en el lugar del muerto, tipo al él le habría gustado así.
3. Evite las cartas a tumba abierta, tipo allá donde estés amigo quiero que sepas.
4. Evite convertir una muerte natural en un suicidio, tipo se fue tan discretamente como había vivido.
5. No espere una mejora en su conducta, tipo aquel necrologista que riñó a su muerto.
6. Sobre todo no hable de su sonrisa, tipo nos acompañará siempre.
7. Si siempre ocultó lo que pensaba realmente sobre él haga ahora un pequeño y postrero esfuerzo.
8. Examine si supone un acto de respeto haber esperado a su muerte, tipo ahora ya se puede desvelar cómo.
9. No olvide jamás que la necrológica que está escribiendo puede acabar resultando lo único vivo que quedé de él.
10. Y dado que en algún caso, aunque escaso, el muerto se ha levantado y ha leído escriba usted siempre con las precauciones propias del que espera réplica.

18 de Abril de 2006

18 de Abril de 2006

Tiene razón Jordá cuando afirma que "no hay un solo muerto del que se hable mal en una necrológica". No dudo que Félix Bayón fuera "buena gente", como decimos en el sur. Seguro que sí. Seguro. Como tampoco dudo que Bayón fue tan buen periodista como mal novelista ( su última novela es infumable). Guardo un buen recuerdo del Bayón de El País , corresponsal en Moscú, y algo menos grato de ese articulista último en diarios del sur . Debe tener razón Arcadi Espada al hacer notar que Bayón no estaba cómodo en esta faceta profesional, en ese paso de la información a la opinión ( cuando ya sabemos que lo difícil es informar).

Como ha escrito Juan de Dios Mellado, antiguo director de Diario 16 Andalucía, no todos los periodistas callaron con la corrupción de Marbella. Bayón no calló. Curiosamente, el llamado "sindicato del crimen", eligió Marbella para presentar al grupo opositor a Felipe González, Ansón incluido. En ese "sindicato" había, y hay, vivos y muertos, mucho periodista con intereses inmobiliarios en Marbella, recalificados gracias a la actuación corrupta de Gil y otros. Sobre este tema sigue un silencio periodístico que dice mucho de lo que ocultan unos de otros para tapar sus negocietes millonarios. Nunca fue el caso de Bayón, periodista honesto.

Bayón vivía con un corazón trasplantado desde hace 14 años. Un corazón de un chaval de 13 años. Alguna vez le escuché decir que el mejor agradecimiento al donante era atrapar y vivir la vida intensamente, como si fueran dos quienes la vivieran. Y, según leo, así ha sido.

Descanse en paz.

17 de abril de 2006

17 de abril de 2006

75º aniversario de la II República
El destello formidable de la República


SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ

 

EL PAÍS  -  España - 14-04-2006

La República que se conmemora el 14 de abril tuvo personajes magníficos. Probablemente, como decía el periodista Hunter Thompson, hay momentos en los que sin que se sepa por qué la energía de toda una generación produce un destello formidable. Eso fue la proclamación de la II República española: un destello de esperanza en un mundo que todavía no conocía Auschwitz, ni Hiroshima ni el Gulag. Un destello magnífico cuando todavía las esperanzas estaban intactas. Negarse a reconocer lo extraordinario de aquella experiencia, como proponen los negacionistas del Golpe de Estado del 18 de Julio, resulta mezquino, no para la izquierda de este país, sino para el país entero. La II República no es hoy día la herencia de un partido, sino la herencia que dejó aquella generación, de la que se esperó mucho, a esta otra, a la que mucho le es dado, en uno de esos misteriosos ciclos de los que hablaba Roosevelt.

Uno de esos personajes formidables fue una mujer a la que no se cita frecuentemente entre los creadores de la II República, pero sin la que la Constitución de 1931 no hubiera incluido nada menos que el sufragio universal. La feminista Elizabeth Stanton decía que la República consistía en dar a los hombres sus derechos, nada más... "Y en darle a las mujeres sus derechos, nada menos". Y eso es exactamente lo que consiguió Clara Campoamor. El debate que propició aquella diputada madrileña, su herencia, sigue vigente hoy día: ¿se puede posponer el reconocimiento a la igualdad legal de las mujeres hasta que se produzca una modernización suficiente de la sociedad, encomendada a los hombres?

 

Muchos expertos, y expertas, estiman, por ejemplo, que no pasa nada por aprobar ahora en Irak, o en Afganistán, bajo la supervisión de las democracias occidentales, Constituciones que discriminan legalmente a las mujeres, a cambio de un acuerdo entre los principales partidos que saque adelante el país. Ésa es prácticamente la misma postura que mantuvo en 1931 Victoria Kent y contra la que se alzó Campoamor: "Nadie como yo sirve en estos momentos a la República", porque la República no puede sacrificar el derecho de media población, sea cual sea la moneda de cambio. Algo tan simple si se aplica a los hombres sigue siendo, sin embargo, hoy día motivo de discusión cuando afecta a las mujeres.

 

El voto femenino se aprobó, justo es decirlo, gracias a una extraña mezcla de socialistas y de grupos de derecha que compartían, seguramente, los argumentos de Kent. A Campoamor la izquierda le reprochó siempre la victoria de la CEDA en 1933 y el éxito del Frente Popular en 1936 no cambió nada. Nadie le pidió perdón. Ella no ocultó su amargura: "No espero que se eleve una voz, una sola, que desde ese campo de la izquierda, de quien hube de sufrirlo todo, por ser el único que ideológicamente me interesa, una sola voz que proclame que no fui yo la equivocada".

 

Clara Campoamor, hija de un contable y una modista, empezó a trabajar a los 13 años y entre los 32 y los 36 hizo el bachillerato y la carrera de Derecho. Murió en el exilio en 1972. Con su impulso, y el de otros hombres y mujeres, la II República aprobó la igualdad de derechos de ambos sexos, el acceso de la mujer a la vida pública, la abolición de la prostitución regulada, el derecho al aborto, el matrimonio civil y el divorcio de mutuo acuerdo, la supresión del delito de adulterio aplicado sólo a mujeres, la educación mixta, la protección a la maternidad, la equiparación salarial, la investigación de paternidad, el reconocimiento de hijos naturales y la patria potestad compartida. Prácticamente todos esos derechos fueron suprimidos por el franquismo. Es absurda la idea de que no importa lo que un hombre, o una mujer, cree. Claro que importa: importa lo que aquellos hombres y mujeres que proclamaron la República creyeron y lo que creían quienes lucharon contra ella. Y es una indecencia pretender que lo ignoremos.

 


Jonathan Franzen

Cómo estar solo (fragmento)

" Sin embargo, hay que estar solo. Muchas veces apago la televisión porque, paradójicamente, en lugar de incorporarme, me hace sentir solo. En cambio, si leo un buen libro me siento acompañado, cerca de otra gente que siente yque ve el mundo de manera parecida a mí. "

E. E. Cummings

E. E. Cummings

Poema

" La primavera es como una quizá mano
que llega cuidadosamente saliendo de ninguna parte
arreglando una ventana
hacia dentro de la cual todos miran
mientras todos se quedan absortos ella arregla y cambia
coloca cuidadosamente allí una cosa extraña
y aquí una cosa conocida
y cambiándolo todo cuidadosamente.
La primavera es como una quizá mano en una ventana
cuidadosamente acá y allá
moviendo nuevas y viejas cosas
mientras todos miran absortos cuidadosamente
moviendo una quizá fracción de flor aquí
colocando una pulgada de aire ahí
y sin romper nada. "

16 de abril de 2006

16 de abril de 2006

Recomiendo escuchar este CD a la humanidad.

15 de abril de 2006

15 de abril de 2006

8 de abril de 2006

 

Coto de Doñana.

Arroz negro con coquinas.

Las marismas.

Playas de Mazagón.

Patos y caballos. Todos salvajes.

Dunas.

Luz y calor.

Sur al sur.

Almejas marineras.

Huelva.

 

7 de abril de 2006

7 de abril de 2006

Viaje a Sevilla.

 

Donde habite el olvido, 
En los vastos jardines sin aurora; 
Donde yo sólo sea 
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas 
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. 

Donde mi nombre deje 
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, 
Donde el deseo no exista. 

En esa gran región donde el amor, ángel terrible, 
No esconda como acero 
En mi pecho su ala, 
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento. 

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, 
Sometiendo a otra vida su vida, 
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente. 

Donde penas y dichas no sean más que nombres, 
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; 
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, 
Disuelto en niebla, ausencia, 
Ausencia leve como carne de niño. 

Allá, allá lejos; 
Donde habite el olvido.

Luis Cernuda.

Tadeusz Kantor

Los clichés de la memoria (fragmento)

" En nuestro archivo de la memoria hay "ficheros", clichés registrados por nuestros sentidos. Se trata, en general, de detalles que aparentemente carecen de importancia, pobres restos, fragmentos... ¡INMÓVILES! Y lo que resulta más importante, TRANSPARENTES como los negativos fotográficos. Se les puede superponer. Por eso no hay que asombrarse de que, por ejemplo, los acontecimientos del pasado se adhieran a los presentes, que se mezclen con los personajes, que tengamos serios problemas con la historia, la moral, las convenciones. Las olas de la memoria, tranquilas y claras, se agitan bruscamente y los elementos se desencadenan. Es el INFIERNO.

En la cámara de la imaginación y de la memoria viven PERSONAJES HUMANOS. No, sería mejor decir que han sido "depositados" allí. Sería mucho más sencillo decir que están muertos, que no pertenecen a nuestra vida diaria. Tratan desesperadamente de reconstruir, con su memoria difuminada, aquello que fue su vida, su felicidad o su miseria. Sólo les quedan palabras inútiles, letanías recitadas sin fin y sin esperanza. Han hecho un alto en el camino para llegar al fin, agotados, a este Albergue de la Memoria. No son capaces de reconstruir una determinada acción. Son como ruinas de acontecimientos pasados. Hoy, en este pobre Cámara de la Imaginación, se han encontrado con las CRUCES de un CEMENTERIO de pueblo, como si yo estuviera buscando otros secretos que los antiguos, los más lejanos. EL HUMOR BURLÓN Y LA IRONÍA NO ME DEJAN. Con un gesto de humor negro, con una carcajada de bufón, me sirvo de las mistificaciones del circo, de los procedimientos sospechosos de la vileza. Para conseguir la paz, puedo conseguir la paz, puedo incluso llamar a esta habitación EL DEPÓSITO DE CADÁVERES DEL CEMENTERIO o, si no, EL ALBERGUE DE LA MEMORIA. He contratado, incluso, a un lúgubre propietario para este local. "

7 de abril de 2006

7 de abril de 2006

El porvenir será de los artistas


VICENTE VERDÚ

EL PAÍS  -  Sociedad - 06-04-2006

El crecimiento se apoya actualmente en tres pilares: Tecnología, Talento y Tolerancia. Estas tres Tes que enunció Richard Florida en The Flight of the Creative Class (HarperCollins, 2005) han cuajado, aquí y allá, como fórmula contemporánea para el progreso. Ni la amenaza de la deslocalización industrial, ni el outsourcing de numerosos servicios son comparables al pavor que está sembrando en Estados Unidos la emergencia de nuevos centros creativos más allá de sus lindes.

Efectivamente, Estados Unidos llegó al primer puesto mundial por la reunión de factores geopolíticos y religiosos, ideológicos y materiales pero un motor central de su desarrollo y de su influencia cultural procede del apretado grupo de creadores e innovadores, tanto autóctonos como de importación europea.

 

La alarma pues más viva en el universo productivo norteamericano radica hoy en la emergencia de "ciudades inteligentes" o "comunidades creativas" desde Noruega a Singapur, desde Bombay a Dubai, que atraen la potencia de profesionales-artistas antes casi exclusivamente orientados hacia su territorio. Son éstas gentes relacionadas con la tecnología y las comunicaciones, con las estrategias de marketing y el mundo del espectáculo pero todos imbuidos de una capacidad creadora.

 

Además de los varios millones de puestos de trabajo industrial que han emigrado desde Occidente a zonas de Asia o Latinoamérica en estos años, hasta veinte millones de empleos más pueden desaparecer en una década, según las previsiones realizadas en Estados Unidos. ¿Cierre a la producción exterior? ¿Proteccionismo ante las mercancías y los servicios provenientes de Brasil, China o India? La única forma de contrarrestar este movimiento consistiría en favorecer tanto el talante creador como la cohesión y conectividad social a través de las prestaciones que brindan las nuevas tecnologías.

 

España acaba de descender dos puestos en el ranking tecnológico internacional y no se trata tan sólo de un descenso en medios técnicos. También significa un grado de ignorancia más sobre el futuro social y político del mundo. Singapur desarrolla desde hace años su Intelligent Island Plan, Japón invierte sin cesar en su programa interurbano llamado Teletopía. California extiende, desde 1996, su proyecto de Comunidades Inteligentes (Smart Communities). En España -como en Francia o Italia- se han ensayado con timidez procesos que todavía son rarezas. El Talento es un factor de primera necesidad pero se malbarata sin la Tecnología apropiada.

 

Es necesario, además, el concurso de la tercera T, la Tolerancia, que viene a ser lo más sugestivo del triángulo. Gracias a la tolerancia, sobre usos, credos o fantasías divergentes, se favorecen síntesis insólitas, conocimientos que florecen sobre el contraste puesto que la diferencia es el filón de la información y la materia prima del conocimiento. Más allá de una categoría moral, la Tolerancia es un factor productivo y reproductivo, de modo que si el cruce de saberes creó el salto renacentista, esta época de mestizaje podría recobrar los provechos artísticos de las mixturas.

 

Significativamente, entre los países que han prosperado mejor en los últimos 15 años destacan aquellos que mantuvieron o introdujeron programas educativos con contenidos artísticos. El énfasis en las enseñanzas técnicas sin el acompañamiento de una formación en humanidades se ha revelado un malísimo negocio para todos. Aprendida esta lección, el Sithx College de la Universidad de California en San Diego, referencia en la formación vanguardista para el siglo XXI, ha apuntalado las horas destinadas a asignaturas de cultura universal tanto como las dedicadas a las nuevas tecnologías. La tozuda idea de que la economía y las humanidades, el arte y la técnica, son antagonistas se colapsa en la actual sociedad del conocimiento y de la innovación sin fin. ¿Artistas todos? Cualquiera puede aspirar a ser ciudadano-artista. Sólo los artistas -y no los funcionarios, no los fanáticos- encontrarán garantizado el porvenir.

 


 

6 de abril de 2006

6 de abril de 2006

 

Teóricamente, Marbella es un ayuntamiento en quiebra, con las inversiones de los próximos quince años hipotecadas, los ingresos por impuestos varios insuficientes para el pago de la deuda comprometida y sus intereses respectivos. Un desastre difícil de corregir. Pues bien, ahí tienen a nuestros dos grandes partidos nacionales pegándose de hostias para conseguir alguna ventaja en la carrera a la alcaldía del municipio malagueño. ¿He dicho desastre? También detrás de todo desastre existe un negocio y miles de billetes dispuestos a escriturar la salvación. Ya verán como habrá milagro a fecha fija.

Hace algunos meses, ese personaje imposible de clasificar, presidente del gobierno de Cataluña, llamado Pascual, le dijo en el Parlamento regional al portavoz nacionalista que "su problema era el 3 %"...y hasta hoy. Como del finado Fernández, nunca más se supo de la cuestión. Bueno sí, algo sí se supo, cuando le cambió los cromos de la dignidad por estampitas de simbolistas reaccionarios disfrazados de nacionalistas. Esa cosa que llaman statut. 

Este Estado de las Autonomías actual tiene mucho más que ver, al día de hoy, con la corrupción que lo mantiene que con ningún interés por adecuar mejor la administración al ciudadano. Una vez más, acierta Alfonso Guerra al comparar ese nacionalismo periférico y clientelar que se ha dado en España con (salvando todas las distancia) lo ocurrido en la antigua URSS y los estados independientes que han nacido para negocio seguro de sus oligarcas y dirigentes. Vean el mapa y hagan juego, señores. En la cercanía se cuentan mejor los billetes.

También por mis venas corren gotas de sangre jacobina, don Antonio.

5 de Abril de 2006

5 de Abril de 2006

Estadísticas Lutherianas

 


"...Tal vez, la experiencia más fascinante de Mastropiero sobre los sonidos que emiten los distintos animales, fue la que realizo con un rebaño de ovejas en la hacienda de su amigo Gustav Schäfderfer. Según este estudio, el 37% de los ovinos estudiados profería un sonido que se iniciaba con un ataque bilabial laríngeo, similar a una "M", seguido por un reiteración en stacatto de "E" abierta, gutural, con resonancias pálato-alveolares... O sea "MEEEEEEE". El restante 63% reemplazaba el ataque bilabial laríngeo por un ataque bilabial fricativo laríngeo... "BEEEEEEEE". Además del total de ovejas que podían emitir "BEEEEEEEEE", un 12% también podía emitir "MEEEEEEEE" y se las llamó ovejas de Balido Mixto. Ambivalentes o "AMBIBALANTES". Pero si bien algunas BEEEEEE, podían MEEEEEE, ninguna MEEEEEE, podía BEEEEE, salvo QUEEEEEE, se encontrara en cercanías de una BEEEEEEE ambivalente, en cuyo caso dicha MEEEEEE, no hacia ni MEEEEEE ni BEEEEEE, sinó que guardaba un respetuoso silencio..."