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el mundo fragmentado

Diario

13 de agosto de 2006

13 de agosto de 2006

Al parecer, siempre había mujeres desnudas, posaran o no, a su alrededor. Según la leyenda, Klimt necesitaba estar siempre rodeado de mujeres. Cuentan también que cuando Rodin visitó el estudio vienés de Klimt se arrodilló ante él y le dijo:

- "Nunca había sentido nada parecido a lo que siento aquí. Vuestro fresco de Beethoven, tan trágico y tan feliz al mismo tiempo; vuestra grandiosa exposición, inolvidable; y ahora, este jardín, estas mujeres, esta música... Y alrededor de usted y en usted mismo, esta alegría feliz e inocente. ¿Qué puede ser?".

Klimt, con su aspecto de apóstol, se giró y contestó con una palabra:

- "Austria".

12 de agosto de 2006

12 de agosto de 2006

A Cándida Outes, de 65 años, le faltan casi todos los dientes pero le sobra energía. Tanta, que sus vecinos han de detenerla casi a la fuerza para evitar que se lance al monte a merendarse las llamas. Asida a una rama de roble que maneja con pasmosa facilidad, Cándida está enfadada. Quiere impedir a toda costa que el fuego cruce el camino y llegue, montaña abajo, a la aldea de Suarriba, en Fisterra: "Hay que ir a por él", grita mientras los demás trasladan a duras penas una manguera de plástico que pierde agua por doquier.

"Estamos fuertes porque somos de campo. Los viejos de ciudad sólo se dedican a jugar al bingo, y así están", dice esta mujer, que aún tiene ganas de sonreír tras dos días de trabajo y tensión.

 

 

11 de Agosto de 2006

11 de Agosto de 2006

Siempre llevo algo de Cortázar: la edición de Siglo Veintiuno Editores de La vuelta al día en 80 mundos, dos volúmenes, me ha acompañado en muchos viajes. Creo que también vendrá en el próximo.

Acabo de comprar, mejor, acaba de salir a mi encuentro, en Debolsillo, calentito, recien salido de la imprenta, la Narrativa Completa de Dorothy Parker. Ya saben, lo suyo, escribió una vez , era tomarse un Martini, dos como mucho.Después del tercero, ya estaba debajo de la mesa, y al cuarto...debajo de su anfitrión. ¿Cómo dejarla en casa con esos antecedentes?

Pero en el viaje es necesario garantizar el contraste. ¿Celine, Bernhard, Houellebecq...? Quién sabe. En el último momento siempre hay algún libro que asoma sus orejas en la librería y corre a mi encuentro como un crío rabioso.

La poesía siempre ha estado reservada a Leopoldo María Panero. Su rima- su no/rima- me hace ajustar mejor los tiempos del viaje y encontrar la belleza tras cada espera.

Dicen que las compañías aéreas estudian negar el equipaje de mano, incluídos los libros, tras los últimos acontecimientos de Londres. Parace que British Airways ya lo ha puesto en práctica. ¿A qué esperamos para volver a viajar en tren, como Dios y la Literatura mandan y la belleza ordena? ¿Por qué seguimos prefiriendo un billete de avión cuando lo importante es el viaje y no el tiempo del viaje?

 

8 de agosto de 2006

8 de agosto de 2006

(chumi chumez)

6 de Agosto de 2006

6 de Agosto de 2006

[...] El rumor es éste: que Bartleby había sido un empleado subalterno en la Oficina de Cartas Muertas de Wáshington, del que fue bruscamente despedido por un cambio en la administración. Cuando pienso en este rumor; apenas puedo expresar la emoción que me embargó. ¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos? Conciban un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? Pues a carradas las queman todos los años. A veces, el pálido funcionario saca de los dobleces del papel un anillo -el dedo al que iba destinado, tal vez ya se corrompe en la tumba-; un billete de Banco remitido en urgente caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre; perdón para quienes murieron desesperados; esperanza para los que murieron sin esperanza, buenas noticias para quienes murieron sofocados por insoportables calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran hacia la muerte.

¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!

BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE (Herman Melville)

Bartleby es, sin duda, uno de los personajes más intrigantes de la literatura. Enrique Vila-Matas lo retomó para pensar sobre los escritores con atracción "por la nada". Su historia también fascinó a Jorge Luis Borges: "Bartleby, que data de 1856, prefigura a Franz Kafka. Su desconcertante protagonista es un hombre oscuro que se niega tenazmente a la acción. El autor no lo explica, pero nuestra imaginación lo acepta inmediatamente y no sin mucha lástima. En realidad son dos los protagonistas: el obstinado Bartleby y el narrador que se resigna a su obstinación y acaba por encariñarse con él".

Cartas a Milena

Cartas a Milena

″Estos cruces de cartas tienen que cesar, Milena, nos enloquecen, uno no sabe lo que ha escrito ni lo que ha contestado, y tiembla constantemente imaginándoselo. Entiendo muy bien tu checo, también oigo las risas, pero en tus cartas me cavo un túnel entre la palabra y la risa, finalmente sólo oigo la palabra, y por otra parte es ésa mi esencia: temor. […]
Para mí lo que ocurre es algo increíble, mi mundo se derrumba, mi mundo se reconstruye, fíjate (el imperativo es para mí) cómo harás para subsistir. Del derrumbamiento no me quejo, ya se derrumbaba antes, pero me quejo de la autorreconstrucción, me quejo de mi debilidad, me quejo de haber nacido, me quejo de la luz del sol...

Franz Kafka

27 de julio de 2006

27 de julio de 2006

Un hombre gay. 

Tiene Gimferrer en “Interludio Azul”, su último libro editado por Seix Barral, una definición genial que dejo anotada. Afirma el escritor catalán que él se ha sentido siempre un gay al que le gustan las mujeres. Un hombre gay, puntualiza.

 

Siempre había pensado que Pere Gimferrer es homosexual, seguramente orientada mi opinión no tanto por la estética personal que le precede, más cercana a la del repelente niño Vicente que a cualquier otra, que por la lectura de algunos de los libros del novísimo donde habla de sus amores de juventud, entre los que enumera algunos reconocidos amigos.

 

Digo ya : “Interludio Azul”  es una mariconada. Aclaro, para los no iniciados, que en mi definición de mariconada nada tiene que ver el sexo ni la condición sexual del personaje. Todos cometemos mariconadas a lo largo de nuestra vida aunque tengamos la sexualidad de un rinoceronte o una margarita en primavera.

Interludio Azul es la declaración de amor de Gimferrer a Cuca, señora de su misma edad, de la que ha estado enamorado el autor durante 34 años de una forma a ratos platónica y a ratos aristotélica. El encuentro con Cuca, después de una prolongada ausencia, tiene, a mi modo de ver, más de serial de telenovela en Antena3 que de poesía amorosa o poema en prosa, como la solapa del libro define. Ese encuentro lleva a un segundo libro, ya de poesía en su sentido pleno, donde nos describe el final del relato. A esta segunda parte no he llegado por falta de condiciones físicas, aunque jugaremos el partido tarde o temprano.

 

Dado que la mariconada, imposible de definir en todo su detalle, tiene algo de cursilería, remilgo, monería y merengue a toda plana, será muy del gusto de los amantes de calendarios taco Myrga de sobremesa. También del monito Luis Alberto [de Cuenca].

 

Gimferrer es un buen escritor, un gran poeta y un maravilloso editor y cinéfilo, quede claro. En Interludio Azul  , simplemente se ha empeñado en contarnos un chisme. Bien contado, pero un chisme. Y le ha salido una mariconada.

Que no cunda el pánico entre el respetable.   

  

25 de julio de 2006

25 de julio de 2006

Soy, en primer lugar, un hombre que desde la juventud ha sentido profundamente que la vida más fácil es la mejor.

Quien así habla es el jefe de Bartleby. Bartleby, el escribiente, es una obra maestra de la literatura.


El narrador de la historia es un hombre felizmente asentado en su rutina, un hombre pusilánime que ha encontrado la seguridad en la invariabilidad de su mundo. No tiene grandes ambiciones ni mucho carácter, pero se las ha ingeniado para sobrevivir decentemente con dos amanuenses y un aprendiz.

En ocasiones confundimos la rutina con la normalidad. El jefe y los compañeros de Bartleby están dentro del sistema, podrían ser considerados “normales”, (si es que esa palabra definiera algo con exactitud): mantienen sus empleos y viven de ellos. ¿Cabe imaginar un trabajo más rutinario que el de un copista de documentos legales? El jefe de Bartleby es un hombre cobarde e influenciable que se encomienda a la prudencia en lugar de tomar decisiones. Serio problema para un jefe. Y sus empleados cumplen mal que bien con la rutina laboral, aunque gracias a la falta de autoridad del dueño de la empresa, han creado otra rutina paralela, que no es otra que la de mostrarse tal y como son a determinadas horas del día.

Estos cuatro peculiares personajes han aprendido a tolerarse y viven instalados en una cómoda rutina que Bartleby viene a romper.

Al principio Bartleby parece el empleado perfecto, pero las cosas se complican cuando su jefe le solicita que coteje unos documentos y él declina amablemente: Preferiría no hacerlo.

Su jefe en ningún momento se enfrenta con él, su miedo y su bonhomía le impiden ponerle de patitas en la calle y Bartleby sólo necesitará decir esa frase para que le dejen en paz, lo que enrarecerá el ambiente entre los otros empleados, que han de hacer todo lo que él se niega a hacer.

Un domingo, el jefe descubre que Bartleby tiene llave de la oficina y vive allí permanentemente. También se muestra incapaz de solucionar el asunto. Y cuando la situación llega a un límite intolerable (Bartleby se niega hacer también el trabajo de copista), el narrador llegará a la conclusión de que Bartleby es la obra de caridad que le envía el destino, y su copista, de eternos brazos caídos, mirada perdida e ininterrumpidos silencios, pasará a formar parte del paisaje rutinario. El jefe se acostumbrará a él, pero no así los clientes y los colegas, que insistirán en que Bartleby conseguirá arruinarle.

No le quedará más remedio que mudarse, pero aun así heredará el problema y vistará a Bartleby cuando esté en la cárcel, donde morirá de inanición porque prefiere no comer.

Varios son los méritos de Melville en esta obra. El ambiente escogido: un despacho de abogados en el que casi todo el trabajo recae sobre unos hombres que se limitan a copiar papeles. También la elección del narrador es muy inteligente, porque gracias a él el lector tiene más mimbres para analizar la situación: el jefe nos describe su pequeño mundo como si éste fuera un oasis de paz, pero el lector puede entrever que la normalidad y la rutina que pretende mostrarnos no son tales. Somos testigos de sus reflexiones y de la angustia que le provoca la actitud de Batlerby, cuando el narrador nos habla de prudencia, el lector fácilmente verá cierta dosis de cobardía.

Melville ha creado unos personajes geniales que nos inquietan, porque Bartleby viene a romper una rutina que no es otra cosa que un absurdo: varias personas encerradas en un despacho durante muchas horas haciendo nada gran parte del día. Las vidas hipotecadas por trabajos monótonos.

Melville podría habernos contado la historia desde el punto de vista alucinado de Bartleby, pero ha escogido al jefe porque este es un personaje transparente, que se tiene por hombre decente y bueno, es decir podría pasar por una persona “normal”, lo que le da a Melville mucho juego, toda la tensión del relato recae sobre los hombros del pobre hombre, que es incapaz de enfrentarse a sus empleados. Cuando nos habla del momento en el que trató de convencer a Turkey de que sólo trabajara por la mañana, ya tenemos un anticipo de lo que podemos esperar: sus empleados trabajan como y cuando ellos deciden.


Y por supuesto, no hay que olvidar la importancia que en esta obra tiene la historia que nos cuenta en sí: Bartleby, que es el inadapatado, viene a desmontar la coartada de las personas normales, que construyen pequeños universos a los que se acostumbran, que creen que sus rutinas son seguras. Y sin embargo, serán atacadas por cualquier desconocido que quiera ejercer una absoluta libertad sobre sus actos.

24 de julio de 2006

24 de julio de 2006

Gracias al fútbol, y a los mediados años 70, ya tan lejanos, pude descubrir dos cuestiones básicas:

 a) el paso del tiempo juega siempre contra uno.

 b) el fútbol debe verse siempre de una manera impresionista.

 

Cuando yo admiraba a Joaquín Sierra Vallejo, delantero centro del Betis, número 9, que es el número clásico de los clásicos delanteros, hijo de Juan Sierra, poeta sevillano, y trianero,  de la generación de 1927, mi edad, muy inferior a la de Quino, así conocido el pelotero objeto de mi idolatría, me hacía pensar que todos, absolutamente todos los futbolistas del mundo serían siempre personas mayores que yo, de más edad, y a los que yo nunca alcanzaría, no ya por cuestiones evidentes de las leyes físicas, sino porque yo sería eternamente joven y todos esos señores vestidos de pantalón corto *necesariamente* debían ser mayores que yo para admirarlos (¿cómo admirar a alguien que es más joven que uno cuando uno es demasiado joven?) Pero lo que uno piensa de forma ejemplar en la juventud el tiempo lo vuelve una estupidez, como es sabido. Llegó un momento, no deseado, y para mi asombro absoluto, que los futbolistas empezaron a tener menor edad que yo, o yo comencé a ser de mayor edad que ellos, sin que las señales de peligro me avisaran de tal catástrofe e infortunio. Intuí que yo iniciaba mi etapa de madurez y que los futbolistas podían, si así lo querían, dejarme pasar en la carrera de los años pero que yo jamás volvería a situar a ninguno de ellos entre mis ídolos. Esa fue mi venganza. Así que Quino fue el último de ellos y ahí sigue en el altar.

La otra cuestión que agradezco al pelotón es comprender que no son necesarias las gafas para disfrutar del espectáculo. No es imprescindible ver *bien* este deporte y para comprenderlo es mejor verlo *mal*. Cuando mi vista comenzó a decir que también quería algún protagonismo en mi vida, yo no necesitaba reconocer o ver  a los jugadores para disfrutar del juego. Y así sigue. Me refiero, lógicamente, a verlos en el campo de fútbol, en directo, desde las alturas de las gradas. El fútbol es un juego impresionista que no necesita del detalle. Los espacios son pinceladas gruesas a la caída de la tarde y todo se intuye y adivina . Quienes aplican el criterio realista a este deporte suelen terminar mal del estómago. Es algo comprobado científicamente.

Todas estas cuestiones me han venido a la mente leyendo a Rodrigo Fresán. (Hace calor, mucho calor en Madrid)

Les dejo, eso sí, con un verso de Juan Sierra, poeta del 27 y padre de Quino, como he escrito, para tragedia de la literatura y gloria del fútbol, que otra cosa hubiera sido si Quino fuera el hijo de Juan Sierra, algo que en este país es un imposible y además no puede ser.

 

"el lagar donde cruje la noche es una estrella"

Que sea fresca la noche.

Besos.


Perversiones literarias

Perversiones literarias

Entre las muchas perversiones literarias que se pueden experimentar en esta vida está leer dos libros al mismo tiempo. No hablo de tener dispuestos para la lectura dos libros o tres o cuatro o hasta cinco o seis o más, acción que hago con frecuencia, dispersos por todas las mesas de la casa, y hasta los suelos, dispuestos todos esos libros para que el momento oportuno haga su elección, los elija sin saberse nunca cuáles son las razones de ese momento, de ese libro, de esos libros, de aquellos montones y a esa hora u otras. Dejamos que el azar juegue sus cartas en forma de páginas literarias y allá ellos con sus escondites y disparates. La literatura es así.

Me refiero a elegir dos libros de alguno de esos montones (¿pudieran ser tres, o cuatro? no lo he probado, ya se verá, poco a poco) y comenzar con el capítulo uno del libro A y seguir con el capítulo 1 del libro B para continuar con el capítulo 2 del libro A y luego el capítulo 2 del libro B. Y así hasta el final, hasta los dos finales de los dos libros, de una forma metódica, sabiendo eso sí, que uno de ellos puede terminar antes, mucho antes incluso, no ya por tener menor número de capítulos sino por la estructura del propio libro que puede hacer que carezca de capítulos propiamente dichos y que, en este caso, el lector tendrá que inventar.

Así ha ocurrido con dos libros que aguardaban su hora en un montón junto al pasillo, muy cerca de la cocina.  El primero de ellos es “Nada que hacer”, del escritor y periodista Juan Madrid. Libro editado en Seix Barral, cuando todavía era dirigida por Carlos Barral, allá por 1984 , que fue cuando lo compré. Juan Madrid es un periodista que conocí escribiendo en el legendario Cambio16 y que se ha convertido en un buen escritor de novelas policíacas, que vive su vida real en Madrid como los personajes de sus novelas : juega a las cartas, se conoce a todos los soplones de la policía, a todas las policías que pagan esos soplones, y vive en algunos de esos tugurios y garitos donde se encuentra gratis el sexo por ser el sexo mercancía de cambio en la planta sótano de las grandes ciudades que aspiran a organizar olimpiadas y otras actividades mercantiles. Añadir, evidentemente, que Juan Madrid es un gran escritor. “Nada que hacer” habla, como debe ser, del hombre y de la ciudad, es decir, de la soledad.

El otro libro es de mi admirado Enrique Vila Matas. “El Viaje Vertical”, editado en Quinteto, libro de bolsillo que compré poco antes de tomar algún tren camino de alguna parte y que he recuperado ahora. “El Viaje Vertical” está escrito sobre 1.999, un año especial para mí, y trata como siempre en Vila Matas de la necesidad de ocultarse, hasta llegar a no/ser. En este caso, el personaje Mayol es un empresario catalán al que su mujer manda a la mierda y lo deja tirado en la calle con su vida ( que es no/vida), sus hijos ( que son no/hijos) sus amigos ( que son no/amigos) y así hasta completar un vacío que lleva al protagonista a cuestionarse walserianamente qué hacer con ese enorme hueco que acab de descubrir.  

Leídos de la forma comentada compruebas que el itinerario de los grandes escritores es muy parecido, que la tarea del héroe de todos esos personajes es, en el fondo, y a veces en la forma, causa común, y que, como el caso que me ocupa, cuya elección no fue premeditada (¿o sí, querido Freud? ) la soledad y la ocultación son dos caras de la misma moneda que llevan por caminos parecidos. El lector elegido para estos juegos infantiles deberá pertenecer al grupo de quienes no temen perderse en los laberintos y que buscan desesperadamente no encontrar nunca la salida.

Añadir, como se habrán imaginado, que fue enorme el disfrute con el experimento y que repetiré, cual equilibrista, con algún más difícil todavía que ya comentaré y del que espero salir sano y salvo.

22 de julio de 2006

22 de julio de 2006

Tan sólo que nació en Heerlen (Países Bajos) según se ha dicho, por pura casualidad. ¿Y no es por pura casualidad que hemos nacido todos, o casi todos, no importa si en un lugar, o en otro? Austríaco en definitiva, dos fechas lo resumen. A saber: 1931-1989. Parte de su vida transcurrió en un sanatorio. Escribió dramas, hecho que lo acerca a Peter Handke en eso de cultivar el teatro de la nueva subjetividad. También una larga autobiografía en cinco partes: El origen (1975), El sótano (1976), El aliento (1978), El frío (1981), y Un niño (1982). Novelas: Heladas (1964). Trastorno (1967). La calera (1970). También poesías...De su libro "El imitador de voces", algunos cuentos.

Bernhard no es sólo un grande de la litaratura, sino uno de los últimos que entendieron que la labor del intelectual en nuestra sociedad es, por encima de todo, señalar con el dedo acusador a todos los que *algo* tienen que ver con el poder. 

  

NECESIDAD INTERIOR

Unos bomberos de Krems comparecieron en juicio, porque retiraron su tensa lona de salvamento y huyeron, en el momento en que un suicida, que desde hacía ya varias horas amenazaba con precipitarse al vacío desde una cornisa del cuarto piso de una casa particular de Krems, saltó realmente. El más joven de los bomberos declaró en el juicio que había actuado por una súbita necesidad interior y que, al ver que el suicida cumplía su amenaza, huyó sin soltar la lona. Como era el más fuerte de los seis bomberos, arrastró a los otros cinco con la lona y, en el momento en que el suicida, un desgraciado estudiante, como dice el periódico, se estrelló contra el suelo bajo la casa a la que durante tiempo se había aferrado, ellos mismos cayeron al suelo, causándose lesiones más o menos dolorosas. El tribunal ante el que compareció el bombero que fue el primero en huir con la lona y que, como queda dicho, al ser el más joven y más fuerte de ellos era el principal inculpado, no pudo sustraerse a la responsabilidad de ese inculpado principal y, lo mismo que a los otros bomberos de Krems, absolvió al bombero, aunque, como es natural, no podía estar convencido de su inocencia. Los bomberos de Krems tienen desde hace decenios la reputación de ser los mejores bomberos del mundo.

ESPELEÓLOGOS

 

Los llamados espeleólogos, que dedican su vida a explorar cuevas y suscitan siempre el mayor interés, sobre todo en las revistas ilustradas de las grandes ciudades, han explorado también la cueva existente entre Taxenbach y Schwarzach, que hasta ahora había estado siempre totalmente inexplorada, como hemos sabido por el periódico. A finales de agosto y en condiciones meteorológicas ideales, según informa el Salzburger Volksblatt, los espeleólogos penetraron en la cueva con la firme intención de volver a salir de esa cueva hacia mediados de septiembre. Sin embargo, como los espeleólogos no habían vuelto de la cueva ni siquiera a finales de septiembre, un equipo de salvamento, formado con el nombre Equipo de salvamento de espeleólogos, se dirigió a la cueva para socorrer a los espeleólogos que penetraron originalmente en la cueva a finales de agosto. Pero tampoco ese equipo de salvamento de espeleólogos había vuelto a mediados de octubre de la cueva, lo que indujo al Gobierno del Land de Salzburgo a enviar a la cueva un segundo equipo de salvamento de espeleólogos. Este segundo equipo de salvamento de espeleólogos se componía de los hombres más fuertes y valientes del Land y estaba equipado con los más modernos, así llamados, aparatos de salvamento espeleológicos. Sin embargo, el segundo equipo de salvamento de espeleólogos, igual que el primero, penetró, sí, en la cueva, de acuerdo con lo previsto, pero ni siquiera a principios de diciembre había regresado de la cueva. En vista de ello, la oficina responsable de la espeleología del Gobierno del Land de Salzburgo encargó a una empresa constructora de Pongau que tapiase la cueva existente entre Taxenbach y Schwarzach, lo que se hizo ya antes del nuevo año.

DECISIÓN

 

Según prudentes estimaciones, en el último terremoto que azotó a Bucarest perdieron la vida dos mil quinientas personas; sin embargo, cálculos exactos han determinado que unas cuatro mil personas murieron bajo los escombros. Esa cifra hubiera sido inferior por lo menos en quinientas si el municipio hubiera actuado en contra de la orden expresa del funcionario competente de la administración de Bucarest de allanar los escombros de un hotel totalmente destruido, en lugar de quitarlos, y hubiera quitado esos escombros. Todavía una semana después del terremoto, la gente oía los gritos de cientos de personas sepultadas, que salían de los escombros. El funcionario de la administración municipal, sin embargo, hizo cercar la zona del hotel hasta que le comunicaron que bajo los escombros no se movía absolutamente nada y que tampoco se oía ya ruido alguno. Hasta dos semanas y media después del terremoto no se permitió a los habitantes de Bucarest recorrer el montón de escombros, que fue totalmente allanado en la tercera semana. Al parecer, por razones de costo, el funcionario renunció al salvamento de unos quinientos huéspedes sepultados del hotel destruido. El salvamento hubiera costado mil veces más  que el allanamiento, sin tener en cuenta siquiera el hecho de que, probablemente, se habría sacado de los escombros a cientos de personas gravemente heridas que el Estado hubiera tenido que mantener luego durante toda su vida. Como es natural, según se dice, el funcionario se cercioró de la conformidad del Gobierno rumano. Al parecer, es inminente su ascenso a un puesto oficial más alto.

21 de julio de 2006

21 de julio de 2006

Es curioso que los mismos que niegan, y con razón, postulados identitarios, nacionalistas, de territorio por encima de las personas, a los varios nacionalismos que en España conviven, sean los que defiendan la causa del Estado sionista de Israel. No es que Israel, evidentemente, no tenga derecho a un Estado, sino que ese Estado, el existente, donde se encuentra, las razones por las que se encuentra allí, desde sus orígines, esgrimidas por los padres fundadores, son de origen identitario, religioso, y tan virtuales como aquellos que desean modelar paisajes en su estatutos.

Es a este Estado israelí actual , así configurado, imposible para muchos judíos que piensan en no/judío o que niegan las razones de ese sionismo invasor, es al que negamos como Estado, y al que nos oponemos. Y es el que no debiera existir. Cada día más parecido a un Estado terrorista con la simple lectura de la prensa diaria.

Otra cosa, y en otro momento, será hablar de los otros estados árabes. Esos que fueron modelados a golpe de regleta por ingleses, franceses, alemanes o americanos y que oponen religión a religión haciendo imposible cualquier posibilidad de avance en sus derechos. Además de estar nadando en la más absoluta corrupción, con el visto bueno de las potencias occidentales, maestras en el arte de corromper territorios y personas.

Si Lawrence levantara la cabeza.

70 años de un golpe de estado.

70 años de un golpe de estado.

Es la derecha española, quiero decir, el grupo actual que dirige a la derecha española, representada en el Pp, el que intenta reconocer en la dictadura de Franco el antecedente natural y lógico de la democracia parlamentaria de 1978. Vista así la historia, enunciada y desarrollada por el grupo de historiadores revisionistas que le dan forma al servicio de ese pensamiento, el cruel periodo de 40 años que se vivió en España no sólo habría servido para llegar a nuestra actual democracia sino que ésta, lejos de ser la superación de ese periodo nefasto, se pensó y desarrolló gracias al  franquismo. La democracia, también, sería obra del general golpista y parte de su proyecto.

Edificado ese discurso bajo la usurpación del término *Transicion*, que para esta derecha representaría lo comentado y sólo lo comentado, la democracia de 1978 sólo tendría sentido en la medida que la obra de Franco se reconociera como antecedente histórico, negando el origen delictivo y criminal del franquismo y, por el contrario, al ocultarlo, poner de manifiesto esa supuesta  *anormalidad* de la República española como razón y origen del golpe de estado del 18 de julio de 1.936, legitimándolo.

Curiosamente, en este punto, los dirigentes de la actual derecha española coinciden en sus análisis con el grupo terrorista ETA, para el que la actual democracia española sería una continuación natural del franquismo. Vista así nuestra Monarquía parlamentaria, es la izquierda y los vencidos en la contienda de 1936 quienes no tendrían respuesta en esta democracia a sus esperanzas de restitución de la legalidad entonces violentada, pues aquella, para la derecha, tendría un carácter de anormalidad sólo superado con la dictadura, origen natural de la actual democracia.

No es la izquierda, como pregona la derecha, quien está intentando quebrar el pacto constitucional de la transición, sino es la derecha, con estos postulados y su frontal negativa a condenar la dictadura, quien está haciendo una interpretación revisionista que rompe los acuerdos de 1978. No es la izquierda quien pretende establecer la República española como antecedente democrático de la Monarquía parlamentaria, por otra parte el lógico y democrático antecedente, sino la derecha la que está intentando restituir a una dictadura cruel en el papel legitimador de la actual democracia.

Y es en este punto donde cualquier demócrata tiene que decir que NO, y mil veces NO, a la actual derecha española.

Decisivo apoyo de los fascistas para el triunfo de los sublevados

El 18 de julio fue un semifracaso para los sublevados y un semitriunfo para el Gobierno. Pronto se transformó en una guerra que duró tanto como la mitad del segundo conflicto mundial. Abandonados a su suerte, los rebeldes no hubieran podido imponerse. Las variables internacionales cambiaron de forma radical la naturaleza y perspectivas del conflicto. Franco recibió ultrarrápidamente apoyo material, político y diplomático de las potencias fascistas. Las potencias democráticas se retrajeron. La ayuda soviética, a partir de la mitad de octubre, puso a la República en condiciones de resistir. Es una historia que no se ha documentado todavía con el detenimiento que merece.

Los italianos sabían cuándo y cómo iba a producirse el golpe, como ha argumentado Saz. España estaba cubierta por una densa trama de espías fascistas, según han mostrado Canali, Heiberg y Ros Agudo. Los británicos sospechaban lo que se venía encima y captaron los telegramas que, desde Tánger, lo anunciaron a Roma. Por lo demás, los conspiradores no se habían recatado de comunicarlo previamente a Londres, como ha analizado Moradiellos. Un rumor del que se ha hecho eco Dorril apunta a que uno de los ingleses que intervinieron en el alquiler del avión que trasladó a Franco desde Canarias era agente del MI6. Los nazis y los franceses no sospechaban nada. Los agentes de la Comintern en Madrid se vieron sorprendidos, como han indicado Elorza y Bizcarrondo. También lo fue el Comisariado del Pueblo para los Asuntos Exteriores (NKID).

Por orden estrictamente cronológico, la imbricación internacional encierra sorpresas que no han aflorado aún en la historia convencional. La República solicitó a Francia pequeños suministros de material de guerra que, en principio, se declaró dispuesta a conceder. También apeló al Reino Unido en demanda de petróleo para la flota. Londres se esquivó. Veloces como el rayo, los soviéticos estuvieron dispuestos a hacerlos, según ha demostrado Rybalkin. La República solicitó, en consecuencia, armas a Moscú. También lo hizo a Berlín. A diferencia de lo que subyace a los sesgados argumentos de Radosh y su equipo, la interacción de estas variables fue compleja. Bajo presión británica, los franceses se echaron para atrás. Hitler se decantó por Franco el 25 de julio. Mussolini lo hizo pocos días más tarde, sabiendo que Moscú dudaba.

La ayuda de los dictadores fascistas salvó a Franco. Los aviones suministrados por Francia en los primeros días de agosto no estaban listos para entrar en combate. No disponían de armamento y necesitaban gasolina tetraetilada, que no existía en España. Mientras tanto, los aviones alemanes cruzaban ya el Estrecho y, con los italianos, apuntalaron los focos de la rebelión en Andalucía. La no intervención aplicada por París y Londres incluso antes de que recibiera un apoyo general en Europa cerró a la República la posibilidad de acudir a arsenales estatales, con la relevante excepción de México. A finales de agosto Franco recibía suministros abundantes y regulares que los británicos seguían al minuto. No tardó en hacer las necesarias genuflexiones a los amigos italianos y pronto les prometió alinear la política española según el modelo fascista.

¿Y la Unión Soviética, qué? No sabía demasiado bien lo que ocurría en España. El primer informe de situación que elaboró el Servicio de Inteligencia Militar (GRU) data del 7 de agosto. Ni él ni los que se sucedieron pintaron un cuadro demasiado favorable. Cuando se les compara con los que compilaban los servicios de inteligencia británicos su parvedad es obvia. Stalin apuntó hacia un deslizamiento que controló férreamente al compás del deterioro de la situación militar, la importante ayuda nazi-fascista y la retracción de las democracias. Sólo a principios de septiembre empezó a orientarse hacia suministros militares. A mitad se decidió la formación de lo que serían las Brigadas Internacionales. A finales dio su propio paso al frente. En contraste con las especulaciones de Beevor, lo hizo sabiendo dónde se metía. Las variables internacionales (estratégicas, políticas y económicas), prejuicios muy enraizados y percepciones muy diferentes sobre lo que estaba en juego determinaron la dinámica de una gran parte de la evolución militar desde el comienzo hasta el final de forma consistentemente negativa para la República.

Angel Viñas

El país.es


 

La Iglesia se volcó con los golpistas

El 20 de julio de 1936 el general Emilio Mola, principal organizador de la sublevación militar, llegó a Burgos, una ciudad que desde el domingo 18 vivía horas de fervor patriótico y religioso. Las campanas de la catedral volteaban anunciando a la población la llegada del general. "Escuadras tradicionalistas y fascistas", según contaba el Diario de Burgos del día siguiente, escoltaron a la comitiva hasta la sede de la Sexta División, en la plaza de Alonso Martínez. Instantes después acudió allí, a "cumplimentar" al general, el arzobispo de la diócesis, Manuel de Castro, acompañado de su secretario particular, el canónigo Alonso Hernández. El público, al darse cuenta de la presencia del prelado, "le aplaudió entusiásticamente".

La escena se repitió en todas las ciudades donde triunfó desde el principio la sublevación militar. España ardía en una guerra civil causada por un golpe de Estado que la partió en dos y la Iglesia católica no lo dudó. Estaba donde tenía que estar, frente a la anarquía, el socialismo y la República laica. Y todos sus representantes, excepto unos pocos que no compartían ese ardor guerrero, ofrecieron sus manos y su bendición a los golpistas.

 

Como han confirmado las principales investigaciones, la sublevación no se hizo en nombre de la religión. Los militares golpistas no incluyeron a la religión en los bandos de declaración del estado de guerra y mostraron más preocupación por otras cuestiones: por salvar el orden, la Patria, decían ellos, por arrojar a los infiernos al liberalismo, al republicanismo y a las ideologías socialistas que servían de norte y guía a amplios sectores de trabajadores. Pero la Iglesia y la mayoría de los católicos pusieron desde el principio todos sus medios, que no eran pocos, al servicio de esa causa. Y lo hicieron, además de para defender al mismo orden y a la misma Patria que los militares, porque no soportaban a la República, ese régimen de representación parlamentaria y de legislación anticlerical en el que los valores católicos ya no eran los dominantes. Ni los militares tuvieron que pedir a la Iglesia su adhesión, que la ofreció gustosa, ni la Iglesia tuvo que dejar pasar el tiempo para decidirse. Unos porque querían el orden y otros porque decían defender la fe, todos se dieron cuenta de los beneficios de la entrada de lo sagrado en escena.

 

La autoridades eclesiásticas, desde sus refugios y palacios episcopales, captaron ese espíritu de rebelión contra la República y lo forraron de legitimidad religiosa. Ningún obispo se lanzó a la calle a reclutar fieles o a arengar a las masas católicas. Ésas no eran sus armas. Ellos estaban para otras cosas, para cumplimentar y abrir las iglesias a las autoridades militares, para unir la espada y la cruz en una misma empresa y para hablar y escribir sobre esa guerra santa y justa que otros ya estaban librando. Siempre quisieron demostrar, sin embargo, que sólo entraron en escena cuando la violencia anticlerical y revolucionaria que se extendió por la zona republicana no les dejó otra opción. Sabían que ése era el mejor planteamiento para justificar el derecho a la rebelión y la guerra de exterminio que le siguió.

Julián Casanova

El país.es

 


 

Las dudas del golpista Franco

Después de su intento sibilino durante la crisis del 17 al 19 de febrero de 1936 de impedir que el resultado de las elecciones no resultara en un Gobierno de izquierdas, no era de sorprender que cuando Manuel Azaña volvió a ocupar la presidencia del Gobierno, Franco fuera reemplazado como jefe del Estado Mayor. Fue enviado a las islas Canarias como comandante general, un destino casi tan importante como una región militar peninsular, pero lo percibió como una degradación y como un nuevo desaire por parte de Azaña. Antes de partir a Canarias, Franco se reunió con Mola, Varela, Fanjul, Orgaz y otros oficiales disidentes. Acordaron que un golpe era necesario, que el general Sanjurjo debía encabezarlo y que los preparativos del golpe los dirigiese Mola, pero Franco no asumió ningún compromiso concreto.

Una vez en Las Palmas, rodeado de la hostilidad de la izquierda local, que le veía como el carnicero de Asturias, Franco se puso a trabajar en las defensas de las islas y en las medidas para aplastar disturbios de orden público. No participaba activamente en los planes del golpe. En cambio, se presentó como candidato a las Cortes en las elecciones repetidas que tuvieron lugar en Cuenca. Parece que quería tener una posición segura en la vida civil desde donde aguardar los acontecimientos. Llegado el momento, su deseo de conseguir la inmunidad de un acta fue vano, pues no pudieron presentarse más que los candidatos que habían estado incluidos en las listas de las elecciones originales.

Franco no era nada entusiasta respecto a la conspiración, y comentó a Luis Orgaz, eterno optimista, que el levantamiento sería "sumamente difícil y muy sangriento". A finales de mayo, Gil Robles se quejó de que Franco había rehusado encabezar el golpe, diciendo que "ni toda el agua del Manzanares borraría la mancha de semejante movimiento". Franco seguía teniendo muy presente el fracaso de la Sanjurjada de 1932, pero su cautela mermaba la paciencia de sus amigos africanistas. El 30 de mayo, Goded envió un mensajero a Canarias para comunicarle que había llegado el momento de abandonar la prudencia y tomar una decisión. El coronel Yagüe comentó que le resultaba desesperante la mezquina prudencia de Franco y su negativa a asumir riesgos. Como había mostrado su candidatura en Cuenca, la principal preocupación de Franco era cubrir su propia retirada en caso de que el golpe fallase.

El mayor indicio de la ambigüedad de Franco fue la curiosa carta que le escribió el 23 de junio al presidente del Gobierno, Santiago Casares Quiroga. Insinuaba al mismo tiempo que el Ejército era hostil a la República y que sería leal si se lo trataba adecuadamente. Haciendo hincapié en los problemas de orden público, instó a Casares a buscar el consejo de generales que, "exentos de pasiones políticas", palpaban los sentimientos del Ejército. Franco no mencionó su propio nombre, pero era evidente que se refería a sí mismo. Insinuaba que, para que poner fin a las conspiraciones, Casares simplemente tenía que darle el mando supremo. Franco hubiese preferido restaurar el orden con el respaldo legal del Gobierno que arriesgarlo todo en un golpe. Sin duda, la falta de contestación de Casares le inclinaba a optar finalmente por la rebelión.

Sin embargo, siempre deseoso de estar en el lado ganador sin asumir riesgos, Franco seguía manteniendo la distancia con los conspiradores. Unos días después de escribir a Casares se hizo el reparto de funciones entre los conspiradores. Franco fue destinado al mando de la sublevación en Marruecos, donde, por haber sido jefe de la Legión, contaba con la lealtad del ejército colonial, crucial para el éxito del golpe. Pese a todo, a comienzos del verano de 1936, seguía vacilando. Calvo Sotelo abordaba a Serrano Suñer en los pasillos de las Cortes para preguntarle con impaciencia: "¿Qué le pasa a tu cuñado? ¿Qué hace? ¿No se da cuenta de lo que se está tramando?". Los frustrados camaradas de Franco le apodaron Miss Islas Canarias 1936. Sanjurjo comentó: "Franco no hará nada que le comprometa; estará siempre en la sombra porque es un cuco", y afirmó que el levantamiento iría adelante "con o sin Franquito". Las dudas de Franco indignaban a Mola o Sanjurjo, no sólo por las dificultades de tener que obrar en torno a un factor dudoso, sino también porque se daban cuenta de que su decisión influiría en otros muchos indecisos. Según la instrucción de Mola sobre Marruecos, Yagüe dirigiría las fuerzas rebeldes hasta la llegada de "un general de prestigio". Yagüe le escribió para asegurarse de que éste fuera él y había planeado con Francisco Herrera, enlace entre los conspiradores de España y los de Marruecos, presentar a Franco con el fait accompli de un avión para trasladarle a Marruecos. Mola aceptó la idea, a pesar de las dificultades que implicaba conseguir un avión en tan corto plazo, aunque todavía dudaba respecto a la eventual participación de Franco en el levantamiento.

Herrera iba a Biarritz el 4 de julio, se entrevistó con Juan March, quien ofreció el dinero necesario. El marqués de Luca de Tena, propietario del periódico Abc, telefoneó a Luis Bolín, su corresponsal en Inglaterra, y le dio instrucciones para que alquilara un avión. Bolín, a su vez, telefoneó al inventor aeronáutico español, Juan de la Cierva, que vivía en Londres. Por recomendación de De la Cierva, buen conocedor de la aviación privada inglesa, Bolín alquiló un bimotor Havilland Dragon Rapide al Olley Air Services de Croydon. El avión despegó a primera hora de la mañana del día 11 de julio y llegó a Casablanca al día siguiente después de escalas en Portugal. Franco todavía dudaba. El mismo día en que el Dragon Rapide llegó a Casablanca, Franco envió un mensaje en clave a Kindelán en Madrid para que a su vez éste se lo transmitiese a Mola. Decía "geografía poco extensa" y significaba que se negaba a unirse al levantamiento alegando que las circunstancias no eran lo suficientemente favorables. Kindelán recibió el mensaje el 13 de julio, y Mola, un día después en Pamplona. Encolerizado, Mola mandó que el piloto Juan Antonio Ansaldo llevase a Sanjurjo a Marruecos para hacer el trabajo de Franco e informó a los conspiradores de Madrid de que no se contaba con Franco. Sin embargo, dos días más tarde, llegó otro mensaje que decía que Franco estaba con ellos. El asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio le había hecho volver a cambiar de postura.

El asesinato ayudó a muchos indecisos a adoptar una posición, entre ellos a Franco. Cuando conoció la noticia, a última hora de la mañana del día 13 de julio, exclamó ante el mensajero, el coronel González Peral: "La patria ya cuenta con otro mártir. No se puede esperar más. ¡Es la señal!". Poco después envió un telegrama a Mola. A última hora de la tarde, Franco hizo gestiones para mandar a su esposa y a su hija a Francia. La decisión era lo suficientemente trascendental como para provocar en él dudas agonizantes, como puede verse en las precauciones que tomó para la seguridad de su mujer y de su hija. Sin embargo, Franco había tomado una decisión, el Dragon Rapide estaba de camino y él era ahora un golpista.

PAUL PRESTON

El país.es

Todo empezó un 17 de julio

Todo empezó un 17 de julio

En realidad, no fue el 18, fue el 17. Y no fue en España, sino en el Protectorado de Marruecos. Los militares que veníacon conspirando contra el Gobierno de la República no las tenían todas consigo, pues no faltaban notorios conspiradores que daban la impresión de nadar y guardar la ropa, entre ellos, el mismo general Franco, comandante militar de Canarias. Una profunda desconfianza, una permanente sospecha y algunos enfrentamientos a tiros habían enrarecido el aire de los cuarteles y obligado a posponer en varias ocasiones el día de la rebelión. El director, el general Mola, había exigido el empleo de la máxima dureza, o sea, fusilamiento con o sin consejo de guerra, contra quienes se opusieran a la acción una vez emprendida. Pero al escribirlo pensaba en las autoridades republicanas, en los dirigentes de partidos de izquierda y de los sindicatos obreros, no en sus conmilitones. La insurrección, proyectada para las primeras horas de la mañana del 18 de julio, comenzó, sin embargo, antes de lo previsto en Marruecos, con el tiro a bocajarro a los jefes indecisos, allí mismo, en los despachos de los cuarteles, entre voces y griterío. La primera víctima, el general Romerales, marcó la norma futura: para garantizar el éxito había que liquidar, como primera providencia, a los jefes y oficiales que declaraban su lealtad al Gobierno legalmente constituido o que se mostraban remisos y dubitativos.

Roto ese dique, el torrente se desbordó sin conocer ningún límite: si la muerte era el destino de los compañeros desafectos, ya se puede imaginar cuál podría ser el de los obreros, campesinos y autoridades republicanas allí donde ofrecieron débil resistencia. Ocurrió así en tierras del Protectorado en la tarde del 17 de julio y la pauta se impuso de inmediato en los focos de rebelión que alumbraron desde las primeras horas de la mañana y se extendieron por la tarde y noche del 18. La Coruña y Vigo, Álava y Navarra, las capitales de Castilla la Vieja, Sevilla. En todas partes se repitieron idénticas escenas: insurrección, detención y fusilamiento de jefes y oficiales indecisos, sin importar grado de parentesco o amistad; adhesión, donde las hubiera, de milicias falangistas y carlistas; rápido control de las calles, incursiones de castigo en los barrios obreros; asesinato de alcaldes y gobernadores civiles. En Madrid, en la noche del 17 al 18, la República -como escribió Manuel Azaña- estuvo pendiente de un hilo: habría bastado la decisión audaz de quienes ocupaban todos los establecimientos militares para acabar con el régimen en unas horas. Pero, añade Azaña, se produjo el hecho contrario.

El hecho contrario no consistió en que a la falta de audacia de los rebeldes respondiera el Gobierno con firmeza: el Gobierno de la República se hundió la misma tarde del golpe. ¿Qué Gobierno era ese incapaz de resistir el golpe y aplastarlo? Ante todo, no era un Gobierno de Frente Popular aquel contra el que se rebelaban una tras otra, deslavazada, caóticamente, las guarniciones militares. Para serlo, hubiera requerido, como en Francia, la presencia de los socialistas, porque el apoyo parlamentario de los comunistas se daba por descontado. Pero los socialistas se habían negado a incorporarse a un Gobierno de coalición cuando Manuel Azaña, el 11 de mayo, recién elegido presidente de la República, ofreció a Indalecio Prieto la presidencia del Consejo de Ministros. Fue la facción liderada por Francisco Largo Caballero la que se negó a incorporar a su partido al Gobierno en la ilusoria e irresponsable esperanza de que los republicanos, al cabo de unos meses, no tendrían más remedio que franquear la puerta y poner en sus manos todo el poder.

Esta estrategia suicida, además de dividir e inutilizar a los socialistas como fuerza hegemónica de la coalición republicano-obrera, dejó al Gobierno a la intemperie, sin bases sólidas sobre las que apoyarse. Y fue contra un Gobierno débil, formado exclusivamente por republicanos de centro-izquierda, bajo la presidencia de Santiago Casares Quiroga, contra el que pusieron en marcha su proyectada conspiración los militares que desde el 8 de marzo se habían juramentado para dar un golpe de Estado. No era la primera vez que lo intentaban. No era tampoco la primera vez que un Gobierno de la República tenía que habérselas con una intentona militar, de la que todo el mundo hablaba y de la que todo el mundo, incluso la policía, estaba al cabo de la calle.

A nadie, por tanto, pilló de improviso la tarde del 17 de julio el rumor rápidamente extendido de que algo ocurría en tierras del Protectorado. El Gobierno esperaba la insurrección y había tomado las medidas que estaban de su mano para entorpecer con piedrecitas su maquinaria: creyó que con los traslados de los principales sospechosos y el nombramiento de generales de confianza al frente de las fuerzas de policía y de la Guardia Civil, la proyectada rebelión sería aplastada, si no tan fácilmente como en agosto del 32, al menos con efectos más radicales y permanentes: ahora el castigo sería ejemplar. Los dirigentes obreros, por su parte, acariciaban la expectativa de que los militares se rebelasen porque en su visión del alumbramiento del nuevo mundo bastaba una huelga general para derrotar a la reacción militar.

Y ése fue el hecho contrario al que se refería Azaña: la rebelión puso en marcha un movimiento de resistencia obrera y popular que, sumando su presión a la que procedía del bando contrario, se llevó por delante al Gobierno presidido por Casares, dejando sin gobierno a la República durante unas horas decisivas. Para tapar el hueco, Azaña ofreció al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, el encargo de formar un nuevo Gobierno que se ampliara por la derecha y por la izquierda con el refuerzo de liberales y socialistas. Martínez Barrio lo intentó en la noche del 18, pidiendo a Felipe Sánchez Román, líder del pequeño Partido Nacional Republicano, y a Indalecio Prieto, dirigente de la facción centrista del PSOE, su incorporación al Gobierno. El primero accedió, pero Prieto, tras consultar con su partido, regresó con una respuesta decepcionante: el PSOE se negaba por segunda vez, ahora en circunstancias dramáticas, a entrar en gobierno. Era, de nuevo, la estrategia de Largo Caballero y de sus consejeros de la izquierda socialista la que se imponía: esperar a que los republicanos sucumbieran para ocupar los socialistas en solitario todo el poder.

A pesar de este revés, Martínez Barrio habla con algunos jefes de las divisiones orgánicas y con el general Mola, que en esos momentos es ya -desposeído del mando y detenido el general Batet, que en unos meses será también fusilado- jefe efectivo de la VI División: "Es tarde, muy tarde...", responde Mola a las consideraciones que le hace Martínez Barrio. En realidad, a esas alturas, los rebeldes, conducidos sobre el terreno más por comandantes que por generales, han matado tanto que tienen cerrada cualquier posibilidad de marcha atrás. A pesar de que Madrid ni Barcelona caen, tienen que seguir adelante. Lo proclama Franco en sus arengas radiadas; lo dice Mola a su interlocutor. Martínez Barrio también sigue adelante y a primeras horas de la mañana del día 19 ha logrado formar un Gobierno a base de los tres partidos que un año antes habían sellado una especie de nueva alianza republicana: Izquierda Republicana, de Azaña; Unión Republicana, del mismo Barrio, y Partido Nacional Republicano, de Sánchez Román.

Pero este Gobierno tiene, antes de nacer, las horas contadas. En una noche de insomnio cargada de rumores se corre rápidamente la voz de que Martínez Barrio negocia una paz con los generales rebeldes. Socialistas, anarquistas y comunistas convocan una gran manifestación. Desde primeras horas de la mañana del domingo llegan hasta Martínez Barrio las voces de los manifestantes exigiendo armas y gritando "¡abajo el Gobierno!". El recién nombrado presidente dimite: su presidencia habrá durado poco más de seis horas, el tiempo justo para que el flamante Gobierno apareciera en la Gaceta cuando ya había dejado de existir. Azaña convoca entonces al Palacio Nacional a los dirigentes de los partidos y sindicatos con objeto de resolver la crisis de manera que todos se sientan implicados en la fórmula que se adopte.

En esa reunión, Largo Caballero, que también ha acudido, rechaza por tercera vez la participación socialista y sólo da su aprobación a un Gobierno formado exclusivamente por republicanos bajo la condición de que proceda a repartir armas a los sindicatos. El presidente de la República confiere entonces el encargo a su viejo amigo José Giral, que acepta la tremenda responsabilidad. Ya está, pues, el pueblo armado contra los generales rebeldes. Son pistolas y, todo lo más, el famoso máuser de 750 metros de alcance: sobre armas cortas van a edificar los sindicatos el nuevo poder obrero y campesino. Los militares decían haberse alzado contra el peligro comunista y lo que han puesto en marcha es una revolución sindical. Será un poder atomizado, suficiente para aplastar la rebelión allí donde los rebeldes han dudado y se han encerrado en sus cuarteles; trágicamente inútil allí donde los militares se han adelantado y han establ6ecido un férreo y despiadado control.

Será también un poder que vuelve inane el poder del Gobierno de la República. Revolución triunfante es proliferación de comités sindicales que comienzan a organizar la defensa contra el agresor y la represión del enemigo interior. Desde el mismo 18 de julio se destruyen por el fuego los símbolos del viejo mundo derrocado, se queman archivos, se incendian iglesias, se da muerte a quienes se han señalado, personal o institucionalmente, como enemigos de la clase obrera y de la revolución -propietarios, clérigos, guardias civiles-, mientras se abole el dinero, se incautan empresas, se patrullan las calles. Sobre las ruinas del Estado republicano, la revolución -o lo que quiera que fuese aquella resistencia obrera, campesina y popular al golpe militar- anunciaba, a pesar de la euforia de tantas noches febriles, más que un triunfo, una larga guerra civil.

SANTOS JULIÁ
El País.es


 

Los generales asumieron todo el poder

Una conspiración estrictamente militar precedió al pronunciamiento de julio de 1936. Contaba con el apoyo generalizado de la derecha y el soporte económico de Juan March y otros personajes adinerados, sin olvidar que, a última hora, Gil Robles entregó 500.000 pesetas de la caja electoral de Acción Popular. No obstante, la organización y todas las decisiones operativas quedaron en manos de los generales, limitándose los civiles a ser sus colaboradores.

Entre los días 17 y 20 se alzaron 44 de las más importantes guarniciones españolas, pero sólo la mitad del Cuerpo de Seguridad y Asalto y de la Guardia Civil, cuyos mandos también eran militares. Bajo sus órdenes, en unos casos, los guardias se unieron a los sublevados, y, en otros, se les enfrentaron a tiros.

 

Franco no figuraba en la conspiración porque ésta tenía como jefe a Sanjurjo, que se había sublevado y fracasado en agosto de 1932. Mientras estaba procesado en espera de juicio llamó a Franco, que había servido a sus órdenes en Marruecos, y le pidió que fuera su defensor ante el consejo de guerra. Franco rechazó la petición con una frase terrible: "General, se ha ganado usted el derecho a morir" y lo abandonó a su suerte. Efectivamente, fue condenado a la pena capital, pero el Gobierno de Azaña se la conmutó por una reclusión perpetua. Que no fue tal, porque el Gobierno Lerroux lo liberó y se exilió en Portugal, donde presidió varias conspiraciones contra la República.

 

Nunca perdonó el desaire de Franco y éste se mantuvo al margen del complot que presidía su enemigo. Hasta que, en la última semana, envió un mensaje de adhesión a Mola, a fin de no quedarse marginado. A pesar de todo, su papel no parecía fundamental porque no había tomado parte en los preparativos y conspiraban otros siete generales más antiguos que él. Incluso Fanjul y Mola, que eran menos importantes en el escalafón, le sobrepasaban en méritos políticos. El primero había sido parlamentario desde 1919 y subsecretario con Gil Robles en 1835; el segundo era el director del contubernio y la mano derecha de Sanjurjo.

 

La República contaba con 24 generales de división y 57 generales de brigada. De los 18 que formaban la cúpula militar, sólo se sublevaron cuatro: Franco; Cabanellas, liberal y masón; Queipo de Llano, republicano lenguaraz indispuesto con el Gobierno, y Goded, antiguo colaborador de Azaña, técnicamente preparado, soberbio y ambicioso. Con ellos se alzaron 22 generales de los 34 que tenían mando de brigada o similar.

 

Se les sumaron seis generales que el Gobierno mantenía "disponibles" por considerarlos subversivos. Dos de ellos, Villegas y González Carrasco, no se presentaron en el momento decisivo. En cambio, se alzaron los monárquicos Saliquet y Fanjul y dos generales represaliados por sus conspiraciones notorias: Orgaz, que estaba confinado en Canarias, y Varela, arrestado en un fuerte de Cádiz. Pronto se les unieron Kindelán, Francisco de Borbón y Ponte, monárquicos que habían abandonado el Ejército al proclamarse la República.

 

Los sublevados trataron cruelmente a los generales leales al Gobierno. Fusilaron a nueve, asesinaron a otro en una cuneta y condenaron a muerte a seis, cuya pena fue conmutada por la prisión perpetua. Los demás salvaron la vida hundiéndose en el exilio.

 

Sin embargo, los hombres de confianza de Franco no fueron los antiguos generales, sino los hombres de su generación, tenientes coroneles o comandantes que rondaban los 45 años y cuya mentalidad reaccionaria y cruel se había formado en la guerra de Marruecos. Su ambición era tanta que el mismo Franco contó a su primo Pacón cómo el teniente coronel Yagüe había intentado que ningún coronel recibiera mando. Franco no aceptó, pero la Guerra Civil los hizo generales. Luego serían el principal sostén de la dictadura.

GABRIEL CARDONA
El país.es

 


 

La profunda crisis del Ejército leal

Entre las primeras decisiones que tomó José Giral cuando fue nombrado jefe de Gobierno de la República el 19 de julio de 1936, dos marcaron de manera decisiva los meses iniciales del conflicto. Una de ellas fue la de repartir armas al pueblo; la otra, licenciar al Ejército. A través de esta última medida, autorizó a todos los soldados a abandonar a los jefes que se habían rebelado contra el régimen legal. Fue un error: los oficiales rebeldes no obedecieron el decreto e impidieron que sus hombres dejaran sus puestos. Sí lo hicieron, en cambio, muchos de los que formaban las filas de muchas unidades que permanecieron inicialmente dudosas e, incluso, de algunas que se mantuvieron fieles a la República. Con la entrega de armas al pueblo, por otro lado, cobraron un protagonismo esencial las milicias políticas. Muchas de ellas no sólo pretendían defender el régimen legal, sino ir más lejos: provocar la revolución. Ese extremo, que temían los republicanos más moderados, había impedido que esa medida se tomara en las primeras horas.

El Ejército quedó hecho trizas y la situación era caótica. Dentro de las fuerzas leales a la República, convivieron durante las primeras semanas las fuerzas milicianas, que por lo general aportaban más entusiasmo que técnica militar, y los restos de unas tropas que carecían de una dirección unificada. El voluntarismo fue la nota dominante, aun cuando hubieran mantenido su lealtad muchos altos cargos del Ejército. Faltaban, sin embargo, oficiales: la gran mayoría de los mandos intermedios se inclinó por las fuerzas rebeldes.

En el Ministerio de Guerra, quien movió inicialmente los hilos de la defensa fue el teniente coronel Juan Hernández Saravia, que había colaborado estrechamente con Azaña en la reforma del Ejército. También participaron activamente en la organización de las variopintas columnas muchos miembros de la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA). Giral incluyó a dos militares en su Gobierno: el general Castelló, en el Ministerio de Guerra, y el general Pozas, en el de Gobernación. Un síntoma de la profunda crisis: el primero de ellos, profundamente afectado por una crisis emocional, no tardó en perder la razón y abandonar el Gobierno.

A los pocos días del golpe, se consolidó la división de España en dos grandes zonas. La República conservó las ciudades más importantes. En Madrid y Barcelona, la feliz confluencia de tropas y mandos militares leales con las milicias armadas dio resultado, pero en Sevilla triunfó la sublevación. El conflicto no había hecho más que empezar. Muchos de los generales que se mantuvieron fieles a la República en las zonas en que triunfó el golpe fueron fusilados (inmediatamente o poco tiempo después): Núñez de Prado (en Zaragoza), Batet (en Burgos), Campins (en Granada), Molero (en Valladolid), Salcedo y Caridad Pita (en La Coruña), Romerales (en Melilla)... Otros asumieron el desafío de detener a los rebeldes. El gran cambio en el Ejército de la República, sin embargo, no se produjo hasta más adelante, cuando en octubre se hizo evidente que sólo una fuerza militar organizada podía luchar con las tropas franquistas que avanzaban entonces como una apisonadora hacia Madrid.

José Andrés Rojo

El país.es


 

Melilla, la primera batalla

Fue "sólo una idea de enamorado" lo que guió a Carlota O'Neill junto a su esposo, Virgilio Leret, capitán de la base de hidroaviones del Atalayón, en Melilla, aquel fatídico julio del 36. Eran un matrimonio joven (él 33 años, ella 31), tenían dos hijas pequeñas y muchas ganas de disfrutar de su amor allá donde pudieran. "Nadie, supongo, podía imaginar lo que pasaría: íbamos a ser testigos del inicio de la Guerra Civil", explica Carlota Leret O'Neill, la benjamina de la familia, desde Caracas (Venezuela), 70 años después.

La historia que unos pocos escribieron ha querido que sus nombres y los acontecimientos que vivieron se perdieran en el tiempo. La misma historia que hizo que el 18 de julio de 1936 pasase a la posteridad como el del levantamiento de las tropas fascistas contra el legítimo Gobierno de la República. Pero Carlota, al igual que algunos historiadores fascistas (Rafael Fernández de Castro y Joaquín Arrarás) sabe que la primera batalla de esa cruenta masacre que en tres años dejó huérfana a media España y viuda a la otra media, aconteció en la tarde del 17 de julio de 1936, y que el capitán Leret se enfrentó para defender la Constitución a las tropas que, desde Marruecos, seguían al comandante Sid Mohamed Mizzian Bel Kasen.

"Mi padre era ingeniero, no tenía vicios cuarteleros y dedicaba su tiempo libre al estudio. Así fue como inventó el motor mototurbocompresor de reacción continua". Leret acababa de ser nombrado capitán de la base de hidroaviones del Atalayón y su familia le acompañaba para pasar las vacaciones. "Llegamos desde Madrid el 1 de julio de 1936. Vivíamos en una draga, anclada a 300 metros de la base y de la que salíamos en una barquita de remos", rememora Carlota, que "por coquetería" declina decir su edad. "Han pasado 70 años. Eche la cuenta".

La mañana del 17 de julio Leret estuvo enseñando a sus hijas a nadar. "No quería que le temiésemos al agua ni al aire", señala Carlota. "Por la tarde, para complacer a mi mamá, que era periodista y escritora, teníamos planeada una excursión a un cementerio moro". "Estábamos en una colina. Empecé a oír las sirenas de la base con mucha intensidad. Mi padre se giró mirando hacia allí. Unos hombres subieron gritando: "¡Capitán Leret, capitán Leret!". La pequeña Carlota no sabía entonces lo que ocurría, pero recuerda que sus diminutos pies no podían aguantar el ritmo y que su madre la tomó de la mano, mientras su padre la apremiaba. "Al final papá me tomo en brazos y corrimos colina abajo".

El primer tabor de Infantería, del Grupo de Regulares de Alhucemas, al mando del capitán Guillermo Emperador, y su primer escuadrón de Caballería, a las órdenes del capitán Alfredo Corbalán Reina, estaban atacando la base de hidroaviones.

Acababan de llegar a la barca cuando empezó "un fuerte tiroteo" en la base cercana. "Ésos fueron los primeros disparos que incendiaron el mundo". La voz de Carlota se torna nostálgica. "Mi padre llevaba siempre puesto el mono blanco de aviador. Cuando subimos a la draga tomó su gorra y se puso algo a la cintura; el revólver, supe después". Parece que fuera ayer cuando Carlota mirase a su padre desde sus cuatro años partir en la barquita hacia la base, hacia los disparos. "Mi madre le vio alejarse y se negó a guarecerse bajo la cubierta. Él le grito que se fuera dentro, que era peligroso, que lo hiciera por las niñas... Fue la última vez que le vimos".

Hasta ahí alcanzan los recuerdos de Carlota sobre aquella tarde. El resto de la historia la ha ido construyendo durante los últimos cinco años. Virgilio Leret se atrincheró con sus hombres "en el casino de oficiales". Para entonces, y ante la fuerte resistencia que los aviadores presentaban a los fascistas, ya se les habían unido en el ataque el Grupo de Regulares Indígenas de Alhucemas número 5, comandados por el teniente coronel Francisco Delgado Serrano, y su segundo tabor, al mando del comandante Sid Mohamed Mizzian Bel Kasen. Una lucha sin esperanzas.

"Tenían desmontados los hidroaviones por órdenes de Madrid. Y su arsenal de 200 bombas, por exigencias de los militares que estaban fraguando la conspiración, tuvieron que ser devueltas al parque de Artillería de Melilla. ¿Qué hubiera pasado de no ser así?". Finalmente, Leret tuvo que deponer las armas, tiró su revólver al suelo y se rindió para salvar a sus hombres. "Se nombró único responsable y lo fusilaron al amanecer del 18 de julio junto a dos alféreces, pero mi madre no lo supo hasta octubre".

Carlota O'Neill fue encarcelada en la prisión de Victoria Grande, en Melilla, y condenada en consejo de guerra a seis años de cárcel por el delito de haber escrito unas cuartillas en las que describía la batalla e insultaba al Ejército. "Fue horrible todo aquello", recuerda su hija. "Durante mes y medio lloré frente a una ventana, mirando hacia una esquina de la calle porque me dijeron que por allí vendría mi mamá". De la dura experiencia vivida en la cárcel, de la separación de sus hijas y del exilio, Carlota O'Neill dio cuenta en Una mujer en la guerra de España (Oberon, 2003), un testimonio sobrecogedor.

NURIA TESÓN

El País.es