
18 de septiembre de 2006
Cuando el Papa nos habla de la *razón de Dios* frente a la *violencia* del islam el mundo no se detiene. Quiero decir, ni el mundo ni los semáforos. La *razón de Dios* es una buena forma de querer llegar a la meta cuando te faltan las fuerzas...y la razón.
"Si se pusiera en el platillo de la balanza el mal que los *puros* han derramado en el mundo y en el otro el mal proveniente de los hombres sin principios y sin escrúpulos, es el primer platillo el que inclinaría la balanza. En el espíritu que la propone, toda la fórmula de salvación erige una guillotina." (EM Cioran)
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Contaba Cándido su primer día de trabajo en ABC.
Sabedor el director de los deseos del joven periodista por llegar a ser escritor le puso a corregir las informaciones firmadas por los redactores. La primera que le llegó fue del área de sucesos :
- ...el muerto estaba al fondo del barranco, a siete metros de altura, había escrito el redactor.
Cándido tachó *altura* y puso *profundidad*.
Más tarde le preguntó al viejo redactor por qué había escrito *altura*.
- Joven, le respondió muy serio el veterano periodista, yo siempre escribo desde la perspectiva del muerto.
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La Luna alcanzará hoy la declinación al norte mayor del siglo XXI, y la mayor altura en el cielo en los últimos 37 años, lo que representa el punto más álgido al que ningún planeta llegará "jamás" en este siglo, ha informado el astrónomo Mario Tafalla, del Observatorio Astronómico Nacional. Al mirar la Luna hoy por la noche ésta se verá especialmente alta en el cielo, y el punto álgido será a eso de las 3.30 de la madrugada (hora peninsular), según las tablas de efemérides. Para Tafalla, se trata de un fenómeno parecido al que sucede al principio del verano con el Sol, que se encuentra en el punto más al norte.
Ultima fotografía de Salvador Allende
Que Rubianes es un perfecto cretino está tan claro como que Lorca no tiene ninguna culpa en este pobre sainete.
Ahora bien, que Rubianes sea todo cuanto parece insistentemente querer demostrar, y con creces después de esas últimas declaraciones, no oculta que el Ayuntamiento de Madrid, con su Alcalde al frente, ha censurado a un pésimo cómico por el terrible delito de ser un mal educado. Y con carácter retroactivo.
Cómico, dicho sea de paso, al que contrató personal de confianza del señor Alcalde que a esta hora, según parece, no ha creído conveniente solidarizarse con el defenestrado ni ha mostrado un átomo de vergüenza torera por su responsabilidad en el pobre sainete.
Me refiero, claro es, a doña Alicia y a don Mario, autores de la contratación y su programación en el teatro municipal. En este país todo ocurre como si de margaritas en el campo se tratase. Los responsables siguen en paradero desconocido.
Con el debido respeto, me pregunto para qué tenemos un ejército.
Descartadas sus intervenciones en política interna, afortunadamente para todos, resulta lógico que el poder civil, democráticamente elegido, con el visto bueno del Parlamento nacional, decida dónde enviar a nuestros soldados conforme a nuestra política exterior.
Otra cosa será la responsabilidad de ese poder civil ante los ciudadanos, como ya pasara con Aznar, e incluso pudiera pasar con Zapatero si la cosa se complica en Líbano. Pero el ejército está para obedecer en primer tiempo de saludo.
Y nada más.
Un 11S de hace 33 años, los mismos que ahora llevan la *democracia* a Irak con un balance diario de 100 asesinados, planearon, organizaron, financiaron y ejecutaron un golpe de estado contra Salvador Allende que, apenas tres años antes, había ganado unas elecciones democráticas a la derecha chilena. Aunque han pasado 33 años, los delincuentes y asesinos golpistas siguen empeñados en delimitar cuáles son nuestros derechos y cómo ejercitarlos. Aquel golpe de estado fue bien recibido por la derecha española que hizo suya la ideología y los métodos empleados. Hoy, 33 años después, los representantes de la actual derecha española, los mismos que se negaron a reclamar para la justicia española a Pinochet, como pedía el juez Garzón, son los que se niegan a condenar el régimen del general Franco. Para estos dirigentes, Franco es uno de los suyos. Y, viéndolos actuar, creo que llevan razón.
Entre trozo y trozo de pan, busco un poco de tranquilidad y encuentro este Ciber (¿se escribe así?) donde dejar algo de mi neurosis laboral. La mañana está siendo dura, no tanto por la búsqueda del santo pagador y su becerro de oro como por el calor que cubre Madrid desde primeros de mes. Llevo en mi mochila de esperas el libro Guerra de España, de Juan Ramón, pero no encuentro el momento ni el lugar de comenzarlo por alguna de sus numerosas partes. Libro de casi quince años, desde su salida de Madrid hasta se vuelta a aquella España negra que tanto daño nos ha hecho.
Al comienzo, una carta de Antonio Machado donde agradece la ayuda de JRJ a la República española, en contra de la opnión de algunos. Entre esos algunos estaban Alberti y Bergamín, de cuyas revolucionarias estupideces salió por piernas el de Moguer escondido en un camión de madera. También esa España negra ha llegado hasta nosotros en un revoltillo que todavía no hemos sido capaces de diferenciar.
Se ha terminado el café solitario mientras escribía estas líneas.
No muy lejos de donde me encuentro, Madrid trazó una línea divisoria con sangre inocente y alguna culpable. Ahora que tantos se apuntan al carro de la desmemoria, ahora que puedo comprobar tanta manipulación en documentales de televisiones autonómicas, como la vasca, donde aquellos gudaris, por los visto, luchaban por Euskadi y no por la República, bueno será decir que si alguna vez existió alguna posibilidad fue gracias a Madrid y sólo a Madrid. Nunca una ciudad, hasta esa fecha, hizo tanto por tantos. Tres años de vida y muerte a la espera de los soles de primavera: al final llegó un duro y largo invierno.
Me marcho. La espera siempre tiene su pitido final.
JRJ dijo que la poesía no debía alterarse ni por una guerra. La guerra, añadió, sólo debía hacer esperar a la poesía y poner al poeta al servicio de la verdad. Grande JRJ, andaluz, como tantos y tantos. Es decir, universal. Como el deseo de aquella República.
(cuando lo andaluz es sólo un adjetivo)
Me pregunto si habrán vuelto ya todos los pobres y miserables de la tierra de sus veraneos. Si habrán conseguido encontrar sus perdidas casas, sus ausentes calles y el silencio cómplice de los amigos eternamente desaparecidos. Si al llegar, aunque ni ellos ni nosotros sepamos nunca a dónde llegan, habrán abierto sus maletas vacías y mostrado las postales del último lugar recordado. Seguro que entre los objetos de aseo habrá un cartel que ponga : no molesten, adquirido en las tiendas libres de piedad y decoro, que colgarán entre las alas de alguna paloma cercana, más acostumbrada que ellos a los lujos de los paseantes y los restos de comida sobre el asfalto.
La pobreza, y su ángel de miseria, es una estación de doce meses que carece de operación retorno y guardias civiles que vigilen su melancolía. Ahora he visto pasar a uno. Ahora mismo. Mirad, por ahí va. Acaba de llegar. Viene cargado de cuanto ha olvidado, de una memoria de instinto que escupe el filo triste de una navaja en cada suspiro y apenas nos reconoce. Acaba de ponerse su chaqueta de marinero en tierra y tirado su gorra sobre la arena del circo. Han saltado tres monedas como tres liebres.
Vivimos una vida sin red que sólo nos permite reconocerla cuando los héroes nos dejan mirarnos al espejo que ocultan en cada esquina. Y nos produce pánico verlos. Y vernos.
Decía Ortega que en los viajes se hace extremada la momentaneidad de nuestro contacto con los objetos, paisajes, figuras, palabras, y paralelamente crece y nos acongoja la pena que sentimos de que así sea. Quisiéramos de algún modo fijar algunas de aquellas cosas que pasan a escape (…). A este fin llevamos un cuadernito y un lápiz; apuntamos unas breves palabras, y cuando un día, andando el tiempo, las leemos, el paisaje, la palabra, la fisonomía que desapareció adquiere cierta supervivencia, una como espectral vida que conserva de la real ecos, remotos latidos.
Las víctimas de la Guerra Civil y del régimen franquista siguen a la espera de que se reconozcan sus derechos a conocer la verdad, obtener justicia y ser reparadas por los daños sufridos.
Durante la Guerra Civil y el franquismo fueron muchas las víctimas de graves abusos que el derecho internacional prohibía y condenaba, como tortura, ejecuciones extrajudiciales, ataques contra población civil, persecución política, religiosa o racial, encarcelamientos arbitrarios, trabajos forzados y otros actos definidos como crímenes contra la humanidad.
Ni el paso del tiempo ni actos políticos de perdón u olvido cancelan la responsabilidad del Estado hacia las víctimas; la responsabilidad de los autores de estos crímenes no prescribe nunca.
En un primer informe, España: poner fin al silencio y a la injusticia, Amnistía Internacional recogía información detallada sobre la deuda pendiente con las víctimas de la Guerra Civil y del franquismo.
En el más reciente Víctimas de la Guerra Civil y del régimen franquista: el desastre de los archivos, la privatización de la verdad, la organización documenta los principales obstáculos que siguen impidiendo a las víctimas acceder a sus derechos. Por ejemplo, las dificultades para acceder a los archivos oficiales, un elemento fundamental cuando se trata de reparar los daños sufridos por las víctimas y establecer la verdad sobre lo sucedido.
Tampoco se han tomado medidas hasta el momento para anular las condenas a muerte impuestas tras juicios injustos, ni se ha abordado la cuestión de las personas "desaparecidas" -los restos de miles de ellas siguen enterrados en lugares sin identificar- en el contexto judicial en el que debería enmarcarse esta cuestión.
Amnistía Internacional trabaja para que las víctimas del franquismo y de la Guerra Civil puedan acceder a su derecho a saber, a obtener justicia y a ser reparadas, tal como establecen las normas internacionales de derechos humanos.
El error forma parte de la naturaleza humana. Uno tiene dos pistas para despegar pero elige aquella que no es la adecuada. O le indican una que le llevará a la muerte, como es el caso. A fin de cuentas eso es la vida.
Cada uno de esos 49 fallecidos son hijos de un error. Cuesta entenderlo, pero sólo es un error. El error es tan natural como el agua y tan escaso, a veces, como la lluvia. Que ahora, como en otras ocasiones, intenten buscar culpables es por negar, una vez más. que el error existe entre nosotros. ¿Tiene dueño un error, aunque trágico?
Quería gritar viva el error- como elemento corrector de tanto orden impuesto- pero mejor primero aterrizo y recojo las maletas. Luego, en el automóvil, ya veremos. De momento, espero que el piloto no me escuche.
Con el sonido y la libertad del jazz
Tenía las piernas demasiado largas para ser ciclista, pero se paseaba por París montado en una bicicleta que había bautizado con el nombre de Aleluya, por aquel París que de buena mañana, con las calles recién regadas, olía a croasán y a pan caliente. Vivía como un estudiante y no era un estudiante; daba la sensación de estar exiliado y no era un exiliado; queda por saber si Julio Cortázar era realmente argentino y no un ser desarraigado, que había convertido la literatura fantástica, el jazz, la pintura de vanguardia, el boxeo y el cine negro en su única patria y París en una metáfora, en una cartografía íntima. Si ser argentino consiste en estar triste y en estar lejos, Julio Cortázar hizo de su parte todo lo posible por responder a ese modelo, que cada lector podía armar y desarmar a su manera.
Había nacido en Bruselas, en 1914, hijo de madre francesa y de un diplomático argentino, agregado comercial de la embajada de su país en Bélgica, que los abandonó al poco tiempo. Pasó la infancia en Banfield, una barriada al sur de la capital porteña, y en la adolescencia una enfermedad le permitió comerse mil libros; luego se graduó de maestro y fue profesor en la universidad de Cuyo, en Mendoza, pero su espíritu refinado acabó por chocar contra lo más grasiento del peronismo. Hubo otros enredos. Por la pasión con una de sus alumnas, Nelly Martín, aquellos burgueses de provincias lo aislaron con un cordón sanitario, y el hecho de que un día se negara en público a besar el anillo del nuncio Serafini acabó por convertirlo en un proscrito. Estaba ya listo para decir adiós a todo aquello.
El joven Cortázar conoció a la traductora Aurora Bernárdez, hija de emigrantes gallegos, que sería su primera mujer; en 1951 consiguió una beca del gobierno francés y con ese pretexto se instaló definitivamente en París. Ya había escrito Bestiario, el primer libro de cuentos, ponderado por Borges, que se convertiría en el germen de su fama. Realmente, se sentía muy lejos. Podías imaginarlo sentado en la terraza de cualquier café del Barrio Latino midiendo con la mente la distancia que lo separaba de Buenos Aires, mientras escribía Rayuela, su obra maestra, sin ahorrarse un gramo de melancolía. Tal vez por allí cruzaban los grandes del jazz, de paso por París, que después de una noche de gloria en la sala Pleyel volvían a llenar el depósito de whisky en el mercadillo callejero de la rue de Seine, antes de irse a la cama en el hotel La Louisiane, donde se hospedaban. En esa calle empieza la acción de Rayuela, por allí va Oliveira hasta el arco del Quai de Conti para encontrarse con la Maga. En ese hotel vivieron Sartre y Simone de Beauvoir. Y también Albert Camus y Juliette Greco. Ahora, en su angosto ascensor, unas chicas molonas que soñaban con ser modelos de Yves Saint Laurent se entreveraban con Miles Davis y Charlie Parker, uno con la trompeta y otro con el saxo a cuestas.
Amar a Cortázar fue el oficio obligado de toda una generación. En él se reconoció una tribu, que a mitad de los años sesenta había descubierto con sorpresa que en castellano también se podía escribir con la misma libertad con que suena del jazz, rompiendo el principio de causalidad, o de la manera con que Duchamp cambiaba de sitio los objetos cotidianos y los colocaba en un lugar imprevisto para que una mirada nueva los convirtiera en arte. Un argentino con acento francés que arrastraba guturalmente las erres podía ser muy seductor, y si encima usaba gafas de carey negro como Roger Vadim sin necesitarlas, y aún tenía la cara de joven universitario de la Sorbona a los 50 años y el jersey de cuello vuelto le hacía juego con el mechón de pelo que le sombreaba la frente y aparecía en las fotos tocando la trompeta y se comportaba con una ética personal coherente con lo que escribía, no es extraño que produjera estragos entre los lectores libres e imaginativos de entonces. No había ninguna chica que, después de leer Rayuela, no soñara con ser la Maga.
Cuando en 1981 Mitterrand le concedió la nacionalidad francesa, en una pared de Buenos Aires apareció esta pintada: "Volvé, Julio, qué te cuesta". Cortázar volvió a Buenos Aires para visitar a su madre muy enferma y se le vio vagar por el aeropuerto de Eceiza como un extraño, sin que nadie hubiera acudido a recibirle. Nunca fue aceptado por ninguna autoridad establecida. Hoy, en el barrio de Palermo de Buenos Aires hay una plazoleta con su nombre, de la que arranca la calle dedicada a Jorge Luis Borges y muy cerca se alarga un paredón donde en la oscuridad se sacrifican los travestis.
Conoció otros amores. La lituana Unge Karvelis forzó su divorcio con Aurora y lo concienció políticamente, y a partir de entonces hubo el otro Cortázar: el que bajó de la torre de marfil al barro para comprometerse con las causas perdidas, el que firmaba manifiestos, presidía tribunales contra las tiranías de Videla y de Pinochet, el que amaba a Salvador Allende y el sandinismo de Nicaragua; esta actitud militante, unida a su estética de vanguardia, fue una mezcla explosiva para sus lectores de izquierdas, pero acabó por distanciarlo de algunos viejos amigos y colegas latinoamericanos que antepusieron su ideología a su admiración. Luego su pasión por Carol Dunlop le hizo cabalgar en otros viajes, uno de los cuales fue el que los llevó al más allá. Carol partió primero a causa de la leucemia y dos años después esta misma enfermedad acabó también con el escritor. A medida que envejecía su rostro lampiño iba recobrando las facciones de un niño, con sus mismas piernas interminables. Murió el 12 de febrero de 1984 en el hospital de St Lázare y la gallega Aurora Bernárdez, que había vuelto a su lado, lo acompañó hasta el final durmiendo en una colchoneta en el suelo.
Cortázar está enterrado en la misma tumba de Carol, en el cementerio de Montparnasse, y sus fieles, cuando la visitan, cumplen con el rito de dejar sobre la nubecilla grabada en la losa un vaso de vino y un papel con el dibujo de una rayuela, ese juego de los niños en la calle. Sin premios, ni medallas, ni academias, ni ropones severos, se fue al otro mundo sólo con la pasión de sus lectores. En Cortázar amábamos lo que París tenía de libertad y a toda una lista de amores, personajes y lugares secretos, que uno podía confeccionar en un minuto, y también a todas las chicas que pasaban en bicicleta, con la baguette y un libro en la cestilla del manillar y que podían ser la Maga.
MANUEL VICENT
Tenía las piernas demasiado largas para ser ciclista, pero se paseaba por París montado en una bicicleta que había bautizado con el nombre de Aleluya, por aquel París que de buena mañana, con las calles recién regadas, olía a croasán y a pan caliente. Vivía como un estudiante y no era un estudiante; daba la sensación de estar exiliado y no era un exiliado; queda por saber si Julio Cortázar era realmente argentino y no un ser desarraigado, que había convertido la literatura fantástica, el jazz, la pintura de vanguardia, el boxeo y el cine negro en su única patria y París en una metáfora, en una cartografía íntima. Si ser argentino consiste en estar triste y en estar lejos, Julio Cortázar hizo de su parte todo lo posible por responder a ese modelo, que cada lector podía armar y desarmar a su manera.
Había nacido en Bruselas, en 1914, hijo de madre francesa y de un diplomático argentino, agregado comercial de la embajada de su país en Bélgica, que los abandonó al poco tiempo. Pasó la infancia en Banfield, una barriada al sur de la capital porteña, y en la adolescencia una enfermedad le permitió comerse mil libros; luego se graduó de maestro y fue profesor en la universidad de Cuyo, en Mendoza, pero su espíritu refinado acabó por chocar contra lo más grasiento del peronismo. Hubo otros enredos. Por la pasión con una de sus alumnas, Nelly Martín, aquellos burgueses de provincias lo aislaron con un cordón sanitario, y el hecho de que un día se negara en público a besar el anillo del nuncio Serafini acabó por convertirlo en un proscrito. Estaba ya listo para decir adiós a todo aquello.
El joven Cortázar conoció a la traductora Aurora Bernárdez, hija de emigrantes gallegos, que sería su primera mujer; en 1951 consiguió una beca del gobierno francés y con ese pretexto se instaló definitivamente en París. Ya había escrito Bestiario, el primer libro de cuentos, ponderado por Borges, que se convertiría en el germen de su fama. Realmente, se sentía muy lejos. Podías imaginarlo sentado en la terraza de cualquier café del Barrio Latino midiendo con la mente la distancia que lo separaba de Buenos Aires, mientras escribía Rayuela, su obra maestra, sin ahorrarse un gramo de melancolía. Tal vez por allí cruzaban los grandes del jazz, de paso por París, que después de una noche de gloria en la sala Pleyel volvían a llenar el depósito de whisky en el mercadillo callejero de la rue de Seine, antes de irse a la cama en el hotel La Louisiane, donde se hospedaban. En esa calle empieza la acción de Rayuela, por allí va Oliveira hasta el arco del Quai de Conti para encontrarse con la Maga. En ese hotel vivieron Sartre y Simone de Beauvoir. Y también Albert Camus y Juliette Greco. Ahora, en su angosto ascensor, unas chicas molonas que soñaban con ser modelos de Yves Saint Laurent se entreveraban con Miles Davis y Charlie Parker, uno con la trompeta y otro con el saxo a cuestas.
Amar a Cortázar fue el oficio obligado de toda una generación. En él se reconoció una tribu, que a mitad de los años sesenta había descubierto con sorpresa que en castellano también se podía escribir con la misma libertad con que suena del jazz, rompiendo el principio de causalidad, o de la manera con que Duchamp cambiaba de sitio los objetos cotidianos y los colocaba en un lugar imprevisto para que una mirada nueva los convirtiera en arte. Un argentino con acento francés que arrastraba guturalmente las erres podía ser muy seductor, y si encima usaba gafas de carey negro como Roger Vadim sin necesitarlas, y aún tenía la cara de joven universitario de la Sorbona a los 50 años y el jersey de cuello vuelto le hacía juego con el mechón de pelo que le sombreaba la frente y aparecía en las fotos tocando la trompeta y se comportaba con una ética personal coherente con lo que escribía, no es extraño que produjera estragos entre los lectores libres e imaginativos de entonces. No había ninguna chica que, después de leer Rayuela, no soñara con ser la Maga.
Cuando en 1981 Mitterrand le concedió la nacionalidad francesa, en una pared de Buenos Aires apareció esta pintada: "Volvé, Julio, qué te cuesta". Cortázar volvió a Buenos Aires para visitar a su madre muy enferma y se le vio vagar por el aeropuerto de Eceiza como un extraño, sin que nadie hubiera acudido a recibirle. Nunca fue aceptado por ninguna autoridad establecida. Hoy, en el barrio de Palermo de Buenos Aires hay una plazoleta con su nombre, de la que arranca la calle dedicada a Jorge Luis Borges y muy cerca se alarga un paredón donde en la oscuridad se sacrifican los travestis.
Conoció otros amores. La lituana Unge Karvelis forzó su divorcio con Aurora y lo concienció políticamente, y a partir de entonces hubo el otro Cortázar: el que bajó de la torre de marfil al barro para comprometerse con las causas perdidas, el que firmaba manifiestos, presidía tribunales contra las tiranías de Videla y de Pinochet, el que amaba a Salvador Allende y el sandinismo de Nicaragua; esta actitud militante, unida a su estética de vanguardia, fue una mezcla explosiva para sus lectores de izquierdas, pero acabó por distanciarlo de algunos viejos amigos y colegas latinoamericanos que antepusieron su ideología a su admiración. Luego su pasión por Carol Dunlop le hizo cabalgar en otros viajes, uno de los cuales fue el que los llevó al más allá. Carol partió primero a causa de la leucemia y dos años después esta misma enfermedad acabó también con el escritor. A medida que envejecía su rostro lampiño iba recobrando las facciones de un niño, con sus mismas piernas interminables. Murió el 12 de febrero de 1984 en el hospital de St Lázare y la gallega Aurora Bernárdez, que había vuelto a su lado, lo acompañó hasta el final durmiendo en una colchoneta en el suelo.
Cortázar está enterrado en la misma tumba de Carol, en el cementerio de Montparnasse, y sus fieles, cuando la visitan, cumplen con el rito de dejar sobre la nubecilla grabada en la losa un vaso de vino y un papel con el dibujo de una rayuela, ese juego de los niños en la calle. Sin premios, ni medallas, ni academias, ni ropones severos, se fue al otro mundo sólo con la pasión de sus lectores. En Cortázar amábamos lo que París tenía de libertad y a toda una lista de amores, personajes y lugares secretos, que uno podía confeccionar en un minuto, y también a todas las chicas que pasaban en bicicleta, con la baguette y un libro en la cestilla del manillar y que podían ser la Maga.
MANUEL VICENT
[...] Era el barco una vieja cáscara de nuez, sucia y sombría, de nacionalidad italiana. En un camarote iluminado con luz artificial, al que Aschenbach se dirigió tan pronto hubo pisado el barco, acompañado de un marinero sucio y jorobado, que le abrumaba con sus cortesías rutinarias, estaba sentado tras una mesa, con un sombrero inclinado y una colilla de puro en la boca, un hombre de barba puntiaguda, con aspecto de director de circo a la antigua moda, que con los modales desenvueltos del profesional anotó las circunstancias del viajero y le extendió el billete. «¿A Venecia?», dijo repitiendo la contestación de Aschenbach, y extendiendo el brazo para mojar la pluma en el escaso contenido de un tintero ladeado: «A Venecia, primera clase. Muy bien, caballero.» Y escribió con grandes caracteres, echó arenilla azul de una caja sobre lo escrito, la vertió en un cacharro, dobló el papel con sus huesudos y amarillos dedos y se puso a escribir de nuevo murmurando al mismo tiempo: «Un viaje bien elegido. ¡Oh, Venecia! ¡Magnífica ciudad! Ciudad de irresistible atracción para las personas ilustradas, tanto por el prestigio de su historia como por sus actuales encantos.» La rápidez de su gesticulación y su monótona cantilena aturdían y molestaban; parecía que procuraba hacer vacilar al viajero en su resolución de viajar a Venecia. Tomó apresuradamente la moneda que Gustavo le dio para pagar, y, con destreza de croupier, dejó caer la vuelta sobre el paño mugriento que cubría la mesa. « ¡Feliz viaje, caballero! -exclamó haciendo una reverencia teatral-. Ha sido para mí un honor el servirle... ¡Caballeros! », gritó luego alzando la mano con ademán majestuoso, como si el negocio marchase a las mil maravillas, a pesar de que no se aguardaba ya a nadie más. Aschenbach volvió a la cubierta.
La muerte en Venecia (fragmento)
Thomas Mann
( Camino de Venecia, donde todo ángel es terrible )
[...] Bien entrado el XIX, Charles Dickens se embarca hacia el Sur para escribir su libro Imágenes de Italia. Queda prendado de Venecia, cuya realidad, en su opinión, "excede el sueño más extravagante". Y sobre la ciudad cae la riada de la literatura iniciada por Goethe. Llegan Ruskin, Twain, Henry James, Proust, George Sand, Gauthier, Morris, Hemingway, d'Annunzio, Carpentier..., la lista es interminable.
"Es el Shakespeare de las ciudades -se le ocurre decir a John Addington Symonds-: incomparable, irrebatible, y por encima de la envidia". Thomas Mann pervierte a su personaje, el escritor Aschenbach, mientras persigue la belleza destructora, encarnada en la figura de Tadzio. El ruso Joseph Brodsky escribe: "Al rozar el agua, esta ciudad mejora la imagen del tiempo, embellece el futuro. Ése es el papel de esta ciudad en el universo". No muy lejos de allí, en un castillo sobre el Adriático, a las afueras de Trieste, Rainer María Rilke canta en sus Elegías del Duino:
"Pues lo bello no es más que ese grado de lo terrible que aún podemos soportar. Todo ángel es terrible".
(Javier Reverte. Viaje al mar de la literatura)
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