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el mundo fragmentado

31 de agosto de 2006

31 de agosto de 2006

Decía Ortega que en los viajes se hace extremada la momentaneidad de nuestro contacto con los objetos, paisajes, figuras, palabras, y paralelamente crece y nos acongoja la pena que sentimos de que así sea. Quisiéramos de algún modo fijar algunas de aquellas cosas que pasan a escape (…). A este fin llevamos un cuadernito y un lápiz; apuntamos unas breves palabras, y cuando un día, andando el tiempo, las leemos, el paisaje, la palabra, la fisonomía que desapareció adquiere cierta supervivencia, una como espectral vida que conserva de la real ecos, remotos latidos.

Víctimas de la Guerra Civil y del franquismo

Víctimas de la Guerra Civil y del franquismo

Las víctimas de la Guerra Civil y del régimen franquista siguen a la espera de que se reconozcan sus derechos a conocer la verdad, obtener justicia y ser reparadas por los daños sufridos.

Durante la Guerra Civil y el franquismo fueron muchas las víctimas de graves abusos que el derecho internacional prohibía y condenaba, como tortura, ejecuciones extrajudiciales, ataques contra población civil,  persecución política, religiosa o racial, encarcelamientos arbitrarios,  trabajos forzados y otros actos definidos como crímenes contra la humanidad.

Ni el paso del tiempo ni actos políticos de perdón u olvido cancelan la responsabilidad del Estado hacia las víctimas; la responsabilidad de los autores de estos crímenes no prescribe nunca.

En un primer informe, España: poner fin al silencio y a la injusticia, Amnistía Internacional recogía información detallada sobre la deuda pendiente con las víctimas de la Guerra Civil y del franquismo.

En el más reciente Víctimas de la Guerra Civil y del régimen franquista: el desastre de los archivos, la privatización de la verdad, la organización documenta los principales obstáculos que siguen impidiendo a las víctimas acceder a sus derechos. Por ejemplo, las dificultades para acceder a los archivos oficiales, un elemento fundamental cuando se trata de reparar los daños sufridos por las víctimas y establecer la verdad sobre lo sucedido.

Tampoco se han tomado medidas hasta el momento para anular las condenas a muerte impuestas tras juicios injustos, ni se ha abordado la cuestión de las personas "desaparecidas" -los restos de miles de ellas siguen enterrados en lugares sin identificar- en el contexto judicial en el que debería enmarcarse esta cuestión. 

Amnistía Internacional trabaja para que las víctimas del franquismo y de la Guerra Civil puedan acceder  a su derecho a saber, a obtener justicia y a ser reparadas, tal como establecen las normas internacionales de derechos humanos.

Crónica de un secuestro&divorcio :

Crónica de un secuestro&divorcio :

"¡Estimados periodistas, reporteros, estimada opinión pública!

Soy consciente de la poderosa impresión que les han debido provocar los acontecimientos de los últimos días.

Puedo fácilmente imaginar cómo estarán conmocionados y alarmados mentalmente porque algo semejante pueda ser posible.

Además, soy consciente de que sienten curiosidad por mí y que quieren, por supuesto, saber más detalles sobre las condiciones en las que viví.

Quiero asegurarles por adelantado que no quiero responder ni responderé a ninguna pregunta sobre intimidades o detalles personales.

Castigaré personalmente cualquier tipo de intento de atravesar esa frontera, sea quién sea la persona que la transgreda. Aquel que lo intente se puede ir preparando. He crecido como una joven con interés por la educación y también con necesidades humanas.

El ambiente en el que vivía: El recinto donde vivía estaba adecuadamente equipado. Era mío y no estaba destinado a ser mostrado al público.

La vida diaria: Estaba regulada. La mayoría de las veces había un desayuno conjunto, ya que él casi nunca trabajaba. Yo hacía las labores del hogar, lectura, televisión, hablábamos, cocinaba. Así fue durante años, todo con el temor a quedarme sola.

Sobre la relación: No era mi amo y señor. Yo era igual de fuerte. Me mimaba y al mismo tiempo me pisoteaba. Pero no podía conmigo y eso él lo sabía. El secuestro lo organizó él solo, todo estaba preparado ya. Después acomodamos juntos el recinto, que medía más de un metro y 60 centímetros de alto.

Por cierto, después de huir no he llorado.

No había motivo para sentirme infeliz. A mi modo de ver, su muerte no era necesaria. No se habría hundido el mundo si le hubiesen castigado. Era parte de mi vida. Por eso en cierto modo estoy afligida por su muerte.

Naturalmente, es cierto que mi juventud ha sido diferente de la de muchos otros, pero en principio no tengo la sensación de que me haya faltado nada. Me he ahorrado un montón de cosas. Por ejemplo, no he empezado a fumar ni a beber y no he tenido amigos malos.

Mensaje a los medios: Lo único que quiero de la prensa es que me deje en paz con las eternas calumnias, las interpretaciones equivocadas, los 'sabelotodo' y la falta de respeto hacia mi persona.

Actualmente me siento bien donde estoy, quizás un poco bajo tutela. Pero yo he decidido contactar con mi familia sólo por teléfono. Yo decidiré por mi cuenta cuándo contactaré con los periodistas.

Sobre mi fuga: cuando tenía que limpiar y pasar la aspiradora al automóvil, él se alejó porque la aspiradora hacía ruido. Ésa fue mi oportunidad. Simplemente, dejé en marcha la aspiradora.

Por cierto, nunca lo llamé "amo y señor", aunque él quería que lo hiciera. Creo que él lo quería -que lo llamara así-, pero no lo pretendía realmente en serio.

Tengo un abogado de confianza que arregla conmigo todo lo jurídico. Tengo buena relación con la abogada especializada en juventud, Monika Pinterits, que es una persona de mi confianza; y con el doctor [Max] Friedrich, [Jefe de la clínica universitaria para neuropsiquiatría de menores del Hospital Clínico de Viena]; y con doctor Berger [de la Clínica de Psiquiatría de Menores].

El equipo del señor [Johann] Frühstück [jefe de las investigaciones] me trató muy bien. Les envío mis cariñosos saludos, aunque fueron un poco curiosos, pero ésa es su profesión.

Cuestiones íntimas: Todos quieren siempre hacer preguntas íntimas, que no incumben a nadie. Quizás alguna vez lo cuente a una terapeuta o a otra persona, si tengo necesidad de hacerlo, pero quizás no la sienta nunca. La intimidad me pertenece sólo a mí.

Al señor H., [amigo de Priklopil, quien lo transportó en su vehículo poco antes de que se suicidara] éste es mi mensaje: No debe sentirse culpable. Él no podía hacer nada, fue una decisión propia de Wolfgang [Priklopil] tirarse a las vías del tren.

Me une un sentimiento de empatía con la madre de Wolfgang. Me puedo imaginar su situación actual y sus sentimientos. Nosotras dos pensamos en él. Pero también deseo agradecer a todas las personas que tanto me acompañan en mi destino.

Por favor, concédanme un respiro en los próximos días. El doctor Friedrich lo explicará con esta nota. Muchas personas se ocupan de mí. Dadme tiempo hasta que yo misma pueda contarlo".

Natascha Kampusch

28 de agosto de 2006

28 de agosto de 2006

El avión que se estrelló ayer en Kentucky despegó de la pista equivocada .El aparato siniestrado necesitaría al menos 1,3 kilómetros para despegar, y la pista utilizada no tiene más que uno.- El único superviviente de las 50 personas a bordo permanece en estado crítico.

 

El error forma parte de la naturaleza humana. Uno tiene dos pistas para despegar pero elige aquella que no es la adecuada. O le indican una que le llevará a la muerte, como es el caso. A fin de cuentas eso es la vida.

Cada uno de esos 49 fallecidos son hijos de un error. Cuesta entenderlo, pero sólo es un error. El error es tan natural como el agua y tan escaso, a veces, como la lluvia.  Que ahora, como en otras ocasiones, intenten buscar culpables es por negar, una vez más. que el error existe entre nosotros. ¿Tiene dueño un error, aunque trágico?

Quería gritar viva el error- como elemento corrector de tanto orden impuesto- pero mejor primero aterrizo y recojo las maletas. Luego, en el automóvil, ya veremos. De momento, espero que el piloto no me escuche.

27 de agosto de 2006

27 de agosto de 2006

Con el sonido y la libertad del jazz

Tenía las piernas demasiado largas para ser ciclista, pero se paseaba por París montado en una bicicleta que había bautizado con el nombre de Aleluya, por aquel París que de buena mañana, con las calles recién regadas, olía a croasán y a pan caliente. Vivía como un estudiante y no era un estudiante; daba la sensación de estar exiliado y no era un exiliado; queda por saber si Julio Cortázar era realmente argentino y no un ser desarraigado, que había convertido la literatura fantástica, el jazz, la pintura de vanguardia, el boxeo y el cine negro en su única patria y París en una metáfora, en una cartografía íntima. Si ser argentino consiste en estar triste y en estar lejos, Julio Cortázar hizo de su parte todo lo posible por responder a ese modelo, que cada lector podía armar y desarmar a su manera.

Había nacido en Bruselas, en 1914, hijo de madre francesa y de un diplomático argentino, agregado comercial de la embajada de su país en Bélgica, que los abandonó al poco tiempo. Pasó la infancia en Banfield, una barriada al sur de la capital porteña, y en la adolescencia una enfermedad le permitió comerse mil libros; luego se graduó de maestro y fue profesor en la universidad de Cuyo, en Mendoza, pero su espíritu refinado acabó por chocar contra lo más grasiento del peronismo. Hubo otros enredos. Por la pasión con una de sus alumnas, Nelly Martín, aquellos burgueses de provincias lo aislaron con un cordón sanitario, y el hecho de que un día se negara en público a besar el anillo del nuncio Serafini acabó por convertirlo en un proscrito. Estaba ya listo para decir adiós a todo aquello.

El joven Cortázar conoció a la traductora Aurora Bernárdez, hija de emigrantes gallegos, que sería su primera mujer; en 1951 consiguió una beca del gobierno francés y con ese pretexto se instaló definitivamente en París. Ya había escrito Bestiario, el primer libro de cuentos, ponderado por Borges, que se convertiría en el germen de su fama. Realmente, se sentía muy lejos. Podías imaginarlo sentado en la terraza de cualquier café del Barrio Latino midiendo con la mente la distancia que lo separaba de Buenos Aires, mientras escribía Rayuela, su obra maestra, sin ahorrarse un gramo de melancolía. Tal vez por allí cruzaban los grandes del jazz, de paso por París, que después de una noche de gloria en la sala Pleyel volvían a llenar el depósito de whisky en el mercadillo callejero de la rue de Seine, antes de irse a la cama en el hotel La Louisiane, donde se hospedaban. En esa calle empieza la acción de Rayuela, por allí va Oliveira hasta el arco del Quai de Conti para encontrarse con la Maga. En ese hotel vivieron Sartre y Simone de Beauvoir. Y también Albert Camus y Juliette Greco. Ahora, en su angosto ascensor, unas chicas molonas que soñaban con ser modelos de Yves Saint Laurent se entreveraban con Miles Davis y Charlie Parker, uno con la trompeta y otro con el saxo a cuestas.

Amar a Cortázar fue el oficio obligado de toda una generación. En él se reconoció una tribu, que a mitad de los años sesenta había descubierto con sorpresa que en castellano también se podía escribir con la misma libertad con que suena del jazz, rompiendo el principio de causalidad, o de la manera con que Duchamp cambiaba de sitio los objetos cotidianos y los colocaba en un lugar imprevisto para que una mirada nueva los convirtiera en arte. Un argentino con acento francés que arrastraba guturalmente las erres podía ser muy seductor, y si encima usaba gafas de carey negro como Roger Vadim sin necesitarlas, y aún tenía la cara de joven universitario de la Sorbona a los 50 años y el jersey de cuello vuelto le hacía juego con el mechón de pelo que le sombreaba la frente y aparecía en las fotos tocando la trompeta y se comportaba con una ética personal coherente con lo que escribía, no es extraño que produjera estragos entre los lectores libres e imaginativos de entonces. No había ninguna chica que, después de leer Rayuela, no soñara con ser la Maga.

Cuando en 1981 Mitterrand le concedió la nacionalidad francesa, en una pared de Buenos Aires apareció esta pintada: "Volvé, Julio, qué te cuesta". Cortázar volvió a Buenos Aires para visitar a su madre muy enferma y se le vio vagar por el aeropuerto de Eceiza como un extraño, sin que nadie hubiera acudido a recibirle. Nunca fue aceptado por ninguna autoridad establecida. Hoy, en el barrio de Palermo de Buenos Aires hay una plazoleta con su nombre, de la que arranca la calle dedicada a Jorge Luis Borges y muy cerca se alarga un paredón donde en la oscuridad se sacrifican los travestis.

Conoció otros amores. La lituana Unge Karvelis forzó su divorcio con Aurora y lo concienció políticamente, y a partir de entonces hubo el otro Cortázar: el que bajó de la torre de marfil al barro para comprometerse con las causas perdidas, el que firmaba manifiestos, presidía tribunales contra las tiranías de Videla y de Pinochet, el que amaba a Salvador Allende y el sandinismo de Nicaragua; esta actitud militante, unida a su estética de vanguardia, fue una mezcla explosiva para sus lectores de izquierdas, pero acabó por distanciarlo de algunos viejos amigos y colegas latinoamericanos que antepusieron su ideología a su admiración. Luego su pasión por Carol Dunlop le hizo cabalgar en otros viajes, uno de los cuales fue el que los llevó al más allá. Carol partió primero a causa de la leucemia y dos años después esta misma enfermedad acabó también con el escritor. A medida que envejecía su rostro lampiño iba recobrando las facciones de un niño, con sus mismas piernas interminables. Murió el 12 de febrero de 1984 en el hospital de St Lázare y la gallega Aurora Bernárdez, que había vuelto a su lado, lo acompañó hasta el final durmiendo en una colchoneta en el suelo.

Cortázar está enterrado en la misma tumba de Carol, en el cementerio de Montparnasse, y sus fieles, cuando la visitan, cumplen con el rito de dejar sobre la nubecilla grabada en la losa un vaso de vino y un papel con el dibujo de una rayuela, ese juego de los niños en la calle. Sin premios, ni medallas, ni academias, ni ropones severos, se fue al otro mundo sólo con la pasión de sus lectores. En Cortázar amábamos lo que París tenía de libertad y a toda una lista de amores, personajes y lugares secretos, que uno podía confeccionar en un minuto, y también a todas las chicas que pasaban en bicicleta, con la baguette y un libro en la cestilla del manillar y que podían ser la Maga.


MANUEL VICENT

Con el sonido y la libertad del jazz

Con el sonido y la libertad del jazz

Tenía las piernas demasiado largas para ser ciclista, pero se paseaba por París montado en una bicicleta que había bautizado con el nombre de Aleluya, por aquel París que de buena mañana, con las calles recién regadas, olía a croasán y a pan caliente. Vivía como un estudiante y no era un estudiante; daba la sensación de estar exiliado y no era un exiliado; queda por saber si Julio Cortázar era realmente argentino y no un ser desarraigado, que había convertido la literatura fantástica, el jazz, la pintura de vanguardia, el boxeo y el cine negro en su única patria y París en una metáfora, en una cartografía íntima. Si ser argentino consiste en estar triste y en estar lejos, Julio Cortázar hizo de su parte todo lo posible por responder a ese modelo, que cada lector podía armar y desarmar a su manera.

Había nacido en Bruselas, en 1914, hijo de madre francesa y de un diplomático argentino, agregado comercial de la embajada de su país en Bélgica, que los abandonó al poco tiempo. Pasó la infancia en Banfield, una barriada al sur de la capital porteña, y en la adolescencia una enfermedad le permitió comerse mil libros; luego se graduó de maestro y fue profesor en la universidad de Cuyo, en Mendoza, pero su espíritu refinado acabó por chocar contra lo más grasiento del peronismo. Hubo otros enredos. Por la pasión con una de sus alumnas, Nelly Martín, aquellos burgueses de provincias lo aislaron con un cordón sanitario, y el hecho de que un día se negara en público a besar el anillo del nuncio Serafini acabó por convertirlo en un proscrito. Estaba ya listo para decir adiós a todo aquello.

El joven Cortázar conoció a la traductora Aurora Bernárdez, hija de emigrantes gallegos, que sería su primera mujer; en 1951 consiguió una beca del gobierno francés y con ese pretexto se instaló definitivamente en París. Ya había escrito Bestiario, el primer libro de cuentos, ponderado por Borges, que se convertiría en el germen de su fama. Realmente, se sentía muy lejos. Podías imaginarlo sentado en la terraza de cualquier café del Barrio Latino midiendo con la mente la distancia que lo separaba de Buenos Aires, mientras escribía Rayuela, su obra maestra, sin ahorrarse un gramo de melancolía. Tal vez por allí cruzaban los grandes del jazz, de paso por París, que después de una noche de gloria en la sala Pleyel volvían a llenar el depósito de whisky en el mercadillo callejero de la rue de Seine, antes de irse a la cama en el hotel La Louisiane, donde se hospedaban. En esa calle empieza la acción de Rayuela, por allí va Oliveira hasta el arco del Quai de Conti para encontrarse con la Maga. En ese hotel vivieron Sartre y Simone de Beauvoir. Y también Albert Camus y Juliette Greco. Ahora, en su angosto ascensor, unas chicas molonas que soñaban con ser modelos de Yves Saint Laurent se entreveraban con Miles Davis y Charlie Parker, uno con la trompeta y otro con el saxo a cuestas.

Amar a Cortázar fue el oficio obligado de toda una generación. En él se reconoció una tribu, que a mitad de los años sesenta había descubierto con sorpresa que en castellano también se podía escribir con la misma libertad con que suena del jazz, rompiendo el principio de causalidad, o de la manera con que Duchamp cambiaba de sitio los objetos cotidianos y los colocaba en un lugar imprevisto para que una mirada nueva los convirtiera en arte. Un argentino con acento francés que arrastraba guturalmente las erres podía ser muy seductor, y si encima usaba gafas de carey negro como Roger Vadim sin necesitarlas, y aún tenía la cara de joven universitario de la Sorbona a los 50 años y el jersey de cuello vuelto le hacía juego con el mechón de pelo que le sombreaba la frente y aparecía en las fotos tocando la trompeta y se comportaba con una ética personal coherente con lo que escribía, no es extraño que produjera estragos entre los lectores libres e imaginativos de entonces. No había ninguna chica que, después de leer Rayuela, no soñara con ser la Maga.

Cuando en 1981 Mitterrand le concedió la nacionalidad francesa, en una pared de Buenos Aires apareció esta pintada: "Volvé, Julio, qué te cuesta". Cortázar volvió a Buenos Aires para visitar a su madre muy enferma y se le vio vagar por el aeropuerto de Eceiza como un extraño, sin que nadie hubiera acudido a recibirle. Nunca fue aceptado por ninguna autoridad establecida. Hoy, en el barrio de Palermo de Buenos Aires hay una plazoleta con su nombre, de la que arranca la calle dedicada a Jorge Luis Borges y muy cerca se alarga un paredón donde en la oscuridad se sacrifican los travestis.

Conoció otros amores. La lituana Unge Karvelis forzó su divorcio con Aurora y lo concienció políticamente, y a partir de entonces hubo el otro Cortázar: el que bajó de la torre de marfil al barro para comprometerse con las causas perdidas, el que firmaba manifiestos, presidía tribunales contra las tiranías de Videla y de Pinochet, el que amaba a Salvador Allende y el sandinismo de Nicaragua; esta actitud militante, unida a su estética de vanguardia, fue una mezcla explosiva para sus lectores de izquierdas, pero acabó por distanciarlo de algunos viejos amigos y colegas latinoamericanos que antepusieron su ideología a su admiración. Luego su pasión por Carol Dunlop le hizo cabalgar en otros viajes, uno de los cuales fue el que los llevó al más allá. Carol partió primero a causa de la leucemia y dos años después esta misma enfermedad acabó también con el escritor. A medida que envejecía su rostro lampiño iba recobrando las facciones de un niño, con sus mismas piernas interminables. Murió el 12 de febrero de 1984 en el hospital de St Lázare y la gallega Aurora Bernárdez, que había vuelto a su lado, lo acompañó hasta el final durmiendo en una colchoneta en el suelo.

Cortázar está enterrado en la misma tumba de Carol, en el cementerio de Montparnasse, y sus fieles, cuando la visitan, cumplen con el rito de dejar sobre la nubecilla grabada en la losa un vaso de vino y un papel con el dibujo de una rayuela, ese juego de los niños en la calle. Sin premios, ni medallas, ni academias, ni ropones severos, se fue al otro mundo sólo con la pasión de sus lectores. En Cortázar amábamos lo que París tenía de libertad y a toda una lista de amores, personajes y lugares secretos, que uno podía confeccionar en un minuto, y también a todas las chicas que pasaban en bicicleta, con la baguette y un libro en la cestilla del manillar y que podían ser la Maga.


MANUEL VICENT

Juan Rodolfo Wilcock

Juan Rodolfo Wilcock

Los amantes

Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados.

La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.

14 de agosto de 2006

14 de agosto de 2006

14 de agosto de 2006

14 de agosto de 2006

15 de agosto de 2006

15 de agosto de 2006

[...] Era el barco una vieja cáscara de nuez, sucia y sombría, de nacionalidad italiana. En un camarote iluminado con luz artificial, al que Aschenbach se dirigió tan pronto hubo pisado el barco, acompañado de un marinero sucio y jorobado, que le abrumaba con sus cortesías rutinarias, estaba sentado tras una mesa, con un sombrero inclinado y una colilla de puro en la boca, un hombre de barba puntiaguda, con aspecto de director de circo a la antigua moda, que con los modales desenvueltos del profesional anotó las circunstancias del viajero y le extendió el billete. «¿A Venecia?», dijo repitiendo la contestación de Aschenbach, y extendiendo el brazo para mojar la pluma en el escaso contenido de un tintero ladeado: «A Venecia, primera clase. Muy bien, caballero.» Y escribió con grandes caracteres, echó arenilla azul de una caja sobre lo escrito, la vertió en un cacharro, dobló el papel con sus huesudos y amarillos dedos y se puso a escribir de nuevo murmurando al mismo tiempo: «Un viaje bien elegido. ¡Oh, Venecia! ¡Magnífica ciudad! Ciudad de irresistible atracción para las personas ilustradas, tanto por el prestigio de su historia como por sus actuales encantos.» La rápidez de su gesticulación y su monótona cantilena aturdían y molestaban; parecía que procuraba hacer vacilar al viajero en su resolución de viajar a Venecia. Tomó apresuradamente la moneda que Gustavo le dio para pagar, y, con destreza de croupier, dejó caer la vuelta sobre el paño mugriento que cubría la mesa. « ¡Feliz viaje, caballero! -exclamó haciendo una reverencia teatral-. Ha sido para mí un honor el servirle... ¡Caballeros! », gritó luego alzando la mano con ademán majestuoso, como si el negocio marchase a las mil maravillas, a pesar de que no se aguardaba ya a nadie más. Aschenbach volvió a la cubierta.

La muerte en Venecia (fragmento)
    Thomas Mann

14 de agosto de 2006

14 de agosto de 2006

( Camino de Venecia, donde todo ángel es terrible )

[...] Bien entrado el XIX, Charles Dickens se embarca hacia el Sur para escribir su libro Imágenes de Italia. Queda prendado de Venecia, cuya realidad, en su opinión, "excede el sueño más extravagante". Y sobre la ciudad cae la riada de la literatura iniciada por Goethe. Llegan Ruskin, Twain, Henry James, Proust, George Sand, Gauthier, Morris, Hemingway, d'Annunzio, Carpentier..., la lista es interminable.

"Es el Shakespeare de las ciudades -se le ocurre decir a John Addington Symonds-: incomparable, irrebatible, y por encima de la envidia". Thomas Mann pervierte a su personaje, el escritor Aschenbach, mientras persigue la belleza destructora, encarnada en la figura de Tadzio. El ruso Joseph Brodsky escribe: "Al rozar el agua, esta ciudad mejora la imagen del tiempo, embellece el futuro. Ése es el papel de esta ciudad en el universo". No muy lejos de allí, en un castillo sobre el Adriático, a las afueras de Trieste, Rainer María Rilke canta en sus Elegías del Duino:

"Pues lo bello no es más que ese grado de lo terrible que aún podemos soportar. Todo ángel es terrible".

(Javier Reverte. Viaje al mar de la literatura)

Venecia, una ciudad en palabras

Venecia, una ciudad en palabras

Por Graciela Cutuli

El moro de Venecia, los celos, la tragedia. La silueta de una dama de Henry James. Las baldosas desparejas que pisa Marcel Proust. La sombra de la muerte de Thomas Mann. Hemingway frente a una cerveza y a sus papeles. Los ecos de Petrarca...

Es la magia de Venecia, la ciudad flotante, la maravilla de un mundo del pasado que se resiste a desaparecer. Un vínculo misterioso une a Venecia con la literatura universal: algo en la otrora poderosa ciudad subyuga a los hombres de letras y los atrapa con un abrazo que nace en los canales y termina en el cielo por donde se internan sus torres y campanarios.


Hay muchas maneras de recorrer Venecia, pero para quien quiera una manera más íntima, más esencial, un paseo literario será inolvidable. Un paseo por donde caminaron, vivieron y amaron personajes de papel y autores de carne y hueso, por lugares donde se dan la mano la vida y el arte.

 

Hablar de Venecia, desde luego, es hablar de Thomas Mann. Quienes hayan leído su “Muerte en Venecia” querrán ver el Lido, aquella zona residencial entre la ciudad y el mar que evoca la novela. Esta isla era uno de los lugares más amados también por los románticos ingleses, como Shelley y Lord Byron, siempre deseosos de buscar en Italia aquello que su país no les daba. Sol, sueños, aventura, un pasado glorioso... Con el tiempo, el Lido se transformó en un lugar de moda, frecuentado por la realeza europea y los personajes de moda: es precisamente la época de “Muerte en Venecia”, de aquel Von Aschenbach obediente al llamado oscuro de la belleza y de la muerte que emana de la ciudad de los canales. Aquí, en el Lido, se encuentra también el Hotel des Bains, donde Mann escribió la novela y donde Visconti ambientó la película.

Hubo otro inglés que cayó bajo el influjo de la ciudad. Henry James ambientó aquí parte de “Las alas de la paloma” y su corta novela “Los papeles de Aspern”, escrita en el Palazzo Barbaro, uno de los magníficos edificios que muestran su fachada sobre el Gran Canal. Su Venecia, como la de cada escritor, es una ciudad personal y propia, un escenario a la medida de Mlle.Bordereau y de Jeffrey Aspern, probablemente muy diferente de lo que fue realmente la ciudad a fines del siglo XIX. James también terminó en Venecia el “Retrato de una dama”, en la residencia que lleva el numero 4161 de la Riva degli Schiavoni, otro de los lugares imperdibles de la ciudad por su tradición libresca. Muy cerca de allí en la distancia, pero muy lejos en el tiempo, esta calle era también aquella donde vivió Petrarca durante su estadía veneciana.
La Riva degli Schiavoni recibe su nombre de los antiguos comerciantes dálmatas que pasaban por este lugar, siempre superpoblado de embarcaciones, y tiene el orgullo de albergar uno de los hoteles más conocidos del mundo: el Hotel Danieli, donde en 1630 se realizó la primera presentación de una ópera en Venecia. Los huéspedes del antiguo palazzo tienen nombres ilustres: Charles Dickens, Jean Cocteau, Richard Wagner, Claude Debussy, Honoré de Balzac, John Ruskin, Marcel Proust... Las guías turísticas no dejan de señalar que en este hotel, habitación número 10, vivieron su apasionado y escandaloso romance la novelista George Sand y el poeta Alfred de Musset: “Dans Venise la rouge/pas un bateau qui bouge/Pas un bateau dans l’eau/pas un falot...” (En la roja Venecia, ni un barco se mueve. Ni un barco en el agua, ni un farol...).

 

Hay una Venecia de piedra, de canales, de “carne y hueso”. Y hay una Venecia de palabras, de papel, de literatura. Tal vez nadie como Marcel Proust haya recorrido mejor el camino que hay entre una y otra. El autor de “En busca del tiempo perdido” estuvo sólo dos veces en Venecia, la ciudad de sus sueños de la infancia. De la primera vez, en la primavera de 1900, se conserva su conocida foto en el Lido: en esa oportunidad estaba acompañado por Reynaldo Hahn y su prima inglesa, Marie Nordlinger, gran admiradora de la obra de John Ruskin, y que entre el Florian y el Quadri ayudó a Proust con las traducciones del escritor inglés. El segundo viaje fue en octubre de aquel mismo año, esta vez solo. Será suficiente para hacer de Venecia una de las cuatro ciudades evocadas al principio de su larga novela: “Pasaba la mayor parte de la noche recordando nuestra vida anterior en Combray, en casa de mi abuela, en Balbec, en París, en Venecia...”. En el largo camino de recuperación del “tiempo perdido”, Venecia será al final de la obra la conjunción de la naturaleza y la cultura, de lo soñado y lo realizado, de la literatura y el arte.


Paradójicamente, en su larga historia Venecia tuvo muchas veces una imagen ambigua, un lado de pureza y un lado de corrupción simultáneos, como el reflejo de sus edificios en las aguas de los canales. Esta ciudad ambigua es también la de Ezra Pound, que había visitado Venecia tempranamente, a los 13 años, durante a un viaje a Europa con una tía en 1898. “Oh sol veneciano/tú que alimentaste mis venas/y ordenaste el curso de mi sangre/tú llamaste a mi alma/desde el fondo de lejanos abismos”... Para él Venecia era esencialmente aquella ciudad de piedras vistas a contraluz, de mármoles veteados, de piedra cincelada y de arte que había conocido en sus estadías: pero era también el sinónimo del comercio y la comercialización de ese arte, y por eso también de corrupción. Quienes vayan tras las huellas del poeta, no dejarán de visitar la isla cementerio de San Michele, donde fue enterrado Ezra Pound después de una vida llena de vicisitudes no siempre literarias.


Volviendo atrás en el tiempo, para encontrar fantásticas vicisitudes habrá que recordar también al seductor aventurero Casanova, nacido en una casa de la calle Malipiero, cerca de la iglesia San Samuele, donde hoy lo recuerda una placa. Tiempo después vivió en el Palacio Bragadin, en el barrio de Santa Marina, en la época en que vivió un secreto romance con una monja de un convento de Murano. Pero Venecia no sólo le reservaba placeres: el 25 de julio de 1755, Casanova es arrestado por “muy graves faltas, principalmente de ultraje público hacia la Santa Religión”, según reza en el registro de sus carceleros. Poco después de un año, Casanova se evade junto con otro prisionero y escapa en góndola, dando comienzo a su largo exilio. No volverá a su ciudad natal sino hasta 1774: es cuando vive en Barbaria delle Tole, una larga calle detrás de la iglesia de San Giovanni y San Paolo, en un modesto barrio de artesanos. Es su última dirección en Venecia, antes de volver a partir rumbo a otros destinos más acogedores de la Europa de su tiempo. Hoy día se pueden visitar las celdas de donde se escapó Casanova gracias a una visita guiada por los calabozos del Palacio Ducal, llamada “Itinerari segreti”.

El amor de los hombres de letras por Venecia parece no tener ni principio ni final. Seguir recorriendo la ciudad que los escritores amaron y, a veces, también odiaron, implica por lo menos pasar por la Casetta delle Rose, donde vivió Gabriele D’Annunzio en tiempos de la Segunda Guerra; por el magnífico Ca’Rezzonico, donde el escocés Robert Browning vivió en 1888; por el Palazzo Mocenigo donde se hospedó Lord Byron en 1818, por el imperdible Museo Goldoni (Palazzo Centrani, en la calle dei Nomboli) que reúne objetos de la historia de la Commedia dell’Arte. Pero tampoco se puede dejar de pasar por los célebres cafés Florian -donde gustaban ir Proust, Dickens y Lord Byron- y Quadri, además del más moderno Harry’s Bar, el preferido de Ernest Hemingway.

¡¡¡ A Castro lo han secuestrado!!!

¡¡¡ A Castro lo han secuestrado!!!

Esa foto de Castro está realizada con muy mala leche. Esa no es la foto de un enfermo que se recupera en la habitación de un hospital de una intervención médica.

La puesta en escena es inconfundible : chándal adidas última generación ;periódico del día con foto  en portada; barba de varios días, sonrisa forzada, mensaje de ánimo a los familiares y amigos...

No hay dudas : ¡¡¡ A Castro lo han secuestrado!!!

13 de agosto de 2006

13 de agosto de 2006

Al parecer, siempre había mujeres desnudas, posaran o no, a su alrededor. Según la leyenda, Klimt necesitaba estar siempre rodeado de mujeres. Cuentan también que cuando Rodin visitó el estudio vienés de Klimt se arrodilló ante él y le dijo:

- "Nunca había sentido nada parecido a lo que siento aquí. Vuestro fresco de Beethoven, tan trágico y tan feliz al mismo tiempo; vuestra grandiosa exposición, inolvidable; y ahora, este jardín, estas mujeres, esta música... Y alrededor de usted y en usted mismo, esta alegría feliz e inocente. ¿Qué puede ser?".

Klimt, con su aspecto de apóstol, se giró y contestó con una palabra:

- "Austria".

12 de agosto de 2006

12 de agosto de 2006

A Cándida Outes, de 65 años, le faltan casi todos los dientes pero le sobra energía. Tanta, que sus vecinos han de detenerla casi a la fuerza para evitar que se lance al monte a merendarse las llamas. Asida a una rama de roble que maneja con pasmosa facilidad, Cándida está enfadada. Quiere impedir a toda costa que el fuego cruce el camino y llegue, montaña abajo, a la aldea de Suarriba, en Fisterra: "Hay que ir a por él", grita mientras los demás trasladan a duras penas una manguera de plástico que pierde agua por doquier.

"Estamos fuertes porque somos de campo. Los viejos de ciudad sólo se dedican a jugar al bingo, y así están", dice esta mujer, que aún tiene ganas de sonreír tras dos días de trabajo y tensión.

 

 

Patología de la vida cotidiana

Patología de la vida cotidiana

"Un amigo cuenta que hace apenas unas horas, al visitar al Comandante a fin de despachar brevemente ciertos asuntos, fue testigo de una buena noticia que entusiasmado resumió en una frase: 'El caguairán se levantó'", refiere 'Granma' en su portada haciendo referencia al árbol con que comparó a Fidel Castro hace seis días.

Roberto Fontanarrosa

Roberto Fontanarrosa

Si no lees este cuento es que no te gusta el fútbol y, lo que es peor, odias la literatura : 19 de diciembre de 1.971

 

11 de Agosto de 2006

11 de Agosto de 2006

Siempre llevo algo de Cortázar: la edición de Siglo Veintiuno Editores de La vuelta al día en 80 mundos, dos volúmenes, me ha acompañado en muchos viajes. Creo que también vendrá en el próximo.

Acabo de comprar, mejor, acaba de salir a mi encuentro, en Debolsillo, calentito, recien salido de la imprenta, la Narrativa Completa de Dorothy Parker. Ya saben, lo suyo, escribió una vez , era tomarse un Martini, dos como mucho.Después del tercero, ya estaba debajo de la mesa, y al cuarto...debajo de su anfitrión. ¿Cómo dejarla en casa con esos antecedentes?

Pero en el viaje es necesario garantizar el contraste. ¿Celine, Bernhard, Houellebecq...? Quién sabe. En el último momento siempre hay algún libro que asoma sus orejas en la librería y corre a mi encuentro como un crío rabioso.

La poesía siempre ha estado reservada a Leopoldo María Panero. Su rima- su no/rima- me hace ajustar mejor los tiempos del viaje y encontrar la belleza tras cada espera.

Dicen que las compañías aéreas estudian negar el equipaje de mano, incluídos los libros, tras los últimos acontecimientos de Londres. Parace que British Airways ya lo ha puesto en práctica. ¿A qué esperamos para volver a viajar en tren, como Dios y la Literatura mandan y la belleza ordena? ¿Por qué seguimos prefiriendo un billete de avión cuando lo importante es el viaje y no el tiempo del viaje?

 

Desde el corazón de la tragedia

Desde el corazón de la tragedia

( Angel Souto es un ciudadano gallego. Esta crónica la dejó en un blog y es, desde mi punto de vista, la mejor que se ha escrito sobre los incendios de Galicia. Es un relato de una emoción contenida donde no faltan los datos y la propia experiencia. Más allá de los hechos narrados, suficientemente críticos y trágicos, copio su relato a mi ventana para dejar constancia, una vez más, que internet supera en veracidad a quienes tienen la obligación - los periódicos- de no despreciarla nunca. Gracias Angel por tu contundente escrito)

Desde el corazón de la tragedia. San Xorxe en Cotobade (Pontevedra) uno de los municipios más afectados hasta ahora por los incendios de agosto. Extensiones enormes forman una franja negra y humeante que abraza a varios términos municipales. Me dice un concejal que el 75 % del término ha ardido.

Lo que he visto:

Estamos a jueves. El lunes, de buena mañana, la ruta entre San Xorxe, el pueblo donde nací, y Santiago atravesaba lugares cubiertos por un manto blanco. Pero no era la pacífica bruma de otras mañanas, sino espesas capas de humo. De un humo, que en ciertas zonas, sigue brotando de la tierra calcinada. En San Xorxe, el humo se había hecho dueño del ambiente, irritaba la garganta y los ojos, hacía doler la cabeza. Sin urgencia, con calma, sacamos a todos los niños de casa, los de mi hermana y los míos, y nos los llevamos a Santiago. Para proteger sus pulmones y no desencadenar la superada bronquitis de uno de ellos, y para evitarles la tristeza de ver como tanta belleza, árboles y naturaleza espléndidos, con todas las tonalidades del verde, quedaban convertidos en esqueletos negros, marrones, grises, desmadejados y muertos o moribundos sobre una alfombra negra. Nos los llevamos por prudencia, con el fuego a unos ochocientos metros de la casa de mis padres. Ayer, el fuego paró a unos cincuenta metros, en el perímetro que forman algunas fincas y prados y que han defendido, con desesperación, mangueras y máquinas portátiles, los dueños de la casa, los vecinos y amigos.

La Guardia Civil, infatigable, se ha multiplicado, pero sólo podía aparecer y manifestar su disposición. Algún avión ha dejado caer su carga con precisión y sin regularidad. Pero, al final, ha ardido todo, absolutamente todo, hasta esa última frontera donde ya sabíamos desde el principio que se libraría la última batalla. Y donde estaríamos, solos, haciendo guardia toda la noche. Para que la hierba de las fincas no trasladase el fuego hasta la misma puerta de la casa, hasta los frutales. Incluso sin electricidad para extraer agua de un pozo. Allí, solos, cada uno defendiendo lo suyo, en un frente de decenas de kilómetros, cada uno con sus vecinos, parientes y amigos. Como murió el vecino de Campo Lameiro, a seis kilómetros de la casa de mis padres, temerario, audaz, desesperado, impotente.

A los gallegos no les queda más remedio que ser ndividualistas y autosuficientes; para sacar petróleo de la entrada de las rías y para apartar el fuego de las casas. El Ejército, representado por un camión, una ambulancia y un vehículo de mando, estaba aparcado a cincuenta metros con órdenes expresas de intervenir sólo en defensa de las personas, o sea, para desalojarlas a la fuerza, se ve, y para exasperar más a los vecinos con su inactividad. Tal como son estos gallegos, si llegado el caso tienen que intervenir, más de algún uniformado se habría llevado una pedrada en la cabeza o algo peor. El que los envió ahí, ya no sólo es un total ignorante de la situación, sino que, además, le falta sentido común. Para más exasperación, en la TVG se los veía apagando el fuego. En San Xorxe, como vio mi hermano, sólo corrieron cuando pasaron las cámaras.

Hoy es miércoles, los niños siguen en Santiago. Las líneas telefónicas están cortadas. Ayer sólo funcionaba una compañía de móviles. Esto es normal. El fuego se lo lleva todo por delante. Pero volveremos a nuestro pueblo. Con el corazón en un puño, les diremos a los niños que todo volverá a crecer y en cinco o diez años todo será igual. Los carballos (robles) habrán brotado de nuevo, si sólo se han quemado superficialmente. Los buxos (bojes), sabugueiros (saúcos), vidueiros (abedules) y freixos (fresnos) tendrán que empezar de nuevo, pero lo harán. Y los eucaliptos correrán suertes variadas dependiendo de si los talan o no. Pero todo volverá a ser verde. Y quizá las ardillas y los zorros que hemos visto escapar vuelvan al monte. El bosque habrá recuperado su esplendor y su enorme masa forestal y todo volverá a ser igual. Y todo volverá a arder como ahora, tras una época sin fuegos, como la que hemos vivido estos últimos años, gracias a la cual éste ha sido el más devastador de todos. A la fuerza, los de mi pueblo tenemos que ser fatalistas. Salvo que se pongan los medios para evitarlo: ordenación de las plantaciones, con mayores masas de robles y castaños, que crean muy poco sotobosque; cortafuegos bien planificados y mantenidos con regularidad; mayor dotación de aviones antiincendios; personal de mantenimiento preventivo de los bosques (ordenación y limpieza) y no solo esforzados apagafuegos. Pero no se preocupen, para no defraudar a los alimentadores de tópicos, los gallegos seguiremos siendo fatalistas y nos conformaremos con un gran centro coordinador de incendios en Santiago, más personal en oficinas y muchos GPS en camiones que no entran por algunos caminos. O quizá no, ya veremos.

Hoy es jueves, pero el sábado rozamos la tragedia. Recordarlo nos provoca una emoción ambivalente, de gran alivio, por un lado, y de terrible desasosiego, por el otro, con solo imaginarnos la ratonera en la que podríamos habernos encontrado los participantes en la romería del pueblo, ni más ni menos que unas dos mil personas.


A Romería do San Xusto se celebra en una carballeira que ocupa un estrecho llano situado a medio camino en una abrupta ladera que desciende hacia el río Lérez. El paisaje es prodigioso, con suaves meandros hacia el Noreste, río arriba, y una inmensa ladera enfrente, con peñascos tapizados de arbustos, virgen, salvaje y exuberante. El llano de la carballeira está poblado por robles que alguien empezó a poner, o a reponer, allí en el siglo XIV, época de construcción de la ermita. Seguramente, no queda ninguno de aquellos primeros ejemplares, pero puede que alguno de los que hay pase de los cinco siglos y en general, muchos de ellos, pasan sobradamente de las tres centurias. Pasear entre estos enormes árboles crea un estado de ánimo especial, de arraigo, de vinculación con el pasado y el futuro. Cambia la percepción de uno mismo en el tiempo saber que bajo esas mismas ramas, una noche precisa del año, los tatarabuelos de nuestros tatarabuelos bailaban, bebían, reían, besaban, adoraban, holgaban y ... ¡estos gallegos!

Pues bien, para llegar a esta carballeira, hay que bajar por una estrecha carretera que serpentea por la ladera medio kilómetro, en medio del monte. El sábado por la mañana, 5 de agosto, día de San Xusto, todo el pueblo la recorría varias veces para llegar allí e ir preparando el lugar donde se celebraría más tarde la romería, con procesión, cena y luego baile, bajo los árboles. Mientras movíamos tablas y maderos de mesas, asientos y toldos, veíamos una inmensa columna negra en dirección Noreste, a unos diez kilómetros. Un humo espeso y extrañamente negro que venía en nuestra dirección arrastrado por un fuerte viento y que teñía el terreno de un amarillo intenso, al tamizar la luz del sol. Aquel humo, demasiado negro, demasiado abundante, no presagiaba nada bueno. Mientras trabajábamos, un vecino se acercó para decirnos que tenía que asistir al levantamiento de dos cadáveres en la carretera entre Pedre y Cerdedo, a unos cinco kilómetros: dos personas en un coche, calcinadas por las llamas. Aquel fuego era más de lo que había visto nunca en mi vida, yo que a los doce años, me paseaba con una sulfatadora al hombro apagando rescoldos a cien metros de la casa de mis padres, con toda la buena voluntad e ingenuidad del mundo. Pero entonces el humo era gris plomizo y esta vez era negro, mortífero, devastador. Quizá el fuerte viento, quizá la masa forestal que había crecido durante diez años sin grandes ataques, quizá una maldición. Cuando llegamos por la tarde, después de la procesión y tras entrar a los santos en la capilla, los presagios eran todavía peores. El fuego estaba todavía en la otra ribera del río, pero ya sólo nos separaban de él unos dos kilómetros. Nada lo había detenido. Se empezaba a respirar el humo y cierto nerviosismo. Las ganas de fiesta se iban disipando y sólo nos mantenía allí el pundonor de acabar lo que habíamos empezado y el ánimo acumulado durante el año. Bajamos de los coches las viandas, empanadas, jamón y cordero asado, roscas y dulces, vinos blancos y negros de las viñas de casa y nos empezamos a sentar en las mesas. Pero, en cuestión de minutos, empezó a correr por todo el campo de la fiesta un estado de alerta especial y generalizado: había que salir pitando de allí, sin histeria, pero lo más rápido posible. En diez minutos, las dos mil personas que allí estábamos nos pusimos espontáneamente de acuerdo y recogimos todo lo posible, nos distribuimos apresuradamente por los coches, cada familia controlaba que nadie se quedase sin asignar a algún coche, sin caos, pero con cierta inquietud, y emprendimos la salida por la estrecha carretera que nos llevaba a la carretera general. En la parte de arriba de la ladera, todavía nos detuvimos algunos para ver que la otra parte del río ardía como una tea, con varios frentes de fuego que la recorrían en horizontal. El calor, a unos quinientos metros, era apreciable y en la ribera en la que nos encontrábamos ya habían empezado a brotar algunos focos del incendio. Trasladamos la cena a casa y todavía nos reímos cuando un vecino nos trajo una caja de botellas de vino que uno de nuestros invitados, con la precipitación, había puesto en su coche. A partir de ahí, conscientemente, dimos la espalda al drama y celebramos nuestra reunión, unas treinta personas, con la mayor alegría de la que éramos capaces. Era la ocasión de sentarnos a la mesa juntos, algunos tras un año sin vernos, y no podíamos desaprovecharla. De noche el fuego avanza cuanto quiere, no salen los aviones, ni las brigadas, por pura lógica.

Al día siguiente nos contaron que la ladera por donde sube la carretera había ardido en no más de media hora. El fuego había hecho un efecto chimenea y, avivado por el viento, que soplaba cada vez con más fuerza, había recorrido de abajo arriba la ladera como una ola de llamas. Dicen que los coches explotan sólo con la proximidad del fuego. Al día siguiente, los vecino nos evitamos los detalles al comentar el hecho, pero la parquedad con la que abordábamos el asunto era suficiente para deducir las imágenes que cada uno de nosotros se estaba haciendo: dudas a la hora de salir con presteza, algún problema mecánico o atasco, decidir entre quedarse y aguantar el humo o huir por caminos, mejor dejarlo. No pasó nada. Nos contaron luego que un vecino, al ver que los coches estaban atrapados en la carretera por la que salíamos, cortó la carretera nacional para que no tuviéramos que hacer el Stop.


Lo que no he visto, pero he leído, me han dicho o he deducido:

En el 2005, Portugal ardió de Norte a Sur. Se repiten las mismas escenas desoladoras. Hoy le toca a Galicia, pero también al Norte de Girona. Hasta el 30 de julio había ardido sólo la mitad que el año pasado. Estamos ante un hecho no solo premeditado y planificado, sino también coordinado. Parece un acto de terrorismo. O quizá alguien quiere alterar el precio de alguna materia prima, del papel, por ejemplo. Durante unos años, la producción de eucalipto, la mejor madera para hacer pasta de papel, se habrá visto mermada extraordinariamente en Portugal y Galicia. Que investiguen los que puedan.

El año pasado, Portugal ardió de Norte a Sur. Se ve que nadie (en Galicia/España) puso las barbas a remojar cuando vio pelar las de su vecino (Portugal).

Hay muchos que, tradicionalmente, tienen interés en quemar el bosque y así lo han hecho, o se dice: enfermos mentales, madereros, ganaderos, personal de brigadas antiincendios, vecinos que quieren ahorrarse una limpieza, pero es difícil pensar que hubiesen podido actuar con tanta coordinación y tanta maldad en todo lo que hemos visto estos días. Se habla de que han apresado a 50 personas. Ya veremos, quizá algún loco pirado se ha apuntado a la quema general. Pero el asunto es muy complejo. No es fácil simplificar, ni seguramente hay un único culpable.

Los medios antiincendios son ridículos: dos aviones Canadair para toda Galicia. El mismo número que en 1975 y quizá sean los mismos aviones. Las tripulaciones vuelan sin descanso hasta jugarse la vida.

La contratación de personal antiincendios se ha demorado tres meses hasta coincidir con el inicio de la temporada. Se ha contratado bastante menos personal. Los máximos responsables de la lucha antiincendios, con gran experiencia, fueron cesados en su totalidad con el cambio de gobierno. A los integrantes de las brigadas se les exige acreditar su conocimiento de gallego, cuando la mayoría de ellos son gallego hablantes, pero su nivel educativo es bajo.

Los policías autonómicos que estaban de vacaciones siguen así (los que trabajan están doblando turno). Se les ha ordenado que “vayan a dar la cara y aguantar el rapapolvo”.

El presidente de la Xunta dice que “Todo está bajo control”. Realmente, si no es así, la tendencia es que lo sea en un futuro cercano: cuanto más arde, menos queda por arder. Mientras tanto, la descoordinación es supina y los medios ridículos. Y él con su voz enfática nos transmite la tranquilidad de un capitán iletrado en el puente de mando de un barco que se hunde. Por suerte, no se lo cree nadie. La magnitud de la tragedia convierte al presidente Pérez Touriño en un pelele ridículo incapaz de valorar la situación en su amplitud. La exhibición pomposa de su autoridad se reduce a manifestar que han pasado del nivel 3 al nivel 2 de alerta. Y ...??? No hay otra muestra de acción, más que la que se deduce: dejar arder. Hoy, ya no se puede hacer nada. Es evidente. Quien haya estado cerca de un bosque con eucaliptos de doce metros sabe que ese fuego es imparable. Pero ese fuego hay que combatirlo en enero, febrero y marzo, limpiando los bosques, abriendo cortafuegos, preparando personal, contratando medios, reforestando con sensatez.

La ministra Narbona, en su distante ignorancia, atrevida y simplificadora hasta casi la estupidez, nos dice que “tenemos que acostumbrarnos a denunciar a nuestros vecinos, si desconfiamos de ellos”. La pobre no conoce el tema. En vez de decir lo primero que se le ocurra entre baño y baño en la piscina, tendría que hablar con algún responsable del germen de la policía autónoma de Galicia, miembros de la Policía Nacional asignados a ese cuerpo. Ese responsable le diría que saben exactamente quienes son, pero que es tremendamente difícil pillarlos con las manos en la masa. Los expedientes se archivan y ya está. A lo mejor, a la ministra se le ocurre ponerles pulseras controladas por GPS. La ministra Narbona, en vez de cargar la responsabilidad sobre las víctimas, tendría que leer más, estudiar más, ser más aplicada y ser más prudente con su tremenda y osada ignorancia, al menos, en este caso.

Hemos visto correr a muchos vecinos con las llamas al pie de sus casas, a algunos bomberos para protegerlas, a algún personal de las brigadas, a miembros del Ejército cuando han pasado las cámaras de televisión y a la Guardia Civil, sobre todo a la Guardia Civil. Sus coches pasan zumbando, hasta en la más recóndita carretera. Me han apartado más de una vez con la sirena y he visto como se dejaban los retrovisores por los caminos estrechos. Me imagino que ni han dormido, ni han comido, ni casi bebido. Ayer, una conocida le estaba medio echando una bronca a uno de ellos, porque no iban a atender un fuego cerca de una casa y el guardia se echó a llorar, tal cual, desbordado por el agotamiento y la impotencia. A ese guardia yo le diría que, al menos para mí, ha quedado claro que es una de las pocas instituciones que se ha tomado las cosas con responsabilidad. Nunca sabremos si los muertos del sábado se hubiesen podido evitar con un corte de carretera. Pero parece como si la Guardia Civil se hubiese tomado ese hecho como un fallo propio y ahora nos vuelve locos con los cortes de carretera. Pero lógicamente, solo pueden extremar la prudencia, porque no pueden confiar en nuestra sensatez como conductores ante una carretera invadida por el humo, donde en un par de minutos, puedes encontrar fácilmente la muerte, si después del humo, vienen las llamas.

Conclusión:

La fecunda exhuberancia de Galicia, donde los árboles adquieren proporciones majestuosas y donde crece la hierba hasta por dentro de las ventanas, se nos ha vuelto hoy en nuestra contra. Esa pletórica naturaleza nos ha estallado como un polvorín. Un polvorín ignorado por gestores y políticos con la mirada muy corta e incapaces de prever lo que es evidente, que en Galicia, en verano, el bosque arde. Arde poco, si se adoptan todas las medidas posibles para evitarlo, y arde mucho, si uno espera a verlas venir.

Expongo los hechos tal como los he visto y los interpreto, supongo que con la parcialidad de no poder expresar la rabia de otra manera. Desde Santiago de Compostela, a 10 de agosto de 2006.

Angel Souto

Malditos, heterodoxos y alucinados

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(Gentileza de LPC)