Blogia

el mundo fragmentado

70 años de un golpe de estado.

70 años de un golpe de estado.

Es la derecha española, quiero decir, el grupo actual que dirige a la derecha española, representada en el Pp, el que intenta reconocer en la dictadura de Franco el antecedente natural y lógico de la democracia parlamentaria de 1978. Vista así la historia, enunciada y desarrollada por el grupo de historiadores revisionistas que le dan forma al servicio de ese pensamiento, el cruel periodo de 40 años que se vivió en España no sólo habría servido para llegar a nuestra actual democracia sino que ésta, lejos de ser la superación de ese periodo nefasto, se pensó y desarrolló gracias al  franquismo. La democracia, también, sería obra del general golpista y parte de su proyecto.

Edificado ese discurso bajo la usurpación del término *Transicion*, que para esta derecha representaría lo comentado y sólo lo comentado, la democracia de 1978 sólo tendría sentido en la medida que la obra de Franco se reconociera como antecedente histórico, negando el origen delictivo y criminal del franquismo y, por el contrario, al ocultarlo, poner de manifiesto esa supuesta  *anormalidad* de la República española como razón y origen del golpe de estado del 18 de julio de 1.936, legitimándolo.

Curiosamente, en este punto, los dirigentes de la actual derecha española coinciden en sus análisis con el grupo terrorista ETA, para el que la actual democracia española sería una continuación natural del franquismo. Vista así nuestra Monarquía parlamentaria, es la izquierda y los vencidos en la contienda de 1936 quienes no tendrían respuesta en esta democracia a sus esperanzas de restitución de la legalidad entonces violentada, pues aquella, para la derecha, tendría un carácter de anormalidad sólo superado con la dictadura, origen natural de la actual democracia.

No es la izquierda, como pregona la derecha, quien está intentando quebrar el pacto constitucional de la transición, sino es la derecha, con estos postulados y su frontal negativa a condenar la dictadura, quien está haciendo una interpretación revisionista que rompe los acuerdos de 1978. No es la izquierda quien pretende establecer la República española como antecedente democrático de la Monarquía parlamentaria, por otra parte el lógico y democrático antecedente, sino la derecha la que está intentando restituir a una dictadura cruel en el papel legitimador de la actual democracia.

Y es en este punto donde cualquier demócrata tiene que decir que NO, y mil veces NO, a la actual derecha española.

Decisivo apoyo de los fascistas para el triunfo de los sublevados

El 18 de julio fue un semifracaso para los sublevados y un semitriunfo para el Gobierno. Pronto se transformó en una guerra que duró tanto como la mitad del segundo conflicto mundial. Abandonados a su suerte, los rebeldes no hubieran podido imponerse. Las variables internacionales cambiaron de forma radical la naturaleza y perspectivas del conflicto. Franco recibió ultrarrápidamente apoyo material, político y diplomático de las potencias fascistas. Las potencias democráticas se retrajeron. La ayuda soviética, a partir de la mitad de octubre, puso a la República en condiciones de resistir. Es una historia que no se ha documentado todavía con el detenimiento que merece.

Los italianos sabían cuándo y cómo iba a producirse el golpe, como ha argumentado Saz. España estaba cubierta por una densa trama de espías fascistas, según han mostrado Canali, Heiberg y Ros Agudo. Los británicos sospechaban lo que se venía encima y captaron los telegramas que, desde Tánger, lo anunciaron a Roma. Por lo demás, los conspiradores no se habían recatado de comunicarlo previamente a Londres, como ha analizado Moradiellos. Un rumor del que se ha hecho eco Dorril apunta a que uno de los ingleses que intervinieron en el alquiler del avión que trasladó a Franco desde Canarias era agente del MI6. Los nazis y los franceses no sospechaban nada. Los agentes de la Comintern en Madrid se vieron sorprendidos, como han indicado Elorza y Bizcarrondo. También lo fue el Comisariado del Pueblo para los Asuntos Exteriores (NKID).

Por orden estrictamente cronológico, la imbricación internacional encierra sorpresas que no han aflorado aún en la historia convencional. La República solicitó a Francia pequeños suministros de material de guerra que, en principio, se declaró dispuesta a conceder. También apeló al Reino Unido en demanda de petróleo para la flota. Londres se esquivó. Veloces como el rayo, los soviéticos estuvieron dispuestos a hacerlos, según ha demostrado Rybalkin. La República solicitó, en consecuencia, armas a Moscú. También lo hizo a Berlín. A diferencia de lo que subyace a los sesgados argumentos de Radosh y su equipo, la interacción de estas variables fue compleja. Bajo presión británica, los franceses se echaron para atrás. Hitler se decantó por Franco el 25 de julio. Mussolini lo hizo pocos días más tarde, sabiendo que Moscú dudaba.

La ayuda de los dictadores fascistas salvó a Franco. Los aviones suministrados por Francia en los primeros días de agosto no estaban listos para entrar en combate. No disponían de armamento y necesitaban gasolina tetraetilada, que no existía en España. Mientras tanto, los aviones alemanes cruzaban ya el Estrecho y, con los italianos, apuntalaron los focos de la rebelión en Andalucía. La no intervención aplicada por París y Londres incluso antes de que recibiera un apoyo general en Europa cerró a la República la posibilidad de acudir a arsenales estatales, con la relevante excepción de México. A finales de agosto Franco recibía suministros abundantes y regulares que los británicos seguían al minuto. No tardó en hacer las necesarias genuflexiones a los amigos italianos y pronto les prometió alinear la política española según el modelo fascista.

¿Y la Unión Soviética, qué? No sabía demasiado bien lo que ocurría en España. El primer informe de situación que elaboró el Servicio de Inteligencia Militar (GRU) data del 7 de agosto. Ni él ni los que se sucedieron pintaron un cuadro demasiado favorable. Cuando se les compara con los que compilaban los servicios de inteligencia británicos su parvedad es obvia. Stalin apuntó hacia un deslizamiento que controló férreamente al compás del deterioro de la situación militar, la importante ayuda nazi-fascista y la retracción de las democracias. Sólo a principios de septiembre empezó a orientarse hacia suministros militares. A mitad se decidió la formación de lo que serían las Brigadas Internacionales. A finales dio su propio paso al frente. En contraste con las especulaciones de Beevor, lo hizo sabiendo dónde se metía. Las variables internacionales (estratégicas, políticas y económicas), prejuicios muy enraizados y percepciones muy diferentes sobre lo que estaba en juego determinaron la dinámica de una gran parte de la evolución militar desde el comienzo hasta el final de forma consistentemente negativa para la República.

Angel Viñas

El país.es


 

La Iglesia se volcó con los golpistas

El 20 de julio de 1936 el general Emilio Mola, principal organizador de la sublevación militar, llegó a Burgos, una ciudad que desde el domingo 18 vivía horas de fervor patriótico y religioso. Las campanas de la catedral volteaban anunciando a la población la llegada del general. "Escuadras tradicionalistas y fascistas", según contaba el Diario de Burgos del día siguiente, escoltaron a la comitiva hasta la sede de la Sexta División, en la plaza de Alonso Martínez. Instantes después acudió allí, a "cumplimentar" al general, el arzobispo de la diócesis, Manuel de Castro, acompañado de su secretario particular, el canónigo Alonso Hernández. El público, al darse cuenta de la presencia del prelado, "le aplaudió entusiásticamente".

La escena se repitió en todas las ciudades donde triunfó desde el principio la sublevación militar. España ardía en una guerra civil causada por un golpe de Estado que la partió en dos y la Iglesia católica no lo dudó. Estaba donde tenía que estar, frente a la anarquía, el socialismo y la República laica. Y todos sus representantes, excepto unos pocos que no compartían ese ardor guerrero, ofrecieron sus manos y su bendición a los golpistas.

 

Como han confirmado las principales investigaciones, la sublevación no se hizo en nombre de la religión. Los militares golpistas no incluyeron a la religión en los bandos de declaración del estado de guerra y mostraron más preocupación por otras cuestiones: por salvar el orden, la Patria, decían ellos, por arrojar a los infiernos al liberalismo, al republicanismo y a las ideologías socialistas que servían de norte y guía a amplios sectores de trabajadores. Pero la Iglesia y la mayoría de los católicos pusieron desde el principio todos sus medios, que no eran pocos, al servicio de esa causa. Y lo hicieron, además de para defender al mismo orden y a la misma Patria que los militares, porque no soportaban a la República, ese régimen de representación parlamentaria y de legislación anticlerical en el que los valores católicos ya no eran los dominantes. Ni los militares tuvieron que pedir a la Iglesia su adhesión, que la ofreció gustosa, ni la Iglesia tuvo que dejar pasar el tiempo para decidirse. Unos porque querían el orden y otros porque decían defender la fe, todos se dieron cuenta de los beneficios de la entrada de lo sagrado en escena.

 

La autoridades eclesiásticas, desde sus refugios y palacios episcopales, captaron ese espíritu de rebelión contra la República y lo forraron de legitimidad religiosa. Ningún obispo se lanzó a la calle a reclutar fieles o a arengar a las masas católicas. Ésas no eran sus armas. Ellos estaban para otras cosas, para cumplimentar y abrir las iglesias a las autoridades militares, para unir la espada y la cruz en una misma empresa y para hablar y escribir sobre esa guerra santa y justa que otros ya estaban librando. Siempre quisieron demostrar, sin embargo, que sólo entraron en escena cuando la violencia anticlerical y revolucionaria que se extendió por la zona republicana no les dejó otra opción. Sabían que ése era el mejor planteamiento para justificar el derecho a la rebelión y la guerra de exterminio que le siguió.

Julián Casanova

El país.es

 


 

Las dudas del golpista Franco

Después de su intento sibilino durante la crisis del 17 al 19 de febrero de 1936 de impedir que el resultado de las elecciones no resultara en un Gobierno de izquierdas, no era de sorprender que cuando Manuel Azaña volvió a ocupar la presidencia del Gobierno, Franco fuera reemplazado como jefe del Estado Mayor. Fue enviado a las islas Canarias como comandante general, un destino casi tan importante como una región militar peninsular, pero lo percibió como una degradación y como un nuevo desaire por parte de Azaña. Antes de partir a Canarias, Franco se reunió con Mola, Varela, Fanjul, Orgaz y otros oficiales disidentes. Acordaron que un golpe era necesario, que el general Sanjurjo debía encabezarlo y que los preparativos del golpe los dirigiese Mola, pero Franco no asumió ningún compromiso concreto.

Una vez en Las Palmas, rodeado de la hostilidad de la izquierda local, que le veía como el carnicero de Asturias, Franco se puso a trabajar en las defensas de las islas y en las medidas para aplastar disturbios de orden público. No participaba activamente en los planes del golpe. En cambio, se presentó como candidato a las Cortes en las elecciones repetidas que tuvieron lugar en Cuenca. Parece que quería tener una posición segura en la vida civil desde donde aguardar los acontecimientos. Llegado el momento, su deseo de conseguir la inmunidad de un acta fue vano, pues no pudieron presentarse más que los candidatos que habían estado incluidos en las listas de las elecciones originales.

Franco no era nada entusiasta respecto a la conspiración, y comentó a Luis Orgaz, eterno optimista, que el levantamiento sería "sumamente difícil y muy sangriento". A finales de mayo, Gil Robles se quejó de que Franco había rehusado encabezar el golpe, diciendo que "ni toda el agua del Manzanares borraría la mancha de semejante movimiento". Franco seguía teniendo muy presente el fracaso de la Sanjurjada de 1932, pero su cautela mermaba la paciencia de sus amigos africanistas. El 30 de mayo, Goded envió un mensajero a Canarias para comunicarle que había llegado el momento de abandonar la prudencia y tomar una decisión. El coronel Yagüe comentó que le resultaba desesperante la mezquina prudencia de Franco y su negativa a asumir riesgos. Como había mostrado su candidatura en Cuenca, la principal preocupación de Franco era cubrir su propia retirada en caso de que el golpe fallase.

El mayor indicio de la ambigüedad de Franco fue la curiosa carta que le escribió el 23 de junio al presidente del Gobierno, Santiago Casares Quiroga. Insinuaba al mismo tiempo que el Ejército era hostil a la República y que sería leal si se lo trataba adecuadamente. Haciendo hincapié en los problemas de orden público, instó a Casares a buscar el consejo de generales que, "exentos de pasiones políticas", palpaban los sentimientos del Ejército. Franco no mencionó su propio nombre, pero era evidente que se refería a sí mismo. Insinuaba que, para que poner fin a las conspiraciones, Casares simplemente tenía que darle el mando supremo. Franco hubiese preferido restaurar el orden con el respaldo legal del Gobierno que arriesgarlo todo en un golpe. Sin duda, la falta de contestación de Casares le inclinaba a optar finalmente por la rebelión.

Sin embargo, siempre deseoso de estar en el lado ganador sin asumir riesgos, Franco seguía manteniendo la distancia con los conspiradores. Unos días después de escribir a Casares se hizo el reparto de funciones entre los conspiradores. Franco fue destinado al mando de la sublevación en Marruecos, donde, por haber sido jefe de la Legión, contaba con la lealtad del ejército colonial, crucial para el éxito del golpe. Pese a todo, a comienzos del verano de 1936, seguía vacilando. Calvo Sotelo abordaba a Serrano Suñer en los pasillos de las Cortes para preguntarle con impaciencia: "¿Qué le pasa a tu cuñado? ¿Qué hace? ¿No se da cuenta de lo que se está tramando?". Los frustrados camaradas de Franco le apodaron Miss Islas Canarias 1936. Sanjurjo comentó: "Franco no hará nada que le comprometa; estará siempre en la sombra porque es un cuco", y afirmó que el levantamiento iría adelante "con o sin Franquito". Las dudas de Franco indignaban a Mola o Sanjurjo, no sólo por las dificultades de tener que obrar en torno a un factor dudoso, sino también porque se daban cuenta de que su decisión influiría en otros muchos indecisos. Según la instrucción de Mola sobre Marruecos, Yagüe dirigiría las fuerzas rebeldes hasta la llegada de "un general de prestigio". Yagüe le escribió para asegurarse de que éste fuera él y había planeado con Francisco Herrera, enlace entre los conspiradores de España y los de Marruecos, presentar a Franco con el fait accompli de un avión para trasladarle a Marruecos. Mola aceptó la idea, a pesar de las dificultades que implicaba conseguir un avión en tan corto plazo, aunque todavía dudaba respecto a la eventual participación de Franco en el levantamiento.

Herrera iba a Biarritz el 4 de julio, se entrevistó con Juan March, quien ofreció el dinero necesario. El marqués de Luca de Tena, propietario del periódico Abc, telefoneó a Luis Bolín, su corresponsal en Inglaterra, y le dio instrucciones para que alquilara un avión. Bolín, a su vez, telefoneó al inventor aeronáutico español, Juan de la Cierva, que vivía en Londres. Por recomendación de De la Cierva, buen conocedor de la aviación privada inglesa, Bolín alquiló un bimotor Havilland Dragon Rapide al Olley Air Services de Croydon. El avión despegó a primera hora de la mañana del día 11 de julio y llegó a Casablanca al día siguiente después de escalas en Portugal. Franco todavía dudaba. El mismo día en que el Dragon Rapide llegó a Casablanca, Franco envió un mensaje en clave a Kindelán en Madrid para que a su vez éste se lo transmitiese a Mola. Decía "geografía poco extensa" y significaba que se negaba a unirse al levantamiento alegando que las circunstancias no eran lo suficientemente favorables. Kindelán recibió el mensaje el 13 de julio, y Mola, un día después en Pamplona. Encolerizado, Mola mandó que el piloto Juan Antonio Ansaldo llevase a Sanjurjo a Marruecos para hacer el trabajo de Franco e informó a los conspiradores de Madrid de que no se contaba con Franco. Sin embargo, dos días más tarde, llegó otro mensaje que decía que Franco estaba con ellos. El asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio le había hecho volver a cambiar de postura.

El asesinato ayudó a muchos indecisos a adoptar una posición, entre ellos a Franco. Cuando conoció la noticia, a última hora de la mañana del día 13 de julio, exclamó ante el mensajero, el coronel González Peral: "La patria ya cuenta con otro mártir. No se puede esperar más. ¡Es la señal!". Poco después envió un telegrama a Mola. A última hora de la tarde, Franco hizo gestiones para mandar a su esposa y a su hija a Francia. La decisión era lo suficientemente trascendental como para provocar en él dudas agonizantes, como puede verse en las precauciones que tomó para la seguridad de su mujer y de su hija. Sin embargo, Franco había tomado una decisión, el Dragon Rapide estaba de camino y él era ahora un golpista.

PAUL PRESTON

El país.es

Todo empezó un 17 de julio

Todo empezó un 17 de julio

En realidad, no fue el 18, fue el 17. Y no fue en España, sino en el Protectorado de Marruecos. Los militares que veníacon conspirando contra el Gobierno de la República no las tenían todas consigo, pues no faltaban notorios conspiradores que daban la impresión de nadar y guardar la ropa, entre ellos, el mismo general Franco, comandante militar de Canarias. Una profunda desconfianza, una permanente sospecha y algunos enfrentamientos a tiros habían enrarecido el aire de los cuarteles y obligado a posponer en varias ocasiones el día de la rebelión. El director, el general Mola, había exigido el empleo de la máxima dureza, o sea, fusilamiento con o sin consejo de guerra, contra quienes se opusieran a la acción una vez emprendida. Pero al escribirlo pensaba en las autoridades republicanas, en los dirigentes de partidos de izquierda y de los sindicatos obreros, no en sus conmilitones. La insurrección, proyectada para las primeras horas de la mañana del 18 de julio, comenzó, sin embargo, antes de lo previsto en Marruecos, con el tiro a bocajarro a los jefes indecisos, allí mismo, en los despachos de los cuarteles, entre voces y griterío. La primera víctima, el general Romerales, marcó la norma futura: para garantizar el éxito había que liquidar, como primera providencia, a los jefes y oficiales que declaraban su lealtad al Gobierno legalmente constituido o que se mostraban remisos y dubitativos.

Roto ese dique, el torrente se desbordó sin conocer ningún límite: si la muerte era el destino de los compañeros desafectos, ya se puede imaginar cuál podría ser el de los obreros, campesinos y autoridades republicanas allí donde ofrecieron débil resistencia. Ocurrió así en tierras del Protectorado en la tarde del 17 de julio y la pauta se impuso de inmediato en los focos de rebelión que alumbraron desde las primeras horas de la mañana y se extendieron por la tarde y noche del 18. La Coruña y Vigo, Álava y Navarra, las capitales de Castilla la Vieja, Sevilla. En todas partes se repitieron idénticas escenas: insurrección, detención y fusilamiento de jefes y oficiales indecisos, sin importar grado de parentesco o amistad; adhesión, donde las hubiera, de milicias falangistas y carlistas; rápido control de las calles, incursiones de castigo en los barrios obreros; asesinato de alcaldes y gobernadores civiles. En Madrid, en la noche del 17 al 18, la República -como escribió Manuel Azaña- estuvo pendiente de un hilo: habría bastado la decisión audaz de quienes ocupaban todos los establecimientos militares para acabar con el régimen en unas horas. Pero, añade Azaña, se produjo el hecho contrario.

El hecho contrario no consistió en que a la falta de audacia de los rebeldes respondiera el Gobierno con firmeza: el Gobierno de la República se hundió la misma tarde del golpe. ¿Qué Gobierno era ese incapaz de resistir el golpe y aplastarlo? Ante todo, no era un Gobierno de Frente Popular aquel contra el que se rebelaban una tras otra, deslavazada, caóticamente, las guarniciones militares. Para serlo, hubiera requerido, como en Francia, la presencia de los socialistas, porque el apoyo parlamentario de los comunistas se daba por descontado. Pero los socialistas se habían negado a incorporarse a un Gobierno de coalición cuando Manuel Azaña, el 11 de mayo, recién elegido presidente de la República, ofreció a Indalecio Prieto la presidencia del Consejo de Ministros. Fue la facción liderada por Francisco Largo Caballero la que se negó a incorporar a su partido al Gobierno en la ilusoria e irresponsable esperanza de que los republicanos, al cabo de unos meses, no tendrían más remedio que franquear la puerta y poner en sus manos todo el poder.

Esta estrategia suicida, además de dividir e inutilizar a los socialistas como fuerza hegemónica de la coalición republicano-obrera, dejó al Gobierno a la intemperie, sin bases sólidas sobre las que apoyarse. Y fue contra un Gobierno débil, formado exclusivamente por republicanos de centro-izquierda, bajo la presidencia de Santiago Casares Quiroga, contra el que pusieron en marcha su proyectada conspiración los militares que desde el 8 de marzo se habían juramentado para dar un golpe de Estado. No era la primera vez que lo intentaban. No era tampoco la primera vez que un Gobierno de la República tenía que habérselas con una intentona militar, de la que todo el mundo hablaba y de la que todo el mundo, incluso la policía, estaba al cabo de la calle.

A nadie, por tanto, pilló de improviso la tarde del 17 de julio el rumor rápidamente extendido de que algo ocurría en tierras del Protectorado. El Gobierno esperaba la insurrección y había tomado las medidas que estaban de su mano para entorpecer con piedrecitas su maquinaria: creyó que con los traslados de los principales sospechosos y el nombramiento de generales de confianza al frente de las fuerzas de policía y de la Guardia Civil, la proyectada rebelión sería aplastada, si no tan fácilmente como en agosto del 32, al menos con efectos más radicales y permanentes: ahora el castigo sería ejemplar. Los dirigentes obreros, por su parte, acariciaban la expectativa de que los militares se rebelasen porque en su visión del alumbramiento del nuevo mundo bastaba una huelga general para derrotar a la reacción militar.

Y ése fue el hecho contrario al que se refería Azaña: la rebelión puso en marcha un movimiento de resistencia obrera y popular que, sumando su presión a la que procedía del bando contrario, se llevó por delante al Gobierno presidido por Casares, dejando sin gobierno a la República durante unas horas decisivas. Para tapar el hueco, Azaña ofreció al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, el encargo de formar un nuevo Gobierno que se ampliara por la derecha y por la izquierda con el refuerzo de liberales y socialistas. Martínez Barrio lo intentó en la noche del 18, pidiendo a Felipe Sánchez Román, líder del pequeño Partido Nacional Republicano, y a Indalecio Prieto, dirigente de la facción centrista del PSOE, su incorporación al Gobierno. El primero accedió, pero Prieto, tras consultar con su partido, regresó con una respuesta decepcionante: el PSOE se negaba por segunda vez, ahora en circunstancias dramáticas, a entrar en gobierno. Era, de nuevo, la estrategia de Largo Caballero y de sus consejeros de la izquierda socialista la que se imponía: esperar a que los republicanos sucumbieran para ocupar los socialistas en solitario todo el poder.

A pesar de este revés, Martínez Barrio habla con algunos jefes de las divisiones orgánicas y con el general Mola, que en esos momentos es ya -desposeído del mando y detenido el general Batet, que en unos meses será también fusilado- jefe efectivo de la VI División: "Es tarde, muy tarde...", responde Mola a las consideraciones que le hace Martínez Barrio. En realidad, a esas alturas, los rebeldes, conducidos sobre el terreno más por comandantes que por generales, han matado tanto que tienen cerrada cualquier posibilidad de marcha atrás. A pesar de que Madrid ni Barcelona caen, tienen que seguir adelante. Lo proclama Franco en sus arengas radiadas; lo dice Mola a su interlocutor. Martínez Barrio también sigue adelante y a primeras horas de la mañana del día 19 ha logrado formar un Gobierno a base de los tres partidos que un año antes habían sellado una especie de nueva alianza republicana: Izquierda Republicana, de Azaña; Unión Republicana, del mismo Barrio, y Partido Nacional Republicano, de Sánchez Román.

Pero este Gobierno tiene, antes de nacer, las horas contadas. En una noche de insomnio cargada de rumores se corre rápidamente la voz de que Martínez Barrio negocia una paz con los generales rebeldes. Socialistas, anarquistas y comunistas convocan una gran manifestación. Desde primeras horas de la mañana del domingo llegan hasta Martínez Barrio las voces de los manifestantes exigiendo armas y gritando "¡abajo el Gobierno!". El recién nombrado presidente dimite: su presidencia habrá durado poco más de seis horas, el tiempo justo para que el flamante Gobierno apareciera en la Gaceta cuando ya había dejado de existir. Azaña convoca entonces al Palacio Nacional a los dirigentes de los partidos y sindicatos con objeto de resolver la crisis de manera que todos se sientan implicados en la fórmula que se adopte.

En esa reunión, Largo Caballero, que también ha acudido, rechaza por tercera vez la participación socialista y sólo da su aprobación a un Gobierno formado exclusivamente por republicanos bajo la condición de que proceda a repartir armas a los sindicatos. El presidente de la República confiere entonces el encargo a su viejo amigo José Giral, que acepta la tremenda responsabilidad. Ya está, pues, el pueblo armado contra los generales rebeldes. Son pistolas y, todo lo más, el famoso máuser de 750 metros de alcance: sobre armas cortas van a edificar los sindicatos el nuevo poder obrero y campesino. Los militares decían haberse alzado contra el peligro comunista y lo que han puesto en marcha es una revolución sindical. Será un poder atomizado, suficiente para aplastar la rebelión allí donde los rebeldes han dudado y se han encerrado en sus cuarteles; trágicamente inútil allí donde los militares se han adelantado y han establ6ecido un férreo y despiadado control.

Será también un poder que vuelve inane el poder del Gobierno de la República. Revolución triunfante es proliferación de comités sindicales que comienzan a organizar la defensa contra el agresor y la represión del enemigo interior. Desde el mismo 18 de julio se destruyen por el fuego los símbolos del viejo mundo derrocado, se queman archivos, se incendian iglesias, se da muerte a quienes se han señalado, personal o institucionalmente, como enemigos de la clase obrera y de la revolución -propietarios, clérigos, guardias civiles-, mientras se abole el dinero, se incautan empresas, se patrullan las calles. Sobre las ruinas del Estado republicano, la revolución -o lo que quiera que fuese aquella resistencia obrera, campesina y popular al golpe militar- anunciaba, a pesar de la euforia de tantas noches febriles, más que un triunfo, una larga guerra civil.

SANTOS JULIÁ
El País.es


 

Los generales asumieron todo el poder

Una conspiración estrictamente militar precedió al pronunciamiento de julio de 1936. Contaba con el apoyo generalizado de la derecha y el soporte económico de Juan March y otros personajes adinerados, sin olvidar que, a última hora, Gil Robles entregó 500.000 pesetas de la caja electoral de Acción Popular. No obstante, la organización y todas las decisiones operativas quedaron en manos de los generales, limitándose los civiles a ser sus colaboradores.

Entre los días 17 y 20 se alzaron 44 de las más importantes guarniciones españolas, pero sólo la mitad del Cuerpo de Seguridad y Asalto y de la Guardia Civil, cuyos mandos también eran militares. Bajo sus órdenes, en unos casos, los guardias se unieron a los sublevados, y, en otros, se les enfrentaron a tiros.

 

Franco no figuraba en la conspiración porque ésta tenía como jefe a Sanjurjo, que se había sublevado y fracasado en agosto de 1932. Mientras estaba procesado en espera de juicio llamó a Franco, que había servido a sus órdenes en Marruecos, y le pidió que fuera su defensor ante el consejo de guerra. Franco rechazó la petición con una frase terrible: "General, se ha ganado usted el derecho a morir" y lo abandonó a su suerte. Efectivamente, fue condenado a la pena capital, pero el Gobierno de Azaña se la conmutó por una reclusión perpetua. Que no fue tal, porque el Gobierno Lerroux lo liberó y se exilió en Portugal, donde presidió varias conspiraciones contra la República.

 

Nunca perdonó el desaire de Franco y éste se mantuvo al margen del complot que presidía su enemigo. Hasta que, en la última semana, envió un mensaje de adhesión a Mola, a fin de no quedarse marginado. A pesar de todo, su papel no parecía fundamental porque no había tomado parte en los preparativos y conspiraban otros siete generales más antiguos que él. Incluso Fanjul y Mola, que eran menos importantes en el escalafón, le sobrepasaban en méritos políticos. El primero había sido parlamentario desde 1919 y subsecretario con Gil Robles en 1835; el segundo era el director del contubernio y la mano derecha de Sanjurjo.

 

La República contaba con 24 generales de división y 57 generales de brigada. De los 18 que formaban la cúpula militar, sólo se sublevaron cuatro: Franco; Cabanellas, liberal y masón; Queipo de Llano, republicano lenguaraz indispuesto con el Gobierno, y Goded, antiguo colaborador de Azaña, técnicamente preparado, soberbio y ambicioso. Con ellos se alzaron 22 generales de los 34 que tenían mando de brigada o similar.

 

Se les sumaron seis generales que el Gobierno mantenía "disponibles" por considerarlos subversivos. Dos de ellos, Villegas y González Carrasco, no se presentaron en el momento decisivo. En cambio, se alzaron los monárquicos Saliquet y Fanjul y dos generales represaliados por sus conspiraciones notorias: Orgaz, que estaba confinado en Canarias, y Varela, arrestado en un fuerte de Cádiz. Pronto se les unieron Kindelán, Francisco de Borbón y Ponte, monárquicos que habían abandonado el Ejército al proclamarse la República.

 

Los sublevados trataron cruelmente a los generales leales al Gobierno. Fusilaron a nueve, asesinaron a otro en una cuneta y condenaron a muerte a seis, cuya pena fue conmutada por la prisión perpetua. Los demás salvaron la vida hundiéndose en el exilio.

 

Sin embargo, los hombres de confianza de Franco no fueron los antiguos generales, sino los hombres de su generación, tenientes coroneles o comandantes que rondaban los 45 años y cuya mentalidad reaccionaria y cruel se había formado en la guerra de Marruecos. Su ambición era tanta que el mismo Franco contó a su primo Pacón cómo el teniente coronel Yagüe había intentado que ningún coronel recibiera mando. Franco no aceptó, pero la Guerra Civil los hizo generales. Luego serían el principal sostén de la dictadura.

GABRIEL CARDONA
El país.es

 


 

La profunda crisis del Ejército leal

Entre las primeras decisiones que tomó José Giral cuando fue nombrado jefe de Gobierno de la República el 19 de julio de 1936, dos marcaron de manera decisiva los meses iniciales del conflicto. Una de ellas fue la de repartir armas al pueblo; la otra, licenciar al Ejército. A través de esta última medida, autorizó a todos los soldados a abandonar a los jefes que se habían rebelado contra el régimen legal. Fue un error: los oficiales rebeldes no obedecieron el decreto e impidieron que sus hombres dejaran sus puestos. Sí lo hicieron, en cambio, muchos de los que formaban las filas de muchas unidades que permanecieron inicialmente dudosas e, incluso, de algunas que se mantuvieron fieles a la República. Con la entrega de armas al pueblo, por otro lado, cobraron un protagonismo esencial las milicias políticas. Muchas de ellas no sólo pretendían defender el régimen legal, sino ir más lejos: provocar la revolución. Ese extremo, que temían los republicanos más moderados, había impedido que esa medida se tomara en las primeras horas.

El Ejército quedó hecho trizas y la situación era caótica. Dentro de las fuerzas leales a la República, convivieron durante las primeras semanas las fuerzas milicianas, que por lo general aportaban más entusiasmo que técnica militar, y los restos de unas tropas que carecían de una dirección unificada. El voluntarismo fue la nota dominante, aun cuando hubieran mantenido su lealtad muchos altos cargos del Ejército. Faltaban, sin embargo, oficiales: la gran mayoría de los mandos intermedios se inclinó por las fuerzas rebeldes.

En el Ministerio de Guerra, quien movió inicialmente los hilos de la defensa fue el teniente coronel Juan Hernández Saravia, que había colaborado estrechamente con Azaña en la reforma del Ejército. También participaron activamente en la organización de las variopintas columnas muchos miembros de la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA). Giral incluyó a dos militares en su Gobierno: el general Castelló, en el Ministerio de Guerra, y el general Pozas, en el de Gobernación. Un síntoma de la profunda crisis: el primero de ellos, profundamente afectado por una crisis emocional, no tardó en perder la razón y abandonar el Gobierno.

A los pocos días del golpe, se consolidó la división de España en dos grandes zonas. La República conservó las ciudades más importantes. En Madrid y Barcelona, la feliz confluencia de tropas y mandos militares leales con las milicias armadas dio resultado, pero en Sevilla triunfó la sublevación. El conflicto no había hecho más que empezar. Muchos de los generales que se mantuvieron fieles a la República en las zonas en que triunfó el golpe fueron fusilados (inmediatamente o poco tiempo después): Núñez de Prado (en Zaragoza), Batet (en Burgos), Campins (en Granada), Molero (en Valladolid), Salcedo y Caridad Pita (en La Coruña), Romerales (en Melilla)... Otros asumieron el desafío de detener a los rebeldes. El gran cambio en el Ejército de la República, sin embargo, no se produjo hasta más adelante, cuando en octubre se hizo evidente que sólo una fuerza militar organizada podía luchar con las tropas franquistas que avanzaban entonces como una apisonadora hacia Madrid.

José Andrés Rojo

El país.es


 

Melilla, la primera batalla

Fue "sólo una idea de enamorado" lo que guió a Carlota O'Neill junto a su esposo, Virgilio Leret, capitán de la base de hidroaviones del Atalayón, en Melilla, aquel fatídico julio del 36. Eran un matrimonio joven (él 33 años, ella 31), tenían dos hijas pequeñas y muchas ganas de disfrutar de su amor allá donde pudieran. "Nadie, supongo, podía imaginar lo que pasaría: íbamos a ser testigos del inicio de la Guerra Civil", explica Carlota Leret O'Neill, la benjamina de la familia, desde Caracas (Venezuela), 70 años después.

La historia que unos pocos escribieron ha querido que sus nombres y los acontecimientos que vivieron se perdieran en el tiempo. La misma historia que hizo que el 18 de julio de 1936 pasase a la posteridad como el del levantamiento de las tropas fascistas contra el legítimo Gobierno de la República. Pero Carlota, al igual que algunos historiadores fascistas (Rafael Fernández de Castro y Joaquín Arrarás) sabe que la primera batalla de esa cruenta masacre que en tres años dejó huérfana a media España y viuda a la otra media, aconteció en la tarde del 17 de julio de 1936, y que el capitán Leret se enfrentó para defender la Constitución a las tropas que, desde Marruecos, seguían al comandante Sid Mohamed Mizzian Bel Kasen.

"Mi padre era ingeniero, no tenía vicios cuarteleros y dedicaba su tiempo libre al estudio. Así fue como inventó el motor mototurbocompresor de reacción continua". Leret acababa de ser nombrado capitán de la base de hidroaviones del Atalayón y su familia le acompañaba para pasar las vacaciones. "Llegamos desde Madrid el 1 de julio de 1936. Vivíamos en una draga, anclada a 300 metros de la base y de la que salíamos en una barquita de remos", rememora Carlota, que "por coquetería" declina decir su edad. "Han pasado 70 años. Eche la cuenta".

La mañana del 17 de julio Leret estuvo enseñando a sus hijas a nadar. "No quería que le temiésemos al agua ni al aire", señala Carlota. "Por la tarde, para complacer a mi mamá, que era periodista y escritora, teníamos planeada una excursión a un cementerio moro". "Estábamos en una colina. Empecé a oír las sirenas de la base con mucha intensidad. Mi padre se giró mirando hacia allí. Unos hombres subieron gritando: "¡Capitán Leret, capitán Leret!". La pequeña Carlota no sabía entonces lo que ocurría, pero recuerda que sus diminutos pies no podían aguantar el ritmo y que su madre la tomó de la mano, mientras su padre la apremiaba. "Al final papá me tomo en brazos y corrimos colina abajo".

El primer tabor de Infantería, del Grupo de Regulares de Alhucemas, al mando del capitán Guillermo Emperador, y su primer escuadrón de Caballería, a las órdenes del capitán Alfredo Corbalán Reina, estaban atacando la base de hidroaviones.

Acababan de llegar a la barca cuando empezó "un fuerte tiroteo" en la base cercana. "Ésos fueron los primeros disparos que incendiaron el mundo". La voz de Carlota se torna nostálgica. "Mi padre llevaba siempre puesto el mono blanco de aviador. Cuando subimos a la draga tomó su gorra y se puso algo a la cintura; el revólver, supe después". Parece que fuera ayer cuando Carlota mirase a su padre desde sus cuatro años partir en la barquita hacia la base, hacia los disparos. "Mi madre le vio alejarse y se negó a guarecerse bajo la cubierta. Él le grito que se fuera dentro, que era peligroso, que lo hiciera por las niñas... Fue la última vez que le vimos".

Hasta ahí alcanzan los recuerdos de Carlota sobre aquella tarde. El resto de la historia la ha ido construyendo durante los últimos cinco años. Virgilio Leret se atrincheró con sus hombres "en el casino de oficiales". Para entonces, y ante la fuerte resistencia que los aviadores presentaban a los fascistas, ya se les habían unido en el ataque el Grupo de Regulares Indígenas de Alhucemas número 5, comandados por el teniente coronel Francisco Delgado Serrano, y su segundo tabor, al mando del comandante Sid Mohamed Mizzian Bel Kasen. Una lucha sin esperanzas.

"Tenían desmontados los hidroaviones por órdenes de Madrid. Y su arsenal de 200 bombas, por exigencias de los militares que estaban fraguando la conspiración, tuvieron que ser devueltas al parque de Artillería de Melilla. ¿Qué hubiera pasado de no ser así?". Finalmente, Leret tuvo que deponer las armas, tiró su revólver al suelo y se rindió para salvar a sus hombres. "Se nombró único responsable y lo fusilaron al amanecer del 18 de julio junto a dos alféreces, pero mi madre no lo supo hasta octubre".

Carlota O'Neill fue encarcelada en la prisión de Victoria Grande, en Melilla, y condenada en consejo de guerra a seis años de cárcel por el delito de haber escrito unas cuartillas en las que describía la batalla e insultaba al Ejército. "Fue horrible todo aquello", recuerda su hija. "Durante mes y medio lloré frente a una ventana, mirando hacia una esquina de la calle porque me dijeron que por allí vendría mi mamá". De la dura experiencia vivida en la cárcel, de la separación de sus hijas y del exilio, Carlota O'Neill dio cuenta en Una mujer en la guerra de España (Oberon, 2003), un testimonio sobrecogedor.

NURIA TESÓN

El País.es


 

La guerra de Israel en dos frentes



SHLOMO BEN-AMI

EL PAÍS  -  Opinión - 18-07-2006

Independientemente de que logren sus objetivos militares la incursión de Israel en la franja de Gaza y su masiva reacción a lo que fue sin duda un acto de guerra de Hezbolá -representante de Irán en Líbano- sin que hubiera existido ninguna provocación, hay una cosa que está clara. La guerra que libra actualmente Israel en dos frentes ha asestado un golpe mortal al "plan de convergencia" para Cisjordania, la razón de ser fundamental del Gobierno de Olmert y su partido Kadima. Tres meses después de su formación, el Gobierno israelí se ha quedado sin agenda política. Y lo curioso es que sólo Hamás puede salvarle de caer en una agonía política sin perspectivas.

El caso de Hezbolá es distinto, y la solución a la crisis en el frente norte tiene que ser diferente. Israel no mantiene ninguna disputa territorial con Líbano, y Hezbolá no es ningún movimiento nacional que esté luchando legítimamente para "acabar con la ocupación". Es, por el contrario, un instrumento de la estrategia regional de desestabilización que propugnan Irán y Siria. Existen razones para creer que el arsenal de misiles de Hezbolá -algunos seguramente más complejos que los empleados hasta el momento en la presente crisis- forma parte del despliegue militar regional de Irán, y no del sistema de defensa de Líbano. En Líbano, lo que está en juego es la credibilidad de la comunidad internacional, que hizo de intermediaria y dio legitimidad a la retirada israelí del país en mayo de 2001. Hezbolá es un actor importante en la política libanesa; incluso tiene ministros en el Gobierno. Sin embargo, en la crisis actual, está actuando más como una pieza en el puzzle regional de Irán que como defensor de los intereses nacionales de Líbano. Israel ha entrado en guerra con Irán y Siria a través de los grupos que les representan.

Es triste y lamentable que, en ambos lados, la población civil tenga que sufrir las consecuencias de esta tragedia. Pero los motivos de Israel son justos. Ésta no es una guerra de ocupación ni una guerra de asentamientos. Es una guerra por la validez de una frontera internacional trazada, definida y reconocida por Naciones Unidas. Cualquiera, sea en Israel o especialmente en la comunidad internacional, que predique que los israelíes deben retirarse de los territorios palestinos ocupados a las fronteras permanentes reconocidas tiene que estar de acuerdo con Israel en el caso de la guerra actual. Cualquiera que proclame seriamente la necesidad de que los israelíes "pongan fin a la ocupación" debe apoyar ahora a Israel. Lo contrario supondría eliminar con cualquier perspectiva de acabar esa ocupación en donde más importa, en el caso palestino; significaría además desautorizar a las fuerzas políticas que, dentro de Israel, llevan años luchando por un Estado palestino con unas fronteras reconocidas internacionalmente. Esto no quiere decir, en absoluto, que haya que aprobar todas las acciones del ejército israelí, aunque algunos de los que hablan del uso de una "fuerza desproporcionada" por parte de Israel podrían darnos a todos lecciones sobre cómo borrar ciudades enteras del mapa; es el caso de Putin en Grozny. Personalmente, creo que la reacción de Israel podría ser más imaginativa y precisa. La indignación causada por la pérdida de vidas humanas en Beirut está justificada; pero tampoco pueden dejar de mencionarse los ataques indiscriminados contra la población civil israelí.

En cuanto al dilema palestino de Israel, es evidente que el estallido actual plantea la necesidad de revisar el plan de convergencia del Gobierno, como, de hecho, ya han pedido varios ministros. En cualquier caso, la retirada y el desmantelamiento de los asentamientos en Cisjordania, de donde hay que evacuar a 800.000 colonos, constituyen una operación mucho más complicada que la retirada unilateral que llevó a cabo Ariel Sharon en Gaza, de donde sólo se repatrió a 8.000 colonos. Ahora bien, si en Gaza, una franja compacta cuya frontera con Israel nunca ha estado en duda, la retirada engendró tal estado de guerra que Israel se vio obligado a invadir los territorios que había abandonado menos de un año antes, ¿qué posibilidades hay de que una operación similar salga bien en Cisjordania, donde es necesario un reparto de responsabilidades mucho más sutil, fluido y ambiguo, con un lado palestino -el Gobierno de Hamás- que ha quedado descartado como socio desde el principio?

La operación Lluvia de Verano en Gaza ha dejado al descubierto de forma dramática la equivocación de la estrategia israelí de retirada unilateral de los territorios palestinos, y los primeros que se han dado cuenta han sido los propios israelíes. Un sondeo de opinión del Instituto Reut de Tel Aviv, realizado bajo la conmoción del brote actual de violencia, muestra una marcada caída del respaldo de la población al "plan de convergencia"; hoy sólo

se opondría enérgicamente a él.

Las tristes lecciones de la retirada de Gaza significan que el espectro del lanzamiento de misiles Kassam desde un nuevo frente en Cisjordania contra los principales centros urbanos de Israel en la zona de Tel Aviv, incluido el aeropuerto internacional Ben-Gurion, ya no es una hipótesis exagerada. Si el primer ministro Olmert desea salvar su "plan de convergencia", tendría que coordinarlo con un socio palestino, que sólo puede ser el Gobierno de Hamás presidido por Ismail Hanyieh. Eso significa, fundamentalmente, utilizar la guerra actual en Gaza como oportunidad para alcanzar un acuerdo con Hamás que no se reduzca al problema del soldado secuestrado. Un Gobierno israelí dispuesto a abandonar la inercia de las incursiones y los asesinatos selectivos debería ser capaz de aprovechar el sondeo del Instituto Reut que indica que al menos el 45% de los israelíes apoyaría hoy unas negociaciones directas con Hamás.

Después de una victoria electoral no deseada ni prevista, porque le obliga a reducir considerablemente su libertad de acción para poder mitigar las penosas consecuencias que tuvo su triunfo para el pueblo palestino, Hamás es más susceptible que la OLP de Abbas a la posibilidad de alcanzar un acuerdo provisional a largo plazo con Israel. Lo que la OLP, obsesionada con el resultado final, se niega a tener en cuenta -un acuerdo provisional- es algo que Hamás, con toda probabilidad, estaría dispuesto a estudiar.

Sin embargo, para lograr un acuerdo con Hamás que sea más duradero y fiable que un acuerdo con la OLP, Hamás debe volver a ser lo que siempre fue, una organización disciplinada y jerárquica, capaz de respetar un alto el fuego. Tanto el fracaso de la lógica que representó la retirada israelí de Gaza como el que supone el asalto de Hezbolá a los razonamientos que acompañaron a la retirada de Líbano en mayo de 2000 son un triste recordatorio de un fallo fundamental en la estrategia del presidente Bush para Oriente Próximo. La democracia árabe no es necesariamente la clave para la paz y la estabilidad. Es una cuestión de orden y autoridad. Al fin y al cabo, la guerra actual en dos frentes la desencadenaron milicias independientes sobre las que los dos únicos Gobiernos elegidos democráticamente de todo el Oriente Próximo árabe, los de Palestina y Líbano, no tienen absolutamente ninguna autoridad.

Para ser un socio respetable, Hamás debe tener cuidado de no caer en una anarquía institucionalizada tan desastrosa como la de Al Fatah ni convertirse en un Estado dentro del Estado como Hezbolá. Ariel Sharon conocía perfectamente la capacidad de Hamás para cumplir sus compromisos cuando, al retirarse de Gaza, y gracias a la mediación del presidente Abbas, alcanzó un acuerdo tácito con el movimiento que garantizaba la retirada suave y pacífica de la franja.

Pero los motivos para llegar a un acuerdo con Hamás sobre el "plan de convergencia" en Cisjordania son más fundamentales. Curiosamente, Israel y Hamás comparten un profundo escepticismo respecto al "proceso de paz". Ninguno de los dos cree en que sea factible una paz negociada inmediata, ni se aferra a sueños pasados sobre un "final del conflicto" celestial. Israel no está dispuesto a pagar el precio de un acuerdo definitivo, y Hamás no es capaz todavía de hacer concesiones en su ideología esencial mediante un apoyo inequívoco a la solución de dos Estados y las fronteras de 1967, que supondría prácticamente renunciar al derecho de retorno de los refugiados palestinos.

Un acuerdo sobre el "plan de convergencia" es positivo para el interés de Israel en tener una frontera estable, aunque sea provisional, con Cisjordania, y beneficia perfectamente a Hamás. Supondría el fin del ostracismo internacional al que ha vivido condenado su Gobierno desde que asumió el poder y les permitiría conciliar el rechazo ideológico a Israel con un paso importante hacia el "fin de la ocupación", al mismo tiempo que les permitiría tener un respiro para poder abordar sus problemas internos, que, al fin y al cabo, fueron el motivo principal por el que la gente les votó.

Es cierto que, como diría con razón Israel, la situación de los palestinos no es más que un pretexto para las provocaciones de Hezbolá. No obstante, la guerra en dos frentes que libra actualmente Israel representa el fracaso de la filosofía de la derecha israelí -así como de los neocons del entorno del presidente Bush- de que alcanzar un acuerdo con el mundo árabe e imponer disciplina a los "Estados canallas" de la región eran dos condiciones previas y necesarias para llegar a una paz entre Israel y Palestina. Lo que vemos hoy es una clara confirmación de que la estrategia política de "primero Palestina" emprendida por dos Gobiernos laboristas, el de Rabin y el de Barak, era la acertada. Lo que llevó a Rabin a Oslo y a Barak a Camp David y Taba fue la convicción de que existía una mínima oportunidad para lograr la paz con los palestinos antes de que Irán se convirtiera en una potencia nuclear y el fundamentalismo islámico en una amenaza mortal para los regímenes árabes moderados.

Ahora debería ser un objetivo fundamental para Israel y para esos regímenes árabes moderados que la guerra en el norte no empeore hasta ser una conflagración regional. Y, a diferencia del caso palestino, en el que hay tantas diferencias que resolver entre las partes antes de poder llegar a un acuerdo, en el caso de Líbano la solución está ya inventada. Israel se retiró hace seis años del país, hasta la frontera internacional, conforme a la resolución 425 del Consejo de Seguridad, y posteriormente se aprobó la resolución 1559, que exigía a Líbano que desmantelara Hezbolá, desplegara su ejército en el sur y acabara con la absurda y peligrosa anomalía consistente en que una milicia al servicio de Irán y Siria controle la frontera con Israel y prácticamente tenga en sus manos la llave de la estabilidad de todo Oriente Próximo.

La vieja costumbre de culpar a Israel por el uso de una "fuerza desproporcionada" no puede sustituir a un esfuerzo multilateral serio para terminar con este espantoso ciclo de violencia. En lo esencial, eso significa un alto el fuego y que el Consejo de Seguridad reitere la validez de la resolución 1559, además de ofrecer al Gobierno libanés toda la ayuda que necesite para su puesta en práctica.

Líbano es una sociedad que ha demostrado recientemente una capacidad admirable de movilización por la causa de la democracia y por su independencia de la tutela de Siria. Puede hacer lo mismo respecto a Hezbolá. Y si, incluso con la atención de la comunidad internacional, Líbano llega a la conclusión de que el desmantelamiento de la estructura militar de Hezbolá -como exige de manera explícita la resolución 1559- está por encima de su capacidad, aun así contribuirían a la paz el despliegue definitivo del ejército libanés junto a la frontera israelí y el establecimiento de mecanismos que impidan que este "Partido de Dios" vuelva al sur. Un Estado soberano es el que se comporta como tal, y el monopolio del Estado sobre el derecho a llevar armas es una barrera crucial contra la desarticulación de la soberanía. La debilidad del Gobierno libanés y la fragilidad de su equilibrio inter-étnico exige que el posible alto el fuego vaya acompañado del despliegue de una sólida fuerza internacional en el sur del país.

Me temo que Israel no estaría dispuesto a aceptar un alto el fuego que no vaya acompañado de nuevas normas de conducta en su frontera norte. Es más, en realidad, no es que sean nuevas normas, porque son las condiciones que estableció la propia comunidad internacional hace seis años para conseguir que Israel se retirara hasta la frontera. En aquel tiempo yo era miembro del gabinete de crisis de Israel, y recuerdo hasta qué punto se pactó con la ONU cada mínimo detalle de nuestra retirada (a la que, por cierto, se opuso el ejército). Por consiguiente, es la comunidad internacional la que debe garantizar que un alto el fuego no degenere en otro estallido de aquí a unos cuantos meses.


 

Las vergüenzas de un escritor

Las vergüenzas de un escritor

Juan Gelman

Dijo que el operativo de las fuerzas armadas israelíes en Gaza “está fuera de toda proporción” y que “lo avergüenza ser amigo de Israel”. Estas palabras no provienen de algún “judío que se odia a sí mismo”, como Tel Aviv y sus lobbies de Occidente califican a todo judío de la diáspora –o no– que rechaza sus políticas de colonización y agresión al pueblo palestino. Pertenecen a Mario Vargas Llosa, quien no entra en esa categoría por razones obvias: no es judío ni se odia a sí mismo. El gran novelista las formuló en una entrevista al diario israelí Haaretz (www.haaretz.com, 9-7-06): “Israel –agregó– se ha convertido en un país poderoso y arrogante y cabe a los amigos ser muy críticos de sus políticas”. Qué habrá pensado en materia de proporciones el Premio Jerusalén 1995 y miembro honorario de la Universidad Hebrea de Jerusalén cuando días después tropas israelíes, en represalia por la captura de dos de sus soldados, incursionaron en el sur del Líbano, bloquearon sus puertos, bombardearon el aeropuerto de Beirut y dos bases militares libanesas, causaron la muerte de 53 civiles y provocaron la respuesta de Hezbolá (Reuters, 13-7-06).

Tel Aviv recibe de EE.UU. un promedio de 15 millones de dólares diarios en concepto de subsidios y ayuda militar. Las ONG palestinas, unos magros 232.000 dólares diarios que además la Casa Blanca ha suspendido desde el triunfo en las urnas de Hamas. Gracias a la ayuda norteamericana, las Fuerzas de Defensa de Israel cuentan con más de 3800 tanques, 1500 piezas de artillería pesada, 2000 bombarderos, helicópteros de combate y cazas, incluidos los F-16 de fabricación estadounidense, y un número indeterminado de bombas nucleares que se estimaba en 300 a fines de la década pasada. El año que viene se cumplen 40 desde que Israel ocupa territorios palestinos con mano de hierro y sus tropas han vuelto a entrar en Gaza. La respuesta, esos atentados suicidas que siegan la vida de inocentes civiles israelíes, es ciertamente repudiable. Pareciera, como señaló Vargas Llosa, que “paradójicamente, los extremistas de uno y otro lado comparten una agenda cuyo propósito es impedir cualquier posibilidad de negociaciones y de concesiones mutuas”. Claro que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.


La notable periodista israelí Amira Hass ha hecho los distingos. “Un palestino es un terrorista cuando ataca a civiles israelíes y cuando ataca a soldados israelíes acantonados a las puertas de una ciudad palestina... cuando una unidad del ejército israelí irrumpe con tanques en su vecindario y el palestino dispara contra un soldado israelí que emerge por un instante de la torreta de su tanque... cuando es alcanzado por fuego procedente de un helicóptero mientras empuña su rifle. Los palestinos son terroristas tanto si matan a soldados como si matan a civiles.” Agrega: “El soldado israelí es un combatiente cuando dispara un misil desde un helicóptero, o un obús desde un tanque, contra un grupo de personas reunidas en Kahn Yunis (poblado de Gaza)... cuando dispara una granada contra una casa (palestina) de la que el ejército israelí afirma que ha salido un cohete Qassam y mata a un hombre o una mujer... el soldado israelí mata a gente armada y mata a civiles... mata a comandantes de batallones de terroristas asesinos y mata a bebés y ancianos que se hallan en sus casas. Más exactamente, éstos caen bajo el fuego israelí” (Haaretz, 9-10-02).

No es el único modo de morir que los palestinos conocen. La Cruz Roja Internacional ha informado en El Cairo que entre 3000 y 7000 palestinos esperan desde fines de junio el permiso para regresar a Gaza. Se amontonan del lado egipcio de la caseta de cruce al poblado fronterizo de Rafah y578 de ellos necesitan atención médica urgente (Haaretz, 11-7-06). El martes 4 fallecieron una joven palestina de 19 años que había sido operada en un hospital cairota y cuyas condiciones se deterioraron durante la espera hasta que le llegó la muerte, y un infante de año y medio por infarto. Dos enfermos más cruzaron esa otra clase de frontera, un hombre de 68 años y un muchacho de 15 que habían sido tratados de enfermedades cardíacas en la capital de Egipto (Reuters, 11-7-06). Los demás siguen aguardando el permiso israelí para volver a Gaza mientras se escriben estas líneas.

No son los únicos que esperan: por primera vez desde la Guerra de los Seis Días de 1967, Tel Aviv prohíbe ahora la entrada de palestinos con ciudadanía extranjera, en su mayoría estadounidenses, pero también europeos. Varios miles no pueden regresar a sus casas y puestos de trabajo, o visitar a sus familias, en el territorio palestino ocupado de la Ribera Occidental. Esta medida también incluye a extranjeros casados con una palestina o un palestino y a profesores visitantes. Hace falta un permiso emitido por la Autoridad Palestina y autorizado por los funcionarios israelíes, pero este mecanismo se interrumpió en septiembre de 2000. “El Ministerio del Interior y la Administración Civil (de Israel) declinaron comentar el hecho de que durante 40 años los ciudadanos palestinos residentes en países occidentales no necesitaban un ‘permiso de visita’” (Haaretz, 11-7-06). Pero ése es un detalle y el gobierno de Israel no es detallista.


 

Glosas

Por JON JUARISTI

¿POR qué no se puede hablar de los judíos?, se pregunta un tal Berlanga en La Razón. Las preguntas estúpidas no buscan respuesta. Son formas de empezar y de encubrir. Exordios y eufemismos. El tal Berlanga no quiere preguntar nada, sino colarnos su opinión (sería excesivo atribuirle un pensamiento) disfrazada de visión del mundo. «¿Por qué no se puede hablar de los judíos?» significa: «¿Cómo que no se puede hablar mal de los judíos? Pasen y lean lo que pienso de esta cuestión». Pensar, lo que se dice pensar, el tal Berlanga, repito, no piensa nada. Shakespeare y Baroja hacen el gasto, Berlanga glosa. Los judíos, dice, se hacen las víctimas para matar más a gusto: esto es de Mein Kampf, Berlanga. No es tuyo, aunque opines lo mismo. Los judíos, dice, protestan todavía de que los expulsaran de la España de los Reyes Católicos y de la Alemania nazi. Opinión errónea, Berlanga. A los judíos no los expulsaron de la Alemania nazi. Los exterminaron. Que sí, Berlanga, ceporrillo. Entérate. No es cuestión de opiniones, como parece que le contestaban a la pobre Hannah Arendt en la posguerra alemana cuando hacía preguntas indiscretas y, al contrario que la tuya, inteligentes: ¿Por qué invadieron ustedes Polonia? No, mire usted, los polacos nos invadieron primero. Pero, oiga, eso no fue exactamente así. Cuestión de opiniones. El nazismo siempre pretendió ser cuestión de opiniones.
A mí me parece que las opiniones del tal Berlanga son perfectamente prescindibles. Me parece incluso que el tal Berlanga es perfectamente prescindible, no ya en La Razón (lo que cae de su peso), sino en la Historia y en la existencia en general. Pero no voy a ponerme a enmendar la plana al Eterno, que, si lo ha creado, algún motivo habrá tenido. Como judío, sé que hasta la más miserable de las criaturas cumple una función en el orden moral. Intuyo, por ejemplo, que Simancas existe para que Aguirre resplandezca. Encontrarle función y sentido a la existencia del tal Berlanga, para qué les voy a engañar, es mucho más difícil. Pero tenerla, seguro que la tiene. Quizá sólo fue creado para que yo escribiera este artículo. Todo un dispendio, una inversión excesiva del Rey del Universo, bendito sea su Nombre. Con lo que ha costado producir al tal Berlanga, cualquier ONG habría salvado de la extinción a varias tribus de la Amazonia o mantenido una red de orfanatos en los Urales. O los israelíes habrían convertido el Neguev en un bosque ártico. Vale, pero no eran esos los designios del Altísimo, que algún día espero conocer, porque me intrigan, y en este caso aún más: me desconciertan.
Ser judío en España no es fácil. No voy de víctima, entiéndase. Ahora bien, cuando te ponen alegremente el sambenito de verdugo, desconfía. Van a por ti. Llamar a los israelíes genocidas es apuntarse a los planes de Irán, que son los de Hitler ¿Cómo? Entonces, ¿no se puede llamar genocidas a los israelíes? Hombre, por poder, sí se puede, como lo demuestran Simancas, Berlanga y un largo etcétera, pero hay que saber dónde te colocas al hacerlo. Contra mí, para empezar, y a muerte. Una web islámica me acusa de estar preparando con otros sionistas el futuro holocausto de los musulmanes europeos. Tal como van las cosas, en efecto, no es imposible un nuevo holocausto en Europa. Pero no será el de los musulmanes, con el barril de crudo a ochenta dólares y la marea integrista inundándonos. Ni siquiera el de los judíos, porque no nos pillarán en otra, pero, si yo fuera cristiano, ya estaría tomando precauciones, lo digo en serio. En cuanto a la pornografía antisemita, pienso en nuestros niños judíos. En los compañeros de mi hijo, por ejemplo, en niños concretos. Y te juro, Berlanga, que ninguno de ellos terminará en un nuevo Auschwitz. O sea que ve tomando nota. Ya sabes dónde me tienes.

Llueven misiles sobre mojado

Maruja Torres

El País.es

Hacia las 10.30 horas de la mañana (una hora menos en la península), esta cronista regresó al hotel justo a tiempo para contarles a Hanan y Ahlam, que salían para instalarse en un pequeño apartamento cercano, cómo ha quedado su barrio, el suburbio Haret Hreik (imaginen Leganés o Hospitalet), que sigue siendo bombardeado. Desde el principio, intensamente bombardeado por Israel. Apenas queda gente allí. Algunos coches con banderas de Hizbulá, con personas muy amables y amistosas dentro. Muchos edificios destruidos, y muchos otros por destruir, les he dicho. Hanan y Ahlam son hija y madre, y durante estos días han sido vecinas de mi planta del hotel, pero ya no pueden permitirse los precios de las habitaciones. Las he visto a la hora del desayuno, con su sirvienta srilankesa (sentadas a la mesa las tres: no crean que ocurre con frecuencia: hay quien les deja dar cuenta de las sobras), día tras día. Nos hemos abrazado, nos hemos deseado buena suerte. Hanan, la hija, lleva velo color de rosa; la madre, una bonita melena negra, suelta y libre. Las dos forman parte de este país convertido en víctima colateral y que a nadie parece importarle. Arrancadas de cuajo de sus hogares, como tantas familias.

Los barrios de la periferia sur mayoritariamente chiíes de Beirut, lo que aquí se llama Dahiye (literalmente en árabe, suburbio), cercanos al aeropuerto, forman un paisaje de desolación perfectamente indescriptible, que espero que ustedes contemplen en imágenes. Las personas merecen palabras: esas víctimas, esas familias escindidas. La gente que no puede encontrarse, aunque que llegó a tiempo (o no) para poner a buen recaudo a su mujer o a su hija, y a refugiarse en otro lugar. Hay una conmovedora emisión en el canal New TV: continuamente recibe llamadas de espectadores que dan su dirección e indican el número de camas de que disponen, para acoger a refugiados. Uno de los grandes objetivos de Israel en estos momentos es fragmentar Líbano para comérselo a trozos. Es de esperar que el pueblo libanés sepa que su única oportunidad para el futuro consiste en unirse ante la agresión (y convertir a Hizbolá en parte del ejército regular, bajo las leyes civiles estatales), y no permitir que los puentes materiales que ya empiezan a separarles se conviertan en puentes psicológicos. Esto va a empeorar mucho, lo dicen fuentes diplomáticas europeas muy fiables.

Familias escindidas, decía. Hombres y mujeres pendientes de cualquier televisión por si reconocen, entre los escombros de cada bombardeo, su lugar natal, aquel donde dejaron a su madre; o la casita que han ido haciéndose con sudores de esclavo para retirarse cuando puedan. Abed, maître del café Gemayze en la zona cristiana, se pasa las horas muertas pegado al televisor del mostrador, junto con otros compañeros. Él sufre por una vieja tía que se asusta por todo y a la que no puede localizar. Vivía con su mujer, su hija (recién licenciada en literatura francesa) y su hijo, en un piso adquirido con esfuerzo en el populoso y humilde barrio de Mreijeh, pegado al aeropuerto. Se han mudado un poco más lejos, a Chiah, que tal vez sea más segura porque allí viven también maronitas que antiguamente bajaron de las montañas. Pero yo no daría un duro, en este momento, ni siquiera por el barrio de Hamra, en el que vivo. Esto tiene toda la pinta de que Israel quiere repetir el acoso del verano del 82. Porque, si sólo quieren eliminar a Hizbulá, ¿por qué bombardea hospitales? ¿Qué daño les ha hecho el faro de Beirut? ¿A qué viene inutilizar el laborioso puerto, y el más chiquitín de Junieh, en el norte cristiano, cerca de la estatua de la Harisa, la virgen, y con el casino de juego y espectáculo al lado? Tienen hambre de Líbano. Y de Siria e Irán. Y sed de venganza. Hizbulá precipita las cosas.

Sigamos con Abed. Es un chií laico, que reza por dentro, carnal y emotivamente enamorado de su esposa de toda la vida. Una vez me sorprendió dándole una palmadita en el trasero en mi presencia, en la intimidad de su hogar. Abed sufre porque su esposa había recibido a sus tres hermanas, libanesas que emigraron a Senegal, y hacía tiempo que no se veían. Planeaban pasar el verano en familia, pero han tenido que marcharse al poco de llegar. Abed tiene a su primogénito, Ahmed, trabajando en el mismo café, en otro turno. Así puede pagarse una Universidad de poco prestigio, en la que esperaba ingresar este curso. Este incierto curso. En cuanto a Farida, la chica, da clases de francés para contribuir a la economía familiar. Ahora no tiene vecinas con ganas de saber idiomas, y eso le permite leer a Flaubert y Stendhal en lengua original.

Les estoy contando quiénes son las víctimas de esta guerra atroz. Gente que vive muy mal. Entre clase media-baja e infrabaja, trabajadores humildes. La mayoría de ellos, ahora mismo, no tienen para comer.

Hizbulá ayuda a los pobres. Esa es su estrategia. Cuando cobras 400 dólares al mes por doce horas de trabajo diario, tienes que elegir entre alimentar a tus hijos o enviarlos al colegio. Hizbulá tuvo la astucia de instalar dispensarios, dar trabajo y ofrecer escuelas. Más vale aprender el Corán que no saber nada. Más vale tener a buen recaudo a los niños sin escolarizar, en un lugar piadoso, antes de que vaguen por las calles o se pasen al pegamento. Por eso Hizbulá tiene tanta fuerza en el sur de la marginación y el abandono, que el tan (póstumamente: en vida era otra cosa) llorado presidente Rafic Hariri, ocultó construyendo las autopistas y los puentes elevados que han destruido los israelíes: no los sirios, ni los iraníes, ni tampoco Hizbulá.

De modo que abracé a Hanan y Ahlam, quedamos en vernos pronto, nos deseamos suerte. Cuando entraba en mi habitación sonó la primera bomba. Una más, entre las muchas que volvieron a caer sobre Harek Hreik y alrededores, ahora como represalia por los misiles recibidos en Haifa desde el sur de Líbano.


 

Que no, que no.

Que no, que no.

Quienes estamos especialmente sensibilizados con la historia del pueblo judio en los últimos quinientos años; quienes admiramos esa historia por cuanto tiene de ejemplo para la humanidad en el triunfo de la razón sobre las grandes metáforas criminales de nuestro siglo; quienes pensamos que la mayor desgracia que ha vivido España ha sido la expulsión del pueblo judio, origen y causa de la etapa más negra de nuestra historia que llega hasta nuestro días; quienes hemos leído, una y otra vez, el relato del dolor en primera persona de Primo Levi como muestra terrible de otros tantos millones de mártires, la mayoría judíos; quienes jamás admitiremos el relativismo historicista de quienes dudan de la tragedia de este pueblo, o pretenden comparar aquel genocidio con situaciones posteriores que sólo sirven para descafeinar la crítica y denuncia de todos los criminales que lo cometieron; quienes creemos que esa historia, ese ejemplo, es patrimonio de toda la humanidad y debería ser enseñada en las escuelas como primera asignatura para la vida; quienes pensamos así, quienes como yo piensan así, quienes no cambiaremos este pensamiento a pesar de todo y de todos los que traicionan ese legado , no podemos por menos que mostrar nuestra repulsa y asco ante el crimen que los dirigentes del estado de Israel están cometiendo contra sus vecinos. Crimen que se produce desde el abuso de su poderío y la impunidad de una política internacional que ha establecido la palabra *terrorismo* como certificado de impunidad para permitir cualquier tipo de atrocidad.

Si Paul Celan viviera no dudo que volvería a escribir estos versos :

FUGA DE LA MUERTE

Negra leche del alba la bebemos al atardecer
la bebemos a mediodía y en la mañana y en la noche
           bebemos y bebemos
cavamos una tumba en el aire no se yace estrechamente en él
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus
           mastines
silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra
ordena tocad para la danza

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos en la mañana y al mediodía te bebemos al atardecer
          bebemos y bebemos
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita cavamos una tumba en el aire no
se yace estrechamente en él
Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad
empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules
cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la
            danza

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y la mañana y al atardecer
           bebemos y bebemos
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita él juega con las serpientes
Grita sonad más dulcemente la muerte la muerte es un maestro
          venido de Alemania
grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como
          humo en el aire
y tendréis una tumba en las nubes no se yace estrechamente allí

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía la muerte es un maestro venido de
          Alemania
te bebemos en la tarde y la mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro venido de Alemania sus ojos son azules
te hiere con una bala de plomo con precisión te hiere
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
azuza contra nosotros sus mastines nos sepulta en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro venido
           de Alemania
tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita

Versión de José Ángel Valente

La escalada de violencia, al minuto

  • 15 de julio
  • El Mundo.es

20.30.- El primer ministro libanés pide un cese de las hostilidades.

19.40.- Israel ataca puertos en Beirut y en la ciudad norteña de Trípoli.

19.00.- Israel destruye la oficina de Hamas en Beirut.

16.00.- El cuartel general del jefe de la facción libanesa de Hizbulá, situado en el sur de Beirut, es destruido totalmente por los bombardeos israelíes, según la agencia oficial.

11.45.- Proyectiles israelíes impactan contra dos vehículos que evacuaban habitantes de la localidad libanesa de Shamad el Bayada, en el sur del país, y matan a 18 civiles, nueve de ellos niños. Aviones israelíes bombardean además un barrio chií de Beirut.

10.47.- Israel bombardea Masnaa en la frontera líbano-siria.

9.50.-La aviación israelí prosigue los bombardeos y alcanza las cercanías de ciudad norteña de Trípoli.

8.00.- Hizbulá reanuda los ataques con cohetes Katyusha contra distintas localidades del norte de Israel.

3.35.- El Ejército de Israel confirma la desaparición de cuatros de sus soldados tras el ataque de Hizbulá a uno de sus barcos.

3.00.-Hizbulá lanza otro ataque contra un barco israelí, pero erró el objetivo y alcanzó a una embarcación egipcia.

01.30.- El Gobierno sirio ofrece su "pleno apoyo" a sus aliados de Hizbulá y el Líbano contra los ataques de Israel.

Un país arrancado del mundo

Un país arrancado del mundo

Maruja Torres

El País, 16-07-2006 

Cuando esto acabe, voy a enmarcar tres documentos como recuerdo de los días y las noches de Beirut. Uno, la codiciadísima entrada que conseguí para asistir la noche del sábado, ayer para ustedes, al concierto de la diosa Fairuz en el festival de Baalbek (pospuesto indefinidamente). Dos, un folleto del Museo Nacional. Y tres, el billete de mi regreso a Barcelona, por Air France, previsto para el próximo día 21 y en absoluto realizable, por razones de bombardeos israelíes repetidos, del aeropuerto de Beirut, y de las rutas que a él conducen.

En realidad, debería enmarcar también el mensaje electrónico que Air France acaba de enviarme, amabilísimo, anunciándome que mi vuelo ha sido anulado. Mira tú.

Todos esos papeles, que antes representaban el cotidiano fluir de la vida en circunstancias normales, han devenido en objeto de culto porque son el símbolo, en papel, de algo muchísimo peor: la destrucción de una porción de Líbano por parte de una fuerza invasora que responde como un Goliath, armado con los últimos adelantos, a un David (Hezbolá) que hace lo que puede para aumentar su predominio en el país y el de Siria e Irán en la zona.

Esos papeles pertenecen a los días antiguos. En los de ahora hay lo que ustedes ya han visto por televisión y en las fotos de los diarios, y que me voy a ahorrar describir porque una imagen de personas que huyen del horror -hacia no saben qué otro horror-, arrastrando sus pertenencias, no sólo vale más que mil palabras. Es la insignia de nuestro tiempo: refugiados, desplazados, perseguidos.

Líbano ya pasó por esto, por demasiados estos y aquellos, y aquí en Beirut todos los que tienen edad para recordar, incluida esta reportera, sabemos que estamos abandonados a nuestra suerte, pero no solos. Pegadas a cada nuca se encuentran las sombras de la ruina y el dolor de nuestros ayeres. Y no podemos creer que en este pobre país lo peor esté sucediendo de nuevo. Un pobre país con una de las sociedades más vitales y una iniciativa privada de las más ingeniosas que conozco; frenadas, sin embargo, por la inoperancia de su clase política y por el exceso de sectarismo que marca a todos, del Gobierno y el Parlamento abajo.

El conflicto de la región levantina, de la que constituye un punto estratégico, es la guinda que corona el desastre. Líbano no tiene otro tesoro que su situación, su belleza, su gente y su agua, que mana de las montañas y brota de los manantiales subterráneos. Agua que, por cierto, cuando le apetece le roba Israel, saqueando el sureño río Litani, cuyos puentes también ha volado ahora el invasor.

Sólo horas antes de que los papeles de que hablo se convirtieran en parte de mi historia en esta historia, recibí la llamada de mi colega Tomás Alcoverro, de La Vanguardia, decano de los corresponsales en Oriente Próximo, acérrimo beirutí y tan hamriota -ciudadanos de Hamra, el barrio más apasionante de la ciudad- como quien esto firma. "Hezbolá ha secuestrado a dos soldados", me anunció. "Se te han acabado las vacaciones, porque se va a armar". Calculé, con esa absurda lógica que se impone cuando avistas un abismo, que, por poco que tardara la reacción israelí, me daba tiempo a visitar, una vez más, el Museo Nacional.

Les contaré por qué. Una razón personal: por el entonces llamado "paso del museo" corría yo como loca en la primavera del 89, para pasar de zona musulmana a zona cristiana y viceversa, en medio de los bombardeos entre sirios y las tropas del general Aoun. Y el edificio semidestruido del museo, con su estilo neofaraónico, seguía en su sitio, como un pilón de resistencia. Las extraordinarias antigüedades que cobija -todo Líbano es un vivero subterráneo de civilizaciones anteriores- se encontraban en el sótano, protegidas de la destrucción por baños de cemento que las habían convertido en bloques fantasmales. Igual que, en la Banque du Liban, se encontraban las reservas de oro, en sus cofres, con el director viviendo allá abajo, ejerciendo de vigía.

Por tanto, fui al reconstruido museo porque para mí constituye un monumento a la belleza y al orden y a la perseverancia. A la persistencia de la idea de que puede existir un mundo mejor: conservado, no derruido. Pero había otra razón: quería relativizar. Pasear lentamente desde la prehistoria hasta el siglo XVI. Llenarme de la Fenicia sometida a los persas, conquistada por Alejandro, descontrolada por los seléucidas, anexionada por Pompeyo, regalada por Marco Antonio a Cleopatra; del país árabe en que se convirtió 637 años después de Cristo, de su periodo bizantino, y de la conquista de los mamelucos. Este museo calienta el corazón y enfría la cabeza. Del mismo modo, las placas que otros ejércitos invasores de los dos siglos pasados dejaron en el Nahr el-Kelb, en las afueras de Beirut, hacia el norte, para conmemorar que estuvieron allí, y es la prueba palpable de que todos, lo digan o no las placas, tuvieron que irse. También se han ido otros conquistadores de tiempos más recientes, Israel especialmente. Esas señales en la agreste montaña forman parte en este momento del patrimonio más volátil, el que más se necesita. El de la esperanza. Tarde o temprano, acabarán yéndose.

Sin embargo, el presente viene mordiendo la yugular, y los hospitales rebosan de heridos, hasta el punto de que el ministro de Sanidad va a (o dice que va a) obligar a los hospitales privados y carísimos, que aquí rebosan y resultan inaccesibles, a atender al pueblo soberano.

Y anoche salí a dar una vuelta por Beirut. Previamente había estado en el café El Rawda, inocente merendero situado junto al mar que ahora cuenta con el inconveniente de hallarse cerca de los barrios chiitas en los que Hezbolá huronea e Israel bombardea. Las enormes terrazas, vacías. Cuatro clientes. Un par de camareros. Se notaba que tenían cargo, porque lo hacían fatal; los camareros de verdad, que son pobres, están escondidos en sus peligrosos suburbios, o han huido a las montañas.

Debajo, en las rocas, unos viejecitos en bañador, en mesas de cámping, jugaban al baggamon. Nos saludamos y nos dirigimos una patética V de victoria. Entonces retumbó un proyectil más al sur, en el mar, y luego sonó otro. En dos minutos estaba en el coche, camino del hotel, en donde me informaron de que Hezbolá había acertado a un barco israelí.

Salí a la noche beirutí y lo encontré todo cerrado, todo oscuro. Las dicharacheras discotecas, los bares de moda, los restaurantes refinados de Monnod y Gourad, las calles hace poco inundadas de jóvenes, parecían sepulturas. Cerca, la fatídica calle Damasco parecía recuperar su antiguo maleficio, del tiempo en que durante más de tres lustros dividió en dos la ciudad como un frente y también como un nido de ratas humanas armadas. Los boquetes que aún quedan en bastantes casas parecían, anoche, torvos anuncios de lo por venir.

Se hace muy cuesta arriba tanto dolor aquí y tanto cinismo internacional, ahí fuera. Ahí, en el mundo del que este país ha sido arrancado de cuajo.


 

UN REGALO

UN REGALO

La vida me ha devuelto hoy en forma de bombones de chocolate el sabor de las caricias de mi infancia, enfundada en unas botas katiuskas, disfrutando del chapoteo de los charcos de una calle con olor a barrio y de juegos bajo el frescor del tacto de un zaguán inundado de azulejos de colores y suelo de mármol blanco, adornado con cromos de angelitos rubios, recortables de muñecas, canicas de cristal , un coche de pedales de plástico amarillo, propiedad de mi amigo Silverito, y una portería de madera donde esconderse para jugar al un, dos , tres, pollito inglés.

La escalada de violencia, al minuto

La escalada de violencia, al minuto

Actualizado sábado 15/07/2006 17:42  
ELMUNDO.ES

 

  • 15 de julio

19.40.- Israel ataca puertos en Beirut y en la ciudad norteña de Trípoli.

19.00.- Israel destruye la oficina de Hamas en Beirut.

16.00.- El cuartel general del jefe de la facción libanesa de Hizbulá, situado en el sur de Beirut, es destruido totalmente por los bombardeos israelíes, según la agencia oficial.

11.45.- Proyectiles israelíes impactan contra dos vehículos que evacuaban habitantes de la localidad libanesa de Shamad el Bayada, en el sur del país, y matan a 18 civiles, nueve de ellos niños. Aviones israelíes bombardean además un barrio chií de Beirut.

10.47.- Israel bombardea Masnaa en la frontera líbano-siria.

9.50.-La aviación israelí prosigue los bombardeos y alcanza las cercanías de ciudad norteña de Trípoli.

8.00.- Hizbulá reanuda los ataques con cohetes Katyusha contra distintas localidades del norte de Israel.

EL INSTANTE

¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño
de espadas que los tártaros soñaron,
dónde los fuertes muros que allanaron,
dónde el Árbol de Adán y el otro Leño?

El presente está solo. La memoria
erige el tiempo. Sucesión y engaño
es la rutina del reloj. El año
no es menos vano que la vana historia.

Entre el alba y la noche hay un abismo
de agonías, de luces, de cuidados;
el rostro que se mira en los gastados

espejos de la noche no es el mismo.
El hoy fugaz es tenue y es eterno;
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.

(Jorge Luis Borges)

La escalada de violencia minuto a minuto.

La escalada de violencia minuto a minuto.

Actualizado sábado 15/07/2006 06:47  
ELMUNDO.ES

 

  • 15 de julio

3.35.- El Ejército de Israel confirma la desaparición de cuatros de sus soldados tras el ataque de Hizbulá a uno de sus barcos.

3.00.-Hizbulá lanza otro ataque contra un barco israelí, pero erró el objetivo y alcanzó a una embarcación egipcia.

01.30.- El Gobierno sirio ofrece su "pleno apoyo" a sus aliados de Hizbulá y el Líbano contra los ataques de Israel.

Aquí estamos

"He salido a dar una vuelta por Beirut y he visto a la gente de siempre más triste que nunca"

MARUJA TORRES

 

Suelo elegir para ir de vacaciones las ciudades que más amo, y aquellas que temo no volver a ver. Mi repentina decisión de pasar unos días en Beirut se vio apoyada por este periódico con un estimulante consejo: "Haz un reportaje para agosto y cuenta cómo se pasa allí el verano". "Así fue como llegué a Beirut la primera vez, en 1987: para informar sobre la paradoja del verano libanés en guerra", respondí. Por entonces el verano era caliente -campos palestinos sitiados, coches bomba, secuestro de extranjeros-, y éste va a serlo de nuevo.

De modo que, 20 años después, estaba yo tomando el sol en la piscina del hotel St. George, pegada al lugar donde volaron al primer ministro Rafik Hariri, un pedazo de calle hoy convenientemente reasfaltado y cercado para guardar todos los secretos; un sitio piadosamente bautizado como Rafik Hariri Place. Hay que reconocer que en Beirut te ponen una calle cuando estás vivo y que, cuando te han asesinado, te ponen varias. Pocas horas después, Hezbolá montaba lo de los soldados israelíes, y el futuro ya será historia. Como el pasado. Desde el profundo lugar en donde le mantienen en coma, Ariel Sharon ve cumplidos sus designios. Destruir la resistencia palestina, jorobar a Líbano.

Una temporada turística que se prometía feliz, que ya empezaba a dar sus frutos -el lujoso Movenpick Hotel lleno de saudíes con bungalós que cuestan lo que un piso en Madrid-, los tenderos de Hamra frotándose las manos: "Dicen que vendrán millón y medio de visitantes". El cuento de la lechera que los beirutíes se cuentan para resistir la realidad se ha visto, una vez más, con el cántaro roto. Todavía con las emociones calientes del Mundial de Fútbol, que les había hecho sentirse ganadores, pues con astucia iban reemplazando banderas hasta hacerse con la del ganador.

Se rompió el cántaro. Mientras escribo esto, en mi hotel de toda la vida, Le Cavalier, la gente espera con las maletas hechas los autobuses que les llevarán a Damasco o a Ammán -las únicas vías expeditas, al menos en estos momentos-, desde donde tomarán un avión hacia sus países respectivos, o recuperarán la paz de sus hogares en Siria y Jordania. Hoy me han entrevistado para una televisión, cazándome en la calle: mujer extranjera sola que elige quedarse. Formaba parte de lo exótico del día.

He salido a dar una vuelta por los alrededores -conviene no acercarse a los barrios chiíes del sur de Beirut, más fácilmente bombardeables: y además, con sus excitados habitantes celebrando las hazañas de Hezbolá mediante tiros al aire o petardazos-, y he visto a la gente de siempre, más triste y desesperanzada que nunca. Ha vuelto. Se refieren a algo más que los israelíes. Se refieren a la incapacidad de sus políticos, a la inoperancia de un Gobierno que se reúne para decidir que no decide o para determinar -e incumplir- que no se insultarán mutuamente en público. Sólo la extrema gravedad de esta crisis les ha hecho juntarse en consejo de ministros... para realizar una declaración que es toda una demostración de esquizofrenia. El Gobierno se desentiende de aquello que hace un partido al que pertenecen algunos de sus ministros. Israel lo tiene fácil. Hezbolá y sus patrocinadores, también.

Pero es la gente la que sufre, la que teme. Y la que agradece que le compres los periódicos, como siempre. Que te intereses por su salud, como siempre. Que te tomes un par de cafés, en donde siempre. De nuevo los nombres de las tiendas, como en las otras guerras ocurría, me ponen un nudo en la garganta: La Vie en Rose, Dernier Crie. Hay una nueva, cuyo nombre, Princess Diane, más bien parece una maldición.

En el hotel, a mi lado, un matrimonio sirio y la tía materna me cuentan que se encuentran aquí para adquirir el traje de novia de su hija y sobrina. No se pueden ir: es carísimo, nada menos que de La Belle Mariée -recuerdo los escaparates rotos, con sus fantasmagóricos maniquíes vestidos de novia, en la Beirut sin luz de las otras guerras- y se lo entregan dentro de dos días. Hasta entonces, habrá que esperar. La chica, Nada, es preciosa. Se casa en un par de semanas. Inshallah.

De momento, en esta zona no se ha ido la luz, pero los generadores están siempre a punto. Y la letanía de los vendedores de cupones de Hamra resulta más certera que nunca: El Yom, El Yom, El Yom. Hoy. Hoy y sólo hoy. La suerte para hoy. Como dice Hassan, afanado en su restaurante: "No pienses. No pienses".

Es el mejor de los consejos. Aquí en Beirut tratamos de seguirlo todos.

EL PAÍS  -  Internacional - 14-07-2006