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el mundo fragmentado

24 de Mayo de 2006

24 de Mayo de 2006

 

Cuando me senté, justo enfrente, ella leía El Ruido y la Furia ,de W. Faulkner, y pensé que podía ser un buen día. Era una edición de bolsillo y me pareció, a primera vista, demasiado gruesa para lo que recordaba de aquel magnífico relato al que tanto le debe Amenábar.

La parada de la línea 53 a esa hora todavía no se ha llenado de madres con hijos camino de los colegios, de hijos sin madres camino de los institutos, de madres y padres sin hijos aparentes camino de los trabajos y de abuelos huérfanos camino de sus correspondientes ambulatorios. Tampoco,  de un resto de saldo difícil de clasificar. Es una hora neutra y corta, pues en quince minutos todos aparecerán y el silencio se habrá terminado.

Así que enfrente de ella, en esos asientos de cuatro donde unos divisan la llegada y otros contemplan la huida pensé que aquel libro era una buena señal y el día podría ir bien. Dos paradas después, a la altura de la plaza de Manuel Becerra, subió otra mujer y se sentó en nuestro *vagón íntimo*. Abrió su bolso y sacó un libro, El Alquimista, y pensé que el día, a pesar de todo, podría traer algún problema, aunque la luz de la mañana y Faulkner pudieran negarlo. Ambas mujeres, sentadas frente a mí, leían sus respectivos libros mientras yo veía aquel díptico de la cultura de bolsillo y dudaba sobre el diagnóstico de la jornada.

A la altura de Goya con Alcalá, un atasco monumental nos dejó atrapados. Ellas leían y yo decidí seguirlas. Saque Interludio Azul, de  Pere Gimferrer, que había comprado el día anterior. Cuando lo abrí, las dos mujeres, en un gesto casi ensayado, se quedaron mirándolo un instante hasta conseguir adivinar su título o autor, o ambos y todo, como yo había hecho con ellas y sus libros minutos antes. Repartidas las cartas de nuestra cultura, los cuatro, incluido el no venal lector de prensa, nos sumergimos en nuestros mundos impresos y el día comenzó a sonar así:

 “¿Qué espero, en la campana de luz dorada y blanca de esta tarde de invierno, en este bar de hotel de un ajado lujo old fashion, como para rodar de nuevo Death in Vence o para que vuelva a suceder lo que no sucedió acaso en Marienbad?”

Yo leyendo lo que fue y ellas adivinando lo que será avanzamos por el día entre palabras hasta llegar a nuestras respectivas metas.

No fue un mal día, creo recordar.

 

 

Isabel viendo llover en Macondo

Gabriel García Márquez


El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar un broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: "Es viento de agua". Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegre de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora de almuerzo: "Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas". Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra me dijo: "Eso lo oíste en el sermón". Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.

Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. "Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra", dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. "Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en e corredor mientras escampa". Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: "Debe ser que anoche dormí mal, porque me he amanecido doliendo el espinazo". Y estuvo allí, sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Solo al atardecer, después que se negó a almorzar dijo: "Es como si no fuera a escampar nunca". Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.

Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: "Es aburridora esta lluvia". Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. "Aburridora no —dije. Lo que me parece es demasiado triste es el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio". Entonces me volvía mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: "Por lo visto no piensa escampar nunca", y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.

El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos, Pero la vaca permaneció imperturbable en el jardín, dura, inviolables, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: "Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino".

Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortajada en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos, No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto con la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciega y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de toronjil.

Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde- De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. "Hasta ahí llegó", dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil.

Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los mueble amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.

Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaba, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: "El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles". Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.

Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. "Ahora tenemos que rezar", dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: "Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio". Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. "¿No lo sientes?", le dije. Y él dijo "¿Qué?" Y yo dije: "El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles". Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: "Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones".

Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser lo fue una cosa física y gelatinosa que había podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: "No se mueva de aquí hasta cuando no le diga lo qué se hace", y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad.

Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche- Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tormenta. "Debe haber escampado en alguna parte", pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: "Dónde...", dijo. "¿quién esta ahí?", dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido extendido hacia la pared. "Soy yo", dijo Y yo le dije: "¿Los oyes?" Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: "Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo". Yo dije: "¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!" Y ella dijo: "No has dormido mucho. A lo sumo serían las tres". Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: "Las dos y media del viernes...", dije. Y ella, monstruosamente tranquila: "Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves".

No sé cuanto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: "Ahora puedes rodar la cama para ese lado". Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. "estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta". Di un salto de la cama. Grite: "¡Ada, Ada!" La voz desabrida de martín me respondió desde el otro lado: "No pueden oírte porque ya están fuera". Solo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad.

"Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado".

22 de Mayo de 2006

Yo quiero guardar en un rinconcito líquido la reseña de esta noticia que rescato de El País.es de hoy. Deseo que no se [me] olvide nunca. Saber siempre dónde estaban cada uno en aquellas (estas) fechas. Que luego no digan que tengo mala memoria.

" El Gobierno “no tiene el aval” del Partido Popular para “iniciar un proceso de diálogo y de negociación con ETA” porque “no se da ninguna circunstancia” para ello, puesto que “no se ha verificado ninguna decisión irreversible de abandonar la violencia”. Así lo ha afirmado el secretario general del PP, Ángel Acebes, que ayer ya rechazó el “proceso de chantaje de la banda terrorista a 44 millones de españoles”. Acebes ha comparecido hoy ante la prensa tras la reunión del Comité de Dirección de su formación para responder de forma oficial al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que ayer dio por bueno el alto el fuego anunciado hace dos meses por la organización terrorista y adelantó que el mes que viene comunicará a los partidos “el inicio del proceso de diálogo con ETA para poner fin a la violencia”.

“Zapatero no va a negociar nada con los terroristas en nombre del PP y de los que representamos en la sociedad y en la instituciones”, ha asegurado Acebes, que ha criticado también el jefe del Ejecutivo anunciara una decisión tan importante en un mitin electoral, porque en una "cuestión de Estado" como el terrorismo no caben los "intereses partidistas y electoralistas".

"Sin pruebas" de una tregua

El secretario general de los populares ha señalado que hace una semana ETA anunció que su "tregua no es definitiva" y que "si no conseguía sus objetivos clásicos -adhesión de Navarra, autodeterminación, amnistía a los presos y legalización de Batasuna- volvería a atentar". Asimismo, Acebes ha destacado que Arnaldo Otegi "lleva toda la semana amenazando al Gobierno para que se moviese de manera inmediata" y que este último fin de semana "ha continuado la extorsión" con "kale borroka y agresiones a sedes de partidos". Además, ha agregado que el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, "dice que no hay la convicción de que ETA quiera poner fin a la violencia".

Por esta razón, ha explicado que "en estos momentos no se dan las condiciones ni las circunstancias" para un proceso de diálogo. "No se puede dar ningún paso más", ha advertido Acebes, insistiendo en que "no hay pruebas ni indicios de que ETA vaya a desaparecer", por lo que, aseguró, Zapatero "actúa en contra de lo que él mismo ha dicho". "Sería absolutamente imprescindible que dijese que no tiene nada que ver" con las "coacciones y emplazamientos que la banda terrorista ha hecho durante toda la semana", alertó.

A preguntas de los periodistas, el número dos del PP ha explicado que su partido no conocía con anterioridad que Zapatero iba a anunciar ayer el inicio del proceso de diálogo y que, además, "iba a utilizar un mitin de partido para dar un mensaje tan importante". Además, ha censurado las declaraciones críticas del secretario de Organización del PSOE, José Blanco, sobre la manifestación que la AVT tiene previsto celebrar el próximo mes. Acebes ha afirmado que le parece "increíble" la actitud de Blanco cuando Zapatero "va a un acto electoralista y mitinero para hacer uno de los anuncios más importantes hechos en materia de terrorismo

22 de Mayo de 2006 (El nacimiento de una nación por un 0,4 %)

22 de Mayo de 2006 (El nacimiento de una nación por un 0,4 %)

Los resultados oficiales confirman el 'sí' a la independencia de Montenegro

Un 55,4% de los votantes apoya la separación de Serbia

ELPAIS.es / AGENCIAS  -  Podgorica (Serbia y Montenegro)

ELPAIS.es  -  Internacional - 22-05-2006

Montenegro será una república independiente. Los primeros resultados oficiales, aún preliminares, ofrecidos por la Comisión Electoral Central, confirman que los partidarios del ‘sí’ a la separación de Serbia han logrado, en el referéndum celebrado ayer, el 55,4% de los votos, apenas unas décimas por encima del mínimo del 55% establecido por la UE para reconocer la soberanía del nuevo Estado. Se confirma así el último paso de la desintegración de la antigua Yugoslavia, de la que sólo permanecían formalmente unidas las repúblicas de Serbia y Montenegro. El presidente del organismo electoral, Frantisek Lipka, ha ofrecido los primeros resultados oficiales de la consulta celebrada ayer, en la que unos 485.000 montenegrinos debían contestar a la pregunta “¿Quiere usted que Montenegro sea un Estado independiente?”. Un 86,3% de los electores ejerció su derecho, según Lipka, y el 55,4% de ellos lo hizo a favor del ‘sí’ a la separación de Serbia, con la que forma una entidad nacional desde 2003. Se trata de resultados preliminares, aunque Lipka estima que con los votos que quedan por contar "no se producirán modificaciones importantes". Los resultados definitivos serán ofrecidos a las cinco de esta tarde.

También ha informado de que, "hasta ahora, no hemos recibido objeciones importantes al desarrollo del referédum". De hecho, la OSCE ha avalado el proceso como equitativo y " en general conforme a los compromisos del Consejo de Europa y de la OSCE y de otras normas internacionales para los procesos electorales democráticos". Asimismo, estima que "ha dado a los electores la oportunidad real de decidir sobre su futuro", por lo que "felicita" a los montenegrinos.

 

La UE había fijado unas cifras para que pudiera confirmarse la separación de las dos últimas repúblicas yugoslavas que permanecen formalmente unidas: un 55% de votos favorables al ‘sí’ a la independencia con un mínimo del 50% de participación.

 

Durante la noche, miles de ciudadanos partidarios de la independencia de Montenegro se habían echado a las calles para celebrar una presumible victoria en el referéndum, pese a que aún no se conocían los resultados oficiales. Un sondeo apuntaba a que la opción independentista contaría con un respaldo del 56,3 por ciento. Además, el primer ministro y líder del bloque sobernaista, Milo Djukanovic, proclamó de madrugada la victoria de los independentistas, estimando unos resultados del 55,5% de votos favorables al ‘sí’.

 

“Esta noche, con la decisión mayoritaria de los ciudadanos de Montenegro, se ha restaurado la independencia del país”, ha dicho Djukanovic a sus simpatizantes, en referencia a que, desde 1918 no se ha visto un Montenegro independiente. “¡Tenemos nuestro estado!”, ha celebrado con sus seguidores. Tras el cierre de los colegios electorales, cientos de independentistas se echaron a las calles de la capital, Podgorica, para celebrar la victoria con fuegos artificiales, bocinazos y disparos al aire. En el otro bando, los partidarios de mantener la unión con Serbia, el último vestigio de lo que fue Yugoslavia, descuartizada de manera violenta desde principios de los años 90, se resistían a conceder la derrota, visto el estrecho margen.

 

Fin de la ex Yugoslavia

 

Con la victoria del independentismo, Montenegro pondrá fin a una unión con Serbia que dura, bajo distintos formatos, desde 1918, aunque la actual Antigua República Yugoslava de Serbia y Montenegro es una entidad que data de 2003. Antes, ya se habían segregado de la república yugoslava Eslovenia, Croacia, Bosnia y Macedonia, tras las sangrientas guerras de los Balcanes de los años 90. Los independentistas afirman que el fin de la unión con Serbia traerá desarrollo y allanará el camino hacia la integración en la UE. Los defensores de la unión, por el contrario, apuntan a lazos históricos y culturales y advierten de que Montenegro es demasiado pequeño para sobrevivir sólo sin su vecina, que tiene 7,5 millones de habitantes frente a los 650.000 de Montenegro y cuya economía es 10 veces mayor. Los analistas estiman que los efectos de un divorcio entre las dos repúblicas serían pocos, puesto que ambas tienen ya políticas económicas y leyes diferentes, de manera que sólo comparten cinco ministerios que se ocupan de defensa, la diplomacia y derechos de las minorías. Su Parlamento conjunto apenas se reúne.

 


 

21 de Mayo de 2006

21 de Mayo de 2006

Manifiesto "Con orgullo, con modestia y con gratitud"

El 14 de abril de 1931, España tuvo una oportunidad. La proclamación de la II República Española encarnó el sueño de un país capaz de ser mejor que sí mismo, y reunió en un solo esfuerzo a todos los españoles que aspiraban a un porvenir de democracia y de modernidad, de libertad y de justicia, de educación y de progreso, de igualdad y de derechos universales para todos sus conciudadanos. Hoy, setenta y cinco años después, los firmantes de este manifiesto evocamos aquel espíritu con orgullo, con modestia y con gratitud, y reivindicamos como propios los valores del republicanismo español, que siguen vigentes como símbolos de un país mejor, más libre y más justo.

Frente al colosal impulso modernizador y democratizador que acometieron las instituciones republicanas -siempre con la desleal oposición de quienes creían, y siguen creyendo, que este país es de su exclusiva propiedad-, todavía se nos sigue intentando convencer de que la II República fue un bello propósito condenado al fracaso desde antes de nacer por sus propios errores y carencias. Los firmantes de este manifiesto rechazamos radicalmente esta interpretación, que sólo pretende absolver al general Franco de la responsabilidad del golpe de estado que interrumpió la legalidad constitucional y democrática de una república sostenida por la voluntad mayoritaria del pueblo español, con las trágicas consecuencias que todos conocemos. Y exigimos que las instituciones de la actual democracia española rompan de manera definitiva los lazos que la siguen uniendo -desde los callejeros de los municipios hasta los contenidos de los libros de texto- con un estado ilegítimo, que surgió de una agresión feroz contra sus propios ciudadanos y se sostuvo en el poder durante treinta y siete años mediante el abuso sistemático e indiscriminado de los siniestros recursos que caracterizan la pervivencia de los regímenes totalitarios. Después de treinta años de democracia, resulta vergonzoso tener que recordar aún donde estaba la ley y donde estuvo el delito. A estas alturas, es intolerable, y muy peligroso para la salud moral y política de nuestro país, que todavía se pretenda equiparar al gobierno legítimo de una nación democrática con la facción militar que se sublevó contra el estado al que, por su honor, había jurado defender, y cuya victoria sólo fue posible gracias a la ayuda de los regímenes fascista y nazi que preparaban una invasión de Europa que acabaría provocando una guerra mundial y, aún más decisivamente, gracias a la culpable indiferencia de las democracias occidentales, que, antes de convertirse en víctimas de las mismas potencias en cuyas manos habían abandonado a España, eligieron parapetarse tras el hipócrita simulacro de neutralidad que representó el comité de No Intervención de Londres.

El 14 de abril de 1931, España tuvo una oportunidad, y los españoles la aprovecharon. Pese a la brevedad de su vida, la II República desarrolló en múltiples campos de la vida pública una labor ingente, que asombró al mundo y situó a nuestro país en la vanguardia social y cultural. Entre sus logros, bastaría citar la reforma agraria, el sufragio femenino, los avances en materia legislativa de toda índole, la separación efectiva de poderes, las constantes y modernísimas iniciativas destinadas a difundir la cultura hasta en las comarcas más remotas, el decidido impulso de la investigación científica o el florecimiento ejemplar no sólo de la educación, sino también de la asistencia sanitaria pública, para demostrar que aquel bello propósito generó bellísimas realidades, que habrían sido capaces de cambiar la vida de un pueblo condenado a la pobreza, la sumisión y la ignorancia por los mismos poderes -los grandes propietarios, la facción más reaccionaria del Ejército y la jerarquía de la Iglesia Católica- que se apresuraron a mutilarlo de toda esperanza.

La República dotó a los sectores más débiles y desprotegidos de la sociedad de entonces, las mujeres y los niños, de un estatuto jurídico privilegiado en su época. El retroceso fue tan brutal, que el cambio de régimen supuso para ellas, para ellos, la pérdida de todo derecho y su consagración como subciudadanos dependientes de la buena voluntad de los cabezas de sus respectivas familias. La República apostó por la defensa de los espacios públicos como escenario fundamental de la vida española, asumiendo la necesidad de equiparar las condiciones de vida de las poblaciones rurales y urbanas, y desarrollando políticas de igualdad no sólo entre los individuos, sino también entre las regiones más y menos prósperas. El retroceso fue tan brutal, que el cambio de régimen consolidó las desigualdades históricas tanto individuales como colectivas, y abandonó la promoción de los servicios públicos para crear un déficit que en algunos sectores, como la educación primaria y secundaria, seguimos padeciendo todavía. La República fomentó el auge de la cultura española en todos los terrenos de la creación artística y de la investigación científica, el debate intelectual y la vida universitaria, hasta el punto de que su nombre y su destino estarán unidos para siempre a la memoria del máximo esplendor cultural del que ha gozado nuestro país en la era moderna. El retroceso fue tan brutal, que el cambio de régimen supuso la pérdida más trágica que, a su vez, ha soportado nunca la cultura española, el exilio masivo de los mejores, que dejaron las aulas y los laboratorios, los talleres y las redacciones, las editoriales y los museos, la autoridad y el prestigio intelectual de nuestro país, en manos de una improvisada cosecha de oportunistas y segundones, que redujeron la vida cultural española a una lamentable manifestación de mediocres oscuridades.

Hoy, setenta y cinco años después, los firmantes de este manifiesto no queremos seguir lamentando la triste brutalidad de aquel retroceso, sino celebrar la emocionante calidad de los logros que le precedieron, y agradecer la ambición, el coraje, el talento y la entrega de una generación de españoles que creyó en nosotros al creer en el futuro de su país. Reivindicar su memoria es creer en nuestro propio futuro, que será proporcionalmente mejor, más libre, más justo, más feliz, en la medida en que seamos capaces de estar a la altura de la tradición republicana que hemos heredado. Por una España verdaderamente moderna, laica, culta, igualitaria, por su definitiva normalización democrática, y por el progreso armónico del bienestar de todos sus ciudadanos, hoy, setenta y cinco años después, queremos celebrar el 14 de abril de 1931, y proponer que esta fecha se celebre en lo sucesivo como un reconocimiento oficial a todos los ciudadanos españoles que lucharon activamente por la libertad, la justicia y la igualdad, valores comunes que tienen que seguir orientando la construcción democrática de la sociedad española.

Abril 2006

Dylan Thomas: enfant terrible

Dylan Thomas: enfant terrible

 Quien
   eres      tú
    tú    que    naces
   en  el  cuarto vecino
    tan  patente   en  mi cuarto
que   alcanzo   a   oír   el   vientre
    cuando se abre y la sombra que avanza
   sobre  el   fantasma  y  el   hijo   que  desciende
tras  la  pared  delgada  como  un hueso de  jilguero
en el cuarto  sangrante del  nacimiento  oculto
   para  el incendio  y el  girar  del  tiempo
      la   huella   del   corazón    humano
  no   venera    el    bautismo
   sino  la  sola  sombra
   cuando bendice
   a la salvaje
  criatura

20 de Mayo de 2006

20 de Mayo de 2006

LA PALABRA 

¿Por qué será que algunas disputas públicas, y sus correspondientes réplicas, tienen más de "no sabe usted con quién está hablando" que de argumento posible entre los justos de esta tierra. Copia y pego la disputa entre dos gladiadores de papel y me vienen a la mente las recientes palabras de Ferlosio en el mismo periódico a propósito de la Reforma del Estatuto de Andalucía y que me permito aplicar a esta cuestión.

"...no hay en él una sola palabra requerida en razón de demanda por la necesidad de un contenido, sino que el contenido mismo se ha compuesto y se ha determinado a partir de la oferta de ingredientes verbales preexistentes: viejas acuñaciones estereotipadas por la inercia verbal, de las que van virtualmente acompañadas por un tácito "ya sabes lo que quiero decir". (Rafael Sánchez Ferlosio, El País, 19-05-06)

Y ahora que siga la fiesta.

Abrigar la esperanza

FERNANDO SAVATER

EL PAÍS  -  Opinión - 15-05-2006

En una de sus inteligentes humoradas señaló Ortega que dice mucho sobre nuestro país la expresión común de que a las esperanzas y las ilusiones hay que abrigarlas. ¡Qué nítido reconocimiento de la cruel intemperie que acoge en España a los proyectos de reforma social y política! Ahora, con motivo del alto el fuego de ETA y de la perspectiva de algo enigmáticamente llamado "proceso de paz", hay muchos dentro y fuera de nuestras fronteras que se declaran por fin esperanzados. Y que regañan de modo más o menos agrio a quienes señalan las ambigüedades del actual compás de espera y exigen garantías que por el momento nadie ofrece, quizá porque aún sea imposible brindarlas. ¡No metamos palitos entre las ruedas para forzar el descarrilamiento de la esperanza, no le pongamos cortapisas! En algunos casos, los así incriminados por no abrigar suficientemente a la esperanza que tirita son precisamente quienes más se han movido y más riesgos corrieron durante las décadas del terror. Y no faltan malpensados que sospechan que los ahora remisos han hecho de su pasada resistencia un modus vivendi (aunque fuese moriendi en varios casos) del que ahora se resisten a abdicar en las nuevas circunstancias.

Dice una milonga que "muchas veces la esperanza son ganas de descansar". Pero también está comprobado que acogerse a la desesperación suele ser una coartada para no mover ni un dedo ante los males del mundo. Puestas así las cosas, soy decididamente de los que prefieren abrigar esperanzas..., aunque siempre tomando la precaución de no considerarlas una especie de piloto automático que nos transportará al paraíso sin esfuerzo alguno por nuestra parte. Es decir, creo que la esperanza puede ser un tónico para los rebeldes y un estupefaciente para los oportunistas y acomodaticios. De modo que esperanza de la buena es precisamente lo que hemos derrochado desde hace bastantes años todos quienes nos hemos enfrentado al terrorismo y al nacionalismo convertido hegemónicamente en obligatorio a su amparo. Si nos hubiera faltado del todo la esperanza, también nos habrían fallado las fuerzas..., porque la situación no era precisamente favorable para quienes querían tomarse la molestia de no dejarse someter. Estábamos rodeados de cautelosos desesperanzados que nos desaconsejaban correr riesgos, encogiéndose de hombros y moviendo tristemente la cabeza: "No insistáis, que es peor. No crispéis más la cosa... ¡Si esto no hay quien lo arregle!". Otros, también desesperanzados pero más técnicos, recomendaban ponerse en manos de los especialistas: "La culpa de todo la tienen los políticos, ¿no? ¡Pues que lo arreglen los políticos, que para eso les pagamos!". Ahora son precisamente todos estos ex desesperanzados los que nos recomiendan fervientemente la esperanza, tras el alto el fuego otorgado por ETA. Y uno no puede por menos de pensar que ayer no necesitaban la esperanza porque no pensaban hacer nada y hoy la necesitan porque esperan que ya no haga falta tomarse el trabajo al que en su día sabiamente renunciaron... Resumiendo: nada esperaban porque nada hacían; ahora, por fin, esperan que ya nada haya que hacer.

¡Qué contraste! Cuando mantener esperanzas implicaba implicarse, sobraban plazas. En la Unión Europea, muchos de los que ahora se muestran tan "esperanzados" despachaban a quienes les molestábamos con cuentos de lo que ocurría en el País Vasco encogiéndose de hombros tras el dictamen fatal: "Asunto interno". Mientras duraba en actividad, ETA pertenecía al mundo de lo español, como los toros o el flamenco; ahora que parece acabar, por fin la ven como real e indudable grupo terrorista. Los ingenuos abrigadores de esperanza asediábamos también a los intelectuales de izquierda españoles para que nos apoyasen en nuestra lucha, pero salvo honrosas e inolvidables excepciones, tuvimos poco éxito. No nos hubiera venido mal un batallón de voluntarios como el que ahora, valerosamente, sale en defensa de la Segunda República Española... Pero, claro, siempre hay más abnegados reclutas para las batallas del pasado que para las del presente: es más difícil equivocarse de bando, se contamina uno menos con las ambigüedades del grupo en liza preferido y la cruz rojaapenas tiene trabajo. La presente izquierda intelectual española ha preferido mayoritariamente el juego de rol antifranquista a la realidad menos virtual del enfrentamiento con el terrorismo nacionalista... Según ellos, para no dar armas a la derecha. ¡Ay, qué estupendo es ser anti-sistema cuando uno confía en que el sistema, mantenido por otros, nos va a proteger de todas formas!

Conservar la esperanza, para los cívicamente activos, ha sido apoyar las instituciones y leyes que defendieron nuestros derechos ciudadanos cuando los nacionalistas democráticos sólo nos compadecían cuando mucho y los demagogos de la inopia izquierdista nos abandonaban. Por supuesto, las denuncias contra esas defensas fueron constantes entre quienes supuestamente nada tenían que ver con la violencia y no perdían ocasión de condenarla en cuanto les preguntaban. La violencia era malísima, pero todas las medidas contra ella que no consistieran en reconocer políticamente a los violentos y dialogar con ellos resultaban completamente rechazables. Hablaron contra ellas ayer diciendo que serían ineficaces, y hoy, cuando ya se han demostrado eficaces, las denuncian con mayor neoesperanzado fervor.

Por ejemplo, la diputada del gupo PNV Margarita Uria reprocha al socialista Ramón Jáuregui mencionar el pacto por las libertades y contra el terrorismo entre las razones del triunfo de la sociedad vasca y la democracia española contra ETA. Según ella (vid. No imponer, no impedir, EL PAÍS, 27 de abril de 2006), dicho texto legal, en su preámbulo, "exige de las formaciones nacionalistas la renuncia a postulados ideológicos y proyectos legítimos como condición evidente y necesaria para la reincorporación de esas fuerzas políticas al marco de la unidad de los partidos democráticos". Pero si acudimos a ese pacto y restituimos la primera parte de la frase citada por la diputada Uria, vemos que los postulados ideológicos y los proyectos legítimos a que se pide renunciar no son más que el ilegítimo pacto de Lizarra, que imponía la exclusión de los no nacionalistas e incluía a ETA: "El abandono definitivo, mediante ruptura formal, del Pacto de Estella y de los organismos creados por éste, por parte de ambos partidos -PNV y EA-, constituye una condición evidente, etc.". Insinuar otra cosa es un claro embuste. Siguiendo con la misma cuerda, Joan Culla i Clarà (en El matasellos, EL PAÍS de Cataluña, 21 de abril de 2006) me reprocha que, en la concentración de ¡Basta Ya! en San Sebastián a comienzos de abril -él insiste en llamarla "mitin" con intención por lo visto derogatoria- afirmase yo que la Ley de Partidos sólo puede desagradar a aquellos contra quienes está pensada, es decir, los que tienen un pie en el parlamento y otro pie en la calle, con la capucha puesta: "¿Sabe el ilustre filósofo -dice Culla i Clarà- que, en Cataluña sin ir más lejos, esa ley concita el rechazo transversal de muchos miles de ciudadanos de casi todas las tendencias políticas, gentes pacíficas que no nos hemos puesto jamás capucha alguna, ni siquiera para ir en procesión?". Pues no, no lo sé... Ni el señor Culla i Clarà tampoco, porque no me creo que haya hecho un sondeo exhaustivo que arroje semejante dato. Es una corazonada transversal que el ilustre historiador considera útil para la causa proferir, o sea, otro embuste nacionalista, si me disculpan la redundancia.

Por mucho que quieran convencernos de lo contrario, no es el alto el fuego el que ha traído la esperanza, sino la esperanza la que trajo finalmente el alto el fuego. La esperanza cívica no en la "paz", puesto que no estamos en guerra, sino en el cese del terrorismo y en la consiguiente recuperación de la libertad política, es decir, el funcionamiento hegemónico sin coacciones de las instituciones constitucionales. Por eso no entendemos bien a qué se refieren los que dicen que primero debe asentarse la paz y luego será la hora de la política. ¿Acaso no se ha venido haciendo política democrática como se ha podido todos estos años, a pesar de la violencia? A despecho de las dificultades para hacer sus campañas, los constitucionalistas nunca han pedido formalmente suspender las elecciones o las instituciones autonómicas en tanto siguiera el terrorismo. ¿Van a decirnos ahora precisamente los nacionalistas, quienes se movían y publicitaban sin trabas dignas de mención, que no han podido todavía hacer política comme il faut? Son los demás quienes van a alcanzar finalmente la libertad conculcada, de la que ellos han tenido hasta ahora la exclusiva. ¿Se pretende insinuar que cuando acabe el terrorismo empezará la verdadera política, es decir, la que revocará las libertades constitucionales para sustituirlas por un programa étnico más acorde con lo que siempre pretendieron imponer los violentos? ¿Cree alguien que la reforma del orden constitucional habrá de ser el pago obligado al nacionalismo para recompensar el cese de la amenaza terrorista, convirtiéndoles en herederos y beneficiarios de la violencia? Nosotros, los esperanzados de ayer, seguimos esperando que no: esperamos que quede claro que no se hará política más que desde la Constitución y que sólo la harán quienes acaten la legalidad que hemos defendido contra ellos. Lo digo para que nadie abrigue fraudulentas esperanzas de que mañana vamos a resignarnos a esperar otra cosa.


 

Verdades y mentiras

JOAN B. CULLA I CLARÀ

EL PAÍS  -  Opinión - 20-05-2006

Aunque despacio, algo vamos ganando. La primera vez que Fernando Savater se refirió a este modesto historiador desde las páginas de EL PAÍS, fue para tratarme de tonto. La segunda, en agosto de 2003, trabucó desdeñosamente mis apellidos. La tercera -el pasado 15 de mayo- ya los ha escrito bien, y sólo me tacha de embustero. ¿Será, como en la secuencia final de Casablanca, el comienzo de una gran amistad?

El caso es que, en un acto político convocado por ¡Basta Ya! en San Sebastián no precisamente a favor de las perspectivas abiertas por el cese de la actividad de ETA, el filósofo donostiarra aseguró a principios de abril que la ley de Partidos Políticos de 2002 sólo desagrada "a los que tienen un pie en el Parlamento y otro en la calle, con la capucha puesta". Ante tan abusiva e insultante identificación entre el rechazo de dicha ley y la práctica del terrorismo, utilicé un artículo aparecido en la edición de EL PAÍS de Cataluña para recordar a Savater que, por lo menos en esta comunidad, somos muchos millares los ciudadanos de casi todas las sensibilidades políticas y sin veleidad filoterrorista alguna que, en 2002 como hoy, consideramos la ley de Partidos democráticamente regresiva, jurídicamente dudosa y políticamente poco eficaz -ahí están, en el Parlamento de Vitoria, los diputados del Partido Comunista de las Tierras Vascas, ahí están los dirigentes de Batasuna haciendo declaraciones todos los días-; que, para resumirlo con uno de esos galicismos de los que gusta don Fernando, se trata de una loi scélérate. A lo cual éste me replica que no, que no existe en Cataluña esa oposición nutrida y transversal a la ley de marras, que eso es "otro embuste nacionalista, si me disculpan la redundancia" ¡Qué ingenioso!

 

Por fortuna, no se trata de una cuestión de fe ni de ciencia infusa, ni tampoco de un careo entre la palabra del señor Savater y la mía; el estado de opinión que yo describí y que el filósofo impugna concierne al dominio de las posiciones y las actitudes políticas, sobre las cuales hemerotecas y archivos arrojan un testimonio difícil de refutar. En Cataluña, durante el debate mediático y parlamentario sobre la ley de Partidos, dos de las cinco fuerzas con presencia institucional -Esquerra Republicana e Iniciativa per Catalunya Verds- mantuvieron una oposición invariable y completa a ese proyecto legislativo apadrinado por el Partido Popular y el PSOE. Dentro de Convergència, el asunto provocó un verdadero seísmo: "Cuadros de CDC se movilizan contra un sí a la ley de Partidos", titulaba La Vanguardia el 10 de mayo de 2002; tres días más tarde, la portada de ese mismo periódico rezaba: "Rebelión interna en CDC contra la ley de Partidos". Y es que, en efecto, el consejo nacional convergente (máximo órgano entre congresos) había mostrado una vehemencia y una unanimidad insólitas, incluso entre sus exponentes más moderados, en el rechazo de esa ley. Cuando, por aquellas fechas, apareció el consabido manifiesto de intelectuales contra la ley de Partidos, el entonces portavoz de CiU en Madrid, Xavier Trias, declaró que "probablemente, yo también lo firmaría", y el entonces vicesecretario del partido, Pere Macías, dijo que la ley "no es necesaria, ni oportuna, ni resolverá el contencioso vasco". Desbordado e incómodo, pero cautivo del apoyo que le daba el PP en Cataluña, Jordi Pujol tragó quina, y a la postre impuso a los suyos el sí a la dichosa ley, aunque cuatro senadores desertaron de la votación final. Si el retroceso electoral de CiU en 2003 es imputable a la alianza con el PP, no hay duda de que el de la ley de Partidos fue uno de sus capítulos más onerosos.

 

No se crea que las cosas fueran más fáciles para el otro gran partido catalán, el PSC. Éste -en palabras de su dirigente Joaquim Nadal- tenía "algo más que dudas sobre la efectividad" de la ley de Partidos. Pasqual Maragall mostró serias reservas, y la Joventut Socialista de Catalunya expresó por boca de su primer secretario un rechazo "frontal", igual que la plataforma Ciutadans pel Canvi, entonces con 15 diputados en el Parlamento autónomo, dentro del grupo socialista. Entre los senadores del PSC, el ponente constitucional Jordi Solé Tura dio a conocer su oposición, aunque acabase por acatar la disciplina de voto; dos de sus compañeros prefirieron ausentarse, pese a las llamadas al orden del vértice partidario.

 

En resumen: dentro del pentapartido catalán, sólo el PP estuvo unánime y graníticamente a favor de la ley concebida para ilegalizar a Batasuna. Los que se oponían a ella (ICV y ERC) representaban a la sazón a unos 350.000 votantes (hoy representan a más de 800.000), cifra a la que en 2002 cabía sumar un porcentaje imprecisable pero nada ínfimo de electores convergentes y socialistas. Y bien, si mientras ETA mataba la ley de Partidos ya suscitó en Cataluña esa considerable desaprobación política y también social, ¿es descabellado pensar que, cuatro años después, suspendida de forma permanente la actividad terrorista, el rechazo sea sensiblemente mayor, bastante por encima de los "muchos miles" que yo invoqué?

 

Pido perdón a los lectores por haberles aburrido con una retahíla de viejas referencias periodísticas. Es lo malo de discutir con Fernando Savater: que éste te aplica la presunción de culpabilidad y, lejos de ser tarea suya demostrar la falsedad de tus asertos, eres tú quien debe probar que no mientes. Pero si encima estás catalogado como "nacionalista", entonces ya no hay escapatoria: tus argumentos carecen de cualquier validez y son mendaces -o estúpidos- por definición. Sé, por consiguiente, que ni toda la erudición del mundo ni el más exhaustivo de los sondeos de opinión inducirían a Savater a enmendarse o a retirar sus descalificaciones. Cuando uno está instalado en el complejo de infalibilidad, cuando lleva lustros pontificando sobre una visión unilateral y sesgada de la realidad vasca, cuando ridiculizar o criminalizar a los contraopinantes ya se ha convertido en una rutina, entonces el verdadero diálogo es imposible. Lo cual no significa que los demás debamos consentir en silencio que nos tilde de embusteros.

 


 

19 de Mayo de 2006

19 de Mayo de 2006

Sobre pútridas patrias.

Leo los artículos de Espada y Ferlosio ( que clavo en mi ventana líquida) donde conectan análisis de preámbulos, patrias y lemas, más o menos nacionalistas. Así, levanto la vista, tomo un poco más de café, y apunto a vuela pluma:

** Toda la razón que tiene Espada en su análisis, más por la evidencia del desastre maragallesco que por la conexión que establece en algunos de sus argumentos, queda coja, una vez más, por el silencio que establece de la otra parte contratante: la derecha española. No es que los errores de la derecha tapen los desastres del socialismo, que cada palo aguante su estupidez, sino que ambos forman parte de un mismo y único tronco que lleva a lo que estamos viviendo. Si el lema de campaña del PSC sólo se mantiene por la referencia al P.P., también hay que añadir que *todo* el discurso de la derecha nacional y regional *sólo* se mantiene por la referencia al P.S.O.E , pues cualquier intervención, parlamentaria o no, tiene como único objetivo alimentar el *contra ellos* más que justificar, razonar y difundir , posturas propias. Son las dos patas de un banco que se cae. No querer ver una de esas ramas que ocultan la llegada de un otoño largo a Cataluña (como antes a País Vasco) es querer jugar con trece jugadores el partido, meter el gol con la mano y que el árbitro les felicite: Espada está en camapaña electoral con su Ciutadans y sabe que la fuente que puede llenar su capacho vacío, hasta ahora, está más en el PSC que en el P.P. de Cataluña. De ahí la ceguera obligada. De ahí el tino de la dirección tomada.

** En cuanto al comentario de Ferlosio me parece que sólo puedo decir amén. También una única queja: aquello que deliberadamente se deja fuera de la foto ( tan importante como lo que se retrata). ¿Hubiera escrito Ferlosio ese mismo artículo sobre Euskadi o Cataluña? ¿Utiliza Ferlosio a Andalucía, y su proyecto estatutario, para decir a *esas* dos Comunidades lo que no se atreve a referir directamente por escrito? Me temo que sí. Mayor en el caso catalán que en el vasco. ¿O es que Ferlosio no ha leído esas versiones *simbolistas* de patrias varias que han editado catalanes y vascos?.

** Y el nacionalismo periférico es hijo legítimo del nacionalismo nacional. También.

La patria da saliva

ARCADI ESPADA

Es explicable que el mensaje de los socialistas catalanes contra el Partido Popular se entienda como una agresión. Los socialistas, y no sólo los catalanes, tratan a la derecha del modo que les han enseñado a hacer los nacionalistas. Es un modo cuya palabra clave no es el «no», sino el «¡fuera!». Si yo tuviera edad, me afiliaría de inmediato al PP, como escudo humano. Creo que es una noble propuesta para la juventud idealista. Los métodos nacionalistas del socialismo catalán no se traslucen tan sólo en esa parte del mensaje que afecta directamente al Partido Popular. Donde el método deslumbra con más intensidad es en el obsceno contra Catalunya que incorpora. «El PP usará tu no contra Cataluña» tiene, al menos, dos sentidos: la evidencia de que la derecha hará política anticatalana con los votos negativos; pero también, por contagio (especialmente fácil de producirse dada la lengua sioux en que está redactado el eslogan), el que resulta de la cadena «no contra Cataluña», donde el voto negativo queda magnéticamente estigmatizado como un voto contra Cataluña.

Nunca habían llegado tan lejos los socialistas. Uno de los ejes recurrentes de su política fue la acusación a Pujol de que se había apropiado de Cataluña. En este sentido, los socialistas llegaron a exigir del presidente que no se autotitulara, como lo hacía, cada vez con más frecuencia, «presidente de Cataluña» y respetara ese distanciamiento democrático que incorporaba el atributo «de la Generalitat». La propia palabra «Cataluña» nunca apareció particualrmente enfatizada en sus mensajes electorales.Preferían otras: «futuro». Y, oh là là!: «Izquierda». Así fue, exactamente, hasta el año 2003, donde los socialistas se colgaron de un eslogan que aventuraba lo peor: El canvi per Catalunya, donde la preposición per fue, desde el primer momento, más por que para, es decir, más esencia que servicio.

Sin embargo, el paso definitivo acaban de darlo ahora. Y ni siquiera puede decirse que les hayan forzado a darlo las obligaciones tripartitas, que es el argumento que han utilizado hasta ahora para justificar lo que -bien claro se ve- no son otra cosa que sus más profundos (y tan mal ventilados) sentimientos. Este eslogan, que con beocio e impudoroso orgullo mostraba uno de los funcionarios socialistas a la prensa, supone el ansiado clic retórico con que culmina un proceso. Ya son lo que quisieron ser (agentes y no pacientes) desde que les cayó el fundacional salivazo -resbalaba lento y espeso sobre la americana del largo Obiols- en las puertas del Parlament, en los días de Banca Catalana. Desde aquella tarde, bajaron la cabeza y empezaron a salivar en silencio. Pero no fue hasta ayer cuando la cosa cogió forma y vuelo en su boca.

(Coda: «Un tiempo donde fue muy difícil ejercer la razón crítica, porque toda crítica real fue tomada siempre como una crítica contra Cataluña; porque esas dos palabras, contra Catalunya, justo esas dos palabras, fueron la moral de ese tiempo». Popular.)

'Andazulía'

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

EL PAÍS  -  Opinión - 19-05-2006

No podía ser más que alguien que tuviese el talento lingüístico de Arcadi Espada, unido a una atención hipersensible y a una constante vigilancia de todos los decires que le asaltan el oído desde la prensa y otros textos públicos, el que no se dejase escapar un párrafo, ya aprobado, del Preámbulo del proyecto de reforma del Estatuto andaluz (El Mundo, 2-V-06). El párrafo, que Espada no vacila en calificar, con toda la justicia del mundo, de "monstruoso", reza, según su propia transcripción, de esta manera:

"Andalucía ha compilado un rico acervo cultural por la confluencia de una multiplicidad de pueblos y de civilizaciones, dando sobrado ejemplo de mestizaje humano a través de los siglos. La interculturalidad de prácticas, hábitos y modos de vida se ha expresado a lo largo del tiempo sobre una unidad de fondo que acrisola una pluralidad histórica, y se manifiesta en un patrimonio cultural tangible e intangible, dinámico y cambiante, popular y culto, único entre las culturas del mundo".

 

Por mi parte, me voy a quedar rezagado con respecto a la dirección en que se mueve el comentario crítico de Espada (aunque tampoco en sus palabras pueda dejar de resonar inevitablemente, aun sin mentarlo expressis uerbis, el que es aquí el demonio principal: el pestilente narcisismo andaluz), para detenerme en el trámite de la expresión por sí misma.

 

Empecemos por el rasgo general que, de principio a fin, recorre y caracteriza el párrafo transcrito: no hay en él una sola palabra requerida en razón de demanda por la necesidad de un contenido, sino que el contenido mismo se ha compuesto y se ha determinado a partir de la oferta de ingredientes verbales preexistentes: viejas acuñaciones estereotipadas por la inercia verbal, de las que van virtualmente acompañadas por un tácito "ya sabes lo que quiero decir". En una palabra, como la mayonesa. Ésta, en efecto, fue inventada -si no recuerdo mal- por el cocinero de los oficiales de la guarnición británica asediada en Mahón: "¿Y qué puedo yo darles de cenar esta noche a estos golosos, si no puedo mandar afuera un solo soldado a por provisiones sin que me lo maten de un tiro por el campo? Me las tendré que ingeniar como sea para sacar alguna cosa rica con lo que hay en la despensa".

 

El párrafo del preámbulo andaluz citado por Espada está hecho "con lo que hay en la despensa", como la mayonesa; los cocineros del estatuto se las arreglaron con las existencias que tenían a mano, pero no porque no quisiesen poner en riesgo la vida de ningún soldado, sino porque su paladar cerebral se conformaba, y acaso hasta se complacía, con esa mayonesa elaborada a base de los inertes y baratos estereotipos que ya hay en la despensa.

 

La gratuidad, en cuanto indiferencia frente al contenido, se manifiesta en el recurso a muletillas formales, como la terna de miembros, que ofrece dos ejemplos: una terna simple y una terna de parejas. Esta fórmula parece responder a una preocupación por la exhaustividad: una banqueta con tres patas se tiene de pie; deja al hablante la comodidad de sentir que satisface la demanda de información del oyente, completa sus preguntas, imaginadas sobre el modelo, tan genérico, de "largo-ancho-alto", "eslora-manga-puntal", etcétera. La terna simple con que nos encontramos en el texto citado es de tan extrema gratuidad, que nos descubre otra característica del mismo: su naturaleza de "relleno". Dice así: "La interculturalidad de prácticas, hábitos y modos de vida..."; ¿sabría decirme usted, mi estimado señor Arcadi Espada, qué límites precisos podrían interponerse entre "prácticas", "hábitos" y "modos de vida" que comportasen en su espectro semántico tan siquiera ésa mínima franja de exclusión que habría que exigirles para que sean separadamente desplegados en una misma enumeración? No vamos a negar aquí matices ni connotaciones; las sinonimias perfectas son poquísimas, pero la propia marcha del texto es tan sumaria, que no permite que uno piense en cosas y que no deje de oír más que palabras-comodín. Aún más redonda, más eufónica y más inapelablemente convincente les ha salido la terna de parejas, que reza como sigue: "Se manifiesta en un patrimonio cultural tangible e intangible, dinámico y cambiante, popular y culto, único entre las culturas del mundo".

 

Este expediente de repartir una serie de adjetivos -tanto da que sean seis, como aquí, o que sean cuatro, ocho, o los que fueren- en parejas copuladas es bastante corriente en la prosa escrita castellana, y no tiene por qué ser, en principio, un mero recurso retórico, sino que suele estar lógicamente motivado: los criterios más frecuentes en la formación de las parejas son los de oposición u homogeneidad; tomemos los adjetivos "sano", "enfermo", "joven", "viejo"; de las tres parejas de combinaciones binarias que esos cuatro elementos nos ofrecen, sólo dos de ellas serán lógicamente aceptadas; a saber: 1: "jóvenes y viejos, sanos y enfermos", o 2: "jóvenes y sanos, viejos y enfermos"; la 3, salvo un contexto muy rebuscado, hallará

 

en el oído una fuerte resistencia: "jóvenes y enfermos, viejos y sanos". De los tres pares de adjetivos que califican el "patrimonio cultural" del texto comentado, vemos cómo el primero y el tercero toman el criterio de la oposición; el primero, de una oposición privativa, y el tercero, de una oposición, por así decirlo, "distributiva". Es el segundo par: "dinámico y cambiante", el que suena rarísimo y hace sospechar que probablemente es un mal consensuado producto de una discusión infructuosa y tal vez un tanto encarnizada. Es posible que empezasen por tratar de recoger los atributos correspondientes al espeluznante tópico de "tradición y modernidad"; la modernidad quedaría cubierta con cualquiera de los dos adjetivos propuestos: "dinámico" o "cambiante", o sea con el que acabase siendo consensuado. Pero, ahora ¿cómo hacer honor a las prerrogativas de la tradición? En medio de la cada vez más desatada ideología de que todo está cambiando aceleradamente, de que nadie puede ni debe quedarse un solo paso atrás, con el creciente desprestigio de lo que no se mueve, de lo que "se aferra al pasado", a un ayer prescrito y aun proscrito, ¿qué adjetivo podría implementar con la cautela suficiente, casi como pasando de puntillas, la parte de la tradición? Y esto en una región en la que el culto de lo tradicional -garantía de "lo autóctono"- es el más celoso y acendrado "entre las culturas del mundo". La cosa -siempre según lo que yo me imagino que pudo pasar- tenía mal arreglo; pero la fórmula de la terna de parejas, prospectada por delante de los seis adjetivos que habrían de llenarla, o más bien rellenarla, tenía un tan armónico efecto de columpio o doblar de campanas, que, antes que renunciar a ella, pudo haberse preferido rellenar la vacante con esa extraña semi-redundancia de "dinámico y cambiante".

 

En cuanto a la primera de las tres parejas copuladas: "tangible e intangible", que así de pronto podría sonar un tanto mística, no hay que temer que exija, para su intelección, remontarse tan alto como a una reminiscencia del Credo de Nicea: "Visibilium omnium et invisibilium", sino que es muy probable que tenga explicación en una procedencia mucho más cercana: en Francia y en un pleito reciente: el de la reivindicación de la "mémoire", palabra bastante más encumbrada que su traducción castellana: "memoria histórica". En nuestra pareja, "tangible", por la propia obviedad de aquello que designa, no tiene otra función que la de mero soporte de "intangible". José Vidal Beneyto, en su artículo Guerra de nacionalismos / 1 (EL PAÍS, 6-V-06), habla de cuatro opciones del concepto de "nación", de las que la que aquí importa es la que designa como "nación-herencia". A ésta, pues, sería a lo que pretende remitirse el panfleto estatutario con lo "intangible" del "patrimonio cultural". La institucionalización de la "mémoire" (en Francia se ha llegado a hablar hasta de "devoir de mémoire") no se contenta ya con que las tradiciones sigan siendo meras tradiciones, que sería dejarlas al modesto nivel de las costumbres; ahora quieren tener "calado", "profundidad histórica". La repelente expresión de "patrimonio cultural" connota inmediatamente la noción de "herencia"; en palabras de Chirac: "C'est un héritage que nous devons assumer tout entier". El patrimonio hereditario implica, a su vez, que las naciones son linajes; estas "naciones-linaje" -y tanto las profesas como las postulantes-, para acreditar su abolengo, su solera, y legitimar su nobleza, apelan a lo que entre los apologetas cristianos se designaba como "auctoritas uetustatis". A esta "vetustez" se remite por dos veces el "Preámbulo": "a través de los siglos", "a lo largo del tiempo", y es justamente a eso que yacería en las profundidades del ayer, pero aún palpitaría plenamente vigente en lo "tangible", a lo que, a mi entender, pretenden aludir con lo "intangible". Lo intangible goza, además, del privilegio de sustraerse a toda posible verificación táctil.

 

En el "rico acervo cultural" andaluz -y como en cualquier otro, por supuesto- solamente el folclore es "distintivo", pues es lo que específicamente se ha acuñado, concentrado y petrificado de una vez para siempre con esa función. Ahí es, en efecto, donde se ejerce, de manera ostensible y recurrente, el culto de la propia identidad. Así que me temo que no va a quedar lugar ni justificación posible para el segundo par de adjetivos copulados que califican "patrimonio cultural", o sea para "dinámico y cambiante", porque la autocomplacencia que comporta el culto de la "identidad" -y decirlo resulta redundante- necesita que la propia imagen sea siempre idéntica a sí misma. "Dinámico y cambiante", cualquiera que haya podido ser su génesis -ya sea la que yo he supuesto, ya sea otra-, se han quedado ahí pasmados, como una reverencia al signo de los tiempos, pero completamente fuera de lugar, junto al exacerbado, ensimismado, tradicionalismo de una gente que exige reconocerse fielmente en el espejo a cada recurrencia, que se gusta tanto a sí misma y está tan encantada de ser y de haber sido desde siempre como es que no podría dejar de cuidar escrupulosamente de que todo se repita año tras año exactamente igual.

 

Los redactores del "Preámbulo" se han preocupado, finalmente, de anticiparse a disipar posibles dudas u objeciones, ajustándolo todo, sin resquicio, al más plausible "como debe ser". Todo tenía que quedar repugnantemente mono. Si la "confluencia de una multiplicidad de pueblos y civilizaciones" podría hacer pensar en el surgimiento y hasta perduración de conflictos, se le sale al paso, disipando recelos y temores, con la cláusula "dando sobrado ejemplo de mestizaje humano a través de los siglos"; si "la interculturalidad de prácticas, hábitos y modos de vida" podría a su vez suscitar la imagen de separaciones o aislamientos sociales, he aquí que de nuevo se tranquiliza a los lectores con la fórmula -por otra parte sumamente misteriosa- de que esa interculturalidad "se ha expresado a lo largo del tiempo sobre una unidad de fondo que acrisola una pluralidad histórica". En mis tiempos, ante este tipo de frases en forma de atrevidos arreboles lógico-semánticos, se solía exclamar: ¡Áteme usted esa mosca por el rabo! El texto entero, en fin, confeccionado con pereza, con desinterés, y uno diría que incluso con aburrimiento y con desdén, acumulando tópicos y convencionalismos y adobándolo todo con muletillas pedagógicas y comodines moralizantes, parece puro relleno de un vacío ya innecesario por sí mismo y que, por tanto, precisamente rellenado se revela aún más positiva y manifiestamente vacío e innecesario. No sólo es "monstruoso" como pieza de literatura jurídica en sí misma, sino también por la tremenda inmoralidad que comporta el haberlo aprobado en calidad de documento público, para tirárselo a la cara a sus destinatarios, que se supone que son los andaluces.

 


 

18 de Mayo de 2006

18 de Mayo de 2006

La llegada.

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El martirologio del Partido Popular


 

Ramón Afonso
Rebelión
Miguel Hidalgo, antiguo miembro de la Brigada Político Social en los últimos años del franquismo -el "social" de la facultad de Derecho de la Complutense- reciclado como guardián de la legalidad democrática, es el autor de la desmedida sentencia del "Caso Bono" que condena a dos policías a varios años de cárcel al considerar que los dos militantes del PP "sufrieron un daño moral, primero al ser detenidos y luego al aparecer ante la opinión pública como imputados de unos hechos que no habían cometido". Parece probado que el tiempo que pasó declarando en comisaría "Toñi" de la Cruz, una de las "detenidas", impidió que acudiera esa tarde a su cita con el tinte en la peluquería de toda la vida, sólo pensar en lo que dirían sus "compis" del PP y de la la UNICEF de Las Rozas hizo que se esmoronara -¡qué humillación, dios mío! musitaba-, si bien los rudos policías no le tocaron ni un pelo y la dejaron amablemente utilizar su móvil para anular la cita con la peluquera y avisar, de paso, a su abogado por si las moscas. El otro detenido, Isidoro Barrios, a pesar de que la policía lo trató espléndidamente y lo pasó a recoger no a las diez de la mañana -"que aún no estaba arreglado"- sino a mediodía y en un coche camuflado que es menos llamativo, está pasando un calvario; "mi mujer lleva tres meses ingresada por una depresión derivada de aquellos días terribles, yo, desde luego, no soy la misma persona", ha comentado a El Mundo. Curiosamente son cónyuges, aunque al PP le debió parecer mucho más "mediático" y moderno presentarlos como conocidos y residentes en Las Rozas.

Con estos argumentos -la sentencia y su manipulación- el PP ha convertido a esta pareja en mártires, en el único capital del que puede "presumir" dentro de un territorio yermo, inerte, jamás cultivado, el de la lucha por la democracia, la justicia y la libertad. Hasta sus diputados en la Asamblea de Madrid se han esposado para pedir la dimisión del ministro Alonso por el ultraje; los insultos de Martínez Pujalte eran coreados como forofos por los diputados fascistas en el Congreso; incluso el bronceado Zaplana, con la adrenalina a tope por las denuncias de sus "míticas" travesuras, pide la dimisión del ministro de Defensa con carácter retroactivo; mientras, el travieso y dicharachero Acebes insiste en la existencia de dos líneas de investigación añadiendo a la petición de dimisión del ministro la creación de una comisión que indague el asunto pues ¡quién sabe si ETA también tuvo algo que ver con las detenciones! Encima "don" Manuel, su presidente honorífico, se permite el lujo de justificar, entre mastodónticos vaivenes, la tortura y el fusilamiento de Julián Grimau; no en vano él mismo era miembro del Consejo de Ministros que, presidido por Francisco Franco, firmó la sentencia de muerte.

Los actores principales en la guerra sucia contra el terrorismo, el aparato del Estado, los miembros de los Gal, del Batallón Vasco-español, de la Triple A, etc. gozaron y gozan del paraguas de inmunidad que les han proporcionado los sucesivos gobiernos democráticos. Al general Galindo, el sanguinario de Intxaurrondo, se le permite vivir tranquilamente en su casa los más de 70 años que le quedan por cumplir por el asesinato de Lasa y Zabala cuando de justicia sería pasarlos en prisión. Corcuera y Barrionuevo, a pesar de "la patada en la puerta" a los fondos reservados y el caso Marey, han exigido al gobierno que permita a Rafael Vera disfrutar del mismo grado de impunidad del que ellos gozan desde hace años. Martín Villa, que organizó, entre otros muchos atentados, el frustrado asesinato del independentista canario Antonio Cubillo es, encima, alternativamente premiado por gobiernos y empresas. Sin ir más lejos, Antonio Gil Rubiales, a pesar de ser condenado por la tortura y muerte de Joseba Arregui, fue ascendido el año pasado a comisario provincial de la policía de Santa Cruz de Tenerife por el Delegado del Gobierno, el socialista José Segura, y ahí sigue.

Todo vale, sin embargo, cuando de lo que se trata es de detener a los que, simplemente, no condenan el terrorismo de ETA; a los que objetan y gritan ¡No a las guerras del capital!; a los que se aventuran y pasean por las calles de Murcia la bandera republicana; al sindicalista que no traga con las reformas laborales y se encadena a las puertas de alguna ETT. Qué decir de los "sin techo" que osen okupar por su cuenta lo que debe procurarles el Estado, una vivienda digna. Son tantos los colectivos amenazados.Para todos ellos, resulta tan peligroso un cuartel de la Guardia Civil en Roquetas de Mar como una estación de RENFE en Madrid, en los dos escenarios les pueden aplastar hasta morir, pero con una diferencia, unos serán funcionarios y otros empleados de una subcontrata de una subcontrata de un empresa de seguridad. Sin embargo, cuánto cuesta convencer a los jueces para que condenen a la policía o la guardia civil por detención ilegal o malos tratos. Con todo lo que ha llovido, la sentencia del caso Bono ha condenado a más agentes del orden que, por ejemplo, en todo el año 2003.

Parece mentira, pero aquí en Canarias no pierde vigencia, a pesar de los años pasados y de que se nos tilde de pesados y repetitivos, la exigencia de justicia para Antonio González Ramos, asesinado en 1975 por el comisario Matute en los siniestros calabozos del Gobierno Civil de S/C de Tenerife; el comisario, experto karateca, lo utilizó de esparring para sus prácticas antes de intentar tirarlo a una cuneta. Ni resulta menos actual que hace diez años esclarecer y establecer responsabilidades penales por el asesinato de Javier Fernández Quesada (1977), tiroteado a las puertas de la Universidad de La Laguna, en medio de la lucha de los trabajadores de las guaguas, los del frío y el tabaco que batallaban por su dignidad y existencia. Un año antes, en septiembre de 1976 muere acribillado a balazos en su casa de la barriada Somosierra en S/C de Tenerife Bartolomé García cuando la Guardia civil lo ametralló con la excusa de confundirlo con "El Rubio", personaje relacionado con la desaparición nunca esclarecida del empresario Eufemiano Fuentes. La misma mano ejecutora, la Guardia Civil, la misma impunidad y el mismo responsable político, el Gobernador Civil de entonces, Luis Mardones Sevilla que, convertido al nacionalismo avasallador de Coalición Canaria, repite una y otra vez como Diputado a Cortes. Más recientemente, en mayo de 2000, el guineano Antonio Fonseca entraba vivo en la comisaría de Arrecife de Lanzarote y salía muerto; según su familia por una brutal paliza, según un juez por causas naturales. El prestigioso forense, José Antonio García Andrade, afirmó tras la autopsia que la causa de la muerte del inmigrante se debió a un fuerte golpe en el cuello. Así mismo, un testigo que se encontraba detenido en las dependencias policiales aquella noche declaró que dos policías habían golpeado a Fonseca hasta matarlo. El caso se archivó.

Aún hoy, Amnistía Internacional y otras instituciones denuncian la existencia de torturas en la dependencias de los denominados pomposamente Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, por ello, sentencias como la de Hidalgo no son más que insultos a la Justicia y a la memoria de los apaleados, vejados, torturados y asesinados por policías, guardias civiles, policías municipales. que, en la mayoría de los casos, viven sin castigo. Solamente en lo que va de año han muerto 27 personas bajo custodia del Estado español en cárceles, comisarías, cuarteles de la Guardia Civil, etc. Ninguna era militante del PP.

Roberto Bolaño

Roberto Bolaño

Fragmento de Los detectives salvajes


Clara Cabeza, Parque Hundido, México DF, octubre de 1995. Yo fui la secretaria de Octavio Paz. No saben ustedes el trabajo que tenía. Que si escribir cartas, que si localizar manuscritos ilocalizables, que si telefonear a los colaboradores de la revista, que si conseguir libros que ya sólo se encontraban en una o dos universidades norteamericanas. Al cabo de dos años de estar trabajando para don Octavio ya tenía una cefalalgia crónica que me atacaba a eso de las once de la mañana y no se me iba, por más aspirinas que tomara, hasta las seis de la tarde. Generalmente lo que a mí me gustaba era hacer las labores más propiamente de casa, como preparar el deayuno o ayudar a la sirvienta a preparar la comida. Ahí me lo pasaba bien y además era un descanso para mi mente torturada. Yo solía llegar a la casa a las siete de la mañana, a una hora en la que no hay atascos de tránsito y si los hay no son tan largos y terribles como en las horas punta, y preparaba café, té, naranjadas, un par de tostadas, un desayuno sencillito, y luego me iba con la bandeja hasta la habitación de don Octavio y le decía don Octavio, despierte, ya es un nuevo día. La primera en abrir los ojos, de todas maneras, era la señora María José y siempre su despertar era alegre, su voz surgía de la oscuridad y me decía: deja el desayuno en la mesita, Clara, y yo le decía buenos días, señora, ya es un nuevo día. Luego me iba a la cocina otra vez y me preparaba mi propio desayuno, algo ligerito como el de los señores, un café, una naranjada y una o dos tostadas con mermelada, y después me iba a la biblioteca y me ponía a trabajar.
..... No saben ustedes el titipuchal de cartas que recibía don Octavio y lo difícil que era clasificarlas. Como ya se imaginarán, le escribían de los cuatro puntos cardinales y gente de toda clase, desde otros premios Nobel como él hasta jóvenes poetas ingleses o italianos o franceses. No digo yo que don Octavio contestara todas sus cartas, más bien sólo contestaba un quince a un veinte por ciento de las que recibíamos, pero el resto de todas maneras había que clasificarlas y guardarlas, vaya a saber por qué, yo de buen gusto las hubiera arrojado a la basura. El sistema de clasificación, por otra parte, era sencillo, las separábamos por nacionalidades y cuando la nacionalidad no estaba clara (esto solía pasar en cartas que le escribían en español, inglés y francés) las separábamos por idiomas. A veces, mientras trabajaba en la correspondencia, yo me ponía a pensar en la jornada laboral de las secretarias de los cantantes de música melódica o popular o de rock y me preguntaba si ellas también tenían que lidiar con tantísimas cartas hasta en chino, con eso les digo todo. En esas ocasiones yo tenía que separar las cartas en un lotecito aparte que llamábamos marginalia excentricorum y que don Octavio revisaba una vez a la semana. Después, pero esto pasaba muy de tanto en tanto, me decía Clarita, coja el coche y váyase a ver a mi amigo Nagahiro. De acuerdo, don Octavio, le decía yo, pero el asunto no era tan fácil como lo pintaba él. Primero me pasaba la mañana telefoneando al tal Nagahiro y cuando por fin lo hallaba le decía don Nagahiro, tengo algunas cositas para que me las traduzca y él me daba una cita para un día de esa semana. A veces se las mandaba por correo o con un mensajero, pero cuendo los papeles eran importantes, y eso lo notaba yo por la cara que ponía don Octavio, pues iba personalmente y no me movía de al lado del señor Nagahiro hasta que por lo menos me daba un resumen sucinto del contenido del papel o carta, resumen que yo anotaba en taquigrafía en mi libretita y que luego pasaba en limpio, imprimía y dejaba en el escritorio de don Octavio, en el extremo izquierdo, para que él si tenía a bien le echara una mirada y se sacara la curiosidad de encima.
..... Y luego estaba la correspondencia que don Octavio mandaba. Ahí sí que el trabajo era desquiciante, pues acostumbraba a escribir varias cartas a la semana, unas dieciséis más o menos, a los lugares más insospechados del mundo, algo que daba pasmo ver de cerca, pues una se preguntaba cómo ese hombre había hecho tantas amistades en sitios tan diversos e incluso diría antagónicos como Trietse y Sidney, Córdoba y Helsinki, Nápoles y Bocas del Toro (Panamá), Limoges y Nueva Delhi, Glasgow y Monterrey. Y para todos tenía una palabra de aliento o una reflexión de esas que se hacía como en voz alta y que, supongo, ponía al corresponsal a pensar y a darle vueltas a la cabeza. No voy a cometer la falta de desvelar lo que decía en sus cartas, sólo diré que hablaba más o menos de lo mismo que habla en sus ensayos y en sus poemas: de cosas bonitas, de cosas oscuras y de la otredad, que es algo en lo que yo he pensado mucho, supongo que como muchos intelectuales mexicanos, y que no he logrado averiguar de qué se trata. Otra de las cosas que yo hacía y muy a gusto era de enfermera, pues no por nada tengo un par de cursillos de primeros auxilios. Don Octavio ya por entonces no estaba muy sanote que digamos y tenía que medicarse cada día y como él siempre andaba pensando en sus cosas, pues se le olvidaba cuándo había que tomar las medicinas y al final se hacía un lío, que si ésta ya me la tomé al mediodía o si esta otra no me la tomé a las ocho de la mañana, en fin, un desorden con las pastillas al que, me enorgullezco de decir, yo puse fin, pues incluso me ocupé de que tomara con puntualidad alemana aquellas que debía tomar cuando yo no estaba en casa. Para tal menester lo llamaba por teléfono desde mi departamento o desde donde estuviera y le decía a la sirvienta ¿don Octavio ya se tomó las pastillas de las ocho? y la sirvienta iba a mirar y si las píldoras que yo le había dejado dispuestas en un envase de plástico aún estaban allí, pues yo le ordenaba: llévaselas y que se las tome. A veces no hablaba con la sirvienta sino con la señora, pero yo igual: ¿se tomó su medicina don Octavio?, y la señora María José se ponía a reír y me decía ay Clarisa, ella a veces me llamaba Clarisa, no sé por qué, al final vas a conseguir que me ponga celosa, y cuando la señora María José decía eso yo como que me ruborizaba y como que tenía miedo de que ella viera cómo me ruborizaba, tonta que es una, ¿cómo iba a verlo si estábamos hablando por teléfono?, pero igual seguía llamdo e insistiendo en que se tomara sus medicamentos a su hora, porque si no no sirven para nada, ¿verdad?
..... Otra de las cosas que hacía era preparar la agenda de don Octavio, llena de actividades sociales, que si fiestas o conferencias, que si invitaciones a inauguraciones de pintura, que si cumpleaños o doctorados honoris causa, la verdad es que de asistir a todos esos eventos el pobrecito no hubiera podido escribir ni una línea, no digo ya de sus ensayos, es que ni siquiera de sus poesías. Así que cuando le arreglaba la agenda él y la señora María José la examinaban con lupa e iban descartando cosas, yo a veces los observaba desde mi rinconcito y me decía para mí misma: muy bien, don Octavio, castíguelos con su indiferencia.
..... Y luego vino la época del Parque Hundido, un lugar que si quieren mi opinión no tiene el más mínimo interés, antes puede que sí, hoy está convertido en una selva donde campean los ladrones y los violadores, los teporochos y las mujeres de la mala vida.
..... La cosa sucedió así. Una mañana, yo acababa de llegar a la casa y aún no eran las ocho, me encontré a don Octavio levantado, esperándome en la cocina. Nada más verme me dijo: me va a hacer el favor de llevarme a tal parte, Clarita, en su carro de usted. ¿Qué le parece? Como si yo alguna vez me hubiera negado a hacer nada que él me hubiera pedido. Así que le dije: usted dirá adónde vamos, don Octavio. Pero él me hizo un gesto, sin decir nada, y salimos a la calle. Se acomodó a mi lado, en el coche, que dicho sea de paso sólo es un Volkswagen, o sea que no es muy cómodo. Cuando lo vi allí, sentado y con ese aire ausente, me dio un poco de pena por no tener un vehículo algo mejor que ofrecerle, aunque no le dije nada porque también pensé que si me disculpaba él lo podía interpretar como una especie de recriminación porque al final de cuentas era él quien me pagaba y si no tenía para un coche mejor se podía decir que también era por culpa suya, algo que jamás, ni en sueños, le he reprochado. Por lo tanto me quedé callada, disimulé lo mejor que pude y puse en marcha el motor. Las primeras calles las recorrimos al azar. Luego dimos una vuelta por Coyoacán y al final enfilamos por Insurgentes. Cuando apareció el Parque me ordenó que estacionara donde pudiera. Luego bajamos y don Octavio, tras echar una ojeada, se internó por el Parque que a esa hora no es que estuviera lleno, pero tampoco estaba vacío. Esto le debe traer algún recuerdo, pensé. A medida que caminábamos el Parque estaba más solo. Noté que el descuido o la desidia o la falta de medios o la más vil irresponsabilidad había deteriorado el parque hasta límites insospechables. Ya bien adentro del parque tomamos asiento en un banco y don Octavio se puso a contemplar las copas de los árboles o el cielo y luego murmuró algunas palabras que yo no entendí. Antes de salir había cogido las medicinas y una botellita de agua y como ya era hora de tomárselas aproveché que estábamos sentados y se las di. Don Octavio me miró como si me hubiera vuelto loca pero se tomó sin rechistar sus pastillas. Luego me dijo: quédese usted aquí, Clarita, y se levantó y se puso a caminar por un caminito de tierra seca con pinaza y yo lo obedecí. Se estaba bien allí, eso hay que reconocerlo, a veces, por otras sendas del parque, veía las figurass de sirvientas que acortaban camino o de estudiantes que habían decidido no ir a clases aquella mañana, el aire era respirable, aquel día la contaminación no sería tan grande, de tanto en tanto incluso creo que escuchaba el piar de un pajarito. Mientras tanto don Octavio caminaba. Caminaba en círculos cada vez más grandes y a veces se salía de la senda y pisaba la hierba, una hierba enferma de tanto ser pisoteada y que los jardineros ya ni debían de cuidar.
..... Entonces fue cuando vi a ese hombre. También caminaba en círculos y sus pasos seguían la misma senda, sólo que en sentido contrario, así que por fuerza tenía que cruzarse con don Octavio. Para mí, fue como una alrma en el pecho. Me levanté y puse en alerta todos mis músculos por si era necesario intervenir, no por nada hice un cursillo de karate y judo hace unos años con el doctor Ken Takeshi, que en realidad se llamaba Jesús García Pedraza y había sido miembro de la policía federal. Pero no fue necesario: cuando el hombre se cruzó con don Octavio ni siquiera levantó la cabeza. Así que me quedé inmovil y vi lo siguiente: don Octavio, al cruzarse con el hombre, se detuvo y se quedó como pensativo, luego hizo el ademán de seguir andando, pero esta vez ya no iba tan al azar o tan despreocupado como hacía unos minutos sino que más bien iba como calculando el momento en que ambas trayectorias, la suya y la del desconocido, iban a volver a cruzarse. Y cuando una vez más el desconocido pasó al lado de don Octavio, éste se giró y se lo quedó mirando con verdadera curiosidad. El desconocido también miró a don Octavio y yo diría que lo reconoció, algo que por lo demás no tiene nada de raro, todo el mundo, y cuando digo todo el mundo digo literalmente todo el mundo, lo conoce. Cuando volvimos a casa el ánimo de don Octavio había variado notablemente. Estaba más vivaracho, con más energía, como si el largo paseo matinal lo hubiera fortalecido. Recuerdo que en un momento del viaje recitó unos versos y él dijo un nombre, sería el nombre de un poeta inglés, lo olvidé, y luego como para cambiar de tema me preguntó por qué había estado yo tan nerviosa y me acuerdo que al principio no le contesté, tal vez sólo exclamara ay, don Octavio, y luego le expliqué que el Parque Hundido no era precisamente una zona tranquila, un lugar donde uno pudiera pasear y meditar sin temor a ser asaltado por desalmados. Y entonces don Octavio me miró y me dijo con una voz que salía como del corazón de un lobo: a mí no me asalta ni el presidente de la República. Y lo dijo con tanta seguridad que yo le creí y preferí no decir nada más.
..... Al día siguiente, al llegar a casa, don Octavio ya me estaba esperando. Salimos sin decirnos nada y yo conduje, ingenua de mí, hacia Coyoacán, pero cuando don Octavio se dio cuenta me dijo que pusiera rumbo al Parque Hundido sin otra dilación. La historia se repetió. Don Octavio me dejó sentada en un banco y se puso a pasear en círculos por el mismo sitio que el día anterior. Antes yo le di sus medicinas y él se las tomó sin mayores comentarios. Poco después apareció el hombre que también paseaba. Cuando lo vio don Octavio no pudo evitar mirarme desde la distancia como diciéndome: ya ve, Clarita, yo nunca hago nada por nada. El desconocido también me miró y luego miró a don Octavio y por un segundo me pareció que dudaba, que sus pasos se volvían más inseguros, más dubitativos. Pero no se echó para atrás, como llegué a temer, y él y don Octavio volvieron a caminar y volvieron a cruzarse y cada vez que se cruzaban levantaban la vista del suelo y se miraban a la cara y yo me di cuenta que los dos iban al principio como muy alertas el uno del otro, pero a la tercera vuelta ya iban muy reconcentrados y ya para entonces ni siquiera se miraban al cruzarse. Y yo creo que fue entonces que se me ocurrió que ninguno de los dos hablaba, digo, que ninguno de los dos murmuraba palabras, sino números, que los dos iban contando, yo no sé si sus pasos, que es lo más lógico que se me ocurre ahora, pero sí algo parecido, números al azar, tal vez, sumas o restas, multiplicaciones o divisiones. Cuando nos marchamos don Octavio estaba bastante cansado. Le brillaban los ojos, esoos ojos tan bonitos que tiene, pero por lo demás parecía como si hubiera hecho una carrera. Les confieso que por un momento me preocu`pé y me pareció que si le pasaba algo la culpa sería mía. Me imaginé a don Octavio con un ataque al corazón, me lo imaginé muerto y luego imaginé a todos los escritores de México que tanto lo quieren (en especial los poetas) rodeándome en la sala de visitas de la clínica en donde don Octavio suele hacerse los chequeos médicos y preguntándome con miradas francamente hostiles que qué diablos le había hecho yo al único premio Nobel mexicano, que cómo era que don Octavio había sido encontrado tirado en el Parque Hundido, un lugar tan poco poético y tan ajeno, por otra parte, a los itinerarios urbanos de mi jefe. Y en mi imaginación yo no sabía qué respuesta darles, salvo decir la verdad, que por otra parte yo sabía que no iba a convencerlos y entonces para qué decirla, mejor quedarme callada, y en ésas estaba, conduciendo por las avenidas cada día más insoportables del DF e imaginándome inmersa en situaciones llenas de palabra acusatorias y de recriminación, cuando escuché que don Octavio me decía vamos a la unibversidad, Clarita, que tengo que hacer una consulta con un amigo. Y aunque en ese momento vi a don Octavio tan normal como siempre, tan dueño de sí mismo como siempre, la verdad es que yo ya no pude quitarme del pecho la espinita de la inquietud, el peso de una premonición más bien negra. Máxime cuando a eso de las cinco de la tarde don Octavio me llamó a su biblioteca y me dijo que hiciera una lista de los poetas mexicanos nacidos digamos a partir de 1950, una petición no más rara que otras, es cierto, pero dada la historia en la que estábamos embarcados, turbadora en grado extremo. Yo creo que don Octavio se dio cuenta de mi inquietud, nada difícil por otra parte, pues me temblaban las manos y me sentía como un pajarito en medio de una tormenta. Media hora después volvió a llamarme y cuando yo acudí me miró a los ojos y me preguntó si confiaba en él. Qué pregunta, don Octavio, le dije, qué cosas se le ocurren. Y él, como si no me oyera, me repitió la pregunta. Claro que sí, le dije, confió en usted más que en nadie. Entonces él me dijo: de lo que yo te diga aquí y de lo que has visto y de lo que veas mañana, ni una palabra a nadie. ¿Estamos? Se lo juro por mi madre que en paz descanse, le dije yo. Y él entonces hizo un gesto como si espantara moscas y dijo a ese muchacho yo lo conozco. ¿Ah, sí?, dije yo. Y él dijo: hace muchos años , Clarita, un grupo de energúmenos de la extrema izquierda planearon secuestrarme. No me diga, don Octavio, dije yo y me puse a temblar otra vez. Pues sí, dijo él, son las vicisitudes a las que se expone todo hombre público, Clarita, deje de temblar, vaya a servirse un whisky o lo que sea, pero tranquilícese. ¿Y ese hombre es uno de aquellos terroristas?, dije yo. Me parece que sí, dijo él. ¿Y a santo de qué lo querían secuestrar, don Octavio?, dije yo. Eso es un misterio, dijo él, tal vez estaban dolidos porque no les hacía caso. Es posible, dije yo, la gente acumula mucho rencor gratuito.Pero tal vez la cosa no iba por ahí, tal vez sólo se trataba de una broma. Vaya bromita, dije yo. Lo cierto es que nunca intentaron el secuestro, dijo él, pero lo anunciaron a bombo y platillo, y así llegó a mis oídos. ¿Y cuando usted lo supo, qué hizo?, dije yo. Nada, Clarita, me reí un poco y luego los olvidé para siempre, dijo él.
..... A la mañana siguiente volvimos al Parque Hundido. Yo había pasado una mala noche, mitad insomne y mitad atacada de los nervios que ni siquiera la lectura balsámica de Amado Nervo había podido mitigar (entre paréntesis, yo a don Octavio nunca le decía que leía a Amado Nervo sino a don Carlos Pellicer o a don José Gorostiza, a quienes por supuesto he leído, pero ya me dirán a mí de qué sirve leer la poesía de Pellicer o Gorostiza cuando lo que una quiere es tranquilizarse, en el mejor de los casos dormirse, la verdad es que en esos casos así lo mejor es no leer nada, ni siquiera a Amado Nervo, sino ver la televisión, y a más tonto sea el programa mejor), y tenía unas ojeras enormes que el maquillaje no podía disimular y hasta la voz la tenía un poco ronca, como si por la noche hubiera fumado un pauqete de cigarrillos o hubiera bebido demasiado o algo parecido. Pero don Octavio no se dio cuenta de nada y se subió al Volkswagen y partimos para el Parque Hundido, sin decirnos nada, como si toda nuestra vida hubiéramos estado haciendo lo mismo, que era precisamente una de las cosas que más me crispaba los nervios, esa facilidad del ser humano para adaptarse de pronto a lo que sea. Es decir: si yo me ponía a pensar calmadamente, como debe de ser, y me decía que habíamos ido al Parque Hundido, sólo dos veces, y que aquella era la tercera visita, bueno, me costaba creerlo, porque de verdad pareciá que hubiéramos ido muchas más veces, y si admitía que sólo habíamos ido dos veces, pues resultaba peor, porque entonces me daban ganas de gritar o de estrellarme con mi Volkswagen contra algún muro, por lo que tenía que dominarme y concentrarme en el volante y no pensar en el Parque Hundido ni en aquel desconocido que lo visitaba a la misma hora que nosotros. En pocas palabras, esa mañana yo no sólo estaba ojerosa y demacrada sino que además estaba irracionalmente afectada. Ahora bien, lo que pasó aquella mañana, en contra de mis previsiones, fue bien diferente.
..... Llegamos al Parque Hundido. Eso está claro. Nos internamos en el parque y nos sentamos en el mismo banco de siempre, al amparo de un árbol grande y frondoso aunque yo supongo que igual de enfermo que todos los árboles del DF. Y entonces don Octavio, en vez de dejarme sola en el banco como había sucedido en las ocasiones precedentes, me preguntó si había realizado su encargo del día anterior y yo le dije que sí, don Octavio, hice una lista con muchísimos nombres y él se sonrío y me preguntó si había memorizado esos nombres y yo lo miré como preguntándole si me estaba tomando el pelo o no y saqué la lista de mi bolso y se la mostré y él dijo: Clarita, averigüe quién es ese muchacho. Eso fue lo que me dijo. Y yo me levanté como una idiota y me puse a esperar al desconocido y para entretener la espera me puse a caminar hasta que me di cuenta que estaba repitiendo el trayecto de don Octavio en los días precedentes y entonces me quedé inmovil, sin atreverme a mirarlo, con la vista clavada en el lugar por donde debía aparecer el desconocido cuya identidad debía averiguar. Y el desconocido apareció, a la misma hora que las dos veces anteriores, y se puso a pasear. Y entonces yo ya no quise dilatar más el asunto y lo abordé y le pregunté quién era y él dijo soy Ulises Lima, poeta real visceralista, el penúltimo poeta real visceralista que queda en México, tal cual, y la verdad, qué quieren que les diga, su nombre no me sonaba de nada, aunque la noche anterior, por orden de don Octavio, había estado consultando índices de más de diez antologías de poesía reciente y no tan reciente, entre ellas la famosa antología de Zarco en donde están censados más de quinientos poetas jóvenes. Pero su nombre no me sonaba para nada. Y entonces le dije: ¿sabe usted quién es el señor que está sentado allí? Y el dijo: sí, lo sé. Y yo le dije (debía asegurarme): ¿quién? Y el dijo: es Octavio Paz. Y yo le dije: ¿quiere venir a sentarse con el un ratito? Y él se encogió de hombros o hizo un gesto parecido que interpreté como afirmación y ambos nos encaminamos al banco desde donde don Octavio seguía interesadísimo todos nuestros movimientos. Al llegar junto a él me pareció que no estaría de más hacer una presentación formal, así que dije: don Octavio Paz, el poeta real visceralista Ulises Lima. Y entonces don Octavio, al tiempo que invitaba al tal Lima a tomar asiento, dijo: real visceralista, real visceralista (como si el nombre le sonara a lago), ¿no fue ése el grupo poético de Cesárea Tinajero? Y el tal Lima se sentó junto a don Octavio y suspiró o hizo un ruido raro con los pulmones y dijo sí, así se llamaba el grupo de Cesárea Tinajero. Durante un minuto o algo así estuvieron callados, mirándose. Un minuto bastante insoportable, si he de ser sincera. A lo lejos, bajo unos arbustos, vi aparecer a dos vagabundos. Creo que me puse un poco nerviosa y eso me hizo tener la mala ocurrencia de preguntarle a don Octavio que grupo era ése y si él los había conocido. Lo mismo hubiera podido hacer un comentario sobre el tiempo. Y entonces don Octavio me miró con esos ojos tan bonitos que tiene y me dijo Clarita, para cuando los real visceralistas yo apenas tenía diez años, esto ocurió allá por 1924, ¿no?, dijo dirigiéndose al tal Lima. Y éste dijo sí, más o menos, por los años veinte, pero lo dijo con tanta tristeza en la voz, con tanta... emoción, o sentimiento, que yo pensé que nunca más iba a escuchar una voz más triste. Creo que hasta me mareé. Los ojos de don Octavio y la voz del desconocido y la mañana y el Parque Hundido, un lugar tan vulgar, ¿verdad?, tan deteriorado, me hirieron, no sé de qué manera, en lo más hondo. Así que los dejé que conversaran tranquilos y me alejé unos cuantos metros, hasta el banco más próximo, con la excusa de que debía estudiar la agenda del día, y de paso me llevé la lista que había hecho con los nombres de la s últimas generaciones de poetas mexicanos y la repasé del primero hasta el último, no estaba en ninguna parte Ulises Lima, puedo asegurarlo. ¿Cuánto rato conversaron? No mucho. Desde donde yo estaba se adivinaba, eso sí, que fue una conversación distendida, serena, toleranre. Después el poeta Ulises Lima se levantó, le estrechó la mano a don Octavio y se marchó. Lo vi alejarse en dirección a una de las alidas del parque. Los vagabundos que había visto en los matorrales y que ahora eran tres se acercaban a nosotros. Vámonos, Clarita, oí que me decía don Octavio.
..... Al día siguiente, tal como esperaba, nos fuimos al Parque Hundido. Don Octavio se levantó a las diez de la mañana y estuvo preparando un artículo que debía publicar en el próximo número de su revista. En algun momento me entraron ganas de preguntarle más cosas sobre nuestra pequeña aventura de tres días, pero algo en mi interior (mi sentido común, probablemente) me hizo desistir de la idea. La scosas habían ocurrido tal como habían ocurrido y si yo, que era el único testigo, no sabía lo que había pasado, lo mejor era que siguiera en la ignorancia. Una semana después, aproximadamente, él se marchó con la señora para una serie de conferencias que debía pronunciar en una universidad norteamericana. Yo, por supuesto, no los acompañé. Una mañana, cuando él aún no había regresado, fui al Parque Hundido con la esperanza o con el temor de ver aparecer otra vez a Ulises Lima. Esta vez la única diferencia fue que no me puse a la vista de nadie sino más bien oculta tras unos arbustos, con una vision perfecta, eso sí, del claro en donde se encontraron por primera vez don Octavio y el desconocido. Los primeros minutos de espera mi corazón iba a cien. Estaba helada y sin embargo, al tocarme las mejillas la impresión que tenía era de que de un momento a otro la cara me iba a explotar. Después vino la desilusión y cuando me marché del parque, a eso de las diez de la mañana, podría afirmarse que incluso me sentía feliz, aunque no me pregunten por qué pues no sabría decirlo.

17 de Mayo de 2006

17 de Mayo de 2006

A LAMER SELLOS (2) 

Enternece la reacción de nuestra liberal clase política. Solicitan, todos y todas,  al papá Estado que haga algo por esos "pobres" estafados del sello. "Que no los dejen tirados", dice Don Mariano; "Algo haremos" , dice Zapatero. La continuidad de la estafa por otro medios.

Don Mariano o Don Zapatero no se refieren, evidentemente, a los sumarios de la Audiencia Nacional abiertos , de los que, según parece, deben esperar poca justicia reparadora, sino a la pasta gansa de los "sellostafados", esos pobres ingenuos y desINTERESados que han dejado tirados en la calle de la miseria sin un mal sello.

¿Que pague el Estado la ronda? Sin duda esa es la intención. Como siempre. Nuestra tradición en nacionalizar estafas es compartida por toda la clase política española. Ahí existe unanimidad. Lástima que en cuestiones de educación, sanidad, vivienda, etc, sea el mercado quien mande. Pero ya se sabe que esas son cuestiones menores y lo importante es el sello.

Y una vez más, quienes no hemos comprado duros a peseta, usted o yo, ni cambiado billetes por estampitas, pagaremos el bingo de muchos listos que nos llevan años de ventaja. Y hoy es el sello, pero ni imaginarme quiero lo que estarán investigando ya nuestras mentes preclaras.¡Cualquier cosa!

Evidentemente cuando la próxima vez quiera saber el precio del dinero me llegaré a un estanco y no a mi banco, como estúpidamente he hecho todos estos años.

¡Viva el sello!

Fernando Pessoa

Fernando Pessoa

Libro del desasosiego (Fragmento I)
Álvaro de Campos
Nubes... Hoy tengo conciencia del cielo, pues hace días que no lo miro pero lo siento, viviendo en la ciudad y no en la naturaleza que la incluye. Nubes... Son ellas hoy la principal realidad, y me preocupan como si el velarse del cielo fuese uno de los grandes peligros de mi destino. Nubes... Pasan desde la barra hacia el Castillo, de Occidente a Oriente, en un tumulto disperso y desnudo, blanco a veces, se ven desarrapadas en la vanguardia de no sé qué; medio-negro otras, si, más lentas, tardan en ser barridas por el viento audible; negras de un blanco sucio, si, como si quisiesen quedarse, ennegrecen más de la venida que de la sombra lo que las calles abren de falso espacio entre las líneas cerradas de las casas.
Nubes... Existo sin saberlo y moriré‚ sin quererlo. Soy el intervalo entre lo que soy y lo que no soy, entre el sueño y lo que la vida ha hecho de mí, la medida abstracta y carnal entre cosas que no son nada, siendo yo también nada. Nubes... ¡Qué desasosiego si siento, qué desconsuelo si pienso, qué inutilidad si quiero! Nubes... Están pasando siempre, unas muy grandes, pareciendo, porque las casas no dejan ver si son menos grandes de lo que parecen, que van a ocupar todo el cielo; otras de tamaño incierto, que pueden ser dos juntas o una que va a partirse en dos, sin sentido en el aire alto contra el cielo cansado; otras aún, pequeñas, que parecen juguetes de poderosas cosas, bolas irregulares de un juego absurdo, sólo hacia un lado, en un gran aislamiento, frías.
Nubes... Me interrogo y me desconozco. Nada he hecho de útil ni haré de justificable. He gastado la parte de la vida que no perdí en interceptar confusamente cosa ninguna, haciendo versos en prosa a las sensaciones intransmisibles con que hago mío el universo desconocido. Estoy harto de mí, objetiva y subjetivamente. Estoy harto de todo, y del todo de todo. Nubes... Son todo, desarreglos de lo alto, cosas hoy sólo ellas reales entre la tierra nula y el cielo que no existe; harapos indescriptibles del tedio que les supongo; niebla condensada en amenazas de color ausente; algodones en rama sucios de un hospital sin paredes.
Nubes... Son como yo, un pasar desfigurado entre el cielo y la tierra, al sabor de un impulso invisible, tronando o no tronando, alegrando blancas u obscureciendo negras, ficciones del intervalo y del error, lejos del ruido de la tierra y sin tener el silencio del cielo. Nubes... Siguen pasando, siguen siempre pasando, pasarán siempre siguiendo, en un enrollamiento discontinuo de madejas empañadas, en un alargamiento difuso de falso cielo deshecho.
15-9-1931.

Libro del desasosiego (Fragmento II)
Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es que otra gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi conciencia, que, por ser conciencia, me parece ser la única. Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño de las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con los personajes dramáticos que en el escenario pasan a través de los actores que los representan.
Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona está viva, que siente y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. Hay figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por encima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes, en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida.
Tengo por más mías, con mayor parentesco e intimidad, ciertas figuras que están escritas en los libros, ciertas imágenes que he conocido en estampas, que muchas personas, a las que llaman reales, que son de esa inutilidad metafísica llamada carne y hueso. Y "carne y hueso", en efecto, las describe bien: parecen cosas recortadas puestas en el exterior marmóreo de una carnicería, muertes que sangran como vidas, piernas y chuletas del Destino.
No me avergüenzo de sentir así porque ya he visto que todos sienten así. Lo que parece haber de desprecio entre hombre y hombre, de indiferente que permite que se mate gente sin que se sienta que se mata, como entre los asesinos, o sin que se piense que se está matando, como entre los soldados, es que nadie presta la debida atención al hecho, parece que abstruso, de que los demás también son almas.
Ciertos días, a ciertas horas, traídas mí por no sé qué brisa, abiertas a mí por el abrirse de no sé qué puerta, siento de repente que el tendero de la esquina es un ente espiritual, que el hortera, que en este momento se inclina a la puerta sobre el saco de patatas, es, verdaderamente, un alma capaz de sufrir.
Cuando ayer me dijeron que el dependiente de la tabaquería se había suicidado, sentí una impresión de mentira. ¡Pobrecillo, también existía! Lo habíamos olvidado, todos nosotros, todos nosotros que le conocíamos del mismo modo que todos los que no le conocieron. Mañana le olvidaremos mejor. Pero que tenía alma, la tenía, para que se matase ¿Amores? ¿Angustias? Sin duda... Pero a mí, como a la humanidad entera, me queda sólo el recuerdo de una sonrisa tonta por encima de una chaqueta de mezclilla, sucia, y desigual en los hombros. Es cuanto me queda, a mí, de quien tanto sintió que se mató de sentir porque, en fin, de otra cosa no debe de matarse nadie... Pensé una vez, al comprarle cigarrillos, que se quedaría calvo pronto. Al final, no ha tenido tiempo de quedarse calvo. Es uno de los recuerdos que me quedan de él. ¿Qué otro me había de quedar si éste, después de todo, no es suyo, sino de un pensamiento mío? Tengo súbitamente la visión del cadáver, del ataúd en que le han metido, de la tumba, enteramente ajena, a la que tenían que haberle llevado. Y veo, de repente, que el dependiente de la tabaquería era, de cierta manera, chaqueta torcida y todo, la. humanidad entera.
Ha sido tan sólo un momento. Hoy, ahora, claramente, como hombre que soy, él ha muerto. Nada más.
Sí, los demás no existen... Es para mí para quien este ocaso remansa, pesadamente alado, sus colores neblinosos y duros. Para mí, bajo el ocaso, tiembla, sin que yo le vea correr, el río grande. Ha sido hecha para mí esta plaza abierta sobre el río cuya marea se acerca. ¿Ha sido enterrado hoy en la fosa común el dependiente de la tabaquería? No es para él el ocaso de hoy. Pero, de pensarlo, y sin que yo quiera, también ha dejado de ser para mí...
26-1-1932.

Libro del desasosiego (Fragmento III)
En las vagas sombras de luz por terminar antes que la tarde En las vagas sombras de luz por terminar antes que la tarde sea pronto noche, disfruto de errar sin pensar entre lo que la ciudad se vuelve, y ando como si nada tuviese remedio. Me agrada, más a la imaginación que a los sentidos, la tristeza dispersa que está conmigo. Vago, y hojeo en mí, sin leerlo, un libro intersperso de imágenes rápidas, del que voy formándome indolentemente una idea que nunca se completa.
Hay quien lee con la misma rapidez con que mira, y concluye sin haberlo visto todo. Así saco del libro que se me hojea en el alma una historia vaga por contar, memorias de otro yo vagabundo, con avenidas de parques en medio, y figuras de seda varias, pasando, pasando.
Indiscrimino con tedio y otro. Sigo, simultáneamente, por la calle, por la tarde y por la lectura soñada, y los caminos son verdaderamente recorridos. Emigro y descanso, como si estuviese a bordo con el navío ya en altamar.
Súbitamente, los faroles muertos coinciden luces en las prolongaciones dobles de una calle larga y curva. Como un batacazo, mi tristeza aumenta. Es que se ha terminado el libro. Hay tan sólo, en la viscosidad aérea de la calle abstracta, un hilo exterior de sentimiento, como la baba del Destino idiota, goteando en la conciencia del alma.
Otra vida de la ciudad que anochece. Otra alma la de quien mira a la noche. Sigo inseguro y alegórico, irrealmente sintiente.
Soy como una historia que alguien hubiese contado y, de tan bien contada, anduviese carnal, pero no mucho, en este mundo novela, en el principio de un capítulo: "En este momento, se podía ver a un hombre avanzar lentamente por la calle de..."
¿Qué tengo yo que ver con la vida?
13-7-1931.

Libro del desasosiego (Fragmento IV)
No creo en voz alta en la felicidad de los animales, sino cuando me apetece hablar de ella como marco de un sentimiento que es la suposición derivada. Para ser feliz es necesario saber que se es feliz. No hay felicidad en dormir sin sueños, sino solamente en despertarse sabiendo que se ha dormido sin sueños.
La felicidad está fuera de la felicidad.
No hay felicidad sino con conocimiento. Pero el conocimiento de la felicidad es infeliz; porque saberse feliz es conocerse pasando por la felicidad, y teniendo, en seguida, que dejarla atrás. Saber es matar, en la felicidad como en todo. No saber, sin embargo, es no existir.
Sólo el absoluto de Hegel ha conseguido, en las páginas, ser dos cosas al mismo tiempo. El no-ser y el ser no se funden y confunden en las sensaciones y razones de la vida: se excluyen, mediante una síntesis al revés.
¿Qué hacer? Aislar el momento como una cosa y ser feliz ahora, en el momento en que se siente la felicidad, sin pensar más que en lo que se siente, excluyendo lo demás, excluyéndolo todo. Enjaular al pensamiento en la sensación, (...) la clara sonrisa maternal de la tierra plena, el esplendor cerrado de las tinieblas altas, (...)
Es ésta mi creencia, esta tarde. Mañana por la mañana no será ésta, porque mañana por la mañana seré ya otro. ¿Qué creyente seré mañana? No lo sé, porque sería preciso estar allí para saberlo. Ni el Dios eterno en el que hoy creo la sabrá mañana ni hoy, porque hoy soy yo y mañana quizás ya no haya existido él nunca.

Leopoldo de Luis

Leopoldo de Luis

Me siento extraño

" Somos una costumbre, un gesto, un modo,
una manera de mirar, acaso.
Pequeños movimientos nos distinguen,
leves fórmulas marcan signos, rasgos
que se hacen peculiares nos conducen
por rutas diferentes a escenarios
de vida en que los viejos papeles suenan como
otro cuento distinto y necesario.

Me doy cuenta que estoy hecho de mínimos
materiales de vida moldeados
por antiguas liturgias, ritos graves,
ceremoniales de confusos hábitos
que me hacen lo que soy y ponen
su irremediable marca en mi costado.

Soy un pequeño mundo con sus normas,
sus leyes, sus funciones, sus mandatos,
su inevitable proceder, su modo
de respirar. No doy un sólo paso
que no proceda de una antigua historia
y que no esté a un sistema acomodado.

¿Será la forma de partir el pan,
como Emmaús? ¿Será como alzo el vaso
para el agua que bebo? Breves signos
caracterizan mi talante humano
y me hacen tan reducto de costumbre
y soledad, que ahora me siento extraño.

Y sin embargo sé que soy lo mismo,
que algo nos une irremediablemente,
que un recorrido igual está esperándonos
y una misma materia nos sostiene.

Hay una misma sangre, un mismo río
de vida golpeando en nuestras sienes
y una misma esperanza que se hace angustia
en la garganta y en el pecho siempre.

En los espejos cruzan de los ojos,
árboles, lagos, tierras diferentes,
pero una sola flor los unifica:
es la roja azucena de la muerte. "

13 de Mayo (anexo desde Itaca)

Tal día como hoy hace seis años, tuve un accidente de automóvil, del que afortunadamente salí ilesa y no perjudiqué a nadie. Más que de pajaritos, tenía mi cabeza llena de carroñeros buitres. Hoy, a estas alturas, me identifico con Hervé Joncour, personaje de Baricco en Seda, “contemplo mi destino de la misma forma en que la mayoría acostumbra contemplar un día de lluvia”.

15 de Mayo de 2006 (San Isidro nos ampare)

15 de Mayo de 2006 (San Isidro nos ampare)

Leo en el blog de Rosa Diéz, publicado en Basta Ya, un escrito de la eurodiputada que me ha dejado patidifuso. Confieso previamente, para limpiar mi pura y virginal conciencia de cualquier comentario pecaminoso, que todo el afecto entrañable que me merece el sufrimiento conocido de Rosa , nunca ha ido acompañado por mi admiración a su inteligencia en los análisis políticos y de otro orden, así que mi patidifuso estado puede ser atenuado por los antecedentes que reconozo de una manera ejemplar ante el mundo.

Como el artículo completo está aquí, destaco algunos *patidifusos párrafos* de su escrito titulado "ETA sigue":

1    Su visión [ la de E.T.A.] es muy importante

2    todo ... depende de "nuestra interpretación" de la voluntad de la banda terrorista.

3    analizar lo que dice [E.T.A.], de veras, ...es imprescindible para progresar adecuadamente...en el final del terrorismo.

Los anteriores párrafos reseñados corresponden al principio del escrito. El resto del artículo es el análisis o la *necesaria* *interpretación* de  Rosa de lo dicho por la banda en Gara tras *analizar* *de veras* las respuestas de dos gloriosos encapuchados.

Mis patidifusos estados de ánimo vienen determinados en un patidifuso contexto :

1    Doña Rosa no es partidaria de hablar con ETA.

2    Doña Rosa no es partidaria de pagar un precio político.

3    Doña Rosa no es partidaria de mesas fuera del Parlamento Regional.

Y como los estados patidifusos es lo que tienen, que te dejan patidifuso, simplemente me queda por reseñar que Doña Rosa debiera llamar a Gara, periódico regional, y agradecer que dos (¿o cuántos?) redactores del rotativo regional y teológico hayan tenido la gran idea de entrevistar a dos encapuchados chavalotes de la banda, ya que de otra manera Doña Rosa nunca nos hubiera deleitado con su análisis de las palabras encapuchadas de dos encapuchados teniendo en cuenta que ella no es partidaria de hablar con ETA.

Así que, terminando, hablar (uno en su mismidad) con ETA, no; pero interpretar a ETA (uno en su mismidad) sí. 

Doña Rosa es eurodiputada.

El tercer paisaje

JUAN CUETO

EL PAIS SEMANAL - 14-05-2006

Hubo un tiempo en el que las mejores páginas literarias de un novelista eran las que el lector siempre se saltaba: sus descripciones del paisaje. Dado que nuestra novela tardó tanto en llegar a la ciudad, hasta La Regenta y Galdós, no es extraño que durante buena parte del siglo XX los narradores españoles hayan sido los últimos maestros occidentales en el difícil arte de describir el primer paisaje, el de la naturaleza. La fotografía, el cine, la televisión, los vuelos charter e Internet le han quitado a la pintura y la novela aquella exclusiva que tenían hasta principios del siglo. El actual problema de los comparatistas e hispanistas es: ¿Son mejores nuestras actuales descripciones del paisaje urbano que las de los paisajes españoles de aquella naturaleza hoy reconvertida en parque natural protegido o en agricultura euro-subvencionada?

Hay varias teorías. La más pesimista dice que las descripciones españolas del segundo paisaje, el metropolitano, son bastante peores que las del primero y que se nota demasiado nuestra muy tardía incursión en la narrativa urbana porque, concluyen, aunque ya todo está urbanizado, la mayor parte de los literatos mayores de cincuenta han llegado tarde o de mala gana al segundo paisaje y cuando lo describen se limitan a reproducir las viejas figuras líricas sin que se les haya puesto la mirada pop. La novela metropolitana española existe y empieza a ser muy buena, pero parece ser exclusiva de los autores menores de treinta y pico, sobre todo en la descripción de los paisajes suburbanos o del extrarradio.

 

La segunda teoría dice que los paisajes españoles han cambiado y que en lugar de dos (el de la naturaleza y el del asfalto) habría otro más que describir. Aunque eso ya no sea un problema típicamente español porque nadie, ni aquí ni en Nueva York, le presta la menor atención narrativa a lo que ya se llama “el tercer paisaje”, como lo bautizó en su reciente manifiesto Gilles Clément, el ingeniero, botánico, escritor e inventor del célebre Jardín Planetario.

 

¿Qué hacer con ese tercer paisaje que no es urbano ni rural, que está más allá de los centros comerciales y del último cinturón de los adosados, pero tampoco es parque natural protegido ni paisaje agrícola subvencionado por la PAC (Política Agrícola Común)? Es cierto que en su día algo parecido al tercer paisaje simbolizó el arte de vanguardia del siglo XX: cuando el land art, las excursiones gasolineras de la beat generación y las road movies. Pero las novelerías y la peliculerías españolas nunca le han prestado demasiada atención al tercer paisaje; excepto algunos pintores abstractos castellanos y a pesar del caballo y la mula del Quijote, aquel 2CV que inauguró el on the road.

 

El otro día, en un vuelo nocturno que atravesaba la Península, descubrí dos cosas. Que a vista de pájaro (o de Dios) las poblaciones agrícolas de la meseta y alrededores, cuando parpadean sus luces, son figuras idénticas a la geometría de las neuronas aisladas tal y como las pintó Cajal por vez primera. Y que hay una inmensa tierra de nadie que nunca se menciona ni se describe entre esas desconectadas neuronas noctívagas mesetarias y las también nocturnas luces metropolitanas cuando te acercas a Barajas o El Prat, que desde arriba sus potentes luces semejan con igual precisión a las microgeometrías de un cáncer o cualquier tumor maligno, tal y como en House podemos comprobar.

 

A bordo de Iberia en mi transversal vuelo nocturno sobre la Península, con la frente pegada a la ventanilla, descubrí que somos muy ricos en materia de tercer paisaje desértico, mucho más que cualquier otro país de la UE, y sólo comparables en pequeña escala a ese inmenso tercer paisaje USA que en el siglo pasado generó tan magníficas vanguardias. Porque eso tan largo que hay entre nuestras desconectadas neuronas agrícolas y nuestros tumores metropolitanos on-line, ese espectacular e incomparable no mans land español, es exactamente lo que Clément llama el tercer paisaje y nadie sabe qué hacer con él.

 

No es un paisaje urbano ni rural, no es PAC ni pop, carece de explotación agrícola, de explotación turística y de especulación inmobiliaria, y es una inmensa frontera entre las desconectadas neuronas mesetarias y los tumores metropolitanos on-line. Ni siquiera es un territorio protegido, como esos parques naturales en los que está terminantemente prohibido tirar basuras y adjetivar como si no hubiera pasado un siglo.

 

¿Qué hacer con nuestro impresionante tercer paisaje, único en Eurolandia? Lo primero que habría que hacer es describirlo, luego ya veremos. Pero no olvidemos que un día del siglo pasado los jóvenes norteamericanos inventaron una épica de esa tierra de nadie y la describieron con moderna lírica contagiosa. Eso sí, tuvieron que salir de casa, subirse a la Harley o al Ford 49, abandonar la ciudad, el trabajo y la familia, mirar hacia Oriente y consumir mucha gasolina. Ya sé que las ideologías, el canon literario, las distancias y el precio del barril de Brent han cambiado mucho desde entonces, pero ahí abajo está, espléndidamente inédito, ese muy dominante tercer paisaje español que hace varios centenarios recorrió Cervantes a bordo de su Citroën 2CV.