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el mundo fragmentado

House and Cameron

 

Music Video done to Norah Jones' "Turn Me On" Centered around House M.D. characters, Greg house and Alison Cameron. First house music video

19 de Junio de 2006

19 de Junio de 2006

Mucho se ha debatido intelectualmente en el tiempo sobre la implicación personal en los sistema de terror. ¿No es una simplificación hablar *sólo* de Stalin, de Hitler, o de Franco? ¿El sistema, su arquitectura, es suficiente argumento para justificar, y ocultar en muchas ocasiones, la responsabilidad personal?

Los dos seres humanos de la foto son Javier García Gaztellu e Irantzu Gallastegi. Están siendo juzgados en la Audiencia Nacional por el asesinato de Miguel Angel Blanco, entre otras acciones revolucionarias al uso. Según sabemos, y nos indican sus rostros, no debemos mostrar ninguna preocupación por ellos. Se sienten plenamente responsables de sus acciones, acordes con el sistema de terror  implantado, sonrientes entre ellos y amables con sus familiares, igualmente sonrientes y amables con los inculpados.

Me parecería un error romper ese clima de armonía y serenidad que nos muestran en cada acudida a la Adiencia Nacional. Ellos se sienten bien con sus hechos y conciencia. Nosotros, resto de mortales, debemos respetarlo.

Si son condenados a 50 años, como pide el fiscal, no seré yo quien pida romper esa felicidad tan pornográficamente publicitada. Es más, cincuenta años me parecen poco ante la muestra de gratitud que adivinamos.

Julio Cortázar

Julio Cortázar

Rayuela.

Capítulo 68

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpaso en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

17 de Junio de 2006

17 de Junio de 2006

A doña Rosa Díez, eurodiputada , con afecto discrepante, tras leerle (1):

No es lo mismo ser hoy parlamentario, policía u obispo que serlo en el franquismo. Sin duda, hay oficios que en las dictaduras adquieren un brillo especial.

Un parlamentario nace en una urna. En el extremo superior de la porra que pega hay un tipo legítimo que da las órdenes. En la mitra de un obispo hay un concordato. La apreciación no es formal. Al menos no lo es para los que consideramos que la democracia no es un formalismo. En el escaño , en la porra y en la mitra hay un orden voluntariamente elegido. Aún más: adjudicar el mote de franquista a todo lo que nos repugna es mantener viva una ficción peligrosa: que la democracia es el cuento del lechero.

La democracia es, sobre todo, el lugar del conflicto. Incluso el de la brutalidad del conflicto. La democracia hace pupa. Llamar franquista a esa inexorable evidencia es seguir viviendo en la plena adolescencia moral. En un limbo donde el mal nunca nos emplaza ni nos atañe.

(1) LA IZQUIERDA DEMOCRÁTICA Y PATRIÓTICA
" Pertenezco a una generación de vascos que nunca ha vivido en libertad. Los primeros veinticinco años de mi vida los viví en la dictadura franquista; los siguientes veintinueve, bajo el régimen nacionalista. Defendiéndonos del nacionalismo violento, totalitario, ejercido por ETA. Y defendiéndonos también del nacionalismo institucional, obligatorio, asfixiante para todos aquellos que no somos nacionalistas."(Rosa Díez, Eurodiputada por el PSE)

Laurence Sterne

Laurence Sterne

El cadáver jovial

Si hace unas semanas hablé aquí de la desastrada y casi abandonada tumba del legendario bandolero Dick Turpin, en la ciudad de York, quizá no esté de más hacerlo hoy de otra, cercana, de un contemporáneo suyo por quien he tenido siempre especial debilidad: no en balde pasé un par de años remotos -de 1975 a 1977, vivía entonces en Barcelona- traduciendo su gran obra, de unas ochocientas endiabladas páginas, La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, más conocida por el nombre de su narrador a secas, y publicada por entregas entre 1760 y 1767. Su autor fue el inglés Laurence Sterne (aunque nació por azar en Irlanda), sin duda uno de los hombres más agudos, humorísticos y graciosos que se han dado en las letras. Y seguramente por eso no ha existido en la historia novela más cervantina que la mencionada. Por mucho que se empeñen en lo contrario nuestras autoridades políticas, académicas y literarias, y por mucho que Cervantes esté extraña y milagrosamente considerado como el escritor español por excelencia, la mayor parte de nuestra producción novelística posterior a él ha sido escrupulosamente anticervantina, es decir: realista, costumbrista (quienes hablan del Quijote como de una obra realista no deberían volver a abrir la boca interpretativa), sórdida, a menudo malcarada y zafia, casi siempre malhumorada, solemne y hasta tremenda. Sus herederos no están aquí –hoy, por Dios, menos que nunca-, sino sobre todo en Inglaterra, con Fielding y Sterne en primer lugar, luego con Dickens y Conan Doyle, y hasta con Chesterton.

La admiración de Sterne por Cervantes fue tan grande y confesa que a las puertas de la muerte, y al poco de haber comenzado un "romance" cómico que quedó sólo esbozado, manifestó su esperanza: "Cuando muera", dijo, "se pondrá mi nombre en la lista de esos héroes que, Cervantes a la cabeza, murieron haciendo bromas". No podía imaginar que su deseo se cumpliría incluso póstumamente, y que la broma proseguiría tras su fallecimiento, con las increíbles vicisitudes sufridas por su cadáver. Sterne vivía en Coxwold, una pequeña y apacible aldea a unas veinte millas de York, y se refugiaba en su grata casa, Shandy Hall, para escribir en paz una vez que la fama lo incitó a pasar temporadas en Londres y viajar por Francia e Italia. Sin embargo eligió morir en una decente posada londinense, y no en Coxwold, para no causar molestias ni preocupaciones "previas" a sus amistades. Así que en Londres fue enterrado, en un cementerio de Hanover Square. Pero en seguida corrió el rumor de que su cuerpo había sido robado por los llamados "resucitadores", es decir, ladrones y traficantes de cadáveres. Y pocos días más tarde, cuando el profesor de anatomía de la Universidad de Cambridge diseccionaba con entusiasmo un cuerpo, uno de los asistentes a la ceremonia, que había sido presentado a Sterne no mucho antes, destapó el rostro fiambre y, horrorizado al reconocerlo, se desmayó allí mismo. El profesor, al enterarse de cuán ilustre era la presa que había tenido bajo su escalpelo y su sierra, procuró que al menos se conservara el cuerpo y fuera devuelto a su intranquila tumba. De la calavera, en cambio, no se supo con certeza mucho hasta que, doscientos años después, en 1969, la benemérita y recién constituida Laurence Sterne Trust obtuvo permiso para cavar, y entre cinco cráneos por el terreno dispersos, logró identificar el del creador de Tristram Shandy: estaba serrado -señal de haber pasado por las manos de un anatomista- y su forma y dimensiones coincidían con las del busto de tamaño natural que el escultor Nollekens le había hecho en vida. Y; por fin juntos esqueleto y calavera, ambos fueron trasladados a Coxwold, su verdadero hogar, y enterrados de nuevo en la iglesia de St Michael, donde Sterne había soltado tantos sermones alegres, ingeniosos y excéntricos a lo largo de muchos años, para deleite y escándalo de sus feligreses.

Allí visité esa tumba este verano, al igual que la vecina Shandy Hall, encantadora casa con jardín, perfecta para escribir, que la Laurence Sterne Trust recuperó y rehabilitó hace años y convirtió en museo. En ella, shandianamente, varios ancianos -uno por estancia-, asaltan al visitante y, le guste a uno o no, le explican cuanto en cada una hay de explicable. En el despacho, recuerdo, no hubo forma de imaginar al escritor ante su escritorio, porque su silla la ocupó todo el rato el anciano perorador de turno, rico en disquisiciones y digresiones. Pero al fin y al cabo estas últimas fueron la divisa de Sterne: "I progress as I digress”, escribió; o lo que es lo mismo: "Progreso con las digresiones", avanzo a través de ellas. Me entero hoy de que se está rodando una película basada en Tristram Shandy, algo en verdad sorprendente en un mundo que lo cuenta todo a toda prisa y sin entretenerse, sin duda para poder olvidar lo contado a toda prisa también. Eso no sería posible, en cambio -uno lo nota, y hasta lo respira-, en un lugar tan jovial y tan apacible y sin tiempo como la nostálgica Shandy Hall.

Javier Marías
El País Semanal, 31 de octubre de 2004

Alopecia

JUAN JOSÉ MILLÁS

 

En la actualidad sólo se cultivan 150 especies agrícolas frente a las más de 7.000 utilizadas por el ser humano a lo largo de su historia. Tenemos menos semen, menos idiomas, menos escarabajos, menos palabras y, ahora, menos vegetales. De modo que lo que no conduce al pensamiento único, conduce a la dieta única, al idioma único, a la novela única... Así las cosas, los editores de títulos raros se han organizado para defender la bibliodiversidad, pues también en el territorio de la cultura escrita hay cada vez menos especies. El mundo no se acaba, pero implosiona como una goma elástica llevada al límite. En estos momentos, hay menos librerías que entonces, signifique lo que signifique entonces. Y menos piezas dentales, pues las mandíbulas son más pequeñas.

Dicen los expertos que a lo largo del último siglo ha desaparecido el 75% de los cultivos, lo que constituye una forma exagerada de alopecia. La Tierra se está quedando calva. Los que hayan perdido las tres cuartas partes de su pelo en los últimos años entenderán perfectamente de qué hablamos. No aprecias la importancia de la melena hasta que te quedas sin ella. En tales circunstancias, ¿quién nos asegura que no se han perdido días de la semana, meses del año, letras del alfabeto, números primos? Siempre sentí que entre el jueves y el viernes faltaba algo, lo mismo que entre el siete y el ocho. Son cosas que no se pueden demostrar, pero que se perciben como ciertas. Un amigo mío notaba un vacío entre él y su hermano mayor. Un día se enteró de que su madre había tenido entre ambos una niña rubia que murió al poco de nacer.

 

Total, que vas a la frutería (en el caso de que no hayan desaparecido, como las librerías) y notas que entre el pimiento y la lechuga falta algo. Falta, para ser exactos, el 75% de lo que debería haber. Por otro lado, la mitad de la población mundial sólo se alimenta de trigo y arroz. No es que esos miles de millones de personas hayan perdido el día domingo, que no sirve para nada, es que han perdido las patatas, los pimientos, los tomates, las berenjenas... La mitad de la humanidad, en fin, está a punto de perder a la otra media. Haga usted el favor de ponernos otra cerveza. Gracias.

EL PAÍS  -  Última - 16-06-2006

Canciones de amor

15 de Junio de 2006

15 de Junio de 2006

El primer café de la mañana me lo ha servido una chica rumana. Conozco su nacionalidad porque alguna vez le he oído responder que *no todas las rumanas somos iguales* , ante el comentario imposible de algún *cruzado*.

El otro café, el segundo, sobre las diez de la mañana, mientras esperaba la llegada de alguien, me lo ha servido una ecuatoriana. Hablaba de lo bien que se lo habían pasado en la plaza de toros de Vista Alegre, junto a la colonia de paisanos en Madrid , viendo la victoria de su selección en el Mundial en una pantalla gigante de televisión.

La coca light ( así estamos ),sobre las doce del mediodía, llegó con algún problema. Detesto todo los light (pero...) así que la soporto con algo que engañe su sabor, una rodaja de limón, por ejemplo, bastante hielo, también, en fin, cosas de la edad y las renuncias. Al camarero no le había dado tiempo todavía de dominar en español las palabras hielo y limón que, dado su origen croata, como me certificó el encargado del bar, se le resistian un poco.

- ¿Cuánto tiempo lleva en España?, le pregunté a ambos.

- Un mes, me respondió el encargado. 

Pues con otro mes más, nuestro amigo croata hablara un español con el mejor sabor de limón e hielo. Seguro.

El periódico habla hoy de identidades y territorios. Todo el papel y energía consumido sobre esta *terrible* cuestión , será superado por el paso del tiempo.Eso que algunos llaman Nación, otros apellidan Patria, y los más tímidos le apodan País, tiene sus días contados. Con sólo darse un paseo por la ciudad se puede comprobar.

Afortunadamente, añado.

Puzzle del tiempo.



Cada mañana, desde hace cuatro años, ella atrapa el tiempo a trocitos.

La foto pudiera ser el movimiento de reflejos y luces, de paisajes que van y vienen al encuentro de la viajera, a saludarla, desde el marco de una mañana - una mañana tras otra mañana - con el sabor dulce de lo que nace, de lo que llega.

Trocito a trocito yo he recompuesto el puzzle de todas esas mañana y me ha dado la medida perfecta de su tiempo.

Y entre los pliegues de cada trazo he descubierto el calor de su piel.

14 de Junio de 2006

14 de Junio de 2006

Quería un escorpión cruzar un río para huir.Como no sabía nadar fue por la orilla hasta encontrar a alguien que le ayudara, cuando se cruzó con una rana le dijo:

- Hola ranita, serías tan amable de cruzarme al otro lado del río.
- No, seguro que si te llevo encima me picarás.
- ¿Cómo iba a hacer yo eso? Si te pico nos hundiremos los dos.

La rana lo pensó y vio que lo que decía el escorpión era cierto, así que lo subió a su espalda para llevarlo.

Cuando estaban más o menos en medio del río, el escorpión le picó a la rana. Envenenada, empezó a hundirse ,y el escorpión con ella. Justo antes de morir la rana le pregunta:

- ¿Por qué lo has hecho?
- Porque soy un escorpión.

La ilusión se escribe 'al margen' de un libro

Alumnos publican con su profesora del taller de escritura de Arteaula, la novelista Nerea Riesco, un libro de 63 relatos

PILAR CHOZA  -  Sevilla

EL PAÍS - 09-06-2006

Es la segunda vez que publican un libro juntos. Los 13 autores de Al margen de la página presentan 63 relatos de diversos temas y estilos, nacidos de la clase semanal de dos horas que comparten en la academia Arteaula bajo la tutela de la escritora Nerea Riesco. "La clase va más allá de la cita semanal. Muchas veces, quedamos para compartir ideas y textos. Estoy muy ilusionado con este libro", afirma José Manuel Gómez Baena, miembro del aula de creación literaria y ganador de dos premios de escritura a raíz de su participación en este taller.

Gómez Baena es uno de los 12 alumnos participantes en este libro que han repetido experiencia en la academia, después de que el año pasado llegaran a publicar un primer recopilatorio de relatos Te diré y te contaré o la magia de lo imperfecto. "Mi hijo me lo recomendó cuando me jubilé. Ahora ya no digo que soy empleado de banca, sino que soy escritor", explica sonriente este narrador de historias.

 

Como él, otros 11 compañeros se han dejado llevar por las guías que Nerea Riesco les ha ido facilitando desde hace dos años: Mariano Jesús Alda, Lola B. Sousa, José Manuel Díaz Cerpa, Almudena Díaz Requena, Juan Carlos Fernández Merino, Clara González, Ángel Luis León, Ana Petralanda, María Gracia Ramírez, Marta Valenzuela y Fray Antonio de Sevilla son los otro once asistentes al taller. "Para mí no son alumnos, son compañeros", comenta Riesco, también profesora de Universidad y colaboradora en EL PAÍS. "Como empezamos el curso pasado, hemos avanzado mucho. Hay un nivel muy alto en la clase. Además, el margen de edad es muy amplio: hay participantes de 17 a 70 años. Lo bonito es que aunque son todos muy diferentes, el interés por escribir que les une es tan fuerte que hay muy buen ambiente siempre en el grupo", añade.

 

"Nadie te puede enseñar a escribir, pero sí a aprender unas técnicas", afirma contundente Clara González, una farmacéutica que asegura que, desde que entró en este grupo, ha descubierto su gusto por los relatos costumbristas. "Tocamos técnicas narrativas y géneros distintos, como los microrrelatos", añade esta mujer. Para Ángel Luis León, jerezano de 18 años, estudiante de Biología, la integración en este grupo ha supuesto un paso importante en su vocación de escritor. "Buscaba un ambiente de escritores, donde poder compartir lo que cuento", asegura el joven. "Somos escritores por nuestra forma de ver la vida, pues nos fijamos en los detalles en los que casi nadie se fija", sentencia.

 

Todos ellos han perdido el miedo al papel en blanco y se han enganchado al carro de la expresión escrita. "Al principio, nadie quería leer sus relatos en clase. A medida que pasaba el tiempo, teníamos que explicar primero la lección para asegurarnos de que la dábamos, porque tendíamos a ocupar todo el tiempo en la lectura de cada texto", recuerda Riesco. "El escritor está solo, pero espera que alguien comparta con él lo que escribe", añade Clara González.

 

Sin embargo, a pesar de haber publicado dos libros, a algunos de estos narradores les cuesta llamarse a sí mismos escritores. Uno de éstos es la propia Nerea Riesco, ganadora en 2004 del premio Ateneo Joven de Sevilla de Novela por su obra El país de las mariposas. "A mí aún me da vergüenza decir que soy escritora, porque se considera que la escritura es algo aparte de un empleo normal. Cuando una persona se entera de que escribo libros, me pregunta si le puedo regalar uno; y yo no veo que a Vitorio y Luchino se les pida que regalen trajes", se lamenta entre risas.

 

Al margen de la página es un título que responde a un proceso de creación. "Cuando me traen los textos siempre se los devuelvo con acotaciones en los márgenes; y esas anotaciones son muy importantes para los autores", explica la profesora. En esta ocasión, todo el proceso de creación del libro, desde el diseño a la edición, ha estado en manos de este equipo de escritores. El grupo de Arteaula espera lograr, con este libro, al menos, el mismo éxito que con el pasado, del que se agotó la primera edición. Para el año próximo, la clase se planteará un nuevo reto: escribir una novela conjunta.

 

 

 


 

El balancín de Murphy

El balancín de Murphy

ENRIQUE VILA-MATAS

EL PAÍS  -  Opinión - 10-06-2006

Ayer recordé que Ricardo Piglia decía en una entrevista que todos hemos pensado alguna vez qué hubiera pasado si nos hubiéramos acercado a esa mujer de otra manera, si hubiésemos hecho un gesto que no hicimos... Y creo también recordar que decía: "Pensamos en haber vivido lo que se vivió como si fuese un borrador, algo que puede ser transformado".

Desde ayer estoy encerrado repasando el diario o dietario voluble que he ido escribiendo en estos últimos meses, desde septiembre pasado. Y he acabado tomando la decisión de seleccionar algún fragmento de mi dietario y, al estilo de Petronio (que se atrevió a vivir lo que previamente había escrito), aventurarme a vivir alguno de esos fragmentos; en mi caso, atreverme a vivirlos de nuevo, corrigiéndolos, si es necesario. Como si la literatura tuviera esa notable ventaja sobre la vida: la de que uno puede volver atrás y corregir.

Inspecciono las primeras líneas de mi dietario. Fueron escritas el 1 de septiembre del año pasado: "Amanece en mi cuarto de las ventanas altas de la Travesía del Mal cuando, al inaugurar este cuaderno rojo de notas o dietario que escribiré desde Barcelona y otras ciudades nerviosas, me pregunto cuál es mi nombre, quién escribe, y se me ocurre que mi cuarto es como una cavidad craneal de la que surjo como un ciudadano inventado".

Inmediatamente ha surgido la pregunta: ¿cómo diablos hacerlo para vivir esas frases tan sumamente literarias? Estoy en el mismo cuarto donde las escribí, pero me resulta difícil, por ejemplo, experimentar la sensación de que mi despacho es como una cavidad craneal de la que surjo como un ciudadano inventado.

Me doy cuenta de que todas esas frases con las que inauguré mi dietario no son trasladables a la vida, son pura literatura. ¿O es que acaso puedo moverme ahora por mi gabinete de trabajo pensando que lo hago por una cavidad craneal? Para revivir esas frases que redacté en septiembre no me queda más remedio que limitarme a volver a escribirlas exactamente igual a como las escribí, ser un Pierre Menard de mí mismo. Con esas frases no puedo salir nunca de un círculo tiránico. Como consecuencia de todo esto, bostezo ampliamente. Y de pronto se obra el milagro: logro pasar a mi vida lo escrito. Y es que al abrir tanto la boca, encuentro la mejor fórmula para sentir como vividas esas frases mías tan literarias: yo mismo me ensancho y me agrieto como un abismo y, es más -agradable experiencia- me mimetizo con el vacío.

En el recuerdo me queda ya tan sólo la cavidad craneal, que en estos precisos instantes estoy depositando imaginariamente sobre mi escritorio, como quien coloca su cabeza sobre su mesa de trabajo. Como consecuencia de todo esto, me acuerdo de Samuel Beckett, de los días en que había dado ya radicalmente por terminada su obra y actuaba como si conociera este aforismo de Canetti: "El sabio olvida su cabeza". Se la dejaba siempre olvidada -la cabeza- en un balancín, el único que tenía en su casa, el mismo con el que se había balanceado a gusto escribiendo Murphy. La olvidaba, pero pronto volvía a por ella, volvía a por su cabeza.

Un día cometió el error de salir a la calle. Y la cabeza le jugó una mala pasada en pleno centro de París. Se vio con su cabeza entre las manos. Y allí no había balancín. Y luego vino lo peor: la llegada intempestiva de una frase. La frase irrumpió sin pedir permiso mientras él cruzaba el bulevar Saint-Germain. "Una noche, sentado a su mesa con la cabeza entre las manos, se vio levantarse y marchar", decía la frase. En los días que siguieron, la frase rondó todo el tiempo su cabeza. Pedía ser escrita, pero Beckett se resistía a hacerlo. Era una frase solitaria, que exigía ser continuada, y eso le reconducía de nuevo a la escritura. Era una trampa del bulevar Saint-Germain. "Nunca la escribiré", pensó Beckett. Pero aquella misma noche, sentado en su mecedora, la anotó. No se entiende bien a Beckett sin la mecedora de Murphy y sin su tendencia a seguir balanceándose y escribiendo cuando ya había dado por terminada la obra.

"Una noche, sentado a su mesa...". Pasó días obsesionado por esta frase inicial. Se vio levantarse y marchar. Pero ¿marchar adónde? ¿Lejos de su cavidad craneal? ¿Lejos de la mecedora? Se sabe que trataba de dar por hecho que era el bulevar el que le había tendido la trampa y quería que volviera a escribir. El caso era que no avanzaba; sucedía que felizmente no le llegaba ninguna frase detrás de la primera, de aquella frase obsesiva que ya había anotado. Mucho mejor así, pensaba. No hacía mucho que había dado por clausurada su obra con la trilogía de Nohow On. Pero la maldita frase ya escrita siguió rondándole. Decidió que haría hasta lo indecible para no pensar más en ella y que, si esto no era posible, en todo caso dejaría a esa frase siempre dentro de su cavidad craneal, en la mecedora. Pero de nada le sirvieron los planes, las precauciones. El balancín iba en su cabeza cuando él salía a la calle. Y así fue cómo un día, en pleno centro de París, la trampa del bulevar se balanceó tambaleante como la sombra del último vagabundo de alguna de sus historias. La trampa contenía la misma frase de siempre, la frase sin continuidad. Pero la mecedora le dio un vuelco a la frase, la movió hasta extenuarla en pleno bulevar y encontró Beckett de golpe al balancín de Murphy, a la cabeza y algunas frases nuevas, todo al mismo tiempo: "Una noche, sentado a su mesa con la cabeza entre las manos, se vio levantarse y marchar. Una noche o un día. Pues cuando se apagó su luz no quedó a oscuras. Una luz de cierta especie se filtraba entonces por la única ventana alta".

Una hora después, ya en su casa, esas nuevas frases pasaban a ser escritas en la penumbra. Y la verdad es que hoy aquel texto me parece el goteo último de un grifo inútil en la peor penumbra que han conocido las palabras. Muchas noches, aquí en mi gabinete, se me ocurre leerlo sentado en mi balancín, que es un entrañable recuerdo de infancia, mi personal trineo Rosebud. A veces levanto la vista del libro y pienso en Beckett y en sus días finales en el asilo y en esa salvajada de ser un anciano cualquiera sin familia. Aunque pronto me resulta fácil ver que lo más negativo siempre me provoca la risa, debe ser el humor del balancín de Murphy: "Nombrar, no, nada es nombrable, decir no, nada es decible, entonces qué, no sé, no tenía que haber comenzado".


 

POEMA 07... INCLINADO EN LAS TARDES...



Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes
a tus ojos oceánicos.

Allí se estira y arde en la mas alta hoguera
mi soledad que da vueltas los brazos como un
náufrago.

Hago Rojas señales sobre tus ojos ausentes
que olean como el mar a la orilla de un faro.

Sólo guardas tinieblas, hembra distante y mía,
de tu mirada emerge a veces la costa del espanto.

Inclinado en las tardes echo mis tristes redes
a ese mar que sacude tus ojos oceánicos.

Los pájaros nocturnos picotean las primeras
estrellas
que centellean como mi alma cuando te amo.

Galopa la noche en su yegua sombría
desparramando espigas azules sobre el campo.
(Pablo Neruda)

Italo Calvino

Italo Calvino

el jardín encantado

      Giovannino y Serenella caminaban por las vías del tren. Abajo había un mar todo escamas azul oscuro azul claro; arriba un cielo apenas estriado de nubes blancas. Los rieles eran relucientes y quemaban. Por las vías se caminaba bien y se podía jugar de muchas maneras: mantener el equilibrio, él sobre un riel y ella sobre el otro, y avanzar tomados de la mano. 0 bien saltar de un durmiente a otro sin apoyar nunca el pie en las piedras. Giovannino y Serenella habían estado cazando cangrejos y ahora habían decidido explorar las vías, incluso dentro del túnel, jugar con Serenella daba gusto porque no era como las otras niñas, que siempre tienen miedo y se echan a llorar por cualquier cosa. Cuando Giovannino decía: “Vamos allá”, Serenella lo seguía siempre sin discutir.
      ¡Deng! Sobresaltados miraron hacia arriba. Era el disco de un poste de señales que se había movido. Parecía una cigüeña de hierro que hubiera cerrado bruscamente el pico. Se quedaron un momento con la nariz levantada; ¡qué lástima no haberlo visto! No volvería a repetirse.
      —Está a punto de llegar un tren —dijo Giovannino.
      Serenella no se movió de la vía.
      —¿Por dónde?—preguntó.
      Giovannino miró a su alrededor, con aire de saber. Señaló el agujero negro del túnel que se veía ya límpido, ya desenfocado, a través del vapor invisible que temblaba sobre las piedras del camino.
      —Por allí —dijo. Parecía oír ya el oscuro resoplido que venía del túnel y vérselo venir encima, escupiendo humo y fuego, las ruedas tragándose los rieles implacablemente.
      —¿Dónde vamos, Giovannino?
      Había, del lado del mar, grandes pitas grises, erizadas de púas impenetrables. Del lado de la colina corría un seto de ipomeas cargadas de hojas y sin flores. El tren aún no se oía: tal vez corría con la locomotora apagada, sin ruido, y saltaría de pronto sobre ellos. Pero Giovannino había encontrado ya un hueco en el seto.
      —Por ahí.
      Debajo de las trepadoras había una vieja alambrada en ruinas. En cierto lugar se enroscaba como el ángulo de una hoja de papel. Giovannino había desaparecido casi y se escabullía por el seto.
      —¡Dame la mano, Giovannino!
      Se hallaron en el rincón de un jardín, los dos a cuatro patas en un arriate, el pelo lleno de hojas secas y de tierra. Alrededor todo callaba, no se movía una hoja. “Vamos” dijo Giovannino y Serenella dijo: “Sí”.
      Había grandes y antiguos eucaliptos de color carne y senderos de pedregullo. Giovannino y Serenella iban de puntillas, atentos al crujido de los guijarros bajo sus pasos. ¿Y si en ese momento llegaran los dueños?
      Todo era tan hermoso: bóvedas estrechas y altísimas de curvas hojas de eucaliptos y retazos de cielo, sólo que sentían dentro esa ansiedad porque el jardín no era de ellos y porque tal vez fueran expulsados en un instante. Pero no se oía ruido alguno. De un arbusto de madroño, en un recodo, unos gorriones alzaron el vuelo rumorosos. Después volvió el silencio. ¿Sería un jardín abandonado?
      Pero en cierto lugar la sombra de los árboles terminaba y se encontraron a cielo abierto, delante de unos bancales de petunias y volúbilis bien cuidados, y senderos y balaustradas y espalderas de boj. Y en lo alto del jardín, una gran casa de cristales relucientes y cortinas amarillo y naranja.
      Y todo estaba desierto. Los dos niños subían cautelosos por la grava: tal vez se abrirían las ventanas de par en par y severísimos señoras y señores aparecerían en las terrazas y soltarían grandes perros por las alamedas. Cerca de una cuneta encontraron una carretilla. Giovannino la cogió por las varas y la empujó: chirriaba a cada vuelta de las ruedas con una especie de silbido. Serenella se subió y avanzaron callados, Giovannino empujando la carretilla y ella encima, a lo largo de los arriates y surtidores.
      —Esa —decía de vez en cuando Serenella en voz baja, señalando una flor.
      Giovannino se detenía, la cortaba y se la daba. Formaban ya un buen ramo. Pero al saltar el seto para escapar, tal vez tendría que tirarlas.
      Llegaron así a una explanada y la grava terminaba y el pavimento era de cemento y baldosas. Y en medio de la explanada se abría un gran rectángulo vacío: una piscina. Se acercaron: era de mosaicos azules, llena hasta el borde de agua clara.
      —¿Nos zambullimos? —preguntó Giovannino a Serenella.
      Debía de ser bastante peligroso si se lo preguntaba y no se limitaba a decir: “¡Al agua!”. Pero el agua era tan límpida y azul y Serenella nunca tenía miedo. Bajó de la carretilla donde dejó el ramo. Llevaban el bañador puesto: antes habían estado cazando cangrejos. Giovannino se arrojó, no desde el trampolín porque la zambullida hubiera sido demasiado ruidosa, sino desde el borde. Llegó al fondo con los ojos abiertos y no vela mas que azul, y las manos como peces rosados, no como debajo del agua del mar, llena de informes sombras verdinegras. Una sombra rosada encima: ¡Serenella! Se tomaron de la mano y emergieron en la otra punta, con cierta aprensión. No había absolutamente nadie que los viera. No era la maravilla que imaginaban: quedaba siempre ese fondo de amargura y de ansiedad, nada de todo aquello les pertenecía y de un momento a otro ¡fuera!, podían ser expulsados.
      Salieron del agua y justo allí cerca de la piscina encontraron una mesa de ping—pong. Inmediatamente Giovannino golpeó la pelota con la paleta: Serenella, rápida, se la devolvió desde la otra punta. jugaban así, con golpes ligeros para que no los oyeran desde el interior de la casa. De pronto la pelota dio un gran rebote y para detenerla Giovannino la desvió y la pelota golpeó en un gong colgado entre los pilares de una pérgola, produciendo un sonido sordo y prolongado. Los dos niños se agacharon en un arriate de ranúnculos. En seguida llegaron dos criados de chaqueta blanca con grandes bandejas, las apoyaron en una mesa redonda debajo de un parasol de rayas amarillas y anaranjadas y se marcharon.
      Giovannino y Serenella se acercaron a la mesa. Había té, leche y bizcocho. No había más que sentarse y servirse. Llenaron dos tazas y cortaron dos rebanadas. Pero estaban mal sentados, en el borde de la silla, movían las rodillas. Y no lograban saborear los pasteles y el té con leche. En aquel jardín todo era así: bonito e imposible de disfrutar, con esa incomodidad dentro y ese miedo de que fuera sólo una distracción del destino y de que no tardarían en pedirles cuentas.
      Se acercaron a la casa de puntillas. Mirando entre las tablillas de una persiana vieron, dentro, una hermosa habitación en penumbra, con colecciones de mariposas en las paredes. Y en la habitación había un chico pálido. Debía de ser el dueño de la casa y del jardín, agraciado de él. Estaba tendido en una mecedora y hojeaba un grueso libro ilustrado. Tenía las manos finas y blancas y un pijama cerrado hasta el cuello, a pesar de que era verano.
      A los dos niños que lo espiaban por entre las tablillas de la persiana se les calmaron poco a poco los latidos del corazón. El chico rico parecía pasar las páginas y mirar a su alrededor con más ansiedad e incomodidad que ellos. Y era como si anduviese de puntillas, como temiendo que alguien pudiera venir en cualquier momento a expulsarlo, como si sintiera que el libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la merienda y la piscina y las alamedas le fueran concedidos por un enorme error y él no pudiera gozarlos y sólo experimentase la amargura de aquel error como una culpa.
      El chico pálido daba vueltas por su habitación en penumbra con paso furtivo, acariciaba con sus blancos dedos los bordes de las cajas de vidrio consteladas de mariposas y se detenía a escuchar. A Giovannino y Serenella el corazón les latió aún con más fuerza. Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre la casa y el jardín, sobre todas las cosas bellas’51 y Cómodas, como una antigua injusticia.
      El sol se oscureció de nubes. Muy calladitos, Giovannino y Serenella se marcharon. Recorrieron de vuelta los senderos, con paso rápido pero sin correr. Y atravesaron gateando el seto. Entre las pitas encontraron un sendero que llevaba a la playa pequeña y pedregosa, con montones de algas que dibujaban la orilla del mar. Entonces inventaron un juego espléndido: la batalla de algas. Estuvieron arrojándoselas a la cara a puñados, hasta caer la noche. Lo bueno era que Serenella nunca lloraba.

(Los amores díficiles)

9 de Junio de 2006

9 de Junio de 2006

 

Ante la manifestación demagógica, manipulada, falsa e impúdica de mañana sólo quiero decir :

¡ Sí EN MI NOMBRE !

¡ SÍ AL PROCESO DE PAZ !

(Un grupo de fascistas, con cara de votar al Pp, se han dedicado a boicotear el blog de Eduardo Madina, diputado socialista, víctima de un atentado de ETA en el que perdió una pierna. El terrible delito de Madina para esta camada de fachas es no estar en los postulados de la AVT, es decir, Alcaraz, es decir, Pp, y apostar, como cualquier persona decente, por la confianza en un gobierno democrático en su lucha contra el terrorismo, como ya ocurriera con el anterior gobierno de Aznar, que incluye, conforme a la resolución del parlamento de mayo 2005, este proceso de paz en marcha. Muchos de estos fascistas se manifestarán mañana por Madrid pidiendo dignidad para las víctimas cuando, como queda meridianamente claro, las víctimas, todas, les importan un carajo. Lo de esta derecha es ya golpe de estado puro y duro, aunque ahora no tienen ejército que les haga el juego sucio de su indignidad.) 

8 de Junio de 2006

8 de Junio de 2006

" Los grupos parlamentarios socialista y popular se opusieron ayer a la iniciativa presentada por IU-ICV para establecer un procedimiento que permita "de forma rápida y con garantías" causar baja de las religiones (apostasía), "a todos los efectos legales y económicos posibles". En su proposición no de ley, debatida en la comisión de Justicia del Congreso de los Diputados, IU-ICV defendió que el procedimiento estableciera también que se supriman los datos personales que obren en los registros de la Iglesia". (El País.es, 8-06-06) 

Todavía perplejo por la negativa del grupo socialista a la iniciativa de IU-ICV, me permito opinar :

1 La Iglesia Católica española se beneficia de su pasado *histórico* español para : a) mantener una posición dominante sobre otras religiones en los acuerdos con el Estado; b) recibir subvenciones del Estado; c) hablar en nombre de una sociedad plural como la española; d) condicionar los avances en derechos civiles.

2 En la medida que no me preguntaron si deseaba entrar en el selecto club de los *salvadores de almas*, pues me apetece condenarme eternamente en los infiernos, solicito un canal rápido, libre, claro y público para darme de baja. No quiero pertenecer a un club donde se admitan a sacerdotes u otras especies melancólicas.

3 No quiero contribuir con mi estadística bautismal a que la Iglesia Católica española reciba ni un euro más del debido. Que los melancólicos financien sus melancolías.

4 Ni Dios ni Patria ni Rey. No sólo soy ateo sino anticlerical.

Jorge Luis Borges

Funes El Memorioso
(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)



         Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
         Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
         Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
         Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
         Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
         No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:
         El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
         En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
         Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
         Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
         Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
         Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
         La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando..
         Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas... Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
         Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
         Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
         Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
         La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
         Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
         Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

6 de Junio de 2006

6 de Junio de 2006

 ¡MAS MADERA!

La alternativa a los errores del Gobierno en el llamado *proceso de paz* no es Angel Acebes. La alternativa a esos posibles errores es conseguir que no se cometan errores. Cuando la derecha española equipara a un Gobierno democrático con ETA, como acaba de hacer Angel Acebes, sólo está consiguiendo darnos la medida de su propia estupidez ( utilizo la palabra *estupidez* como la más generosa que encuentro a tanta desmesura). Si el exministro del Interior creyera lo que dice, algo que los españoles sabemos que es  un imposible dado su pasado, debería pedir a continuación que el mundo político se parase en su vida académica diaria, para proceder contra un Gobierno terrorista. No lo hará: es mentira. Acebes hace tiempo que no se cree ni sus propias palabras, es pura consigna, intento de desestabilización desde que el poder se le escapara torpemente, pero democráticamente, entre los dedos de su propia estulticia. Es sólo rencor.

La crispación que la derecha española ha instalado en la vida política  puede llevar a situaciones no deseadas. Por ejemplo, ¿se ha preguntado Rajoy, caso de llegar al poder, cómo será la respuesta de la izquierda sociológica a su posible política antiterrorista? Las reglas del juego las ha roto la derecha desde el mismo día que negó la legitimidad de este Gobierno y comenzó una estrategia que hiciera de la legislatura algo breve y sin sentido. Poner al ejecutivo contra las cuerdas, día a día, en algo tan sensible y complicado como es el final del terrorismo, tendrá, tarde o temprano, un alto precio que pagar para la derecha de este país. Si Rajoy y su gente creen que al día siguiente de su posible llegada al poder toda la crispación sembrada terminará sin mayores complicaciones es que no conocen la realidad de este país. Y si no les sirve tanto incendio diario para volver al poder no durarán ni cinco segundos en ser expulsados por los mismos que ahora les venden la gasolina y las cerillas.

La derecha volverá a creer el sábado 10 que España es la plaza de Colón de Madrid. Volverá a mentirse pensando esa ficción que les lleva a creer que unos cientos de miles representan una realidad mucho más compleja que sus simplificaciones. Gustará o no, pero los nacionalismos existen, como existe una amplia base de izquierda que jamás abandonará al PSOE por mucha proclama incendiaria que Acebes haga desde su militancia legionaria.

Y esta derecha tiene mucha prisa. Sabe que el tiempo juega en contra de ella. Sus apocalípticos presagios no se cumplirán, pues carecen de base, y será el propio electorado quien lo compruebe pasado el tiempo. La derecha quiere que todo estalle aquí y ahora, y en ello está aplicando toda su estrategia. Ya sólo le sirven los incendios para sobrevivir a su propio discurso. Ya sólo pide a gritos más madera.

6 de Junio de 2006

6 de Junio de 2006

 (Annie Hall, 1977)

«Me acordé de aquel viejo chiste, ya saben, es la historia de aquel tipo que va al psiquiatra y le dice:

-  "Doctor, mi hermano está loco. Cree que es una gallina",

y el doctor le responde:

- "¿Por qué no lo interna?",

 y el hermano replica:

-"Lo haría, pero necesito los huevos".

 Pues bien, así es poco más o menos como suelo ver las relaciones. Completamente irracionales, locas y absurdas; pero creo que las mantenemos porque... la mayoría de nosotros necesitamos los huevos.»

 (Woody Allen, monólogo final)

5 de Junio de 2006

Hace un año, 18 de Mayo de 2005, que la derecha española decidió oponerse al proceso de paz. Hace un año que votaron NO a esta resolución del parlamento que es copia del Pacto de Ajuria Enea que  firmara AP , con Fraga a la cabeza, y junto al resto de la totalidad de fuerzas políticas. 

Resolución del Parlamento Español del 18 de Mayo de 2005

"Desde hace varias décadas hemos sufrido el terrorismo de ETA. Durante todos estos años hemos sostenido un combate duro y dificil. Hoy, la fortaleza del Estado de Derecho es mayor que nunca, y, consecuentemente, aunque ETA pude seguir atentando, es mayor que nunca su debilidad.

En el proceso histórico de lucha contra el terrorismo en España ha habido una determinacion absoluta para defender la vida y la libertad, para honrar a las víctimas y para acabar con la violencia definitivamente. En ese ya largo camino, los avances producidos se han debido esencialmente a la firmeza democrática de la sociedad y a la acción sostenida de tres factores básicos de la lucha antiterrorista: la labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad, la cooperación internacional y la unidad y los acuerdos de las fuerzas democráticas, que siempre incluyeron una serie de principios, que los grupos políticos presentes en el Congreso de los Diputados, en el Debate del Estado de la Nación de Mayo de 2005, queremos manifestar:

1. Reiteramos que la violencia terrorista, es decir, el asesinato, las agresiones, la extorsión económica, la amenaza y cualesquiera otras formas de intimidación y chantaje, como métodos de una pretendida acción política, son moralmente inaceptables y absolutamente incompatibles con la democracia.

Nuestro rechazo firme a la violencia terrorista responde a nuestras convicciones democráticas, a nuestra fe en la razón y en la palabra, en la vida y en la libertad y se basa en la profunda y radical falta de legitimidad de quien intenta, mediando la violencia, imponer cualquier idea u objetivo a la voluntad del pueblo, a la soberanía de los ciudadanos.

2. Expresamos nuestra convicción de que el Estado de Derecho ha demostrado su fortaleza y superioridad frente al terrorismo. A ETA sólo le queda un destino: disolverse y deponer las armas. Ésta es la exigencia de la ciudadanía vasca y esta es también la actitud de la totalidad de los grupos parlamentarios del Congreso de los Diputados. Por eso, y convencidos como estamos de que la política puede y debe contribuir al fin de la violencia, reafirmamos que, si se producen las condiciones adecuadas para un final dialogado de la violencia, fundamentadas en una clara voluntad para poner fin a la misma y en actitudes inequívocas que puedan conducir a esa convicción, apoyamos procesos de diálogo entre los poderes competentes del Estado y quienes decidan abandonar la violencia, respetando en todo moemtno el principaio democrático irrenunciable de que las cuestiones políticas deben resolverse únicamente a través de los representantes legítimos de la voluntad popular. La violencia no tiene precio político y la democracia española nunca aceptará el chantaje.

3. Manifestamos nuestra plena determinación por trabajar juntos en la finalización definitiva de la violencia terrorista. Creemos que a la fortaleza del Estado de Derecho en la lucha contra el terrorismo hay que añadir una condición impresindible: la unidad democrática de los partidos políticos y que eso significa la eliminación de la confrontación partidaria en la política antiterrorista. Por ello queremos formalizar solemnemente nuestra voluntad de eliminar del ámbito de la legítima confrontación politica o electoral entre los partidos las políticas para acabar con el terrorismo.

4. Expresamos nuestra solidaridad con las Víctimas del Terrorismo. Ellas son la memoria, el recuerdo, la constatación presente y continua del sufrimiento, de la brutal injusticia que ha provocado el terrorismo de ETA. Sabemos que la democracia nunca podrá devolverles lo que han perdido, pero estamos dispuestos a que reciban el reconocimiento y la atención de la sociedad española. La Ley de Solidaridad con las Víctimas del Terrorismo ha sido una expresión unánime y cualificada de reconocimiento moral y material. Pero nuestras obligaciones no han terminado. Debemos esforzarnos por preservar su memoria, por establecer un sistema de atención cotidiana y permanente. Su colaboración con la sociedad española en la batalla contra el terrorismo sigue siendo necesaria, ya que nadie mejor que las víctimas para defender los valores de convivencia y respeto mutuo que quieren destruir aquéllos que les han infligido tal sufrimiento.

5. Seguiremos apoyando al conjunto de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado: Guardia Civil, Policía Nacional y la Ertzaintza, porque de su capacidad y eficacia depende la erradicación de la violencia, tal y como se está comprobando estos últimos años en la progresiva desarticulación operativa de la banda terrorista. La acción policial erradica el terrorismo, previene los atentados, prersigue a los autores y protege los principios que conforman la convivencia democrática, especialmente el derecho a la vida.

6. Expresamos nuestra convicción de que la colaboración internacional, particularmente en el seno de la Unión Europea, entre los Gobiernos y los distintos poderes judiciales es indispensable para la erradicación de la violencia, a fin de prevenir la comisón de nuevos atentados y evitar la impunidad de quienes los cometen.

7. Una vez más queremos destacar la extraordinaria sensatez y moderación con que la sociedad ha reaccionado ante las agresiones terroristas, dando un ejemplo de talento y generosidad que han resultado vitales para el triundo de la democracia sobre la barbarie terrorista. Llamamos a todos los ciudadanos para que, individualmente y a través de las asociaciones y agrupaciones de la sociedad civil en que se integran, asuman sus responsabilidades y trabajen por la desaparición de las actitudes fanáticas, intolerantes y violentas y por la consolidación de la libertad.

El transcurso del tiempo ha demostrado la vigencia de estos principios. Hoy, constatada la creciente debilidad del terrorismo, gracias a la tenacidad de quienes durante años lo hemos combatido, hacemos un llamamiento para fortalecer la unidad de las fuerzas políticas en torno a tales principios y acciones, que han demostrado su eficacia."