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el mundo fragmentado

25 de enero (bis)

Kapuscinski

 

El honor perdido del periodismo

CUANDO por fin consiga poner los pies en Addis Abeba aguzaré el oído para escuchar el ladrido de los perros de los que habla Ryszard Kapuscinski en «El emperador», un libro que a través de los siervos, aterrados, humillados y ofendidos de Haile Selasie, retrata una pesadilla contemporánea, la del poder en una encarnación extrema. Un mundo atroz que parecería pura novela si no fuera porque su autor no necesitó inventar nada, sino acercarse a los que sabían para preguntar y transcribir estampas que Franz Kafka hubiera reconocido y celebrado. Lo devoré entre el 21 y el 24 de mayo de 1998, mientras viajaba entre Kigoma, en Tanzania, y Bujumbura, la capital de Burundi, ámbitos explorados minuciosamente por Kapuscinski, que hizo de África uno de sus territorios favoritos. Kafka se limitó a imaginar algunos horrores perfectamente humanos, pero antes y después ha habido muchos seres dedicados a perfeccionarlos. La jugosa primacía de la novela sobre la realidad, un sujeto mucho más trabajoso e indomable que la fantasía, hace que se postergue en el escalafón a quienes como Kapuscinki se empeñaron en el relato de los hechos, un oficio que requiere siempre de otra agotadora vuelta de tuerca que muy pocos están dispuestos a dar, y más cuando hay que enfangarse en caminos de los que nunca se sabe si se va a poder salir ileso, y de donde en cualquier caso nunca sales del todo incólume. Su primer viaje a África lo hizo el reportero de la agencia de noticias PAP en 1958 y, como imaginaba, no se aloja -como la inmensa mayoría de los enviados del primer mundo- en hoteles que son calco de Occidente y por lo tanto islas frente a la realidad, sino en una balsa, pensiones pegadas a la miseria. Cuando se internaba no iba cargado de prejuicios, sino con los ojos y los oídos abiertos de par en par, dispuesto a hablar y a sentarse a beber en los bares africanos, que son faro y eje de la verdadera vida social, bares donde a Patricio Lumumba le gustaba hablar y convencer.En otro de esos libros que arrojan luz sobre las múltiples facetas de nuestra ignorancia, titulado «El sha o la desmesura del poder», nos encontramos a Kapuscinski abrumado en su habitación de Teherán con la cama desbordada de fotografías, periódicos, libros y cintas magnetofónicas. Asomado al desastre iraní que acabaría por abrir la puerta a Jomeini y sus almuédanos, Kapuscinski escucha y luego describe como lo haría un miniaturista, y lo hace como quienes si no contaran dejarían de respirar: apasionadamente. Kapuscinski conoce el terreno que pisa, porque antes de emprender el viaje se ha empapado hasta la médula de la geografía y de la historia, ha leído, estudiado y escuchado, para luego seguir leyendo, estudiando y escuchando. Kapuscinski tenía lo que hay que tener para ser un extraordinario reportero: humildad para ponerse a la altura de los ojos de su interlocutor, soberano o enterrador; la exactitud de un entomólogo, un historiador o un astrónomo, «para que ningún lector pueda corregirte y demostrar que no sabes de qué hablas, dejarte en evidencia y en entredicho todo lo escrito»; curiosidad insaciable (cómo si no iba a volver a perderse una y otra vez bajo soles como espinas, fríos como sierras); valor para ponerse a prueba jugándosela donde ya no queda nadie para contarlo, nadie con un altavoz donde propagar lo que se ha visto y no se pierda, sufrimiento inútil, dolor derramado para nada; compasión hacia quienes no sólo suelen sufrir la historia, y mucho menos para hacerla suya, para cambiar su destino; resistencia frente a las adversidades, los flacos presupuestos, la desidia o la pereza de los jefes alejados de los campos de batalla o de los campos de algodón; perseverancia para comprobar hasta el último rasguño y el último dato, para que no quede el relato cojo, incompleto, falso por ese mal tan extendido que deduce que «da lo mismo», cuando ahí reside el principio de nuestro deshonor, y estilo: el de su alma, la de un hombre cercano capaz de encender hogueras de palabras que calientan e iluminan más que el fuego.Porque no era cierto que el sueño de la razón engendre monstruos, sino que es precisamente cuando nos adormecemos, cuando dejamos que la sinrazón se apropie del discurso, quien aguija a la bestia que todos atesoramos. Fue Arcadi Espada el último en hacerse eco de esa verosímil lectura de la pintura de Goya que tantas ebrias interpretaciones ha venido cosechando para nuestra desgracia. El mismo Espada que extrajo de una entrevista con Kapuscinski su desolador diagnóstico del estado del periodismo: «los medios han difundido la consigna, la lucha no da resultado». Es decir, que es inútil resistirse, no hay nada que hacer, estamos ya vencidos de antemano. A pesar de esa pesadumbre, Ryszard Kapuscinski ha seguido escribiendo como Nadiezdha Mandelstam, «contra toda esperanza».No era comunista, pero en su escritura se rastrea la profunda indignación moral que provoca la injusticia. No la pena, no la lástima que tasa desde una peana moral, de un paternalismo eurocéntrico que Kapuscinski desdeñaba. Tampoco desde una elaborada estética, sino partiendo de una cualidad esencial, la que le hacía mimetizarse con la materia a tratar. La que le hacía volver una y otra vez al mismo hotelucho de Accra, lejos del resplandor del poder y de las camadas de colegas que caen sobre un asunto como perros de presa y luego lo abandonan a su suerte. Kapuscinski se quedaba cuando ya no quedaba nadie, que es cuando de verdad empiezan las historias, cuando los crímenes ocurren sin testigos, cuando las víctimas mueren en silencio, en ese olvido que está urdido por nuestra comodidad, entretenida en el asunto que más nos interesa: nosotros mismos.Al polaco le gustaba hablar de Heródoto como su maestro, primer periodista de la historia. No en vano descubrió que no hay un solo mundo, sino muchos y que «cada uno es único. E importante. Y que hay que conocerlos porque sus respectivas culturas no son sino espejos en los que vemos reflejada la nuestra». Sin embargo, es Alexander von Humboldt quien más me recuerda a Kapuscinski. Sabio humilde, dotado de una curiosidad inagotable, emprendió en 1799 un viaje de 10.000 kilómetros por el sur y el centro de América. Era capaz de sentarse junto a un indio durante horas y preguntarle por sus dioses y sus cultivos, su conocimiento de las estaciones y de los pájaros, sus habilidades y sus miedos. Tenía alma de reportero, como a quien se le rompió la pluma el martes en Varsovia.Para una admirable editora del norte mexicano, Ninfa Deándar, «la esencia del periodismo es la búsqueda de la verdad». Su padre, un regeneracionista convencido de la utilidad de los periódicos para mejorarnos, le hacía leer «El Quijote» una vez cada cinco años. Según doña Nifa, «Cervantes es periodismo puro. Don Quijote fue a entrevistar a todo su pueblo». ¿Qué hacía si no Kapuscinsky cada vez que se perdía en el «planalto» angoleño, las lindes salvadoreñas, el desierto persa, la tundra siberiana? Buscar las voces que configuran lo que somos, rostros que gracias a su incansable pesquisa se nos han vuelto desesperadamente prójimos. En uno de sus últimos artículos, «Al encuentro del Otro», este polaco empeñado en dar al periodismo el fulgor que tuvo cuando aprendíamos a conocer el mundo y a nosotros a través de los periódicos, recuerda quiénes son los que llegan al puerto de los Cristianos, al desierto de Arizona, a los muros coronados de cristales rotos: «Los mitos y las leyendas de muchos pueblos y tribus rezuman la convicción de que sólo nosotros -los miembros de nuestro clan, de nuestra comunidad- somos seres humanos; todos los demás son infrahombres, como mucho, o cualquier cosa menos personas. Lo que mejor expresa esa actitud era una doctrina de la China antigua: el no chino era considerado como excremento del diablo o, en el mejor de los casos, como pobre desgraciado que ha tenido la mala suerte de no haber nacido chino. En consecuencia, ese Otro era representado como perro, rata o reptil. El «apartheid» fue y sigue siendo una doctrina de odio, desprecio y repugnancia hacia el Otro, el extraño. ¡Cuán diferente aparece la imagen del Otro en la época de creencias antropomórficas, cuando los dioses podían adoptar el aspecto humano y comprometerse como personas! Pues en aquellos tiempos, nunca se sabía si era dios u hombre el viajero o el peregrino que se acercaba. Esta inseguridad, esta intrigante ambivalencia, constituye una de las fuentes de la cultura de la hospitalidad, que exige un trato magnánimo al visitante, un visitante cuya naturaleza no acaba de ser reconocible».Acababa de volver de Somalia cuando un «sms» me partió la cara. Era del compañero de viaje a uno de los lugares más desgraciados y olvidados de la Tierra, fotógrafo catalán nacido en la madrileña calle O´Donnell, Juan Carlos Tomasi: «Día de luto. Ha muerto Kapuscinski», acompañado de una frase para los que siguen pensando que la lucha por acercarse a la verdad no puede ser inútil, no debe, tiene que dar resultado, hacernos menos idiotas: «El fracaso del hombre es su incapacidad de entender lo diferente».Alfonso Armada (ABC)

Ryszard Kapuscinski, (Pinsk, 1937) es un mito que trabaja. Rara condición. Una vez alcanzado su estatus los mitos se adomercen, como pesados leones que sólo buscan quien les rasque la barbilla. Sin embargo, el polaco sigue en pie, dominado por su curiosidad por los hombres. Su sentido ético sobresalta: su periodismo es una misión de exigencia implacable cuyo objetivo es rescatar del olvido a los olvidados. Sin embargo, nadie debe confundirse con su bondad: va armada de una de las escrituras más bellas y poderosas del siglo. Sus libros, El Emperador, El Sha, Imperio (Anagrama), traducidos a más de treinta idiomas, han indicado al periodismo cómo apartarse de la banalidad novelizadora. Para otoño se publicará en español Ébano, su último reportaje sobre África, y aguardan turno tres volúmenes de la saga Lapidarium —un conjunto de escritura fragmentaria: ensayo, reportaje, aforismo— que acaba de romper las más felices previsiones de su editor alemán.


Kapuscinski pasa la mitad del año viajando. No es fácil dar con él, dada su preferencia por lugares poco recomendables. Ahora acaba de volver de América del Sur y pasa los días en su buhardilla de Varsovia, entre libros e improvisados tendederos de donde cuelgan innumerables notas manuscritas: un lugar muy humano y silencioso, sin ordenadores ni máquinas de escribir, donde el periodista describe a mano, lentamente, lo que ha visto.

Pregunta. ¿Dónde estaba en 1968?
Respuesta. En Chile y en otros países de América Latina. Había una agitación tremenda. Hacía poco que habían matado al Che. El Che estaba presente en todos lados. También en los salones burgueses. Por cierto que todavía hoy sigue en los salones, fotografiado, presente. Puro folklore inofensivo, claro está. Había una gran agitación, ya le digo. En América Latina se discute mucho. Pero en aquellos días sólo se discutía.
P. ¿De qué discutía usted?
R. Del golpe de Praga, por ejemplo. La izquierda latinoamericana pensaba que la primavera checa había sido un movimeinto contrarrevolucionario.
P. ¿Y usted qué pensaba?
R. Bueno, yo conocía ese mundo y sabía cuáles eran las razones del levantamiento.
P. ¿No era usted marxista?
R. No, aunque trabajaba en la agencia oficial polaca, que era el único lugar donde podía trabajar. El movimiento de 1968, el movimiento mundial de 1968, fue importantísimo.
P. Hoy se tiende a ponerlo en duda.
R. Mire: ni antes ni después ha habido en el mundo un momento como aquél, de tanta participación y de tanta fe.
P. Pero se cuestionan sus resultados.
R. Aunque no hubiera dejado nada, lo que pasó entonces, aquella voluntad de los jóvenes de cambiar algo en el mundo, en sentido real, fue un hecho. ¡Un hecho indiscutible! Quizá las cosas no cambiaron. Pero nunca jamás se ha repetido eso. Una fe tan masiva es un hecho histórico. Porque, normalmente, las gentes duermen. Entonces despertaron. Y algo más: nunca, nunca jamás el establishment se había sentido tan inseguro y tan amenazado. Los poderosos no comprendían lo que estaba sucediendo, se sentían completamente desconcertados. Hoy vuelven a estar seguros. Usted va a preguntarme también por 1989...
P. Sí, iba a hacerlo.
R. Pues bien. 1989 tiene mucha menor importancia, como movimiento, que 1968. En 1989 se derribó un edificio que estaba ya vacío. Se murió un moribundo. Un país como Ucrania, de más de cincuenta millones de habitantes, pudo alcanzar la independencia sin un solo tiro. ¿Qué quiere decir eso? Que 1989 fue sólo un pequeño golpecito final en un movimiento que había empezado mucho antes y donde, por cierto, también tuvieron gran influencia los acontecimientos de 1968.
P. ¿Qué papel cree que tuvo la gente, las masas, por decirlo en el antiguo léxico, en la caída?
R. Escaso. Sí, hubo manifestaciones y demás. Pero todo estaba decidido ya. Las élites habían abandonado el barco mucho antes. Tenían información y sabían que aquello no podía durar. Por eso trataron de reciclarse como propietarios, que, por cierto, es lo que son ahora. Se decía que el cambio no iba a ser posible porque el formidable poder del comunismo aplastaría la respuesta... Y nadie levantó un dedo para defender al sistema, cuando llegó la hora..
P. ¿Qué mató al comunismo?
R. La burocracia. El sistema cayó por la burocracia. Pero el problema es que la Unión Soviética mató también al socialismo y a la izquierda.
P. Las conclusiones de su libro Imperio, sobre la Unión Soviética, son demoledoras. El comunismo no ha dejado nada. Sólo el dolor, que no tiene ninguna utilidad.
R. Eso es quizá lo que piensa la mayoría de la gente, especialmente si son jóvenes. Pero hay otros, que se preguntan dónde fue a parar su trabajo y su honradez. Hace algún tiempo me internaron en un hospital de aquí, de Varsovia. Había más gente en la sala. Un día se entabló una discusión, ya típica, sobre la herencia del comunismo. Entre jóvenes y viejos. Los viejos se preguntaban, casi con lágrimas, cómo podía decirse que no quedó nada cuando ellos pusieron lo mejor de sí mismos en la tarea y trabajaron fuerte y convencidos de que construían otro mundo. Los datos y todo eso, indican que no quedó nada; pero hay esta perspectiva psicológica de las gentes que complica mucho los análisis: porque si no quedó nada del comunismo, no quedó nada de sus vidas: esto es lo que están diciendo. Por otro lado, el comunismo no provocó el atraso en el desarrollo de las naciones del Este. Nuestros países están atrasados desde el siglo XVII, cuando quedaron al margen de la Europa de los descubrimientos y se convirtieron en graneros. Estábamos condenados al subdesarrollo: no sólo por nuestras propias incapacidades, sino por el lugar donde nos había colocado la historia.
P. Ha dicho antes que la Unión Soviética acabó con el socialismo.
R. Sí, sin duda.
P. ¿Entonces, cómo se puede ser de izquierdas hoy?
R. De ninguna manera. Ya no hay izquierda. Ni derecha. Entramos en un mundo de otras definiciones. No se puede entender y explicar el mundo usando esas definiciones y esas herramientas. Los partidos ya no existen.
P. ¿Qué hay entonces?
R. Ésa es la gran pregunta. ¿Cómo se organzian las sociedades hoy? Eso es lo que hay que preguntarse. Aún hay algunas estructuras partidistas, pero ya no son decisivas. Vivimos en un mundo de paulatino debilitamiento de todas las estructuras tradicionales. Incluso el Estado. El Estado está en crisis. Han desaparecido estados en Europa, en África. Las regiones parecen más fuertes. Los Estados existen en sentido internacional, pero no interno. ¿Y los sindicatos? ¿Qué me dice de los inexistentes y vacíos sindicatos?
P. ¿Cree que la aspiración a la igualdad subsiste?
R. No, ni siquiera. Esto es muy interesante. La pobreza ya no genera revoluciones, sino acomodamientos. El pobre trata de encontrar algún lugar de adaptación. La adaptación es la única respuesta del pobre. El dinamismo se da en las emigraciones: pero sólo una minoría sigue ese camino.
P. ¿Cómo se ha conseguido esa conciencia resignada?
R. ¿Cómo? ¡Los medios! Los medios han difundido la consigna: la lucha no da resultados. Los pobres mueren sin ni siquiera saber lo que es la lucha. Desde niños ya aprenden a adaptarse: es el único medio para sobrevivir. Se trata de una victoria de los medios. Y del posmodernismo político. La gente siempre se organizaba, en sus luchas, alrededor de los centros, alrededor de las jerarquías: como no existen centros y no existen jerarquías, la única solución es ir cada uno por su cuenta y organizar en solitario la propia vida, la propia estrategia de supervivencia .
P. ¿Cómo escribir entonces?
R. La tarea del intelectual está clara: más que nunca debe trabajar para describir estas situaciones, para describirlas críticamente y para tratar de que la pobreza no siga enfrentada a su peor consecuencia: la ausencia absoluta de salidas, la sumisión a la cuna y al destino.
P. Se parece a la Edad Media.
R. Es la nueva Edad Media. Tiene razón Alain Minc.
P. Una Edad Media con periodismo.
R. Ésa es la gran novedad histórica.
P. Mayor novedad es que el periodismo sirva a la dominación y a la resignación.
R. La verdad es que ése parece ser su sentido global. Pero, claro, hay muchas maneras de ser periodista. Para mí, el periodismo es una misión. Viajo solo, en condiciones duras, tratando de llegar hasta los olvidados. Hay que tener salud y voluntad y curiosidad.
P. ¿No ha perdido la curiosidad con los años?
R. Todo lo contrario. Cada vez tengo más. Y cada vez vacilo menos a la hora de embarcarme en una nueva aventura. ¿Sabe?: es con ese riesgo con lo que pago mis libros y con lo que los hago fuertes. Y con lo que yo mismo puedo llegar a ser fuerte. Hace años, cuando en la agencia polaca los jefes me decían que estaba dando una visión incorrecta de la realidad lo único que me servía era decirles: yo he estado allí y vosotros no.
P. Tal vez por ello no hay verosimilitud, novelización, en ninguno de sus reportajes.
R. Lo que me ha interesado siempre es buscar una escritura que me sirviera para describir la realidad. Cuando era periodista de agencia me daba cuenta de que mis palabras no alcanzaban a describirla. Claro, que utilizaba muy pocas palabras ¡Teníamos poco presupuesto y cada palabra costaba lo suyo! Por eso me puse a escribir libros y de esta manera. En cuanto a la novela, nunca me ha interesado: la novela es una huida.

(El País, 14 de agosto de 2000)

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