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el mundo fragmentado

Compañeros de viaje

Reynaldo Arenas

Reynaldo Arenas

Antes que anochezca (fragmento)

" Oh Luna! Siempre estuviste a mi lado, alumbrándome en los momentos más terribles; desde mi infancia fuiste el misterio que velaste por mi terror, fuiste el consuelo en las noches mas desesperadas, fuiste mi propia madre, bañándome en un calor que ella tal vez nunca supo brindarme; en medio del bosque, en los lugares más tenebrosos, en el mar; allí estabas tu acompañándome; eras mi consuelo, siempre fuiste la que me orientaste en los momentos más difíciles. Mi gran diosa, mi verdadera diosa, que me has protegido de tantas calamidades; hacia ti en medio del mar; hacia ti junto a la costa; hacia ti entre las costas de mi isla desolada. Elevaba la mirada y te miraba; siempre la misma; en tu rostro veía una expresión de dolor, de amargura, de compasión hacia mí; tu hijo. Y ahora, súbitamente, luna, estallas en pedazos delante de mi cama. Ya estoy solo. Es de noche. "

Elfriede Jelinek

Elfriede Jelinek

Las amantes (fragmento)

" Así, en el transcurso de los años, se creó un círculo natural: nacer y empezar y casarse y salir y tener a la hija, la ama de casa o vendedora, generalmente ama de casa, la hija empieza, madre estira las patas, hija se casa, sale, se lanza del estribo, ella da a luz a la siguiente hija, la tienda de subsistencias populares es el centro del círculo natural de la naturaleza, en sus frutas y verduras se reflejan las estaciones del año, se refleja la vida humana en sus múltiples formas de expresión, en su único escaparate se reflejan las caras atentas de las vendedoras reunidas aquí para esperar el matrimonio y la vida. Pero el matrimonio siempre llega solo, sin la vida. Terrible, esta agonía lenta. Los hombres y las mujeres agonizan juntos, el hombre siquiera tiene un poco de diversión, vigila a su esposa como mastín desde fuera, la vigila en su agonía. La mujer vigila desde dentro al hombre, a las turistas en verano, a su hija y el dinero para el gasto, no dedicado a la borrachera. Y el hombre vigila desde fuera a su esposa, a los turistas, a la hija y el dinero para el gasto para apartar algo para emborracharse. Y así agonizan mutuamente. La hija ya no puede esperar poder agonizar también, y los padres hacen sus compras para la muerte de la hija: sábanas y toallas y trapos y un refrigerador usado, se conservará muerta pero fresca. "

Carlos Fuentes

Carlos Fuentes APROXIMACIONES
Tributo a Salvador Elizondo


Salvador Elizondo
 
BABELIA - 29-04-2006

Hay escritores que requieren de toda una saga literaria para contar la historia de su sociedad (Balzac, Proust, Faulkner). Hay otros que en un número reducido de libros dicen lo que la historia olvidó (Kafka y hasta cierto punto Joyce). Hay escritores de obra reducida pero elocuente. Rulfo cierra con dos libros el ciclo de las "novelas de la Revolución"; ya no hay más que decir. A Salvador Elizondo le bastaron muy pocos libros para contar el combate universal entre el cuerpo y el lenguaje.

Tuvimos una vieja relación separada por tiempos y espacios dispares. Nuestras abuelas sinaloenses fueron muy amigas en Mazatlán, muy cercanas al poeta Enrique González Martínez y luego conservadoras memoriosas en el recinto final de las provincias perdidas, la ciudad de México. Las abuelas se contaban las travesuras de los nietos y por eso supe de la viva imaginación del niño Elizondo, su capacidad para poner en jaque las convenciones familiares, su apetito burlón para desconcertar la pompa y la circunstancia.

 

Vivió muy cerca de mi genera
ción universitaria y publicó sus primeras cosas en la revista Medio Siglo. Viajó a Italia y escribió cartas insólitas y perceptivas desde su ático en la Vía Marguta. Alquiló un quejumbroso piso en la calle de Tacuba, trasfondo de un viejo palacio colonial que me sirvió de ambiente para Aura. Allí, famosamente, celebramos la muerte de Stalin el 5 de marzo de 1953, con un "fiestón" de donde surgieron, unidas para siempre, numerosas parejas. El amor nace en la fiesta. El famoso titular de la muerte de Stalin constaba de una sílaba: "Ya".

 

Con Salvador recorrí los cabarets y teatros frívolos de los años cincuenta. A él le llamaba la atención que yo anotara vocablos insólitos en un cuaderno de notas. Elizondo, en cambio, pescaba una palabra popular al vuelo y la iba desgranando como perlas negras que esperaban la mano del escritor para escapar del fondo del mar verbal. Desguanzo, desguanzado, desguanzamiento, desguañangada, desguañangar: como en un rosario verbal Elizondo rescataba una palabra y la ponía a caminar fuera de sí misma, hasta sus extremos y más allá. Al mismo tiempo, observaba la vida marginal de la entonces segura ciudad de México y juntos caminábamos de Rosales a la Colonia Cuauhtémoc a las tres de la mañana sin temor a una violencia sometida, latente.

 

Compartíamos un enorme amor al cine (el padre de Elizondo fue un productor famoso) y sin programarlo, nos encontrábamos como los dos únicos espectadores de películas (Él de Buñuel, Beat the Devil de Huston) que sólo permanecían un par de días en las carteleras de los cines Mariscala o Real Cinema. Era un hombre ingenioso, inesperado, habitado por un diablo y tocado por un ángel. Sus respuestas veloces y burlonas eran proverbiales. En una ocasión, el infaltable necio le hizo una pregunta necia a Elizondo al término de una charla del escritor.

 

-Es usted un pendejo -le contestó Elizondo-.

 

-Señor Elizondo, no me insulte.

 

-No lo insulto. Lo defino.

 

Muchas cosas definió Elizondo para nuestra literatura. Destaco de su espléndida obra dos títulos. Elsinore es una página autobiográfica insólita sobre el paso de Salvador por una academia militar norteamericana donde su apellido era transformado de Elizondo en Elsinore. Digna metamorfosis nominativa de un nombre castellano al de un brumoso castillo danés habitado por la muerte y la duda -o la duda de la muerte, jamás la muerte de la duda-. Elsinore ocupa un lugar singular en una estantería parca: la de la autobiografía literaria mexicana.

 

Farabeuf, la obra más conocida de Elizondo, tendría el vago antecedente en México de los dibujos de Julio Ruelas y en las letras francesas, las obras de Sade y Georges Bataille. Hasta ahí las comparaciones. Elizondo crea un mundo singular, originalísimo, en torno a la imaginación del dolor. Farabeuf no expresa dolor, lo imagina. Ése es su poder. Si como dice un personaje de La montaña mágica, de Mann, no hay literatura que no trate del dolor, Farabeuf no sólo confirma la regla, la extiende, la modifica y la mortifica a un grado insólito: el dolor, en principio, no admite palabras, las suprime, es puro grito. La hazaña de Farabeuf consiste en darle voz a lo inexpresable. Una voz cruel, serena, en oposición directa al sufrimiento y su grito inarticulado.

 

Decía Virginia Woolf que la len
gua puede darle palabras a la duda en Hamlet pero no a un simple dolor de cabeza. Y Nietzsche le dio un nombre a su dolor. Lo llamó "Perro" por ser fiel, desvergonzado, entretenido e inteligente. Elizondo logró darle voz al dolor inexpresable y encaminarlo, en sus siguientes libros, a la fidelidad, inteligencia y desvergüenza de las palabras, compañeras enemigas, enigmas cotidianos, desafíos al silencio del dolor y al dolor del silencio.

 

A veces, durante los atroces años recientes en los que la tortura emigró de Auschwitz a las comisarías de Pinochet y Videla, a la prisión de Abu Ghraib, releo a Elizondo y le devuelvo su sentido a la realidad disfrazada. Hoy no se habla de "tortura", ni lo permita Dios. Hoy, torturar es "recabar información", es parte de la inteligencia política. Singular paradoja: torturar para obtener información mediante la privación del lenguaje. Cuando te cortes un dedo, ponle vendaje a tu cuchillo.

 

Salvador Elizondo pasó sus años finales con una compañera admirable, Paulina Lavista, mujer de mirada inteligente, humor sagaz y compañía amorosa. Quizás fue ella quien, al cerrar los ojos de Salvador Elizondo, pudo decirle que nadie tiene más máscara que su propio rostro.

 


 

DISCURSO DE SERGIO PITOL

 

 

Majestades:

 

 

 

El primero de diciembre del año pasado, ese mágico día que pareciera haber transformado mi vida, la Ministra de Cultura de España me anunció que había sido otorgado el Premio Cervantes, eran las nueve de la mañana y una hora después mi casa estaba atestada de una muchedumbre: un equipo de televisión, la radio, los periodistas locales, mis familiares, mis amigos, mis colegas de la Universidad, mis vecinos y una cantidad de transeúntes desconocidos que entraron por curiosidad. Por la tarde fui a la ciudad de México para hacer una tregua; llegué a las doce de la noche a un hotel donde siempre me alojo. Al entrar en el vestíbulo me encontré con un equipo de televisión española, que había llegado a la Feria del Libro de Guadalajara y al saber la noticia del Premio volaron a la capital para entrevistarme. A las tres de la mañana subí a mi habitación como un sonámbulo destrozado.

 

 

En el viaje de Xalapa a la capital dormí profundamente, quizás una hora, pero en las cuatro siguientes, aletargado, entre el sueño y la vigilia, aparecían visiones de infancia, personas de un pueblo al que no he visto desde casi sesenta años, mi abuela con un libro, algunos festejos en casa o en el campo, la nana de mi abuela que llegaba a pasar temporadas con nosotros a los noventa años, jardines espléndidos, mi hermano jugando tenis y montando yeguas, trozos de conversaciones sobre el mal precio del café y de los cultivos que por sequías o inundaciones siempre dejaban pérdidas, familias sentadas alrededor del radio para saber la noticia de la guerra civil española, que siempre terminaban en estruendosas discusiones.

 

 

Desde ese primero de diciembre he recordado imprevisiblemente fases de mi vida, unas radiantes y otras atroces, pero siempre volvía a la infancia, un niño huérfano a los cuatro años, una casa grande en un pueblo de menos de tres mil habitantes. Un nombre, tan distante a la elegancia: Potrero. Era un ingenio de azúcar rodeado de cañaverales, palmas y gigantescos árboles de mangos, donde se acercaban animales salvajes. Potrero estaba dividido en dos secciones, una de unas quince o diecisiete casas, habitadas por ingleses, americanos y unos cuantos mexicanos. Había un restaurante chino, un club donde las damas jugaban a las cartas un día por semana, una biblioteca de libros ingleses y una cancha de tenis. Esa parte estaba rodeada por bardas altas y fuertes para impedir que a ese paraíso se introdujeran los obreros, artesanos, campesinos y comerciantes minúsculos del pueblo.

 

 

Aquella zona era tórrida e insalubre. Estuve enfermo de paludismo durante varios años, por lo cual salía poco de casa; en verano mi abuela, mi hermano y yo pasábamos un mes en un balneario a tomar aguas minerales, de donde regresábamos mi hermano sano, como lo fue casi en toda su vida, mi abuela con un reumatismo disminuido y yo sin ninguna mejoría. De vuelta pasábamos ciudades prósperas, con excelentes restaurantes, luces de neón, comercios bien surtidos y movimiento en las calles, pero cuando llegábamos al lugar donde vivíamos, me quedaba siempre deslumbrado. Mi abuela vivía para leer todo el día sus novelas. Su autor preferido era Tolstoi. La enfermedad me condujo a la lectura; comencé con Verne, Stevenson, Dickens y a los doce años ya había terminado La guerra y la paz. A los dieciséis o diecisiete años estaba familiarizado con Proust, Faulkner, Mann, la Wolf, Kafka, Neruda, Borges, los poetas del grupo Contemporáneos, mexicanos, los del 27 españoles, y los clásicos españoles. A esa edad, saliendo de la adolescencia encontré algunos maestros excepcionales. Estoy seguro que sin ellos no hubiera llegado a este día, elegantísimo como estoy, en el Paraninfo de la prestigiosísima Universidad de Alcalá ni poder dar las gracias a Sus Majestades, al Rector de esta Universidad, los jurados y a ustedes, señoras y señores.

 

 

 

 

 

Los maestros

 

 

Llegué a la ciudad de México a los dieciséis años para cursar estudios universitarios. Me inscribí en la Facultad de Derecho y frecuenté la de Filosofía y Letras. Pero la que definió mi destino, mi camino hacia la literatura, fue la Facultad de Derecho, y concretamente a un maestro, Don Manuel Martínez de Pedroso, catedrático de Teoría del Estado y Derecho Internacional. Los alumnos más comprometidos con la carrera, los más ordenados, los de óptimas calificaciones en todas las asignaturas, desorientados ante la ausencia de un programa previamente establecido, desertaron a las dos o tres semanas de haberse iniciado el curso. Don Manuel Pedroso fue una de las personas más sabias que he conocido, y, quizás por eso, nada en él había de libresco.

 

 

Cuando en el salón no quedó sino un puñado de fieles, el maestro sevillano inició realmente su paideia. La impartía del modo más heterodoxo que en aquella época pudiera concebirse la enseñanza del derecho. Pedroso solía hablarnos del dilema ético encarnado en El gran inquisidor, de Dostoievski; del antagonismo entre obediencia al poder y el libre albedrío en Sófocles y Eurípides; de las nociones de teoría política expresadas en los tantos Enriques y Ricardos de los dramas históricos de Shakespeare; de Balzac y su concepción dinámica de la historia; de los puntos de contacto entre los utopistas del Renacimiento con sus antagonistas los teóricos del pensamiento político, los primeros visionarios del Estado Moderno: Juan Bodino y Thomas Hobbes. A veces en la clase discurría ampliamente sobre la poesía de Góngora, poeta que prefería a cualquier otro del idioma, o de su juventud en Alemania, donde había realizado la traducción al español de poemas de Rilke, algunas obras de Goethe y también la de Despertar de primavera, de Franz Wedekind, uno de los primeros dramas expresionistas que circuló en el ámbito hispánico. Era un narrador espléndido, nos relataba sus actividades durante la guerra civil, de sus experiencias en el sobrecogedor Moscú de las grandes purgas, donde fue el último embajador de la República Española. A menudo nos vapuleaba con cáustico sarcasmo, pero igual celebraba nuestras primeras victorias. Pedroso nos incitaba a leer, a estudiar idiomas, pero también a vivir. Disfrutaba de los relatos que le hacíamos, inventándole algunos detalles y exagerando otros, de nuestros recorridos nocturnos por antros de los que parecía un milagro salir ilesos. Al terminar el curso uno sabía Teoría del Estado con más claridad que aquellos alumnos que desertaron para abrevar en fuentes más convencionales. Carlos Fuentes ha escrito sobre él páginas excelentes.

 

 

 

En el mismo periodo, frecuenté devotamente los cursos de Don Alfonso Reyes en el Colegio Nacional, sobre literatura y filosofía griega y leí gran parte de sus libros. Los leía, me imagino, por el puro amor a su idioma, por la insospechada música que encontraba en ellos, por la gracia con que, de repente, aligeraba la exposición de un tema necesariamente grave. Borges, en un poema en memoria del escritor mexicano, afirma:

 

 

En los trabajos lo asistió la humana esperanza y fue lumbre de su vida dar con el verso que ya no se olvida y renovar la prosa castellana.

 

 

Era tal su discreción, que muchos aun ahora no acaban de enterarse de esa hazaña portentosa: transformar, renovándola, nuestra lengua. Releo sus ensayos y más me asombra la juventud de esa prosa que no se parece a ninguna otra. Cardoza y Aragón sostiene que nadie que no hubiese releído a Reyes podría afirmar conocerlo.

 

 

Debo a nuestro gran escritor y a los varios años de tenaz lectura de su obra la pasión por el lenguaje; admiro su secreta y serena originalidad, su infinita capacidad combinatoria, su humor, su habilidad para insertar refranes y una radiante levedad reñida en apariencia con el lenguaje literario, en medio de alguna sesuda exposición sobre Góngora, Gracián, Virgilio o Mallarmé. Si la razón teórica en Reyes topó con mi sordera, le soy deudor en cambio del acercamiento a varios terrenos a los que de otra manera quizás habría tardado en llegar: el mundo helénico, la literatura española medieval y la de los Siglos de Oro, la novela del sertón y la poesía vanguardista de Brasil, Sterne, Borges, Francisco Delicado, Goethe sobre todo, la novela policial culta, ¡y tantas cosas más! Su gusto era ecuménico. Reyes se movía con ligera seguridad, con extremada cortesía, con curiosidad insaciable por muy variadas zonas literarias, algunas aún poco iluminadas y entonadas. Acompañaba el ejercicio hedónico de la escritura con otras responsabilidades. El maestro –porque también lo era- concebía como una especie de apostolado compartir con su grey todo aquello que lo deleitaba. Lo que mi generación le debe ha sido invaluable. En una época de ventanas cerradas, de nacionalismo estrecho, Reyes nos incitaba a emprender todos los viajes. Evocarlo, me hace pensar en uno de sus primeros cuentos: “La cena”, un relato de horror inmerso en una atmósfera cotidiana, donde a primera vista todo parecía normal, anodino, hasta podría decirse un poco dulzón, mientras entre líneas el lector va poco a poco presintiendo que se interna en un mundo demencial, quizás en el del crimen.

 

 

 

Esa “cena” debe haberme herido en el flanco preciso. Años después comencé a escribir. Y sólo hace poco advertí que una de las raíces de mi narrativa se hunde en aquel cuento. Buena parte de lo que más tarde he hecho no es sino un mero juego de variaciones sobre aquel relato. Mencioné a Don Manuel Pedroso y a Don Alfonso Reyes como mis maestros. Ambos eran figuras imponentes en el mundo mexicano académico y cultural. Toda la vida tuvieron condiciones óptimas para desarrollarse, venían de familias opulentas, habían viajado y conocido a las mayores figuras de la cultura por donde pasaban. Mi tercer maestro, Aurelio Garzón del Camino, era en cambio modestísimo, baldado físicamente, pobre, oscuro, pero como los otros dos vivía plenamente en la literatura.

 

 

En 1956, a los veintitrés, comencé a trabajar como corrector de estilo en la Campaña General de Ediciones. En esa editorial hice amistad con Garzón del Camino, un traductor infatigable que vertió al español la entera Comedia Humana de Balzac, más todas las novelas de Zola y muchos otros libros franceses. Era director de correctores en la editorial. Al poco tiempo habíamos descubierto que coincidíamos en curiosidades literarias y que teníamos amistades comunes. Tal vez lo que fundamentalmente nos unía era nuestra devoción al humor y a la parodia, en la que él era maestro. Aquel modesto gramático español, salvado por la Embajada mexicana de un campo de concentración y transportado a México después de la hecatombe en España, me transmitió su pasión por el idioma, que él convertía casi en una religión.

 

 

Con frecuencia salíamos a comer en los varios paraísos gastronómicos, no de lujo, que había detectado cerca de la editorial, y en cada una de esas ocasiones asistí a una lectura de literatura y gramática, enunciada con gracia y sin pedantería. De él aprendí que el mejor estímulo para une escritor se lograba acercándose a las épocas de mayor esplendor del idioma. Por eso habría de tener a la mano a los clásicos mayores. Me explicaba, libro en mano, que el estilo era una destilación de los mejores segmentos de la lengua, desde el Cantar del Mío Cid, hasta el lenguaje de nuestros días, pero en el tránsito se paseaba por los fastos del Siglo de Oro, las cadencias del modernismo, las audacias vanguardistas de los años veinte y treinta del siglo pasado, hasta llegar a Borges. Escribir –decía Garzón del Camino- no significaba copiar mecánicamente a los maestros, ni utilizar términos obsoletos como lo habían hecho algunos neocolonialistas mexicanos. El objetivo fundamental de la escritura era descubrir o intuir el “genio de la lengua”, la posibilidad de modularla a discreción, de convertir en nueva una palabra mil veces repetida con sólo acomodarla en la posición adecuada en una frase.

 

 

Tal vez el mayor deslumbramiento en mi adolescencia fue el idioma de Borges; su lectura me permitió darle la espalda tanto a lo telúrico como a mucha mala prosa de la época. Lo leí por primera vez en un suplemento cultural. El cuento de Borges aparecía como un ejemplo en un ensayo sobre literatura fantástica hispanoamericana del peruano José Durand. Era “La casa de Asterión”; lo leí con estupor, con gratitud, con infinito asombro. Al llegar a la frase final tuve la sensación de que una corriente eléctrica recorría mi sistema nervioso. Aquellas palabras: “¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo-, el Minotauro apenas se defendió”, dichas de paso, como por casualidad, revelaban el misterio oculto del relato: la identidad del extraño protagonista y su resignada inmolación.

 

 

 

Jamás había llegado a imaginar que el lenguaje pudiera alcanzar grados semejantes de intensidad, levedad y extrañeza. Salí de inmediato a buscar sus libros; encontré unos pocos, empolvados en los anaqueles de una librería: en aquellos años los lectores mexicanos de Borges se podían contar con los dedos, como en todas partes, hasta en la misma Argentina. En el tiempo que descubrí a Borges comenzó a interesarme la narrativa hispanoamericana. Leí a Alejo Carpentier. Del escritor cubano lo que me atrajo fue el ritmo, la austera melodía de su fraseo, una intensa música verbal con resonancias clásicas y modulaciones procedentes de otras lenguas y otras literaturas. A la calidad de su idioma, Carpentier añadía los atractivos del Caribe, su intrincada geografía, la apasionante historia, el cruce de mitos y de lenguas, la reflexión política; todo ello integrado en tramas perfectas. El Siglo de las Luces es una de las más excepcionales novelas de nuestra lengua, un relato sobre la influencia iluminista tanto en las islas del Caribe como en tierra firme, y una amarga y profunda reflexión sobre los ideales políticos: la revolución, su triunfo, su transformación en razón de Estado; ideales mantenidos en proclamas públicas pero negados y combatidos en la práctica.

 

 

En nada de lo que Carpentier escribió después encontré la misma tensión. El exilio español enriqueció de una manera notable a la cultura mexicana. Las universidades, las editoriales, las revistas, los suplementos culturales, el teatro, el cine, la ciencia, la arquitectura se renovaron. Aquellos peregrinos, heridos por una guerra atroz y derrotados, crearon una atmósfera intelectual mejor, nos enseñaron a entender y amar a la España que ellos representaban y ampliar nuestros horizontes. En la filosofía, María Zambrano y José Gaos, en la teoría de la música, Adolfo Salazar y Jesús Bal y Gay, en la historia de las artes plásticas Juan de la Encina, en el cine Luis Buñuel, y en la literatura, Luis Cernuda, José Moreno Villa, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Mar Ar, José Bergamín, al principio del exilio, el latinista Millares Carlo, y muchísimos más.

 

 

Nosotros estudiamos con pasión a los clásicos españoles desde siempre, por ser también nuestros clásicos. Leíamos al Quijote, las Novelas ejemplares, la Celestina, El buscón y gran tacaño, la literatura medieval y la de los Siglos de Oro con el mismo interés que lo hacíamos con las literaturas contemporáneas. Fuera de los clásicos, sólo me interesaba Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, Antonio Machado y los poetas del 27. La literatura del XIX no la toqué en la adolescencia, tenía fama de mojigata y de un costumbrismo regionalista. De golpe, los españoles exiliados me descubrieron la grandeza de Galdós. María Zambrano, Luis Cernuda, José Bergamín escribieron ensayos extraordinarios en aquel tiempo sobre ese novelista. Después de Cervantes estaba sólo Galdós. Para ellos no había una novela española que hubiera podido superar a las cuatro de Torquemada, o a dos Episodios Nacionales: Bodas reales o los duendes de la camarilla. Buñuel filmó tres de sus novelas: Nazarín, Tristana y Halma, a la que tituló Viridiana. El discurso que leyó Octavio Paz en este lugar en 1981 fue dedicado a Galdós, al último de la segunda serie de los Episodios Nacionales: Un faccioso más y algunos frailes menos. El ensayo de Paz es magistral. Trata de la semejanza de la historia del siglo XIX en España y en México: la permanente guerra entre liberales y conservadores en los dos países, entre fanatismo contra tolerancia, Inquisición contra libertad, legionarios celestiales contra la vida pública laica.

 

 

La libertad en El Quijote

 

 

Uno de los ejes fundamentales de El Quijote consiste en la tensión entre demencia y cordura. En la primera parte de la novela sus andanzas terminan en desastres, se extravían a cada momento, en cada aventura el cuerpo de don Quijote yace descalabrado, apaleado, pateado, con huesos y dientes rotos, o sumido en charcos de sangre. Esos acontecimientos hacían reír a sus contemporáneos, quienes leían el libro para divertirse. Lo cómico allí es aparente, pero en el subsuelo del lenguaje se esconde el espejo de una época inclemente, un anhelo de libertad, de justicia, de saber, de armonía. Cervantes fue desde joven un lector y admirador de Erasmo, por lo que logra intuir la superioridad de una vida interior que vencerá al fin de vacuidad de los cultos exteriores. Convierte la locura en una variante de la libertad. La libertad que define en El Quijote:

 

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre, por la libertad así como por la honra se puede y se debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venirle a los hombres”. El autor se permite algunas libertades que pocos se atreverían. En un discurso, uno de los más soberbios del libro, pronunciado a un grupo de cabreros totalmente ignaros, compara los tiempos pasados con los detestables en los que ellos vivían, donde el mundo se ha pervertido, manchado y corrompido. Es un discurso de aliento humanista, renacentista, libertario. Todos ustedes lo conocen porque se ha citado muchas veces. Comienza: “- Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras tuyo y mío.” Y en el cuerpo del monólogo se encuentra:

 

 

“Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia... Entonces se declaraban los conceptos amorosos del alma simple y sencillamente, del mismo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había el fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había que juzgar ni quién fuese juzgado... Y ahora, en estos nuestros detestables siglos, no está seguro ninguno. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el agasajo y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra”. Salvo las nueve últimas disparatadas y regocijantes líneas que descienden a celebrar la orden de los caballeros andantes, la lección de don Quijote sería casi un fragmento de La ciudad del sol, la utopía de Campanella, a quien, por escribirla, recluyeron varios años atormentándolo hasta ejecutarlo en las cárceles de la Inquisición.

 

 

El capítulo donde Sancho Panza encuentra a Ricote, el morisco, quien relata todos los sufrimientos de él y su familia en el extranjero debido al edicto del rey de desterrar a cientos de miles de su raza es el más atrevido de toda la obra. Thomas Mann se asombró de la valentía de Cervantes para tocar aquel asunto, entonces muy reciente, y de que en la novela llegara a permitirse hablar de “libertad de conciencia”. Cervantes ejerce también una libertad absoluta en la estructura de El Quijote. La demencia le ofrece un marco propicio y la imaginación se la potencia. Hay espléndidas novelas cortas esparcidas en el viaje de don Quijote y Sancho, algunas sin relación con la trama, por ejemplo, una oscura historia de amor y muerte, “El curioso impertinente”, que sucede en la lejana Florencia, encontrada por un sacerdote en una venta y leída a los viajeros y los mozos de servicio; de pronto surgen monólogos filosóficos, discusiones sobre literatura y teatro en términos académicos. Es muy difícil a un autor armonizar una trama donde la tragedia o la crueldad estén integradas al carnaval, a la parodia y la caricatura. Y aún más arduo, que esas infinitas imbricaciones logren un resultado de esplendor, de veracidad y de grandeza. Cervantes es un adelantado de su época. No hay ninguna ulterior corriente literaria importante que no le deba algo a El Quijote: las varias ramas del realismo, el romanticismo, el simbolismo, el expresionismo, el surrealismo, la literatura del absurdo, la nueva novela francesa, y muchísimas más encuentran sus raíces en el libro de Cervantes. Víctor Sklovski, en 1922, descubrió que la novela no sólo fue la más nueva en la época de Cervantes, sino que en el siglo XX, en la época de las vanguardias, seguía siendo la más contemporánea de todas.

 

 

Sergio Pitol

Sergio Pitol

¿A qué mundo he llegado? Anoche no pude escribir nada sobre la visita a la casa de los escritores, mis paseos, el banquete al lado del río, y algo más que me es un poco difícil describir. Volví a disfrutar por la mañana la espléndida vista que me da el balcón. Antes de bañarme ya había pasado allí un rato. Es un clima perfecto, como el de Cuernavaca. Alrededor del hotel abundan casas de dos o tres pisos de ladrillo con tejados rojos, que contrastan con la arquitectura de hormigón o cemento armado que se estila ahora en el mundo y de la que se abusa en los países socialistas. A lo lejos, por todos lados, destacan torres con techos cónicos de metal. Sobresalen algunos edificios con elementos moriscos, posiblemente del siglo pasado, de aspecto más bien artificial. Las torres de las iglesias y monasterios ortodoxos tienen aquí algo de minaretes truncos a la mitad de su crecimiento. Ayer pasó por mí un intérprete, que será mi guía, para llevarme a la Casa de los Escritores. Entré a un salón donde había una docena de georgianos; luego se añadieron unos cuantos más. En las mesas hay unos grandes cuencos de cerámica colmados de frutas. Durante nuestro diálogo nos invitan a comer peras y manzanas gigantescas; las pelan con navajas con ademanes lentos y precisos, las cortan, elegante y ceremoniosamente se ofrecen unos a otros trozos de fruta como si cumplieran un rito antiguo, y luego también nos ofrecen a mí y a mi guía. Me entero de que el primer libro literario escrito en georgiano data del siglo v, una fecha remotísima, y que la literatura eclesiástica es aún más antigua. Les pido que me repitan la fecha, pues me parece casi imposible que los georgianos tuvieran ya libros en su idioma en la época final del imperio romano, cinco siglos antes de que las lenguas romances hubieran producido un texto literario. ¿No sería el siglo XV? Vuelvo a preguntar, y me dicen que no. El gran clásico de la nación, El caballero de la piel de tigre, de Shota Rushtavei, es del siglo XII, la época de oro de la literatura georgiana. Deduzco por la conversación que tanto la literatura como el cine y el teatro georgianos actuales se basan en tres elementos: un sentido estricto de la forma, un esfuerzo de imaginación que de ninguna manera desdeña lo mitológico, y un apego a la realidad y al mismo tiempo la crítica a esa misma realidad. Se quejan reiteradamente de que durante largo tiempo los georgianos no han sido considerados como seres pensantes sino sólo como un grupo nacional que manifiesta vacuamente su felicidad cantando, bailando y bebiendo vino a toda hora. “Para muchos ha sido un deslumbramiento saber que los escritores y cineastas georgianos pensamos y que somos severamente autocríticos. Pero no sólo somos una nación hedónica, hay que recalcarlo, sino también trágica”, dice el escritor que preside el encuentro. Otro, un hombre sesentón, de baja estatura, regordete, de boca sensual y piel cruelmente castigada por la viruela, o por un acné juvenil tan pernicioso que le destrozó la cara, protesta con voz sofocada, porque el bello sexo, las benditas damas, sobre todo las nórdicas y las alemanas consideran a los georgianos como meros objetos sexuales y no como sujetos capaces de emitir poesía, y eso para el prestigio de la nación ha sido ruinoso. “Pasternak fue un gran entusiasta de nuestros poetas, escribió sobre ellos y tradujo a los mejores. Los franceses se han basado en esas traducciones, las han publicado en Francia y en Suiza, y ha sido muy difícil sacarles de la cabeza que son buenos sólo debido a Pasternak y no a los autores mismos, a quienes consideran como pura materia prima. Pero qué podemos hacer, vienen sus mujeres, sus hijas, y al regresar a sus países de lo que quieren hablar es de la potencia muscular de nuestros muchachos, de lo que tienen entre las piernas, y no de que leyeron poemas por aquí y por allá. Vienen en el verano, no como langostas, ¡qué va!, vienen como jaurías de panteras, y se arrojan hambrientas y feroces sobre nuestros cuerpos indefensos; ni a los viejos siquiera nos perdonan. Las sufrimos durante tres meses, los del verano, y nos dejan convertidos en esqueletos. El cerebro se nos seca y nos lleva tiempo recuperar la savia y volver a recordar el idioma tal como es debido. Hay una falta de respeto en ese modo tan crudo de proceder, ¿no le parece? A un primo mío más viejo que yo, con las piernas amputadas desde la guerra...” Y allí le detienen todos el galope. Se queda como aturdido, se excusa, todos ríen entonces, hablan entre sí, dicen algo que el intérprete no quiere traducirme, pelan más manzanas y peras, las cortan en pedazos y vuelven a compartirlas. “Tal vez –dice un dramaturgo, Shadim Schamanadzé, el más joven del grupo– en ningún país del mundo se siente como en Georgia la insatisfacción por lo logrado. Lo que les asombra de nosotros lo califican como experimentos de vanguardia, que si somos hijos de Beckett, o si de los surrealistas, o de los minimalistas, pues sí, puede ser que alguno lo sea, pero me parece más bien que es el resultado de una tradición distinta, que viene de muy lejos en el tiempo.” Alguien explica que la nueva generación se nutre en la antigua literatura georgiana, y por eso resulta tan nueva. “Lo que hoy se escribe –insiste el dramaturgo– es una literatura trágica, caracterizada por su aceptación del dolor. El reconocimiento de un código moral que viene de la antigüedad. Lo que nos diferencia de Occidente –termina– es nuestro deseo de construir.” Antes de salir de la Unión de Escritores me mostraron una lista de libros mexicanos traducidos al georgiano en los últimos diez años: Vámonos con Pancho Villa, de Rafael Muñoz, Los de abajo, de Mariano Azuela, y La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, junto a algunos fantasmas del realismo socialista, que en México ya nadie lee. Menos que nadie la izquierda: Cipriano Campos Alatorre, José Mancisidor, y otros... Tuve luego unas cuantas horas para iniciar el recorrido por la ciudad y mi aprendizaje básico en las cosas de Georgia. En el año 337 (la fuente está en los textos informativos de los museos), el cristianismo fue aceptado oficialmente en Iberia (la Georgia oriental), es decir, sorprendentemente mucho antes que en Roma. El gran arte religioso se desarrolla del siglo VIII al XI. Me mostraron iconos maravillosos; en uno de ellos San Jorge mata con una lanza al emperador Constantino, evidentemente antes de su conversión al cristianismo. Se han encontrado relaciones lingüísticas entre el georgiano y el idioma vasco. Uno de los nombres antiguos de la comarca fue Iberia. Este primer día en Georgia equivalió en intensidad a un trimestre de mi vida habitual. ¡Qué radiante representación de vida! ¡Qué rostros, qué ojos, qué movimientos al caminar, qué voces! Ningún ditirambo es suficiente para describirlos, con seguridad resultaría parco. Lo que más impresiona es su naturalidad. Es gente que pisa fuerte y bien. La calle lo demuestra. Las mujeres y los hombres, los viejos y los niños, todos parecen ser dueños del espacio en que les tocó vivir, quizás del mundo entero. El grupo que se reunió en el restaurante al mediodía lo formaban los escritores conocidos en la mañana, más algunos otros y artistas plásticos. Había varias mujeres jóvenes muy bellas que nadie me supo aclarar quiénes eran, si esposas o hijas de los presentes, o escritoras o actrices; la verdad, todas parecían actrices en un único papel, el de Carmen la de Triana. Comparo ese encuentro con la comida de los “escritores” moscovitas y aquéllos me parecen momias sombrías, pomposas caricaturas frente a la gente de carne y hueso con quienes me encuentro. Hice antes de comer un pequeño discurso de agradecimiento. Hablé de la felicidad que había advertido en la ciudad, y concluí diciendo que sólo eso, un Estado que lograra hacer feliz a su población, que tuviera a la mano los recursos para responder a las necesidades físicas y espirituales de la sociedad, justificaba un sistema político y social. El mismo joven dramaturgo de la mañana me contestó que ese aspecto solar de país del Sur no debía engañarme, que los georgianos estaban lejos de ser el enjambre de paganos voluptuosos que el mundo se complacía en ver, sino gente pensante, crítica y severa con sus propias deficiencias. Me gustó la respuesta, pero ya para entonces todo lo que se decía en la mesa me regocijaba. Fue un banquete hiperpantagruélico, que duró cinco horas. Solemne a momentos y divertido siempre. El villano de todas las historias era el realismo socialista, su sola mención provocaba carcajadas estruendosas. Se contaron anécdotas malignas y jocosas de algunas figuras literarias del Asia Central soviética, glorias locales que en su juventud habían escrito algunos poemas o novelas, y que en las últimas décadas no escribían sino discursos en congresos como el que se estaba preparando. Las botellas de un vino casi negro circulaban sin cesar. Hubo un momento en que todo mundo hablaba sin saber con quién. Mi intérprete vertía al francés frases sueltas de aquí y allá, palabras que no se enlazaban con nada, o en lugar de traducirme cosas que me interesaban lo que hacía era describirme los gestos y movimientos de los personajes, lo que me hacía sentir en un escenario actuando en una pieza de Ionesco: “¿Qué es lo que dijo esa señora joven que hizo reír a todos?”, preguntaba yo, y él respondía: “Aquella mujer no es tan joven como usted podría creer, ya acabó por sentarse, mire, al fin se llevó la cuchara a la boca”, o, a la pregunta de sobre qué hablaba en su brindis el director de la Asociación, él respondió: “El tamadá levanta el cuerno de la abundancia con la mano derecha; a su vecino le sirvieron caviar y ahora se pasa la mano por la chaqueta para sacudir de la manga los residuos.” “Pero, ¿qué es lo que dice el tamadá en este momento?”, insistía yo. “Dice que la naturaleza se venga de nosotros, y que cada día que pasa su venganza será mayor. Mire usted a la señora de aquí enfrente de nosotros, es arquitecta, aunque no lo parece. Se ha vuelto a servir hojas de vid rellenas de carne molida. Habla con la boca abierta sobre una confusión de los sexos, porque una americana que estuvo hace poco aquí se peinaba como un cowboy y no permitía que le dijeran girl sino boy, y hablaba en masculino; decía, por ejemplo, ‘Nosotros los muchachos de Oklahoma...’” Me puse a hablar en un ruso pésimo con otro vecino de mesa. Me pareció entender que acababa de estar comiendo con ellos hacía muy poco en ese mismo restaurante Bob Dylan y otros amigos suyos, entre los cuales estaba la mujer que insistía en que era un boy, invitados por Evgueni Evtuchenko, con quien debían estar ahora en su villa, en alguna de esas playas famosas: Batumi o Sujumi, lugares que me gustaría conocer como mero turista. Volví la vista al otro lado de la mesa y vi que era ya un tumulto el que se había agregado al banquete. Han añadido mesas y sillas y el grupo se hacía inmenso, nos habíamos apoderado de la terraza entera, a ratos los músicos se nos acercaban, tocaban sus instrumentos junto a nosotros y todos cantaban hermosa e interminablemente. La risa era explosiva y contagiosa. Contra todas las advertencias del doctor Rody, mi médico de Praga, bebí como un descosido, sin sentir la menor molestia. A veces me irritaba el excesivo nacionalismo de algunos comensales puesto que a medida que el licor se imponía el sentimiento de raza crecía en ellos y me provocaba a hacer escenas, a citar a Thomas Mann, y mencionarles su concepto de ciudadano del mundo. Y a la pureza de la sangre de que se pavoneaban yo hacía elogios desmesurados al mestizaje, les recordaba que Pushkin era mulato y brindé por él. El protocolo, la concepción misma del banquete georgiano, no favorece la comunicación a dos. Sólo el tamadá puede conceder la palabra, y en esa ocasión era el director de la Unión de Escritores, hombre de muchísimas tablas y autoridad aceptada por los demás. Cada vez que yo intentaba discutir, él me permitía decir cuatro o cinco palabras, seis a lo máximo y jovialmente me arrebataba la palabra para dársela a otro que contaría una historia en la que todos alternativamente participarían con algún comentario. Claro, se podía siempre conversar con los vecinos de mesa privadamente, pero también por poco tiempo. El desarrollo de una comida puede ser apasionante. La mesa tiene que estar siempre servida, las copas llenas y el ambiente mantenerse vivo y cordial. Los anfitriones son príncipes... Comencé a sentirme fatigado, me urgía orinar y lavarme la cara, bañármela, empaparme la cabeza, y busqué el servicio para caballeros. Una empleada me dejó entender que durante ese día iba a estar clausurado, me mostró un letrero, y me dijo en ruso que debía yo bajar, al lado del río estaba la gran toilette. El escritor cacarizo cambió de asiento y se sentó a mi lado. En un italiano macarrónico me siguió contando las persecuciones de que había sido objeto en los veranos; dentro de poco se retiraría en la montaña, en una aldea de difícil acceso, allí estaría más tranquilo, se iría con otros viejos a descansar, aunque ya el año pasado tuvo que vivir encerrado en un granero donde sus nietos le llevaban clandestinamente los alimentos, “porque las alemanas y las finlandesas suben como cabras, se lo juro, estoy seguro de que treparían al Himalaya si supieran que allí había un georgiano extraviado, y aunque estuviera agonizando ellas se lo cepillarían, imagínese usted lo que harán aquí en nuestros lugares que no son tan inaccesibles, las guía el olfato, dicen que el semen de los georgianos es dorado, no, no es cierto, pero eso es lo que dicen, y también que es el más aromático del mundo, de manera que andan como los cerdos husmeando el suelo, en busca de trufas, sólo por el aroma, así son ellas”. Se ofreció a acompañarme y a devolverme después al restaurante. Me es imposible escribir más. La experiencia fue casi traumática, me perturbó más de la cuenta, los olores excrementicios me descomponen físicamente, y yo había bebido una bestialidad. Salí del mingitorio solo y llegué al restaurante como pude, a buscar mi guía para que me condujera al hotel; creo que ni siquiera me despedí de nadie. Tendré que disculparme. Una joven bellísima me detuvo para decirme que el hombre que salió conmigo a la calle era su padre, y que no había vuelto. Me preguntó si no me dijo que se iría directamente a la casa. Le dije que no sabía, sólo que sí, que ya se había marchado, lo vi salir a la calle. “¿Hacia la derecha o hacia la izquierda?”, quiso saber. Respondí que no me había fijado, que más bien me parecía que se había ido hacia el río. De haber sido veraz habría tenido que decirle que el último lugar donde lo dejé fue en el mingitorio, y que se estaba bajando los pantalones mientras hablaba con algunos muchachos que lo recibieron con regocijo.

Macario.- Juan Rulfo (El llano en llamas)

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos... Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella e s la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero a todo esto, es mi madrina la que me manda a hacer las cosas... Yo quiero mas a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres. No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña p ara prender el fogón también a mí me toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a veces Felipa no tiene ganas d e comer y entonces son para mí los dos montoncitos. Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella. Aunque digan que uno se llena comiendo, yo sé bien que no me llen o por mas que coma todo lo que me den. Y Felipa también sabe eso... Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre. Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo no lo he oído. Mi madrina no me deja salir solo a la call e. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de su rebozo. Yo no sé por qué me amarra mis manos; pero dice que porque dizque l uego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más por nomás. Yo no me acuerdo. Pero, a todo esto, es mi madrina la que dice lo que yo hago y ella nunca anda con men tiras. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es muy buena conmigo. Por eso la quiero... La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco. Yo he bebido leche de chiva y también de puerca recién paridad; pero no, no es igual d e buena que la leche de Felipa... Ahora ya hace mucho tiempo que no me da a chupar de los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas, y de donde le sale, sabiendo sacarla, una leche mejor que la que nos da mi madrina en el almuerzo de los domingos... Felipa antes iba todas las noches al cuarto donde yo duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito. Luego se las ajuareaba para que yo pudiera chupar de aquella leche dulce y caliente que se dejab a venir en chorros por la lengua... Muchas veces he comido flores de obelisco para entretener el hambre. Y la leche de Felipa era de ese sabor, sólo que a mí me gustaba más, porque, al mismo tiempo que me pasaba los tragos, Felipa me hacia c osquillas por todas partes. Luego sucedía que casi siempre se quedaba dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me servía de mucho; porque yo no me apuraba del frío ni de ningun miedo a condenarme en el infierno si me moria yo solo allí, en alguna noche... A veces no le tengo tanto miedo al infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta darme mis buenos sustos con eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Me hace cosquillas con sus manos como ella sabe hacerlo y me ataja el miedo ese que tengo de morirme. Y por un ratito hasta se me olvida... Felipa dice, cuando tiene ganas de estar conmigo, que ella le cuenta al Señor todos mis pecados. Que iré al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dir á que me perdone, para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo confesandose por mí. Todo s los días. Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa. Por eso yo la quiero tanto... Sin embargo, lo de tener la cabeza así de dura es la gran cosa. Uno da de topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; primero despacito, después más recio y aquello suena como un tambor. Igual que el tambor que anda con la chirimía, cuando vien e la chirimía a la función del Señor. Y entonces uno está en la iglesia, amarrado a la madrina, oyendo afuera el tum tum del tambor... Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que yo quiero es oír el tambor. Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como cuando uno esta en la iglesia, esperando salir pronto a la cal le para ver cómo es que aquel tambor se oye de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por encima de las condenaciones del señor cura...: "El camino de las cosas buenas esta Ileno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro." Eso dice e l señor cura... Yo me levanto y salgo de mi cuarto cuando todavía esta a oscuras. Barro la calle y me meto otra vez en mi cuarto antes que me agarre la luz del día. En la calle suceden cosas. Sobra quien lo descalabre a pedradas apena s lo ven a uno. Llueven piedras grandes y filosas por todas partes. Y luego hay que remendar la camisa y esperar muchos días a que se remienden las rajaduras de la cara o de las rodillas. Y aguantar otra vez que le amarren a uno las manos, porque s i no ellas corren a arrancar la costra del remiendo y vuelve a salir el chorro de sangre. Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque, eso sí, no se parece al sabor de la leche de Felipa... Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo s iempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras. Y ni siquiera prendo el ocote para ver por dónde se me andan subiendo las cucarachas. Ahora me estoy quietecito. Me acuesto sobre mis costales, y en cuanto siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un manotazo y la aplasto. Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren des prevenido los pecados por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija... Las cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las destripa. Los grillos no sé si truenen. A los grillos nunca los mato . Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las animas que estan penando en el purgatorio. El día en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas sa ntas y todos echaremos a correr espantados por el susto. Además a mí me gusta mucho estarme con la oreja parada oyendo el ruido de los grillos. En mi cuarto hay muchos. Tal vez haya mas grillos que cucarachas aquí entre las arrugas de los co stales donde yo me acuesto. También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún brazo se mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente en seguida el ardor del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una nalga. Se puso a llorar y a gritarle con gritos queditos a la Virgen Santísima para que no se le echara a perder su nalga. Yo le unt&e acute; saliva. Toda la noche me la pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con mis ojos todo lo que pude... De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente. Aquí nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las flores de su obelisco, o sus arrayanes , o sus granadas. Ella sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque ande a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de comer. Ella sabe que me como el garbanzo remojado que le doy a los puercos gordos y el maíz seco que le doy a los puercos flacos. Así que ella ya sabe con cuánta hambre ando desde que me amanece hasta que me anochece. Y mientras encuentre de comer aquí e n esta casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infiemo. Y de allí ya no me sacara nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conm igo, ni el escapulario que me regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo... Ahora estoy junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, pue de suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no le llegará por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje. Y entonces le pedirá a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su cuarto, que ma nde a los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la condenación eterna, derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo no podré ver entonces ni a mi papá ni a mi mamá que es allí donde están... Mejor seguiré platicando... De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las flores del obelisco...

Jonathan Franzen

Cómo estar solo (fragmento)

" Sin embargo, hay que estar solo. Muchas veces apago la televisión porque, paradójicamente, en lugar de incorporarme, me hace sentir solo. En cambio, si leo un buen libro me siento acompañado, cerca de otra gente que siente yque ve el mundo de manera parecida a mí. "

E. E. Cummings

E. E. Cummings Poema

" La primavera es como una quizá mano
que llega cuidadosamente saliendo de ninguna parte
arreglando una ventana
hacia dentro de la cual todos miran
mientras todos se quedan absortos ella arregla y cambia
coloca cuidadosamente allí una cosa extraña
y aquí una cosa conocida
y cambiándolo todo cuidadosamente.
La primavera es como una quizá mano en una ventana
cuidadosamente acá y allá
moviendo nuevas y viejas cosas
mientras todos miran absortos cuidadosamente
moviendo una quizá fracción de flor aquí
colocando una pulgada de aire ahí
y sin romper nada. "

Tadeusz Kantor

Los clichés de la memoria (fragmento)

" En nuestro archivo de la memoria hay "ficheros", clichés registrados por nuestros sentidos. Se trata, en general, de detalles que aparentemente carecen de importancia, pobres restos, fragmentos... ¡INMÓVILES! Y lo que resulta más importante, TRANSPARENTES como los negativos fotográficos. Se les puede superponer. Por eso no hay que asombrarse de que, por ejemplo, los acontecimientos del pasado se adhieran a los presentes, que se mezclen con los personajes, que tengamos serios problemas con la historia, la moral, las convenciones. Las olas de la memoria, tranquilas y claras, se agitan bruscamente y los elementos se desencadenan. Es el INFIERNO.

En la cámara de la imaginación y de la memoria viven PERSONAJES HUMANOS. No, sería mejor decir que han sido "depositados" allí. Sería mucho más sencillo decir que están muertos, que no pertenecen a nuestra vida diaria. Tratan desesperadamente de reconstruir, con su memoria difuminada, aquello que fue su vida, su felicidad o su miseria. Sólo les quedan palabras inútiles, letanías recitadas sin fin y sin esperanza. Han hecho un alto en el camino para llegar al fin, agotados, a este Albergue de la Memoria. No son capaces de reconstruir una determinada acción. Son como ruinas de acontecimientos pasados. Hoy, en este pobre Cámara de la Imaginación, se han encontrado con las CRUCES de un CEMENTERIO de pueblo, como si yo estuviera buscando otros secretos que los antiguos, los más lejanos. EL HUMOR BURLÓN Y LA IRONÍA NO ME DEJAN. Con un gesto de humor negro, con una carcajada de bufón, me sirvo de las mistificaciones del circo, de los procedimientos sospechosos de la vileza. Para conseguir la paz, puedo conseguir la paz, puedo incluso llamar a esta habitación EL DEPÓSITO DE CADÁVERES DEL CEMENTERIO o, si no, EL ALBERGUE DE LA MEMORIA. He contratado, incluso, a un lúgubre propietario para este local. "

La farsa de la desolación

La farsa de la desolación

Hay escritores horribles, malos, pasables, buenos y excelentes. Los hay incluso, geniales. Pero también hay otros en los que su calidad es un asunto secundario, aunque sin duda se les reconozca. Son los escritores que crean adicción, o dicho de otra forma, con los que el lector establece una relación más parecida a la del hincha de fútbol con su equipo o a la de la quinceañera con su ídolo musical. De esos autores se lee todo y se quiere siempre más; se atiende y hasta se recorta cuanto se publica sobre ellos, se guardan las entrevistas y las reseñas de sus obras; se compran grabaciones o vídeos si los hay: fácilmente se convierte uno en coleccionista. Estos escritores son rarísimos, más infrecuentes incluso que los geniales, y ya es decir. Y la falta de textos suyos se vive como una privación. Así, cuando mueren -si estaban vivos-, el lector adicto puede sentir algo muy próximo a la desgracia personal, aunque jamás haya visto en persona al difunto. Para mi, como para mucha otra gente de toda Europa, Thomas Bernhard ha sido el penúltimo escritor de esta índole, muy peligrosa, por cierto, para el lector que a su vez es escritor, pues puede verse irremisiblemente contagiado en su escritura por un influjo tan poderoso como buscado. Más aún en el caso de Bernhard, cuyo estilo es enormemente pegadizo, como una inoculación. Buena prueba de ello es la extraña y lamentable escuela que ha creado en nuestro país, donde desde hace algún tiempo abundan las novelas contaminadas por Bernhard y los novelistas que creen que basta con despotricar de todo y mostrarse coléricos, resentidos y negativistas para hacer buena literatura. Como sucede con Kafka, Joyce o Beckett, lo peor de ellos son los kafkianos, los joyceanos y los beckettianos, su verdadero azote. Sólo señalaré un rasgo de Bernhard que cada vez he visto más en sus escritos y que precisamente parece pasar inadvertido para la mayoría de los bernhardianos, quienes se lo toman con una solemnidad de espanto y una literalidad propia de párvulos: su sentido del humor. Es más, hoy lo veo como un escritor esencialmente cómico, y que por eso, con ser desolador, no resulta casi nunca deprimente ni sórdido, cosas bien distintas. Basta con saber que gran parte de su autobiografía era falsa -y por tanto dickensiana-, o con leer Trastorno o Maestros antiguos o El malogrado, para sospechar que el ceño de Bernhard no se diferenciaba mucho del que solía fruncir aquel "malo" alto y grandón de las películas de Charlot, aprovechándose de sus disparatadas cejas. Lo que hay en él es sobre todo la desolación de la farsa, o si se prefiere, la farsa de la desolación. Y como buen adicto, y para no saberme definitivamente privado de Bernhard, aún tengo sin leer su última novela, Extinción, para cuando se me haga en verdad insoportable la necesidad de una generosa dosis.

© Javier Marías
El País/Babelia, 1996

Yasunari Kawabata

Yasunari Kawabata

La casa de las bellas durmientes

 

No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido.
Había esta habitación, de unos cuatro metros cuadrados, y la habitación contigua, pero al parecer no habían más habitaciones en el piso superior; y como la planta baja resultaba demasiado reducida par alojar huéspedes, el lugar apenas podía llamarse una posada. Probablemente por que su secreto no lo permitía, el portal no ostentaba ningún letrero. Todo era silencio. Tras serle franqueado el portal cerrado con llave, el viejo Eguchi sólo había visto a la mujer con quien ahora estaba hablando. Era su primera visita. Ignoraba si se trataba de la propietaria o de una criada. Era mejor no hacer preguntas.
La mujer, baja y de unos cuarenta y cinco años, tenía una voz juvenil , y daba la impresión de haber cultivado especialmente una actitud seria y formal. Los labios delgados apenas se abrían cuando hablaba. No miraba a Eguchi con frecuencia. Algo en sus ojos oscuros minaba las defensas de éste, y parecía muy segura de sí misma. Preparó el té con una tetera de hierro sobre el brasero de bronce. Las hojas de té y la calidad de la infusión eran asombrosamente buenas para el lugar y la ocasión –con objeto de tranquilizar al viejo Eguchi. En la alcoba pendía un cuadro de Kawai Gyokudö, probablemente una reproducción, de una aldea de montaña al calor de las hojas otoñales. Nada sugería que la habitación albergara secretos insólitos.

-Y le ruego que no intente despertarla, aunque no podría, hiciera lo que hiciese. Está profundamente dormida y no se da cuenta de nada –la mujer lo repitió-: Continuará dormida y no se daría cuenta de nada, desde el principio hasta el fin. Ni siquiera de quién ha estado con ella. No debe usted preocuparse.

Eguchi no mencionó las dudas que empezaban a acometerle.

-Es una joven muy bonita. Sólo admito huéspedes en quienes pueda confiar.

Cuando Eguchi desvió la vista, la fijó en su reloj de pulsera.

-¿Qué hora es?
-Las once menos cuarto.
-No me sorprende. Los caballeros ancianos gustan de acostarse pronto y levantarse temprano. Así pues, cuando quiera.

La mujer se puso de pie y abrió la cerradura de la habitación contigua. Utilizó la mano izquierda. No había nada notable en este acto, pero Eguchi retuvo el aliento mientras la miraba. Ella echó una mirada a la otra habitación. Sin duda estaba acostumbrada a mirar por las puertas, y no había nada extraño en la espalda que daba a Eguchi. No obstante, parecía extraña. Había un pájaro grande y raro en el nudo de su obi. Ignoraba de qué especie podía tratarse. ¿Por qué habrían puesto ojos y pies tan realistas en un pájaro estilizado? No era que el ave fuese inquietante por sí misma, sólo que el diseño era malo; pero si había que atribuir algo inquietante a la espalda de la mujer, se encontraba allí, en el pájaro. El fondo era amarillo pálido, casi blanco.

La habitación contigua parecía débilmente iluminada. La mujer cerró la puerta sin dar la vuelta a la llave, y colocó ésta sobre la mesa, frente a Eguchi. Nada en su actitud, ni en el tono de su voz, sugería que había inspeccionado una habitación secreta.

-Aquí esta la llave. Espero que duerma bien. Si le cuesta conciliar el sueño, encontrará un sedante junto a la almohada.
-¿Tiene algo de beber?
-No dispongo de alcohol.
-¿Ni siquiera puedo tomar un trago para dormirme?
-No.
-¿Ella está en la habitación contigua?
-Sí, dormida y esperándole.
-¡Oh!

Eguchi estaba un poco sorprendido. ¿Cuándo había entrado la muchacha en la habitación contigua? ¿Desde cuándo estaría dormida? ¿Acaso la mujer había abierto la puerta para asegurarse de que estaba dormida? Eguchi sabía por un viejo conocido que frecuentaba el lugar que había una muchacha esperando, dormida, y que no se despertaría; pero ahora que se encontraba aquí parecía incapaz de creerlo.

-¿Dónde quieres desnudarse? –la mujer parecía dispuesta a ayudarle. Él guardó silencio-. Escuche las olas. Y el viento.

-¡Olas?
-Buenas noches –la mujer le dejó.

Una vez solo, Eguchi contempló la habitación, desnuda y sin artilugios. Su mirada se posó en la puerta de la habitación contigua. Era de cedro, de un metro de anchura. Parecía haber sido añadida después de la construcción de la casa. También la pared, si se examinaba bien, parecía un antiguo tabique corredizo, ahora tapado para formar la cámara secreta de las bellas durmientes.

El color era igual que el de las otras paredes, pero parecía más reciente.

Eguchi cogió la llave, después de hacerlo, debería haberse dirigido a la otra habitación; pero permaneció sentado. Lo que había dicho la mujer era cierto: las olas sonaban con violencia. Era como si rompieran contra un alto cantilado, y como si la pequeña casa estuviera en el mismo borde. El viento traía el sonido del invierno inminente, tal vez debido a la casa misma, tal vez debido a algo que había en el viejo Eguchi. No obstante, el calor del único brasero resultaba suficiente. El distrito era cálido. El viento no parecía barrer las hojas. Al haber llegado tarde, Eguchi no había visto en qué clase de paisaje se asentaba la casa; pero se notaba el olor del mar. El jardín era grande en relación con el tamaño de la casa, y contenía un número considerable de grandes pinos y arces. Las agujas de los pinos se perfilaban con fuerza contra el cielo. Probablemente la casa había sido una villa campestre.

Con la llave todavía en la mano, Eguchi encendió un cigarrillo. Dio una o dos chupadas y lo apagó; pero fumó otro hasta el final. No era tanto porque se estuviera ridiculizando a sí mismo por su ligera aprensión como por el hecho de sentir un vacío desagradable. Solía tomar un poco de whisky antes de acostarse. Tenía un sueño precario, con tendencia a las pesadillas. Una poetisa muerta de cáncer en su juventud había dicho en uno de sus poemas que para ella, en las noches de insomnio, “la noche ofrece sapos, perros negros y cadáveres de ahogados”. Era un verso que Eguchi no podía olvidar. Al recordarlo ahora se preguntó si la muchacha dormida –no, narcotizada- de la habitación contigua podría ser como el cadáver de un ahogado; y vaciló un poco en acudir a su lado. No le habían dicho cómo la sumían en el sueño. En cualquier caso, estaría en un letargo anormal, sin conciencia de cuanto ocurriera a su alrededor, y por ellos podría tener la piel opaca y plomiza de una persona atiborrada de drogas. Podría tener ojeras oscuras y marcarse sus costillas bajo una piel reseca y marchita. O podría estar fría, hinchada, tumefacta. Podría roncar ligeramente, con los labios abiertos, dejando entrever unas encías violáceas. Durante sus sesenta y siete años el viejo Eguchi había pasado noches ingratas con mujeres. De hecho, las noches ingratas eran las más difíciles de olvidar. Lo desagradable no tenía nada que ver con el aspecto de las mujeres, sino con sus tragedias, sus vidas frustradas. A su edad, no quería añadir al historial otro episodio semejante. De este modo discurrían sus pensamientos, al borde de la aventura. Pero, ¿podía haber algo más desagradable que un viejo acostado durante toda la noche junto a una muchacha narcotizada, inconsciente? ¿No habría venido a esta casa buscando lo sumo en la fealdad de la vejez?

La mujer había hablado de huéspedes en quienes podía confiar. Al parecer todos cuanto venían a esta casa eran dignos de confianza. El hombre que le habló a Eguchi de la casa era tan viejo que ya había dejado de ser hombre. Parecía pensar que Eguchi había alcanzado el mismo grado de senilidad. La mujer de la casa, probablemente porque estaba acostumbrada a hacer tratos sólo con hombres tan ancianos, no había mirado a Eguchi con piedad ni indiscreción. Puesto que era capaz todavía de sentir goce, aún no era un huésped digno de confianza; pero podía llegar a serlo, debido a sus sentimientos en aquel momento, al lugar y a su compañera. La fealdad de la vejez le estaba acosando. También para él, pensó, estaban próximas las tristes circunstancias de los otros huéspedes. El hecho de que estuviera aquí ya lo indicaba. Y por ello no tenía intención de violar las desagradables y tristes restricciones impuestas a los viejos. No tenía intención de violarlas, y no lo haría. Aunque podía llamarse un club secreto, el número de sus ancianos miembros parecía reducido. Eguchi no había venido a descubrir sus pecados ni a husmear en sus prácticas secretas. Su curiosidad distaba de ser fuerte, porque ya la tristeza de la vejez se cernía también sobre él.

-Algunos caballeros dicen que tienen sueño felices cuando vienen aquí –había dicho la mujer-. Otros dicen que recuerdan lo que sentían cuando eran jóvenes.

Ni siquiera entonces apareció en el rostro de Eguchi una leve sonrisa. Puso las manos sobre la mesa y se levantó. Se encamino hacia la puerta de cedro.

-¡Ah!

Eran las cortinas de terciopelo carmesí. El carmesí era aún más profundo bajo la luz tenue. Parecía como si una delgada capa de luz flotara ante las cortinas, y él se estuviera introduciendo en un fantasma. Había cortinas en las cuatro paredes y también en la puerta, pero aquí estaban recogidas hacia un lado. Cerró la puerta con llave, dejó caer la cortina y miró a la muchacha. Ésta no fingía. Su respiración era la de un sueño profundo. Eguchi contuvo el aliento; era más hermosa de lo que había esperado. Y su belleza no constituía la única sorpresa. También era joven. Estaba acostada sobre el lado izquierdo, con el rostro vuelto hacia él. No podía ver su cuerpo, pero no debía de tener ni veinte años. Era como si otro corazón batiese sus alas en el pecho del anciano Eguchi.

Su mano derecha y la muñeca estaban al borde de la colcha. El brazo izquierdo parecía extendido diagonalmente sobre la colcha. El pulgar derecho se ocultaba a medias bajo la mejilla. Los dedos, sobre la almohada y junto a su rostro, estaban ligeramente curvados en la suavidad del sueño, aunque no lo suficiente para esconder los delicados huecos donde se unían a la mano. La cálida rojez se intensificaba de modo gradual desde la palma a las yemas de los dedos. Era una mano suave, de una blancura resplandeciente.

-¿Estás dormida? ¿Vas a despertarte?

Era como si lo preguntara con objeto de poder tocarle la mano. La tomó en la suya y la sacudió. Sabía que ella no abriría los ojos. Con su mano todavía en la suya, contempló su rostro. ¿Qué clase de muchacha sería? Las dejas estaban libres de cosméticos, las pestañas bajadas eran regulares. Olió la fragancia del cabello femenino. Al cabo de unos momentos el sonido de las olas se incrementó, porque el corazón de Eguchi había sido cautivado. Se desnudó con decisión. Al observar que la luz venía de arriba, levantó la vista. La luz eléctrica procedía de dos claraboyas cubiertas con papel japonés. Como si tuviera más compostura de la que era capaz, se preguntó si era una luz que acentuaba el carmesí del terciopelo y si la luz del terciopelo daba a la piel de la muchacha el aspecto de un bello fantasma; pero el color no era lo bastante fuerte para reflejarse en su piel. Ya se había acostumbrado a la luz. Era demasiado intensa para él, habituado a dormir en la oscuridad, pero al parecer no podía apagarse. Vio que la colcha era de buena calidad.

Se deslizó quedamente bajo ella, temeroso de que la muchacha, aunque sabía que seguiría durmiendo, se despertara. Parecía estar totalmente desnuda. No hubo reacción, ningún encogimiento de hombros ni torsión de las caderas como sugerencia de que ella notaba su presencia. Era un muchacha joven, y por muy profundo que fuera su sueño, debería haber una especie de reacción rápida. Pero él sabía que éste no era un sueño normal. Este pensamiento le impidió tocarla cuando estiró las piernas. Ella tenía la rodilla algo adelantada, obligando a las piernas de Eguchi a una posición difícil. No necesitó inspeccionar para saber que ella no estaba ala defensiva, que no tenía la rodilla derecha apoyada sobre la izquierda. La rodilla derecha se encontraba hacia atrás y la pierna estirada. En esta posición sobre el lado izquierdo, el ángulo de los hombres y el de las caderas parecían en desacuerdo, debido a la inclinación del torso. No daba la impresión de ser muy alta.

Los dedos de la mano que el viejo Eguchi sacudió suavemente también estaban sumidos en profundo sueño. La mano descansaba tal como él la dejara. Cuando tiró la almohada hacia atrás, la mano cayó. Contempló el codo que estaba sobre la almohada. “Como si estuviera vivo”, murmuró para sus adentros. Por supuesto que estaba vivo, y su única intención era observar su belleza; pero una vez pronunciadas, las palabras adquirieron un tono siniestro. Aunque esta muchacha sumida en el sueño no había puesto fin a las horas de su vida, ¿acaso no las había perdido, abandonándolas a profundidades insondables? No era una muñeca viviente, pues no podía haber muñecas vivientes; pero , para que no se avergonzara de un viejo que ya no era hombre, había sido convertida en juguete viviente. No, un juguete, no: para los viejos podía ser la vida misma. Semejante vida era, tal vez, una vida que podía tocarse con confianza. Para los ojos cansados y présbitas de Eguchi, la mano vista de cerca era aún más suave y hermosa. Era suave al tacto, pero no podía ver la textura.

Los ojos cansados advirtieron que en los lóbulos de las orejas había el mismo matiz rojo, cálido y sanguíneo, que se intensifica hacia las yemas de los dedos. Podía ver las orejas indicaba la frescura de la muchacha con una súplica que le llegó al alma. Eguchi se había encaminado hacia esta casa secreta inducido por la curiosidad, pero sospechaba que hombres más seniles que él podían acudir aquí con una felicidades y una tristeza todavía mayores. El cabello de la muchacha era largo, probablemente para los ancianos jugaran con él. Apoyándose de nuevo sobre la almohada, Eguchi lo apartó para descubrir la oreja. El cabello de detrás de la oreja tenía un resplandor blanco. El cuello y el hombre eran también jóvenes y frescos; aún no mostraban la plenitud de la mujer. Echó una mirada a la habitación. En la caja sólo había sus propias ropas; no se veía rastro alguno de las de la muchacha. Tal vez la mujer se las había llevado, pero Eguchi tuvo un sobresalto al pensar que la muchacha podía haber entrado desnuda en la habitación. Estaba aquí para ser contemplada. Él sabía que la habían adormecido para este fin, y que esta nueva sorpresa era inmotivada; pero cubrió su hombro y cerró los ojos. Percibió el olor a leche de un lactante, y más fuerte que el de la muchacha. Era imposible que la chica hubiera tenido un hijo, que sus pechos estuvieran hinchados, que los pezones rezumaran leche. Contempló de nuevo su frente y sus mejillas, y la línea infantil de la mandíbula y el cuello. Aunque ya estaba seguro, levantó ligeramente la colcha que cubría el hombro. El pecho no era un pecho que hubiese amamantado. Lo tocó suavemente con el dedo; no estaba húmedo. La muchacha tenía apenas veinte años. Aunque la expresión infantil no fuese por completo inadecuada, la muchacha no podía tener el olor de mujer, y sin embargo, era muy cierto que el viejo Eguchi había olido a lactante hacía un momento. ¿Habría pasado un espectro? Por mucho que se preguntara el porqué de su sensación, no conocería la respuesta; pero era probable que procediera de una hendidura dejada por un vacío repentino en su corazón. Sintió una oleada de soledad teñida de tristeza.
Más que tristeza o soledad, lo que le atenazaba era la desolación del a vejez. Y ahora se transformó en piedad y ternura hacia la muchacha que despedía la fragancia del calor juvenil. Quizás únicamente con objeto de rechazar una fría sensación de culpa, el anciano creyó sentir música en el cuerpo de la muchacha. Era la música del amor. Como si quisiera escapar, miró las cuatro paredes, tan cubiertas de terciopelo carmesí que podría no haber existido una salida. El terciopelo carmesí, que absorbía la luz del techo, era suave y estaba totalmente inmóvil. Encerraba a una muchacha que había sido adormecida, y a un anciano.
-Despierta, despierta –Eguchi sacudió el hombro de la muchacha. Luego le levantó la cabeza.

Un sentimiento hacia la muchacha, que surgía en su interior, le impulsó a obrar así. Había llegado un momento en que el anciano no podía soportar el hecho de que la muchacha durmiera, no hablara, no conociera su rostro y su voz, de que no supiera nada de lo que estaba ocurriendo ni conociera a Eguchi, el hombre que estaba con ella. Ni una mínima parte de su existencia podía alcanzarla. La muchacha no se despertaría, era el peso de una cabeza dormida en su mano; y sin embargo, podía admitir el hecho de que ella parecía fruncir ligeramente el ceño como una respuesta viva y rotunda. Eguchi mantuvo su mano inmóvil. Si ella se despertaba debido a tan pequeño movimiento, el misterio del lugar, descrito por el viejo Kiga, el hombre que se lo había indicado, como “dormir con un Buda secreto”, se desvanecería. Para los ancianos clientes en quien la mujer podía “confiar”, dormir con una belleza que no se despertaría era una tentación, una aventura, un goce en el que, a su vez, podían confiar. El viejo Kiga había dicho a Eguchi que sólo podía sentirse vivo cuando se hallaba junto a una muchacha narcotizada.
Cuando Kiga visitó a Eguchi, su mirada se posó en el jardín. Había algo rojo sobre el musgo marrón del otoño.
-¿Qué puede ser?

Salió para verlo. Las bolas eras frutas rojas del oaki. Había un gran número de ellas en el suelo. Kiga recogió una y, jugando con ella, habló a Eguchi de la casa secreta. Dijo que acudía allí cuando la desesperación de la vejez le resultaba insoportable.

-Parece haber pasado mucho tiempo desde que perdí la esperanza en cualquier mujer. Hay una casa donde duermen a las mujeres para que no se despierten.

¿Sería que una muchacha profundamente dormida, que no dijera nada ni oyera nada, lo oía todo y lo decía todo a un anciano que, para una mujer, había dejado de ser hombre? Pero ésta era la primera experiencia de Eguchi con una mujer así. Sin duda, la muchacha había tenido muchas veces esta experiencia con hombres viejos. Entregada totalmente a él, sin conciencia de nada, en una especie de profunda muerte aparente, respiraba con suavidad, mostrando un lado de su inocente rostro. Ciertos ancianos tal vez acariciarían todas las partes de su cuerpo, otros sollozarían. La muchacha no se enteraría en ninguno de ambos casos. Pero ni siquiera este pensamiento indujo a Eguchi a la acción. Al retirar la mano de su cuello tuvo tanto cuidado como si manejara un objeto frágil; pero el impulso de despertarla con violencia aún no le había abandonado.
Cuando retiró la mano, la cabeza de ella dio una suave media vuelta, y también el hombro, por lo que la muchacha quedó boca arriba. Eguchi se apartó, preguntándose si abriría los ojos. La nariz y los labios brillaban de juventud bajo la luz del techo. La mano izquierda se movió hacia la boca; parecía a punto de meter el índice entre los dientes, y él se preguntó si sería un hábito de la muchacha cuando dormía, pero sólo la acercó dulcemente a los labios y nada más. Los labios se abrieron un poco, mostrando los dientes. Hasta ahora había respirado por la nariz, y ahora lo hacía por la boca. Su respiración parecía un poco más rápida. Él se preguntó si sentiría algún dolo, y decidió que no. Debido a la separación de los labios, una tenue sonrisa parecía flotar entre las mejillas. El sonido de las olas rompiendo contra el alto acantilado se aproximó. El sonido de las olas al retroceder sugería grandes rocas al pie del acantilado; el agua retenida entre ellas parecía seguir algo más tarde. La fragancia del aliento de la muchacha era más intensa en la boca que en la nariz. Sin embargo, no olía a leche. Se preguntó de nuevo por qué había pensado en el olor a leche. Tal vez era un olor que le hacía ver a la mujer en la muchacha.
El viejo Eguchi tenía ahora un nieto que olía a leche. Podía verlo aquí, frente a él. Sus tres hijas estaban casadas y tenían hijos; y no había olvidado cuando ellas olían a leche y las sostenía en sus brazos a la edad de la lactancia. ¿Acaso el olor a leche de sus retoños había vuelto a él para amonestarle? No, debía ser el olor del propio corazón de Eguchi, atraído por la muchacha. También él se colocó boca arriba, y, tumbado de manera que no hubiese ningún contacto con la muchacha, cerró los ojos. Haría bien en tomar el sedante que había junto a la almohada. No sería tan fuerte como la droga que habían dado a la muchacha; se despertaría antes que ella. De otro modo, el secreto y la fascinación del lugar se desvanecerían. Abrió el paquete. Dentro había dos píldoras blancas. Si tomaba una, caería en un sueño ligero; con dos se sumiría en un sueño profundo como la muerte. Esto aún sería mejor, penso, mirando las píldoras; y la leche le trajo un recuerdo desagradable e insensato.
-Leche. Huele a leche. Huele como un niño de pecho. –Cuando empezaba a doblar la chaqueta que él se había quitado, la mujer le dirigió una mirada feroz, con las facciones tensas-. Ha sido tu niña. La cogiste en brazos al salir de casa ¿verdad? ¿Verdad que sí? ¡La odio! ¡La odio!
Con un temblor violento en la voz, la mujer se levantó y tiró la chaqueta al suelo.
-La odio. ¿A quién se le ocurre venir aquí después de tener a una criatura en los brazos?
Su voz era dura, pero la mirada de sus ojos era aún peor. Se trataba de una geisha con la que intimaba desde hacía algún tiempo. Sabía desde el principio que él tenía esposa e hijos, pero el olor de la niña lactante provocó una repulsión y unos celos violentos. Eguchi y la geisha no volvieron a estar en buenas relaciones.
El olor que tanto desagradó a la geisha era el de su hija pequeña. Eguchi había tenido una amante antes de casarse. Los padres de ella concibieron sospechas, y los encuentros ocasionales fueron turbulentos. Una vez, cuando él apartó la cara, advirtió que el pecho de la mujer esta ligeramente manchado de sangre. Se asustó, pero, como si nada hubiera sucedido, volvió a acercar la cara y lamió la sangre con suavidad. La muchacha, en trance, no se dio cuenta de los ocurrido. El delirio había pasado. Ella no pareció sentir ningún dolo, ni siquiera cuando se lo dijo.
¿Por qué habían vuelto a él estos dos recuerdos, tan alejados en el tiempo? No parecía probable que hubiese olido a leche en esta muchacha sólo porque había evocado aquellos dos recuerdos. Procedían de muchos años atrás, aunque en cierto modo no creía que pudieran distinguirse los recuerdos recientes de los distantes, los nuevos de los viejos era posible que guardase un recuerdo más fresco e inmediato de su infancia que del día anterior. ¿Acaso esta tendencia no se iba haciendo más clara a medida que uno envejecía? ¿Acaso los días juveniles de una persona no la hacían tal como era, conduciéndola a través de toda la vida? Era una trivialidad, pero la muchacha, cuyo pecho se había manchado de sangre, le había enseñado que los labios de un hombre podían hacer sangrar casi cualquier parte del cuerpo de una mujer; y aunque posteriormente Eguchi evitó llegar hasta este extremo, el recuerdo, el don de una mujer para comunicar fuerza a toda la vida de un hombre seguía vivo en él, a pesar de sus sesenta y siete años.
Una cosa todavía más trivial.
-Antes de dormirme cierro los ojos y cuentos los hombres por quienes n me importaría ser besada. Los cuento con los dedos. Es muy agradable. Pero me entristece no poder pensar en más de diez.
Estas observaciones fueron hechas al joven Eguchi por la esposa de un ejecutivo comercial, una mujer de mediana edad, una mujer de sociedad y, según se rumoreaba, una mujer de sociedad y, según se rumoreaba, una mujer inteligente. En aquel momento estaban bailando un vals. Tomando esta súbita confesión como una sugerencia de que no le importaría ser besada por él, Eguchi aflojó la presión de su mano.
-No hago más que contarlos –dijo ella en todo superficial-. Usted es joven, y supongo que no le agobia tratar de dormirse. Y, aunque así fuera, tiene a su esposa. Pero inténtelo de vez en cuando. Yo lo considero una medicina excelente.
La voz era definitivamente seca, y Eguchi no contestó. Ella había dicho que se limitaba a contarlo; pero resultaba fácil imaginar que evocaba en su mente tanto sus rostros como sus cuerpos. Conjurar a diez debía exigir un tiempo y una imaginación considerables. Al pensar en esto, el perfume de algo parecido a una poción amorosa por parte de esta mujer ya madura asaltó a Eguchi con más fuerza. Ella era libre de evocar a su antojo la figura de Eguchi entre los hombre por quienes no le importaba ser besada. El asunto no era de su incumbencia, y no podía resistirse ni lamentarse; y, no obstante, el hecho de ser utilizado a sus espaldas por la mente de una mujer de edad mediana resultaba bochornoso. Pero no había olvidado las palabras de ella. Después empezó a sospechar que la mujer podía haberse burlado de él o inventado la historia para divertirse a su costa; pero, al final, las palabras permanecieron. La mujer había muerto hacía tiempo y Eguchi ya había desechado todas estas dudas. Y, mujer inteligente, ¿antes de morir, cuántos centenares de hombres imaginó que había besado?

A medida que la vejez se aproximaba, y en las noches en que le costaba conciliar el sueño, Eguchi recordaba de vez en cuando las palabras de aquella mujer y contaba muchas mujeres con los dedos; pero no se limitaba a algo tan sencillo como imaginarse solamente a las que le hubiera gustado besar. Solía evocar recuerdo de las mujeres con quienes había mantenido relaciones amorosas. Esta noche había resucitado un viejo amor porque la bella durmiente le había comunicado la ilusión de que olía a leche. Tal vez la sangre del pecho de aquella muchacha lejana le había hecho percibir en la muchacha de esta noche un olor que no existía. Quizá fuera un consuelo melancólico para un anciano sumirse en recuerdos de mujeres de un pasado remoto que ya no volverían, ni siquiera mientras acariciaba a una belleza a la que no lograría despertar. Eguchi se sintió invadido de un cálido reposo que tenía algo de soledad. Sólo la había tocado ligeramente para saber si su pecho esta húmedo, y no se le había ocurrido la complicada idea de que ella se asustara, al despertarse después de él, ante la sangre que manara de su pecho. Sus senos parecían bellamente redondeados. Un extraño pensamiento le asaltó: ¿por qué, entre todos los animales, en el largo del curso del mundo, sólo los pechos de la hembra humana habían llegado a ser hermosos? ¿No era para gloria de la raza humana que los pechos femeninos hubiesen adquirido semejante belleza?
Los mismo podía ser cierto de los labios. El viejo Eguchi pensó en las mujeres que se preparaban par acostarse, en las mujeres que se desmaquillaban antes de irse a la cama. Había mujeres cuyo labios eran pálidos cuando se quitaban la pintura, y otras cuyos labios revelaban el deterioro de la edad. Bajo la suave luz del techo y el reflejo del terciopelo de las cuatro paredes, no se veía con claridad si la muchacha estaba o no ligeramente maquillada, pero no había llegado al extremo de afeitarse las cejas. Los labios y los dientes tenían un brillo natural. Como era improbable que hubiese perfumado su boca, lo que se percibía era la fragancia de una boca juvenil. A Eguchi no le gustaban los pezones grandes y oscuros. A juzgar por lo que viera cuando levantó la colcha, los de la muchacha eran todavía pequeños y rosados. Dormía boca arriba, así pues, podía besarle los pechos. No era ciertamente una muchacha cuyos pechos le desagradara besar. Si esto ocurría con un hombre de su edad, pensó Eguchi, entonces los hombres realmente ancianos que venían a esta casa debían perderse por completo en el placer, estar dispuestos a cualquier eventualidad, a pagar cualquier precio. Seguramente había habido lascivos entre ellos, y sus imágenes no estaban totalmente ausentes de la mente de Eguchi. La muchacha dormía y no se daba cuenta de nada. ¿Se mantendrían intactos el rostro y la forma, tal como estaban ahora? Como dormida aparecía tan hermosa, Eguchi se abstuvo del acto indecoroso al que le conducían estos pensamientos. ¿Acaso la diferencia entre él y los demás ancianos residía en que aún había en él algo que le hacia funcionar como hombre? Para los demás, la muchacha pasaría la noche en un sueño insondable. Él, aunque suavemente, había intentado despertarla dos veces. Ignoraba qué habría hecho s por casualidad la muchacha hubiera abierto los ojos, pero lo más probable era que la tentativa hubiera sido dictada por el afecto. Aunque no, seguramente se debió a su propio vacío e inquietud.
“¿No sería mejor que durmiera?”, se oyó murmurar fútilmente así mismo, y añadió-: “No es para siempre. No es para siempre ni en su caso ni en el mío”.

Cerró los ojos. De esta noche extraña, como de todas las otras noches, se despertaría con vida por la mañana. El codo de la muchacha, que yacía con el índice apoyado en los labios, le estorbaba. Le cogió la muñeca con el índice y el dedo mediano. Era tranquilo y regular. Su serena respiración era algo más lenta que la de Eguchi. De vez en cuando el viento inminente. El bramido de las olas contra el acantilado se suavizaba al aproximarse. Su eco parecía llegar del océano como música que sonara en el cuerpo de la muchacha, y los latidos de su pecho y el pulso de la muchacha le servían de acompañamiento. Al ritmo de la música, una mariposa pura y blanca de la muñeca de ella. No la tocaba en ninguna parte. Ni la fragancia de su aliento, ni de su cuerpo, ni de sus cabellos era fuerte.
Eguchi pensó en los escasos días en que se escapó de Kyoto, tomando la ruta interior, con la muchacha cuyo pecho había estado húmedo desangre. Quizás el recuerdo era vivo porque el calor del cuerpo joven y fresco tendido a su lado se lo comunicaba débilmente.

Había numerosos túneles cortos en la vía férrea que unía a las provincias occidentales con Kyoto. Cada vez que entraban en un túnel la muchacha, como si estuviera asustada, juntaba su rodilla con la Eguchi y le cogía la mano. Y cada vez que salían de uno de ellos había una colina o un pequeño barranco coronado por un arco iris.

“¡Qué bonito!”, decía ella cada vez, o “¡Qué gracioso!” Tenía una palabra de alabanza para cada pequeño arco iris, y no sería exagerado decir que, buscando a derecha e izquierda, encontraba uno cada vez que salían de un túnel. A veces era tan tenue que apenas se vislumbraba. Ella acabó sintiendo algo ominoso en estos arco iris extrañadamente abundantes.
-¿No supones que nos persiguen? Tengo la sensación de que nos atraparán cuando lleguemos a Kyoto. Cuando me hayan devuelto ya no me dejarán volver a salir de casa.
Eguchi, que acababa de graduarse en la universidad y había empezado a trabajar, no tenía posibilidad de ganarse la vida en Kyoto y sabía que, a menos que él y la chica se suicidaran juntos, algún día tendrían que volver a Tokio; pero, desde los pequeños arco iris, la pulcritud de las partes secretas de la muchacha le fue revelada y ya no le abandonó. La vio en una posada junto al río en Kanazawa. Había sido una noche de nevisca. La pulcritud le impresionó tanto que contuvo el aliento y sintió el escozor de las lágrimas. No había visto tal pulcritud en las mujeres de todas las décadas pasadas; y había llegado a creer que comprendía todas las clases de pulcritud y que la pulcritud en los lugares secretos era propiedad exclusiva de la muchacha. Trató de reírse de esta idea, pero el caudal de la nostalgia la convirtió en un hecho y ahora continuaba siendo un recuero poderoso que el viejo Eguchi no podía desechar. Una persona enviada por la familia de la muchacha se la llevó consigo a Tokio, y poco después se casó.
Cuando se encontraron por casualidad junto al estanque de Shinobazu, la muchacha llevaba un niño sujeto a la espalda. El niño iba tocado con una gorra de lana blanca. Era otoño y los lotos del estanque empezaban a marchitarse. Tal vez la mariposa blanca que esta noche danzaba frente a sus párpados cerrados hubiera sido evocada por aquella gorra blanca.
Al encontrar junto al estanque, lo único que se le ocurrió a Eguchi fue preguntarle si era feliz.
-Sí –repuso ella inmediatamente-, soy feliz.
Probablemente no existía otra respuesta.
-¿Y por qué estás paseando por aquí sola con un niño en la espalda?
Era un pregunta extraña. La muchacha se quedó mirándole a la cara.
-¿Es un niño o una niña?
-Es una niña. ¡Vaya! ¿No lo has visto al mirarla?
-¿Es mía?
-No –la muchacha meneó la cabeza, encolerizada-. No es tuya.
-¿Ah, no? Bueno , si lo es, no necesitas decirlo ahora. Puedes decirlo cuando quieras. Dentro de muchos, muchos años.
-No es tuya. De verdad que no. No he olvidado que te amé, pero tú no debes imaginar cosas. Sólo conseguirías causarle problemas.
-¿Ah, sí?

Eguchi no hizo ningún intento especial de mirar la cara de la niña, pero siguió mucho rato a la joven con la mirada. Ella se volvió a mirarle cuando estuvo a cierta distancia. Al ver que él continuaba contemplándola, aceleró el paso. No la vio nunca más. Hacía más de diez años que se había enterado de su muerte. Eguchi, a sus sesenta y siete año, había perdido a muchos amigos y parientes, pero el recuerdo de la muchacha seguía siendo joven. Reducido ahora a tres detalles, la gorra blanca de la niña, la pulcritud del lugar secreto y la sangre en el pecho, era todavía claro y fresco. Probablemente no había nadie en el mundo parte de Eguchi que conociera aquella pulcritud incomparable, y con su muerte, ahora no muy distante, desaparecería del mundo por completo. Aunque con timidez, ella le había permitido mirar cuanto quisiera. Tal vez fuese una actitud propia de las jóvenes; pero no podía caber la menor duda de que ella misma no conocía su pulcritud. No podía verla.
Temprano por la mañana, después de llegar a Kyoto, Eguchi y la muchacha pasearon por un bosquecillo de bambúes, que lanzaban reflejos plateados a la luz de la mañana. En el recuerdo de Eguchi las hojas eran fina y suaves, de plata pura, y los tallos también eran de plata. En el sendero que bordeaba el bosquecillo, cardos y zarzas estaban en flor. Así era el sendero que flotaba en su memoria. Parecía algo confundido respecto a la estación. Una vez pasado el sendero remontaron una corriente azulada, donde una cascada caía con estrépito, y el rocío reflejaba la luz del sol. La muchacha se puso desnuda bajo el rocío. Los hechos eran diferentes, pero en el transcurso del tiempo la mente de Eguchi los había transformado así. A medida que envejecía, las colinas de Kyoto y los troncos de los pinos rojos en grupos apacibles recordaban con frecuencia a Eguchi la figura de la mucha; pero recuerdos vivos como los de esta noche eran muy raros. ¿Los provocaría acaso la juventud de la muchacha dormida?
El viejo Eguchi estaba completamente desvelado y no parecía probable que se durmiera. No quería recordar a ninguna mujer que no fuera la joven que había contemplado los pequeños arco iris. Tampoco quería tocar a la muchacha dormida, ni mirar su desnudez. Poniéndose boca abajo, volvió a abrir el paquete que había junto a la almohada. La mujer de la posada había dicho que era una medicina sedante, pero Eguchi vacilaba. Ignoraba qué sería y si se trataba de la misma medicina que le habían dado a la muchacha. Se metió una píldora en la boa y la tragó con una buena cantidad de agua. Quizá porque estaba acostumbrado a beber un trago al acostarse, pero no a tomar un sedante, se durmió rápidamente. Tuvo un sueño. Estaba en los brazos de una mujer, pero ésta tenía cuatro piernas. Las cuatro piernas enlazaban su cuerpo. También tenía brazos. Pese a estar medio en vela, consideró las cuatro piernas extrañas, pero no repulsivas. Estas cuatro piernas, mucho más provocativas que dos, permanecían en su mente. Era una medicina para provocar sueños semejantes, pensó vagamente. La muchacha se había vuelto del otro lado, con las caderas hacia él. Se le antojó algo conmovedor el hecho de que su cabeza estuviera más distante que las caderas. Dormido y despierto a medias, tomó en sus manos la larga cabellera extendida y jugó con ella como para peinarla; y así se quedó dormido.
Su siguiente sueño fue muy desagradable. Una de sus hijas había dado a luz un hijo deforme en un hospital. Al despertarse, el anciano no pudo recordar de qué clase de deformidad se tratada. Probablemente no quería recordarlo. En cualquier caso, era espantoso. El niño fue apartado inmediatamente de la madre. Se hallaba tras una cortina blanca en la sala de maternidad, y ella se dirigió allí y empezó a cortarlo en pedazos, disponiéndose a tirarlos en algún lugar. El médico, un amigo de Eguchi, estaba junto a ella, vestido de blanco. Eguchi también se encontraba a su lado. Ahora se despertó completamente, gimiendo ante aquel horror. El terciopelo carmesí de las cuatro paredes le sobresalto tanto que se cubrió el rostro con las manos y se frotó la frente. Había sido una pesadilla horrible. No podía haber un monstruo oculto en la medicina para dormir. ¿Sería que, habiendo venido en busca de un placer deforme, había tenido un sueño deforme? No sabía con cuál de sus tres hijas había soñado, y no trató de averiguarlo. Las tres habían dado a luz niños completamente normales.

Eguchi hubiera querido irse, de haber sido posible. Pero tomó la otra píldora para caer en un sueño más profundo. El agua fría pasó por su garganta. La muchacha seguía dándole la espalda. Pensado que podría –no era imposible- dar a luz niños feos y retrasados, colocó la mano en la parte redonda de su hombro.
-Mira hacia aquí.
Como respondiéndole, la muchacha dio media vuelta. Una de sus manos cayó sobre el pecho de Eguchi. Una pierna se acercó a él, como temblando de frío. Una muchacha cálida no podía tener frío. De su boca o de su nariz, no estaba seguro, brotó una voz débil.
-¿Tú también tienes una pesadilla? –preguntó.
Por el viejo Eguchi no tardó en sumirse en las profundidades del sueño.

Gabriel García Márquez

Ojos de perro azul
(1950)


         Entonces me miró. Yo creía que me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez. Encendí un cigarrillo. Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equilibrándolo sobre una de las patas posteriores. Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada junto al velador, mirándome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirarnos. Yo mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul». Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca». Salió de la órbita suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes».
         La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: «Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas»; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentado antes de sentarse al espejo. Y dijo: «No sientes el frío». Y yo le dije: «A veces». Y ella me dijo: «Debes sentirlo ahora». Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. «Ahora lo siento ―dije―. Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana». Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a girar sobre el asiento para quedar de espaldas a ella. Sin verla sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar ―antes que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta― hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa, que era como otro espejo ciego, donde yo no la veía a ella ―sentada a mis espaldas―, pero imaginándola dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. «Te veo», le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su corpiño, sin hablar. Y yo volví a decirle: «Te veo». Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño. «Es imposible», dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpiño: «Porque tienes la cara vuelta hacia la pared». Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el cigarrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose, y con el rostro sombreado por sus propios dedos. «Creo que me voy a enfriar ―dijo―. Esta debe ser una ciudad helada». Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente triste. «Haz algo contra eso», dije. Y ella empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba; por el corpiño. Le dije: «Voy a voltearme contra la pared». Ella dijo: «No. De todos modos me verás, como me viste cuando estabas de espaldas». Y no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por completo, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. «Siempre había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran hecho a palos». Y antes que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador, y dijo: «A veces creo que soy metálica». Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama varió levemente. Yo dije: «A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de bronce en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío». Y ella dijo: «A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve huevo y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera así como tú dices: de metal laminado». Se acercó más al velador. «Me habría gustado oírte», dije. Y ella dijo: «Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez». La oí respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada a encontrarme en la realidad, al través de esa frase identificadora. «Ojos de perro azul». Y en la calle iba diciendo en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que habría podido entenderla:
         «Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul». Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: «Ojos de perro azul». Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: «Ojos de perro azul». Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul». Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. «Debe estar cerca», pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo «Siempre sueño con un hombre que me dice: “Ojos de perro azul”». Y dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: «En realidad, señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo». Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: «Ojos de perro azul». El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: «Señorita, usted ha manchado el embaldosado». Le entregó un trapo húmedo, diciendo: «Límpielo». Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo: «Ojos de perro azul», hasta cuando la gentes se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
         Ahora, cuando acabó de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla. «Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte ―dije― . Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo, siempre he olvidado al despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte». Y ella dijo: «Tú mismo las inventaste desde el primer día». Y yo le dije: «Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente . Y ella, con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: «Si por lo menos pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo».
         Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. «Me gustaría tocarte ahora», dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asándose también como ella, como sus manos: y yo sentí que me vio, en el rincón, donde seguía sentado, meciéndome en el asiento. «Nunca me habías dicho eso», dijo. «Ahora lo digo y es verdad», dije. Al otro lado del velador ella pidió un cigarrillo. La colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado que estaba fumando. Dijo: «No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito». Y yo le dije: «Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las palabras». Y ella dijo, triste: «No. Es que a veces creo que eso también lo he soñado». Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba un poco más allá, y yo seguía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que no pasaría el velador. Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar la llama, antes que yo tuviera tiempo de encender el fósforo. «En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: “Ojos de perro azul” dije―. Si mañana las recordara iría a buscarte». Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en los labios. «Ojos de perro azul», suspiró, recordando, con el cigarrillo caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: «Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor». Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: «Estoy entrando ―y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el índice, dándole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer ― ...en calor», antes que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza. «Así es mejor ―dije―. A veces me da miedo verte así. Temblando junto al velador».
         Nos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera una cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada.
         Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: «¿Quién es usted?». Y ella me dijo: «No lo recuerdo». Yo le dije: «Pero creo que nos hemos visto antes». Y ella dijo, indiferente: «Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y yo le dije: «Eso es. Ya empiezo a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños».
         Dio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable. «Me gustaría tocarte», volvía a decir. Y ella dijo: «Lo echarías todo a perder ―volvió a decir, antes que yo pudiera tocarla―. Tal vez, si das la vuelta por detrás del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo». Pero yo insistí: «No importa». Y ella dijo: «Si diéramos vuelta a la almohada, volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo habrás olvidado». Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a mis espaldas: «Cuando despierto a medianoche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: “Ojos de perro azul”».
         Entonces yo me quedé con la cara contra la pared. «Ya está amaneciendo ―dije sin mirarla―. Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato». Yo me dirigí hacia la puerta. Cuando tenía agarrada la manivela, oí otra vez su voz igual, invariable: «No abras esa puerta ―dijo―. El corredor está lleno de sueños difíciles». Y yo le dije: «Cómo lo sabes?». Y ella me dijo: «Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dormida sobre el corazón». Yo tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío y tenue me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella habló otra vez. Yo di la vuelta, moviendo todavía la hoja montada en goznes silenciosos, y le dije: «Creo que no hay ningún corredor aquí afuera. Siento el olor del campo». Y ella, un poco lejana ya, me dijo: «Conozco esto más que tú. Lo que pasa es que allá afuera está una mujer soñando con el campo». Se cruzó de brazos sobre la llama. Siguió hablando: «Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad». Yo recordaba haber visto la mujer en algún sueño anterior, pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y dije: «De todos modos, tengo que salir de aquí para despertar».
         Afuera el viento aleteó un instante, se quedó quieto después y se oyó la respiración de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendió. Ya no hubo más olores. «Mañana te reconoceré por eso ―dije―. Te reconoceré cuando vea en la calle una mujer que escriba en las paredes: “Ojos de perro azul”». Y ella, con una sonrisa triste ―que era ya una sonrisa de entrega a lo imposible, a lo inalcanzable―, dijo: «Sin embargo no recordarás nada durante el día». Y volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una niebla amarga: «Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado».

Sor Juana Inés De La Cruz

Prosigue el mismo asunto y determina que prevalezca la razón contra el gusto

" Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.

Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata,
y mato al que me quiere ver triunfante.

Si a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo, por mejor partido, escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que, de quien no me quiere, vil despojo. "

Francisco de Quevedo

El Buscón (fragmento)

" -Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas que los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto? Unas veces nos destierran, otras nos azotan y otras nos cuelgan..., no lo puedo decir sin lágrimas (lloraba como un niño el buen viejo, acordándose de las que le habían batanado las costillas). Porque no querrían que donde están hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros. Mas de todo nos libró la buena astucia. En mi mocedad siempre andaba por las iglesias, y no de puro buen cristiano. Muchas veces me hubieran llorado en el asno si hubiera cantado en el potro. Nunca confesé sino cuando lo mandaba la Santa Madre Iglesia. Preso estuve por pedigüeño en caminos y a pique de que me esteraran el tragar y de acabar todos mis negocios con diez y seis maravedís: diez de soga y seis de cáñamo. Mas de todo me ha sacado el punto en boca, el chitón y los nones. Y con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre lo más honradamente que he podido.
-¿Cómo a mí sustentado? -dijo ella con grande cólera. Yo os he sustentado a vos, y sacádoos de las cárceles con industria y mantenídoos en ellas con dinero. Si no confesábades, ¿era por vuestro ánimo o por las bebidas que yo os daba? ¡Gracias a mis botes! Y si no temiera que me habían de oír en la calle, yo dijera lo de cuando entré por la chimenea y os saqué por el tejado. "

Felipe Benítez Reyes

Jazz Band, de Vidas improbables

" El sonido delgado
como el iris
del lanzador de cuchillos de aquel circo barroco
que recorría mi niñez
de condición quimérica

El alfiler con óxido del saxo
tenor
hundido como un talismán de olvido y de infortunio
en el sexo civilizado
de la mulata melancólica
que aún sueña con los ojos de los búhos

Qué es esto? Me dirá Y usted
qué hace con un tigre de charol
entre sus manos
en este siglo en que Rilke y los jazmines
son cadáveres finos?

El tacón de una golfa
se está hundiendo en la nieve
y el marqués fusilado
huye en una berlina

Maten ya de una vez a Louis Armstrong
con una escala mixolidia
afilada como un puñal
como un puñal

Maten ya POR FAVOR al negro emocionado. "

Aristóteles

Ética a Nicómaco (fragmento)

" Después de haber tratado acerca de las virtudes, la amistad y los placeres, nos resta una discusión sumaria en torno a la felicidad, puesto que la colocamos como fin de todo lo humano. Nuestra discusión será más breve, si resumimos lo que hemos dicho. Dijimos, pues, que la felicidad no es un modo de ser, pues de otra manera podría pertenecer también al hombre que pasara la vida durmiendo o viviera como una planta, al hombre que sufriera las mayores desgracias. Ya que esto no es satisfactorio, sino que la felicidad ha de ser considerada, más bien, una actividad, como hemos dicho antes, y si, de las actividades, unas son necesarias y se escogen por causa de otras, mientras que otras se escogen por sí mismas, es evidente que la felicidad se ha de colocar entre las cosas por sí mismas deseables y no por causa de otra cosa, porque la felicidad no necesita de nada, sino que se basta a sí misma, y las actividades que se escogen por sí mismas son aquellas de las cuales no se busca nada fuera de la misma actividad. Tales parecen ser las acciones de acuerdo con la virtud. Pues el hacer lo que es noble y bueno es algo deseado por sí mismo. Asimismo, las diversiones que son agradables, ya que no se buscan por causa de otra cosa; pues los hombres son perjudicados más que beneficiados por ellas, al descuidar sus cuerpos y sus bienes. Sin embargo, la mayor parte de los que son considerados felices recurren a tales pasatiempos y ésta es la razón por la que los hombres ingeniosos son muy favorecidos por los tiranos, porque ofrecen los placeres que los tiranos desean y, por eso, tienen necesidad de ellos. Así, estos pasatiempos parecen contribuir a la felicidad, porque es en ellos donde los hombres de poder pasan sus ocios. Pero, quizá, la aparente felicidad de tales hombres no es señal de que sean realmente felices. En efecto, ni la virtud ni el entendimiento, de los que proceden las buenas actividades, radican en el poder; y el hecho de que tales hombres, por no haber buscado un placer puro y libre, recurran a los placeres del cuerpo no es razón para considerarlos preferibles, pues también los niños creen que lo que ellos estiman es lo mejor. Es lógico, pues, que, así como para los niños y los hombres son diferentes las cosas valiosas, así también para los malos y para los buenos. Por consiguiente, como hemos dicho muchas veces, las cosas valiosas y agradables son aquellas que le aparecen como tales al hombre bueno. La actividad más preferible para cada hombre será, entonces, la que está de acuerdo con su propio modo de ser, y para el hombre bueno será la actividad de acuerdo con la virtud. Por tanto, la felicidad no está en la diversión, pues sería absurdo que el fin del hombre fuera la diversión y que el hombre se afanara y padeciera toda la vida por causa de la diversión. Pues todas las cosas, por así decir, las elegimos por causa de otra, excepto la felicidad, ya que ella misma es el fin. "

Constantin Cavafis

Itaca

" Si vas a emprender el viaje hacia Itaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni a fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas. "


Imre Kertesz

Sin destino (fragmento)

" Cuando salía para la escuela, también mi madrastra se sinceró conmigo. Estábamos a solas, en la entrada de casa y me dijo que en aquel día tan triste para todos nosotros esperaba "contar con un comportamiento adecuado" por mi parte. No sabía qué responderle, así pues no dije nada. Quizá haya interpretado mal mi silencio, porque continuó diciéndome que no había querido herir mi sensibilidad y que sabía que su advertencia era, en realidad, innecesaria. Estaba segura de que yo, un muchacho de quince años, era perfectamente capaz de calibrar la "gravedad del golpe que habíamos recibido"; ésas fueron sus palabras. Asentí con la cabeza y vi que con eso le bastaba. Entonces, hizo un gesto con la mano, y temí que fuera a abrazarme. No lo hizo, se limitó a soltar un largo y profundo suspiro entrecortado. Me di cuenta de que sus ojos se ponían húmedos; me sentí incómodo. Después, me dejó ir. Fui andando desde la escuela hasta el almacén. Era una mañana limpia y tibia para ser el principio de la primavera. Hubiera podido desabrochar mi abrigo, pero desistí: la ligera brisa podía haber hecho que las solapas hubieran ocultado de manera antirreglamentaria mi estrella amarilla. "


Félix Grande

DONDE FUISTE FELIZ...

Donde fuiste feliz alguna vez
no debieras volver jamás: el tiempo
habrá hecho sus destrozos, levantando
su muro fronterizo
contra el que la ilusión chocará estupefacta.
El tiempo habrá labrado,
paciente, tu fracaso
mientras faltabas, mientras ibas
ingenuamente por el mundo
conservando como recuerdo
lo que era destrucción subterránea, ruina.

Si la felicidad te la dio una mujer
ahora habrá envejecido u olvidado
y sólo sentirás asombro
-el anticipo de las maldiciones.
Si una taberna fue, habrá cambiado
de dueño o de clientes
y tu rincón se habrá ocupado
con intrusos fantasmagóricos
que con su ajeneidad, te empujan a la calle, al vacío.
Si fue un barrio, hallarás
entre los cambios del urbano progreso
tu cadáver diseminado.

No debieras volver jamás a nada, a nadie,
pues toda historia interrumpida
tan sólo sobrevive
para vengarse en la ilusión, clavarle
su cuchillo desesperado,
morir asesinando.

Mas sabes que la dicha es como un criminal
que seduce a su victima
que la reclama con atroz dulzura
mientras esconde la mano homicida.
Sabes que volverás, que te hallas condenado
a regresar, humilde, donde fuiste feliz.
Sabes que volverás
porque la dicha consistió en marcarte
con la nostalgia, convertirte
la vida en cicatriz;
y si has de ser leal, girarás errabundo
alrededor del desastre entrañable
como girase un perro ante la tumba
de su dueño...  su dueño... su dueño...

 

Jean Rhys

Viaje a la oscuridad (fragmento)

" A veces era como si hubiera vuelto allí, e Inglaterra fuera un sueño. En otros momentos Inglaterra era lo real y el sueño estaba allá, pero nunca pude reconciliar ambas cosas. Pasado un cierto tiempo me acostumbré a Inglaterra, y empezó a gustarme, me acostumbré a todo, excepto al frío y a que las ciudades que visitábamos parecieran todas exactamente iguales. Uno se trasladaba perpetuamente a otro lugar que era perpetuamente el mismo. Había siempre una callejuela gris y otra callejuela gris donde estaba tu alojamiento, e hileras de casitas con chimeneas que parecían pertenecer a barcos de vapor falsos y humo del mismo color que el cielo.
(…)
Soñé que iba en un barco. Y había un marinero que llevaba un ataúd de niño. Levantó la tapa, hizo una reverencia y dijo: "El niño obispo..." Y un enanito completamente calvo se sentó en el ataúd. Vestía sotana, y llevaba un gran anillo azul en el dedo mediano. Cuando se puso en pie, el niño obispo era como un muñeco. Sus enormes ojos claros en un rostro exiguo y cruel, rodaban como los de un muñeco, cuando lo inclinabas de uno a otro lado. Saludó con una inclinación de derecha a izquierda cuando el marinero lo sostuvo en pie. Pero yo pensaba: -¿Qué hay en el agua?- y el corazón me dio aquel terrible vuelco.
(…)
Todavía estaba intentando atravesar la cubierta y llegar a la orilla. Daba zancadas enormes, trepando, casi volando entre figuras confusas. Estaba exánime y muy cansada, pero tenía que seguir adelante. Y el sueño siguió hasta alcanzar un clímax de insensatez, fatiga y agotamiento, la cubierta cabeceaba todavía arriba y abajo. Fue curioso cómo, a partir de entonces, seguí soñando con el mar. "