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el mundo fragmentado

La tetera de Rumsfeld y Tertsch

La tetera de Rumsfeld y Tertsch

Del blog de Justo Serna

Resulta increíble la irritación con que se expresan algunos periodistas elevados a la condición de columnistas. Cuando sólo ejercían de reporteros no tenían más remedio que contenerse y, por tanto, reprimían sus ansias de pontificar. O eso, al menos, es lo que solía ocurrir. El yo del reportero ha de contenerse y su expresión y su relato no pueden mostrarnos a un observador entregado a la defensa de una causa, sino a un periodista que capta los hechos, que se documenta aceptablemente y que transmite con orden y pormenor. 

Pero puede ocurrir que se llegue a reportero después de haber logrado celebridad como columnista. Un autor que alcanza fama como novelista y que escribe en la prensa colaboraciones vistosas y bien pagadas puede, en efecto, ejercer eventual o excepcionalmente de cronista. Fue el caso, por ejemplo, de Juan Manuel de Prada. Leímos en Abc sus crónicas papales, las de la agonía de Juan Pablo II, y esos relatos periodísticos fueron un despliegue desmesurado de santurronería, con frases inacabables, con reproches a los ateos, con celebraciones para cofrades, un atracón de abeceína mal digerida, dicen algunos. La de esos reportajes era una moralina pesadísima, la misma que destila el Juan Manuel de Prada articulista, tan esforzadamente católico, tan machaconamente creyente y comunitario, un articulista que quiere emular a Chesterton, modelo para el que le faltarían ironía e individualismo.

Pero volvamos al modesto reportero que luego le pierde el articulismo. Ese periodista cuando cobra suficiente celebridad y se le aúpa hasta la columna, entonces alguno de ellos se dejan arrastrar por la tentación de las opiniones contundentes. Tienen voz propia y una audiencia particular, y esos datos les envanecen. Pero hay más: el engreimiento no es suficiente  para explicar sus tremendos juicios, las condenas que propalan. Hay algo de convicción firme de última hora, la irritación del converso o del que se ha quitado el maquillaje.

En la pasada época de esta bitácora escribí en distintas ocasiones sobre Hermann Tertsch. En alguna de ellas se dignó contestarme con un tono insultante, vaya. Yo le criticaba su conversión en ideólogo neocon: su pluma se había ensombrecido, su estilo se había agraviado, su columna sólo era púlpito, su frase se había hecho trinchera, había abrazado la causa de lo políticamente incorrecto y, desde ese momento, se sabía rodeado de envidiosos y enemigos, muchos de los cuales estarían entre los colegas aparatosamente progresistas de su propio periódico. En aquella inflamación que Tertsch padeció o reveló finalmente,  aprobó a Bush de manera entusiástica, celebró a Juan Pablo II casi con fe de carbonero y repudió todo lo que como el azufre oliera a progre.

El martes 7 de noviembre leí la última de sus columnas. En ella criticaba la comparación, sin duda desafortunada, que Rodríguez Zapatero ha hecho entre el cambio climático y el terrorismo: entre los muertos que uno y otro fenómeno provocan. Mientras el primero tiene una responsabilidad colectiva, anónima y compartida, el segundo tiene autorías bien definidas, culpabilidades precisas. Es cierto que Estados Unidos no ha firmado el Protocolo de Kioto, pero el daño climático lo hemos producido entre todos, con nuestros aerosoles o con la escapes de nuestros vehículos, con nuestra fábricas humeantes. Etcétera.

Pero más allá de esa crítica –por equiparar la naturaleza de los muertos–, Tertsch empezaba y acababa su artículo haciendo una evaluación sumaria de quienes se habían opuesto a la guerra de Irak. Ahora los examinaba y suspendía como si de un preceptor severo y airado se tratara. En el primer párrafo decía:  

“La percepción del riesgo es difícil de evaluar. Como la amistad, el amor y la memoria. Algunos recuerdan ahora que hace tres años sabían exactamente lo que pasaría hoy en Irak. Son fantásticos. Han ayudado a que sucediera aquello de lo que se vanaglorian. Afectará también a sus hijos. Quizás ahora mirando atrás haya alguno con el coraje moral de pensar que con una actitud occidental global distinta hoy Irak sería otra cosa. Pero la tragedia de Irak tiene un culpable claro y, por tanto, tampoco preocupa en general, sufra quien sufra. Da la razón”. 

En el colofón del artículo, Tertsch entre otras cosas apostillaba:

“Hoy, aniversario de la Revolución Soviética, hay elecciones en EE UU, donde un Bush tan incapaz como demonizado ha servido a otros para erigirse en supuestos jinetes de la razón frente a una catástrofe que por desgracia auspiciaron desde un principio como máxima conveniencia. Pero el cataclismo continúa”.

Me resultaría incomprensible esta lógica argumentativa, si yo no conociera ya al personaje, si no le hubiera leído anteriores soflamas, siempre hinchadas de la retórica del Bien, ajenas presuntamente al realismo diplomático. Si hay que hacer el Bien.., se hace y punto; si hay que hacer una guerra para implantar una democracia…, se hace y punto.¿Y los que no piensan como él? Pues son aliados voluntarios o tontos de los enemigos. Como ya dije en su momento, los adversarios de Tertsch suelen ser antagonistas temibles de la humanidad (que, a mí, sin duda, me atemorizan), pero esos rivales adquieren en su prosa un perfil cada vez más abstracto y mayúsculo, con un énfasis próximo al de Bush: el Nacionalismo criminal, el Terrorismo homicida, el Fanatismo intolerante, claro. Se trata de grandes abstracciones, como la Maldad, que él detecta, percibe e identifica en personajes reconociblemente perversos o en tipos secundarios aparentemente inocuos.

Al leerle otra vez, he recordado Irak. La tetera prestada, un libro de Slavoj Zizek, que les recomiendo vivamente. Es un volumen extraño de un sociólogo esloveno de gran éxito actual. No es un bluff. Es un tipo preparadísimo dotado de una erudición apabullante y de una formación freudiana-lacaniana que, si no se le desborda, da como resultado análisis finísimos e implacables. Es imposible glosar aquí todos los matices de su pensamiento zigzagueante, pero sí quería valerme de un par de ideas. 

“Fue la misma inflamación de la retórica ética abstracta de las declaraciones públicas de George W. Bush (del tipo de ‘¿Tiene el mundo el valor de actuar contra el Mal o no?’) lo que reveló la profunda pobreza ética de la postura norteamericana; la función de la referencia ética aquí es puramente mistificadora; solamente sirve para ocultar lo que está en juego desde el punto de vista político, lo cual no es difícil de ver”. A lo largo de su volumen repasa lo que Bush y Rumsfeld argumentaron o pretextaron para invadir Irak, lo endeble de sus posiciones, y sobre todo los verdaderos efectos de ese conflicto: una revolución blanda que ha de transformar nuestras sociedades con la obsesión de la seguridad y del control panóptico de los ciudadanos. En el viejo panóptico de Jeremy Bentham –luego glosado por Michel Foucault en Vigilar y castigar–, un espacio ha de ser vigilado por un solo custodio con un simple golpe de vista. Por eso, la disposición arquitectónica del edificio tiene forma circular. Ahora, por el contrario, estos primitivismos técnicos han sido superados por la sofisticación de los sistemas de control o por la incorporación de los ciudadanos a labores de vigilancia interna).

Pero, en su libro, lo que mejor trata Zizek es la lógica de la intervención americana: “sólo intentamos hacer el bien, ayudar a otros, traer la paz y prosperidad, y mira lo que nos dan a cambio…” Es una lógica antigua y glosada por el propio cine americano (Centauros del desierto o Taxi Driver), una forma de operar que vemos en “la figura del ‘americano tranquilo’, un agente ingenuo y benevolente que sinceramente quiere llevar la democracia y la libertad occidental a los vietnamitas [por ejemplo]; lo que ocurre es que sus intenciones falla totalmente, o, como escribió Graham Greene, “nunca conocí a un hombre que tuviera mejores motivos para todos los problemas que causó”. Sinceramente o no, lo cierto es que Donald Rumsfeld, George W. Bush pretextaron hacer el bien, se disculparon con los mejores motivos, para finalmente ocasionar un sinfín de problemas en Irak y fuera de Irak.

Hermann Tertsch suele escribir con la misma inflación retórica de Bush, apelando al Bien (la tetera prestada que me devuelves rota), y suele reprocharnos que no convengamos con él en sus argumentos de ética abstracta. Lo que no sabíamos es que Rumsfeld  iba a dimitir y, en cambio, Tertsch nos iba a seguir amonestando, echando la culpa de lo que sus admirados guerreros no supieron hacer prever u organizar. A ojos del columnista, quienes acertaron en la predicción de lo que finalmente ha ocurrido no fueron  clarividentes, sino responsables del cataclismo, pues por acción o por omisión “han ayudado a que sucediera aquello de lo que se vanaglorian”. Es decir, la conclusión de Tertsch es absolutamente inverosímil y se basa en la lógica diplomática del Gobierno Bush: “el mensaje subyacente”, dice Slavoj Zizek, “es siempre ‘Lo haremos con o sin vosotros’ (en resumen: sois libres de estar de acuerdo con nosotros, pero no sois libres de no estar de acuerdo). Aquí aparece de nuevo la vieja paradoja de la elección obligatoria: la libertad de elegir a condición de que uno tome la decisión correcta”. En fin, la tetera ya está rota.

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