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el mundo fragmentado

Un país arrancado del mundo

Un país arrancado del mundo

Maruja Torres

El País, 16-07-2006 

Cuando esto acabe, voy a enmarcar tres documentos como recuerdo de los días y las noches de Beirut. Uno, la codiciadísima entrada que conseguí para asistir la noche del sábado, ayer para ustedes, al concierto de la diosa Fairuz en el festival de Baalbek (pospuesto indefinidamente). Dos, un folleto del Museo Nacional. Y tres, el billete de mi regreso a Barcelona, por Air France, previsto para el próximo día 21 y en absoluto realizable, por razones de bombardeos israelíes repetidos, del aeropuerto de Beirut, y de las rutas que a él conducen.

En realidad, debería enmarcar también el mensaje electrónico que Air France acaba de enviarme, amabilísimo, anunciándome que mi vuelo ha sido anulado. Mira tú.

Todos esos papeles, que antes representaban el cotidiano fluir de la vida en circunstancias normales, han devenido en objeto de culto porque son el símbolo, en papel, de algo muchísimo peor: la destrucción de una porción de Líbano por parte de una fuerza invasora que responde como un Goliath, armado con los últimos adelantos, a un David (Hezbolá) que hace lo que puede para aumentar su predominio en el país y el de Siria e Irán en la zona.

Esos papeles pertenecen a los días antiguos. En los de ahora hay lo que ustedes ya han visto por televisión y en las fotos de los diarios, y que me voy a ahorrar describir porque una imagen de personas que huyen del horror -hacia no saben qué otro horror-, arrastrando sus pertenencias, no sólo vale más que mil palabras. Es la insignia de nuestro tiempo: refugiados, desplazados, perseguidos.

Líbano ya pasó por esto, por demasiados estos y aquellos, y aquí en Beirut todos los que tienen edad para recordar, incluida esta reportera, sabemos que estamos abandonados a nuestra suerte, pero no solos. Pegadas a cada nuca se encuentran las sombras de la ruina y el dolor de nuestros ayeres. Y no podemos creer que en este pobre país lo peor esté sucediendo de nuevo. Un pobre país con una de las sociedades más vitales y una iniciativa privada de las más ingeniosas que conozco; frenadas, sin embargo, por la inoperancia de su clase política y por el exceso de sectarismo que marca a todos, del Gobierno y el Parlamento abajo.

El conflicto de la región levantina, de la que constituye un punto estratégico, es la guinda que corona el desastre. Líbano no tiene otro tesoro que su situación, su belleza, su gente y su agua, que mana de las montañas y brota de los manantiales subterráneos. Agua que, por cierto, cuando le apetece le roba Israel, saqueando el sureño río Litani, cuyos puentes también ha volado ahora el invasor.

Sólo horas antes de que los papeles de que hablo se convirtieran en parte de mi historia en esta historia, recibí la llamada de mi colega Tomás Alcoverro, de La Vanguardia, decano de los corresponsales en Oriente Próximo, acérrimo beirutí y tan hamriota -ciudadanos de Hamra, el barrio más apasionante de la ciudad- como quien esto firma. "Hezbolá ha secuestrado a dos soldados", me anunció. "Se te han acabado las vacaciones, porque se va a armar". Calculé, con esa absurda lógica que se impone cuando avistas un abismo, que, por poco que tardara la reacción israelí, me daba tiempo a visitar, una vez más, el Museo Nacional.

Les contaré por qué. Una razón personal: por el entonces llamado "paso del museo" corría yo como loca en la primavera del 89, para pasar de zona musulmana a zona cristiana y viceversa, en medio de los bombardeos entre sirios y las tropas del general Aoun. Y el edificio semidestruido del museo, con su estilo neofaraónico, seguía en su sitio, como un pilón de resistencia. Las extraordinarias antigüedades que cobija -todo Líbano es un vivero subterráneo de civilizaciones anteriores- se encontraban en el sótano, protegidas de la destrucción por baños de cemento que las habían convertido en bloques fantasmales. Igual que, en la Banque du Liban, se encontraban las reservas de oro, en sus cofres, con el director viviendo allá abajo, ejerciendo de vigía.

Por tanto, fui al reconstruido museo porque para mí constituye un monumento a la belleza y al orden y a la perseverancia. A la persistencia de la idea de que puede existir un mundo mejor: conservado, no derruido. Pero había otra razón: quería relativizar. Pasear lentamente desde la prehistoria hasta el siglo XVI. Llenarme de la Fenicia sometida a los persas, conquistada por Alejandro, descontrolada por los seléucidas, anexionada por Pompeyo, regalada por Marco Antonio a Cleopatra; del país árabe en que se convirtió 637 años después de Cristo, de su periodo bizantino, y de la conquista de los mamelucos. Este museo calienta el corazón y enfría la cabeza. Del mismo modo, las placas que otros ejércitos invasores de los dos siglos pasados dejaron en el Nahr el-Kelb, en las afueras de Beirut, hacia el norte, para conmemorar que estuvieron allí, y es la prueba palpable de que todos, lo digan o no las placas, tuvieron que irse. También se han ido otros conquistadores de tiempos más recientes, Israel especialmente. Esas señales en la agreste montaña forman parte en este momento del patrimonio más volátil, el que más se necesita. El de la esperanza. Tarde o temprano, acabarán yéndose.

Sin embargo, el presente viene mordiendo la yugular, y los hospitales rebosan de heridos, hasta el punto de que el ministro de Sanidad va a (o dice que va a) obligar a los hospitales privados y carísimos, que aquí rebosan y resultan inaccesibles, a atender al pueblo soberano.

Y anoche salí a dar una vuelta por Beirut. Previamente había estado en el café El Rawda, inocente merendero situado junto al mar que ahora cuenta con el inconveniente de hallarse cerca de los barrios chiitas en los que Hezbolá huronea e Israel bombardea. Las enormes terrazas, vacías. Cuatro clientes. Un par de camareros. Se notaba que tenían cargo, porque lo hacían fatal; los camareros de verdad, que son pobres, están escondidos en sus peligrosos suburbios, o han huido a las montañas.

Debajo, en las rocas, unos viejecitos en bañador, en mesas de cámping, jugaban al baggamon. Nos saludamos y nos dirigimos una patética V de victoria. Entonces retumbó un proyectil más al sur, en el mar, y luego sonó otro. En dos minutos estaba en el coche, camino del hotel, en donde me informaron de que Hezbolá había acertado a un barco israelí.

Salí a la noche beirutí y lo encontré todo cerrado, todo oscuro. Las dicharacheras discotecas, los bares de moda, los restaurantes refinados de Monnod y Gourad, las calles hace poco inundadas de jóvenes, parecían sepulturas. Cerca, la fatídica calle Damasco parecía recuperar su antiguo maleficio, del tiempo en que durante más de tres lustros dividió en dos la ciudad como un frente y también como un nido de ratas humanas armadas. Los boquetes que aún quedan en bastantes casas parecían, anoche, torvos anuncios de lo por venir.

Se hace muy cuesta arriba tanto dolor aquí y tanto cinismo internacional, ahí fuera. Ahí, en el mundo del que este país ha sido arrancado de cuajo.


 

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